FUKATSU - Capítulo 18
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18: SADISMO 18: SADISMO El fuego no se apagó.
El fuego tomó a Ren.
No fue una explosión ni un estallido violento.
Fue una expansión lenta, silenciosa, como si algo que llevaba demasiado tiempo contenido al fin hubiera encontrado una grieta por donde escapar.
El fuego azul que había consumido su mente comenzó a filtrarse hacia su cuerpo real, primero como un ardor lejano… luego como una certeza.
La sangre hirvió.
El aire alrededor de Ren se distorsionó.
Su cuerpo se arqueó, suspendido a centímetros del suelo, mientras una presencia distinta emergía desde su interior.
No era solo poder.
Era arrogancia, una seguridad antinatural, una confianza que no necesitaba demostrarse porque ya se sabía superior.
Cuando abrió los ojos, eran azules.
No humanos.
Marcas oscuras se encendieron sobre su piel, conectándose como venas vivas, extendiéndose por su pecho, brazos y espalda.
Alas negras se desplegaron lentamente, no de plumas, sino de sombras densas, pesadas, atravesadas por líneas de energía azul que latían como un corazón externo.
En una mano, fuego azul.En la otra, fuego negro.
Ambos ardían sin consumir nada… hasta que lo hicieron.
La habitación se convirtió en un horno.
La piedra comenzó a enrojecer, el aire quemaba los pulmones al respirar.
El Rey de la Montaña dio un paso atrás.
Se detuvo.
El miedo cruzó su rostro.
Solo un instante.
El orgullo fue más rápido.
Rugió, lanzando rayos en todas direcciones, un estallido caótico, furioso, como si intentara borrar aquello que no comprendía.
Nadie entendía qué estaba ocurriendo.
Ni Isamu.
Ni Akane.
Ni Ryu.
Era demasiado.
No encajaba.
No pertenecía.
—¿Qué… es eso?
—susurró alguien.
Una sombra se proyectó detrás de Ren.
Luego otra.
Y otra más.
Duendes.
No invocados.
No creados.
Arrancados del entorno.
Sus formas se definieron en la oscuridad, pasando de dos… a cinco… a más de diez.
Sus ojos brillaban con la misma luz azul enfermiza.
No gritaban.
No dudaban.
El Rey atacó de nuevo.
Rayos descendieron, destruyendo sombras, pulverizando cuerpos… y aun así, seguían llegando.
Ren y sus sombras se lanzaron al ataque al mismo tiempo.
Espadas surgieron de la nada.
Cortaron el aire.
Cortaron la luz.
Cortaron la realidad misma.
Cada golpe dejaba estelas imposibles, como si el mundo tardara en aceptar que había sido herido.
La figura detrás de Ren se elevó.
Un dragón.
O su sombra.
Negro absoluto, profundo, un negro que no reflejaba la luz, la devoraba.
Energía azul recorría sus venas, visible bajo la piel como relámpagos atrapados.
Alzó vuelo y el aire gritó.
Tornados envolvieron al Rey de la Montaña.
No eran viento.
Eran cuchillas.
El oso rugió, resistiendo, su cuerpo desgarrado lentamente mientras luchaba por mantenerse en pie.
Entonces Ren alzó la mano.
Pronunció palabras que no conocía.
Un hechizo imposible.
El fuego azul descendió y encendió el tornado.
El viento ardió.
El cielo de la cueva se volvió un infierno giratorio.
Los duendes atacaban desde todos los ángulos, cortando, desgarrando, desapareciendo y volviendo a surgir.
No era una batalla.
Era una ejecución prolongada.
El Rey de la Montaña cayó de rodillas.
El orgullo lo sostuvo hasta el final.
Ren descendió lentamente.
A su alrededor aparecieron dagas flotantes, silenciosas, obedientes.
Una se hundió en el corazón.
Otra en el hígado.
Otra en los pulmones.
El aullido que siguió no fue de rabia.
Fue de dolor.
El oso sonrió.
Y murió.
El fuego se extinguió de golpe.
Las sombras se deshicieron.
El dragón desapareció.
Las alas se desvanecieron.
Las marcas se apagaron una a una.
Ren cayó.
Su cuerpo golpeó el suelo sin fuerza, inconsciente, vacío.
El silencio regresó.
Y esta vez, fue absoluto.
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