FUKATSU - Capítulo 23
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Capítulo 23: CACERÍA
Akane no dudó.
Si los dragones huían, entonces el centro del desastre estaba adelante. Y si Ren estaba allí… quedarse atrás no era una opción.
Se internó más profundo en el bosque.
Los árboles empezaron a cambiar. Los troncos estaban partidos, arrancados de raíz o reducidos a astillas. El suelo estaba marcado por surcos gigantescos, como si algo hubiera sido arrastrado a través de la tierra con una fuerza imposible.
El aire olía a ozono, tierra quemada y sangre.
Entonces el bosque se abrió.
Y lo que vio la dejó inmóvil.
Aquello no era una batalla.
Era un cataclismo.
En medio del claro se alzaba una criatura tan grande que la mente tardaba en aceptarla. Un kaiju, una bestia que parecía una montaña viva. Su piel era gruesa como roca, y de su cuello emergían varios cuernos retorcidos, creciendo hacia arriba como ramas de un árbol muerto.
Cada respiración de la criatura levantaba polvo del suelo.
Cada movimiento hacía temblar la tierra.
Y frente a él…
Ren.
De pie.
Solo.
Su mirada estaba vacía, como si estuviera viendo algo más allá del monstruo. Las marcas oscuras recorrían su cuerpo como cicatrices vivas, reflejos de algo antiguo que nadie más podía entender.
No parecía luchar por sobrevivir.
Parecía luchar por costumbre.
Akane sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
La fuerza que emanaba de Ren era absurda. Tan absurda que por un momento pensó que estaba viendo mal.
Era igual.
No.
Era mayor.
Mayor que la del kaiju.
Akane entendió algo en ese instante.
El poder no había nacido durante la pelea.
Había nacido el día que Ren se puso el anillo.
Ese día se había abierto algo que nadie más podía cerrar.
Un poder que solo él podía sostener.
La batalla ya había terminado.
El cuerpo del kaiju seguía de pie un instante más… hasta que la cabeza se separó lentamente de su cuello.
Rodó.
Primero despacio.
Luego más rápido.
La masa gigantesca cayó por la pendiente del bosque destruyendo todo a su paso. Árboles, rocas, tierra. El estruendo se extendió como un trueno interminable.
Ren ni siquiera miró atrás.
Solo caminó.
Akane respiró hondo.
Estaba a punto de seguirlo cuando algo cruzó el cielo.
Un dragón.
Uno de los que habían escapado.
Estaba herido. Las alas rotas en varios puntos, las escamas quemadas. Pero cuando vio a Akane, algo cambió en su mirada.
La vio como una presa fácil.
Se lanzó.
El fuego descendió como una lluvia ardiente. Akane rodó por el suelo, esquivando la primera llamarada, pero la segunda fue más rápida. La garra del dragón la golpeó y la arrastró varios metros entre la tierra y las raíces.
El dolor le atravesó el costado.
Pero no se levantó en pánico.
Porque era parte del plan.
El dragón descendió para rematarla.
Ese fue su error.
Akane ya tenía el arco en mano.
Disparó a quemarropa.
La flecha se clavó entre las escamas del cuello del dragón, y una cuerda gruesa se tensó detrás de ella. Akane tiró con todo su peso mientras la criatura intentaba levantar vuelo.
El equilibrio del dragón falló por un instante.
Solo uno.
Pero fue suficiente.
La criatura cayó contra el suelo con un rugido de furia.
Akane corrió.
Saltó sobre su espalda antes de que pudiera levantarse. La cuerda se enredó alrededor del cuello y de una de sus alas dañadas.
El dragón rugió, sacudiéndose violentamente.
Akane apretó los dientes y tensó la soga como una rienda improvisada.
—Tranquilo… —susurró con una voz firme que ni ella sabía que tenía—. O los dos caemos.
El dragón batió las alas con rabia.
El aire se levantó alrededor de ellos.
Un segundo después…
Despegó.
El bosque se volvió pequeño debajo de ellos mientras la criatura ascendía con movimientos torpes, todavía intentando liberarse.
Akane se aferró con todas sus fuerzas.
No estaba domando al dragón.
Lo estaba convenciendo de que era demasiado tarde para tirarla.
Desde lo alto del cielo, buscó una silueta entre los árboles destruidos.
Ren.
Si había algo capaz de hacer huir dragones y matar montañas…
Entonces ella tenía que alcanzarlo antes de que ese poder lo devorara por completo.
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