Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 178
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- Capítulo 178 - 178 La Muerte de un Rey
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178: La Muerte de un Rey 178: La Muerte de un Rey El aire estaba cargado de dolor y desesperación.
Los gritos de los rebeldes aún resonaban en la mansión X.
Cada uno de ellos se retorcía en el suelo, aferrándose a su cuerpo con desesperación.
La Aguja Escarlata no solo era un ataque físico, sino un tormento absoluto.
Se clavaba en los nervios, enviando impulsos de agonía pura sin destruir el cuerpo por completo.
Uno a uno, los metas de la Omega Gang cayeron tras recibir solo dos impactos.
Sus gritos eran desgarradores, su resistencia inexistente ante un poder que estaba más allá de su comprensión.
Todos… excepto Quentin Quire.
El telépata prodigio, con su terquedad característica, logró resistir hasta la tercera aguja.
Se mantuvo de pie, tambaleante, con el rostro cubierto de sudor y los ojos desorbitados.
—¿E-Eso es todo…?
—jadeó, intentando forzar una sonrisa desafiante.
Sholan no respondió.
Solo lo miró.
El silencio se alargó, y entonces Sholan levantó su dedo para lanzar la cuarta aguja, en ese momento Quentin soltó un sollozo involuntario.
Sus piernas flaquearon y cayó de rodillas, temblando como una hoja.
—¡P-Por favor… basta!
¡No quiero más!
¡No quiero más!
—su voz se quebró, su actitud desafiante se desmoronó en un espectáculo patético.
Los demás rebeldes se quedaron en shock.
Quentin siempre había sido su líder, su símbolo de rebelión.
Pero ahora estaba llorando como un niño completamente derrotado.
Toda la moral de los rebeldes colapsó.
Sholan observó la escena sin emoción y se giró lentamente hacia un hombre que seguía en el suelo.
—Xorn… levántate.
El meta de la máscara de acero no se movió.
Sholan entrecerró los ojos y corrigió su declaración.
—O debería decir… Magneto.
Los X-Men, que habían estado paralizados por los eventos recientes, sintieron una onda de impacto con esas palabras.
—No… imposible… —susurró Kitty, su rostro empalideciendo.
—Él les dio Kick a todos los de la Omega Gang.
Los manipuló, los usó como peones en su guerra —continuó Sholan.
Magneto, el autoproclamado salvador de los metas, no negó nada.
Sholan exhaló lentamente.
—No tengo paciencia para tus discursos de supremacía mutante.
Levantó la mano.
—Aguja Escarlata.
La primera aguja perforó su hombro derecho, enviando un shock de dolor a través de su cuerpo.
—Aguja Escarlata.
La segunda se clavó en su costado, pero Magneto ni siquiera se inmutó.
—Aguja Escarlata.
Otra más, otra más.
Una tras otra, las agujas carmesíes fueron perforando su cuerpo.
Cinco… seis… siete… Para el octavo impacto, su uniforme ya estaba empapado en sangre.
Para el décimo, su cuerpo debía haber colapsado, pero seguía en pie.
Para el duodécimo, los X-Men ya no podían creer lo que estaban viendo.
Para el decimocuarto… Magneto aún no había caído.
Sholan bajó la mano.
—Rindete magneto, esto no debe terminar así.
—dijo Sholan con cierta tristeza.
—N..Nunca.
—Bufó Magneto aún con arrogancia a pesar del dolor.
Sólo quedaba una.
—Algunos hombres… solo obtienen claridad en el momento de la muerte.
Con un movimiento fluido, desapareció y apareció frente a Magneto.
Con sus dos dedos índice y medio la uñtima aguja escarlata se estrelló directamente en Antares, el punto vital donde convergen los flujos de energía del cuerpo.
El gran Magneto se desplomó.
Su cabello gris ondeó en el aire mientras caía de rodillas, su rostro ensombrecido por el dolor y la comprensión tardía.
Una mancha escarlata comenzó a expandirse en el suelo bajo él.
Los X-Men se quedaron paralizados.
—¡MAGNETO!
—gritó Mistique, pero sus pies no pudieron moverse.
El tiempo pareció desacelerarse.
— Dentro de la Mente de Magneto un abismo infinito se extendía a su alrededor.
Oscuro.
Frío.
Silencioso.
Erik Lehnsherr flotaba en el vacío, sin sentir su cuerpo, solo una ligereza espectral que lo hacía consciente de su propia existencia.
Era un hombre muerto.
Pero en ese instante de transición, entre la vida y la muerte, su mente se abrió.
Vio su infancia.
Los campos de concentración.
Las alambradas oxidadas, el hedor de la desesperación impregnado en el aire, el sonido de botas golpeando el suelo como un eco del destino inquebrantable.
Vio a su madre… El terror en sus ojos cuando la apartaron de él.
Vio sus propias manos, pequeñas e indefensas, estirándose hacia ella, rogando por un milagro que nunca llegó.
—Mamá… Vio los años de dolor.
El hambre.
La crueldad de hombres sin alma, que justificaban su barbarie con ideales de supremacía.
Vio su ira.
Esa ira que lo consumió, que se convirtió en su fuerza, en su propósito.
Vio su lucha.
Su convicción de que los metas debían ser fuertes o serían aplastados como lo fueron los suyos.
Vio a Charles Xavier.
Su único amigo.
Vio sus debates, sus argumentos, sus peleas… y su separación.
Charles le decía que la coexistencia era posible.
Él se reía de esa idea.
Pero ahora… veía la verdad.
No había luchado por los metas.
Había luchado por sí mismo.
Por su dolor.
Por su venganza.
Y en el proceso… se había convertido en lo que juró destruir.
Su causa nunca fue justicia.
Fue supremacía.
Los humanos que odiaba eran él mismo en otro rostro.
Él se convirtió en el opresor.
Él fue el dictador.
Las imágenes de sus propias atrocidades se manifestaron en su mente como un juicio ineludible.
Los edificios colapsando.
Los gritos de los inocentes.
Los niños metas que crecieron en su guerra, sin conocer más que el odio.
La sangre que él derramó con sus propias manos.
No había sido un salvador.
Había sido un tirano.
Un asesino.
Un monstruo.
Lágrimas ardientes se deslizaron por su rostro.
—Dios mío… —susurró—.
¿Qué he hecho…?
Se estremeció.
Por primera vez en su vida, Magneto sintió miedo.
Miedo de su propio reflejo.
Miedo de la verdad que ignoró por décadas.
Miedo de que quizás… era demasiado tarde.
En la penumbra de su conciencia, donde la vida y la muerte se entrelazaban, Magneto sintió algo más fuerte que el dolor de las Quince Agujas Escarlata perforando su cuerpo.
Sintió una presencia.
No era la muerte.
No era el juicio divino.
Era algo… poderoso.
Un fuego carmesí y dorado iluminó la oscuridad de su mente, consumiéndolo sin quemarlo.
—Erik Lehnsherr… observa y comprende.
La voz no era de Sholan.
Era femenina.
Era la voz de Cortana.
Antes de que pudiera reaccionar, la realidad se fragmentó frente a sus ojos, y entonces vio.
No su propia vida.
Sino la de otro.
Un niño pequeño, de cabello negro y ojos afilados, caminando solo en un mundo sin piedad.
Vio la tragedia golpearlo, una y otra vez.
Vio cómo le arrebataban todo lo que amaba, cómo la muerte, la traición y el sufrimiento parecían seguirlo como una sombra maldita.
Cada vez que se levantaba, el destino lo golpeaba de nuevo.
Vio la ira que crecía en su interior, la tentación de la venganza, el deseo de devolver todo el dolor que había recibido.
Vio al niño convertirse en un adolescente… luego en un hombre.
Y el sufrimiento nunca terminó.
Cada momento de felicidad que tocaba, cada esperanza que nacía en su corazón… Era destruida.
Por las personas.
Por la muerte.
Por el destino mismo.
Y, sin embargo… Nunca cedió al odio.
Nunca se convirtió en un monstruo.
Nunca usó su dolor como excusa para arrastrar a otros al sufrimiento.
Mientras Magneto se aferraba a su trauma para justificar sus actos… Esa persona se aferraba a la bondad, a pesar de todo.
A pesar de tener más razones que nadie para elegir la oscuridad.
A pesar de vivir en un mundo que parecía diseñado para destruirlo.
Y entonces, Cortana habló nuevamente, con una voz que resonó como una sentencia absoluta: —Tú elegiste ser lo que eres, Erik Lehnsherr.
—Él también sufrió… pero eligió la luz.
—Tú usaste tu dolor como justificación… él lo usó como fortaleza.
—No fue el destino quien te convirtió en lo que eres… —Fuiste tú.
El fuego del Fénix envolvió la escena, consumiéndola hasta reducirla a cenizas.
La visión terminó.
Y Magneto, por primera vez en su vida, comprendió la verdad.
No había excusas.
No había justificación.
No había más mentiras.
Solo quedó el peso aplastante del arrepentimiento.
Lágrimas silenciosas rodaron por su rostro.
—Perdóname, Charles… Perdóname, Madre… Perdónenme, Todos… Y entonces, su mundo se volvió negro.
— Silencio absoluto.
El cuerpo de Magneto yacía en el suelo, inerte.
Los X-Men contenían la respiración, sus mentes procesando lo que acababan de presenciar.
El mayor enemigo de los X-Men… había muerto.
Mistique cayó de rodillas, sus labios temblando.
Logan cerró los ojos y apretó los puños.
Emma Frost apartó la mirada, sus labios apretados en una línea tensa.
Sholan miró el cadáver sin emoción.
Entonces, sacó algo de su inventario.
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