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Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 225

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225: Cadenas Rotas, Raíces Nuevas 225: Cadenas Rotas, Raíces Nuevas Había pasado un año desde el inicio del plan.

Un año desde que el cielo de Japón vio por primera vez la expansión masiva de sombras purificadoras, cubriendo ciudades enteras como una red viviente conectada directamente a la voluntad de Sholan.

De norte a sur, soldados sombra patrullaban silenciosos, absorbiendo cada residuo del virus, erradicando focos ocultos y transformando cadáveres olvidados en piezas del nuevo destino.

Pero aún no estaba completo.

Cortana flotaba a su lado, en un salón de comando construido sobre lo que antes fue la Torre de Tokio.

—Hemos limpiado tres cuartas partes del país —informó con voz estable—.

Las regiones del sur y partes montañosas del norte aún conservan focos activos.

Estimo un 23% restante.

Sholan no respondió.

Observaba el mapa holográfico con el ceño fruncido.

Su Ki Radiante latía como un corazón omnisciente a través de los miles de nodos de sombra.

Sentía cada rincón, cada cambio, cada esperanza encendiendo una chispa donde antes había solo oscuridad.

—Pronto —murmuró—.

Este mundo renacerá.

Mientras tanto, en la base subterránea establecida en las ruinas del viejo Akihabara, un grupo especial pasaba el día entre entrenamientos, estudios y tareas de análisis.

Takashi y Rei hacían sparring.

Saya y Hirano discutían estrategias junto a los padres de ella.

Shizuka organizaba medicinas.

Y en una esquina, Amora y Lorelei hablaban en voz baja mientras tallaban con cuidado un pequeño trozo de madera, con navajitas que un día les regalaron.

Sus collares colgaban de sus cuellos, simples, hechos de cuerda y figuras de madera… pero lo más preciado que poseían.

Sus ojos brillaban con una mezcla de tristeza, determinación… y algo nuevo: propósito.

Un año atrás… Cuando Sholan las arrojó a su suerte después de derrotarlas, Amora y Lorelei vagaron por las ruinas de Tokio, buscando a quién engañar, seducir, manipular.

Intentaron lo de siempre: se infiltraron en refugios, controlaron brevemente a algunos sobrevivientes, pero el trauma y la paranoia del mundo post-apocalíptico convirtió cada intento en un desastre.

Un grupo intentó asesinarlas.

Otro quiso venderlas.

Sus encantos se volvieron inútiles.

Y el miedo, por primera vez en sus vidas, fue real.

Hasta que los encontraron.

Una pareja de ancianos vivía en una pequeña casa, oculta en una colina, alejada del caos.

Cuando las vieron, temblorosas y harapientas, no preguntaron nada.

Solo las abrazaron.

—Pobrecitas… deben tener hambre.

Les ofrecieron sopa caliente, ropa limpia, y palabras… palabras dulces, sinceras.

—No tienen que fingir con nosotros —les dijo el anciano, Hiroshi—.

Para nosotros, ya son familia.

—Desde hoy, serán nuestras nietas —añadió su esposa, Emiko, acariciándoles el cabello.

Amora y Lorelei… no entendían.

Ellas, que nacieron para manipular.

Que siempre usaban a los demás.

Ahora eran queridas sin condiciones.

Sin segundas intenciones.

Los días pasaron y, con cada gesto, los escudos emocionales de ambas se desmoronaron.

Rieron por primera vez.

Ayudaron a sembrar.

Aprendieron a cocinar.

Recibieron un cariño sin cadenas.

Cuando un convoy de soldados sombra patrulló cerca, los abuelos insistieron en llevarlas a la base de Sholan.

Él podría ofrecerles una oportunidad verdadera.

Sholan las vio llegar, tomadas de la mano con los ancianos.

—¿Qué hacen ellas aquí?

—gruñó, listo para desterrarlas.

—¡Por favor!

—suplicó Lorelei, cayendo de rodillas—.

No por nosotras… por ellos.

Salva a nuestros abuelitos.

La dureza en sus ojos se resquebrajó.

No del todo, pero lo suficiente.

—Pueden entrar… por ellos.

Ya en la base, mientras leían los cómics del MCU y veían las películas junto a los demás, una crisis explotó en sus mentes.

—Todo esto… ¿es lo que somos?

—susurró Amora una noche, al borde del llanto.

—Personajes —respondió Lorelei, rompiendo el tomo de Secret Wars—.

Marionetas.

No tenemos libre albedrío.

Durante semanas cayeron en una profunda tristeza.

Se negaban a salir, a hablar, a mirar a los demás.

Hasta que Hiroshi y Emiko entraron a su habitación una noche.

—¿Títeres?

—dijo Emiko, sentándose entre ellas—.

¿Y qué?

¿Acaso un actor no puede cambiar el final si lo actúa con el corazón?

Hiroshi se arrodilló y las abrazó.

—Tienen algo que los escritores no controlan: ustedes pueden elegir su historia.

Tres meses después, la tragedia golpeó.

Los abuelos enfermaron.

Sin una causa sobrenatural, sin virus… solo el paso del tiempo.

El final de un ciclo.

—¡Tienes que salvarlos!

—suplicaron juntas a Sholan, de rodillas, con lágrimas en los ojos.

Pero él negó con gravedad.

—No puedo.

Este mundo aún está herido.

Si altero la realidad ahora, sus almas podrían ser destruidas.

Y eso sí es eterno.

El día que murieron, las chicas no dejaron de llorar.

Cada una recibió un pequeño collar de cuerda.

En el extremo, una figurita de madera tallada por Hiroshi.

Amora recibió un zorro.

Lorelei, una flor de cerezo.

Lo que para otros sería simple, para ellas fue el mayor regalo del universo.

Los enterraron con sus propias manos.

Junto al cerezo que ellas mismas ayudaron a plantar meses antes.

Y por semanas no salieron de sus habitaciones.

Hasta que un día, Sholan entró.

Su voz fue cruel.

Casi despiadada.

—¿Van a seguir siendo patéticas?

¿O se van a levantar y me van a ayudar a destruir al verdadero responsable de su muerte?

Ellas levantaron la vista, furiosas… pero no contra él.

En ese instante, todo rencor, todo odio, todo desprecio hacia Sholan se evaporó.

El Invierno Negro.

Si no fuera por él… ellos aún estarían vivos.

Se pusieron de pie.

—Tienes nuestra ayuda —dijo Amora, con voz firme.

—No por ti —agregó Lorelei—.

Por ellos.

Y por primera vez… supieron lo que era tener un propósito.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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