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Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 240

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  4. Capítulo 240 - 240 La Sombra Que Nunca Fue
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240: La Sombra Que Nunca Fue 240: La Sombra Que Nunca Fue La figura de Lady Dorothea pendía suspendida en el aire, atrapada por la mano de Sholan.

Su cuerpo intentaba resistirse, temblaba, sus ojos buscaban caminos mentales para esclavizarlo, pero los Ojos del Infinito lo veían todo.

Su pasado, su miseria, sus manipulaciones, y la retorcida “ternura” con la que había planeado usar a sus hijas como ofrenda para revivir a un muerto.

Sholan no dijo una palabra más.

Sin soltar su cuello… extiende su índice hacia Dorothea, como un juez ejecutando el juicio final.

—Sekishiki Meikai Ha.

Varias ondas giraron hacia Dorothea.

El viento dejó de moverse.

La vida se retiró del entorno.

Una espiral de Dorothea y la desgarró del plano material.

Su alma fue extraída sin compasión, envuelta en cadenas de Ki Radiante.

Dorothea gritó como si su esencia estuviera siendo arrancada a fuego.

Su cuerpo aún físico trató de soltarse, de invocar una defensa.

Pero en ese momento… —No mereces ni el lujo del polvo.

Sholan reunió su Ki.

No como un disparo.

Era el Stardust Breaker, denso, absoluto.

El espacio a su alrededor se quebró como vidrio.

Un polvo destructivo envolvió el cuerpo de Dorothea… y no quedó nada.

Ni un solo átomo.

Ni una sombra.

Ni un recuerdo.

Silencio.

Solo quedaba su alma, ahora arrastrada entre cadenas llameantes hacia el plano espiritual por el Sekishiki Meikai Ha.

Y Sholan… fue con ella.

—– No era cielo ni infierno.

Era el cruce.

El umbral donde todo debía rendir cuentas.

Un espacio sin tiempo, donde las almas eran pesadas, leídas… y sentenciadas.

Allí, entre sombras y ecos de lo que fue, apareció Dorothea.

Flotando, encadenada, despojada de su forma humana.

Solo quedaba quién era en verdad: un alma oscura, podrida, sostenida por hilos de obsesión, crueldad y desesperación.

El eco de miles de voces que había manipulado, destruido, matado.

Frente a ella, Sholan la esperaba, de pie.

No como un salvador.

Como el juez final.

Su voz retumbó en el vacío.

—No hay redención.

No hay oportunidad.

No hay compasión.

Dorothea trató de hablar.

—¡Es injusto!

¡Yo solo quería…!

¡Alfredo me necesitaba!

¡Me necesitaba…!

Sholan levantó la mano.

No para golpearla, sino para señalar algo detrás de ella.

Dorothea se giró.

Y ahí, a lo lejos, vio el alma de Alfredo.

Brillante.

Tranquila.

Caminando hacia la luz.

—¡Alfredo!

¡ALFREDO!

¡ESPERA!

¡SOY YO!

¡ESTOY AQUÍ!

¡¡¡ESTOY AQUÍ!!!

¡¡¡NO ME DEJES!!!

Pero Alfredo no se giró.

No habló ni respondió.

No le dedicó siquiera una mirada.

Su alma se había liberado de ella hacía mucho tiempo.

Dorothea gritó, desesperada, intentó correr… pero las cadenas se cerraron sobre ella con ganchos de sufrimiento eterno.

Y entonces llegaron ellos.

Las almas de los que le sirvieron.

Los traidores.

Los asesinos.

Los magos deformados por sus experimentos.

Sus antiguos seguidores… Las almas de inocentes, todos la esperaban.

Sus rostros no eran humanos.

Sus ojos eran cuencas vacías.

Sus uñas eran garfios.

Uno a uno comenzaron a arrastrarla al abismo.

Ella pataleaba.

Suplicaba.

Lloraba como una niña.

—¡ALFREDO!

¡POR FAVOR!

¡SÁLVAME!

¡NO LO VOLVERÉ A HACER!

¡NO PUEDO VIVIR SIN TI!

¡ALFREDOOOOO—!

Sholan solo observó.

Silencioso.

Como una estatua tallada por el juicio mismo.

Y cuando ella pasó frente a él, entre chillidos, con las manos extendidas, le susurró con una calma que partía el alma: —Eso es lo que pasa cuando tocas lo que amo.

Disfruta de la obra de tus propias manos.

Las puertas del infierno se abrieron sin fuego, sin truenos.

Solo un suspiro largo… y eterno.

Y Lady Dorothea Grethe junto con sus ayudantes fueron empujados poco a poco por las almas inocentes a esas terribles puertas donde con desesperación se leía la siguiente inscripción: “Per me si va ne la città dolente, per me si va ne l’etterno dolore, per me si va tra la perduta gente.

Giustizia mosse il mio alto fattore: fecemi la divina podestate, la somma sapienza e ‘l primo amore.

Dinanzi a me non fuor cose créate se non etterne, e io etterna duro.

Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate.” Al ver esta inscripción y aún sin conocer el lenguaje, Dorothea sintió al instante el significado de dicha inscripción con un enorme sentimiento de angustia: “Por mí se va a la ciudad doliente, por mí se va al eterno dolor, por mí se va entre la gente perdida.

La justicia movió a mi alto Hacedor; me hicieron el Poder divino, la suprema Sabiduría y el primer Amor.

Antes de mí no fue creado nada sino lo eterno, y yo eterno duro.

Abandonad toda esperanza, los que entráis.” En un último intento lleno de angustia y desesperanza Dorothea trató fútilmente de resistir, pero con un último empujo por parte de las almas inocentes Dorothea fue engullida al abismo.

Sin gloria.

Sin redención.

Sabiendo que nunca, nunca volvería a ver a Alfredo.

Su desesperación sería eterna.

Su condena… infinita.

Sholan no dijo más.

Dio media vuelta mientras las almas inocentes por fin eran cubiertas de paz, y su silueta se desvaneció en el plano espiritual, como un eclipse alejándose del mundo.

La justicia había sido pronunciada.

Y el universo lo recordaría.

—– La noche aún cubría el mundo con su manto silencioso cuando Sholan reapareció en la habitación.

El aire estaba tibio y dulce, impregnado del aroma suave del cabello de Wanda, que dormía plácidamente, ajena a la tormenta que casi se desataba en otro rincón de la realidad.

Sholan se quitó el atuendo de batalla con un simple pensamiento, gracias al sistema de equipo rápido, y dejó que el silencio lo envolviera.

Caminó con suavidad por la habitación hasta el lado de la cama, donde Wanda respiraba tranquila, envuelta en la calidez de las mantas.

Se metió con cuidado entre las sábanas, acomodándose sin hacer el menor ruido… pero entonces ella, dormida, instintivamente lo buscó en la oscuridad.

Sus brazos lo rodearon como si fuera una almohada viviente, su pierna descansó sobre la suya, y su rostro quedó pegado a su pecho.

Sholan se quedó quieto por un instante, observándola.

Una sonrisa suave se dibujó en sus labios.

La abrazó también, con delicadeza pero firmeza, rodeándola con ambos brazos, compartiendo el calor de sus cuerpos en esa burbuja de paz tan distinta al infierno que acababa de sellar.

—Ya pasó —susurró, sin esperar respuesta.

Porque así debía ser.

Ella no necesitaba saberlo.

Y mientras Wanda suspiraba en sueños, acurrucada contra él, Sholan cerró los ojos sabiendo que una oscuridad había sido apagada… antes siquiera de que pudiera extenderse.

El mundo aún dormía.

Y ahora, también… el guardián del equilibrio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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