Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 245
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- Capítulo 245 - 245 Promesas y Raíces
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245: Promesas y Raíces 245: Promesas y Raíces El cielo comenzaba a teñirse de naranja mientras el atardecer abrazaba Villa Loriana con una ternura que solo los días tranquilos pueden permitir.
La brisa mecía las ramas altas de los árboles que bordeaban la propiedad, y el murmullo de la naturaleza se entrelazaba con las risas agudas y luminosas de cinco pequeñas que corrían descalzas por el jardín.
—¡Formación!
—gritó Shang-Chi, con una mezcla de paciencia y resignación, mientras intentaba que las quintillizas mantuvieran una línea recta durante el entrenamiento de esa tarde.
Pero Esme giró sobre sí misma y chocó con Irma, Sophie se desvió hacia un arbusto tras ver una mariposa, Phoebe se detuvo para ver a una hormiga, y Celeste simplemente se quedó mirando el cielo como si escuchara algo que los demás no podían.
Shang-Chi suspiró hondo mientras Bucky reía desde el porche, cruzado de brazos.
Desde la ventana de la cocina, Wanda observaba la escena con una sonrisa tranquila.
El aroma del pan horneado que acababa de sacar del horno se mezclaba con el incienso de lavanda que había encendido momentos antes, un gesto que hacía cada tarde para purificar el ambiente.
Todo en ese momento se sentía pleno.
En equilibrio.
Hasta que sintió algo.
Un cambio sutil, pero inconfundible.
Volteó justo cuando Sholan apareció en el umbral de la puerta.
No llevaba su armadura, ni tampoco su aura imponente de combate.
Solo la ropa cómoda que usaba para entrenar y una pequeña esfera oscura en la mano.
Sus pasos eran silenciosos, su presencia tan constante como el pulso de la tierra misma, pero sus ojos… Sus ojos no mentían.
—¿Sholan?
—preguntó ella, acercándose con la frente ligeramente fruncida.
Él no respondió de inmediato.
Solo extendió la esfera, colocándola suavemente en las manos de Wanda.
Era pequeña, del tamaño de una manzana, y su superficie parecía respirar, con vetas internas que giraban como remolinos oscuros atrapados bajo un cristal.
Wanda la sostuvo con cuidado, sintiendo al instante una vibración interior, como si el objeto reconociera su energía y la envolviera en respuesta.
—¿Qué es esto?
—murmuró, casi sin aliento—.
¿Tiene… vida?
—Todo el conocimiento que robé de Agatha —respondió él, con voz baja y profunda—.
Sus hechizos, sus maldiciones, sus atajos.
Lo descompuse, lo reorganicé… y lo sellé aquí.
No tiene conciencia, pero sí memoria mágica.
También contiene una cantidad considerable de metal Uru que nos regaló Thor.
El tipo de material que resiste incluso el caos del tiempo.
Wanda alzó la mirada, sus ojos escarlatas brillando apenas bajo la luz del atardecer.
—¿Para qué?
Sholan suspiró, acercándose para tomar sus manos, aún cerradas sobre la esfera.
—Sé que estuviste intentando fortalecer las protecciones de Villa Loriana.
Con esto podrás forjar runas permanentes.
Un escudo arcano que no podrá ser atravesado ni siquiera por los entes mágicos más antiguos.
Las runas no dependerán de tu estado emocional, ni se quebrarán si estás lejos.
Este lugar… nuestra casa… será inaccesible para los enemigos.
Wanda apretó los labios.
El peso de la esfera era nada comparado con lo que implicaba.
—¿Por qué ahora?
Los ojos de Sholan se suavizaron.
No con debilidad, sino con una determinación silenciosa.
—Porque pronto tendrás que protegerlos sin mí.
Me iré por una semana.
El corazón de Wanda se detuvo un segundo.
—¿Una semana?
—Es tiempo suficiente —dijo él—.
Prometí conseguir la mascota perfecta para las niñas.
Y también la niñera ideal, según tus criterios.
No quiero que esa responsabilidad caiga en ti… ni en nadie más.
Ella parpadeó, y su expresión cambió.
No había enojo, ni ansiedad.
Solo un entendimiento profundo.
—Todo lo que haces… es por nuestra familia.
Él asintió.
Quiso decir algo más, pero Wanda se adelantó.
Lo besó.
No fue un gesto rápido ni protocolar.
Fue un ancla.
Un hilo invisible que tejía su voluntad al suyo, que reforzaba esa red que habían construido juntos.
Cuando se separaron, Wanda apoyó la frente contra la suya.
—Haz lo que tengas que hacer, amor.
Siempre vuelves a casa.
Sholan sonrió.
La acarició con ternura, y su silueta comenzó a desvanecerse entre destellos suaves de luz dorada.
Desapareció sin dejar huella.
Pero Wanda aún sostenía la esfera entre las manos.
Y en su pecho, una certeza: No volvería solo.
—— La jungla era espesa, húmeda y viva.
Cada hoja vibraba con energía silvestre.
Cada rama cargaba el eco de antiguos rugidos.
En medio de todo, Stitch acechaba.
No por hambre.
Por hábito.
Había sido creado para sobrevivir, para superar.
Su estructura interna lo hacía el arma perfecta.
Pequeño.
Ágil.
Indestructible.
Pero no había enemigos aquí.
Solo monos perezosos, aves de colores brillantes… y silencio.
Y sin embargo, su corazón seguía latiendo como si esperara una amenaza.
Una parte de él la necesitaba.
Hasta que lo sintió.
No un olor.
No un sonido.
Una presión.
Una presencia.
Como una ola que no se ve venir, pero que el alma reconoce.
Stitch se giró lentamente, sus pupilas dilatadas.
Sholan acababa de entrar al claro.
No dijo nada.
No adoptó postura de combate.
No alzó la voz.
Solo caminó con firmeza, con una paz tan sólida que se volvía más aterradora que la violencia.
Stitch gruñó.
Mostró los dientes.
Y se lanzó.
Como un rayo azul que surca el aire.
Pero antes de que sus garras tocaran algo… cayó de rodillas.
El Haki del Emperador había descendido como una cúpula de gravedad pura.
No lo aplastó.
No lo hirió.
Solo alineó algo dentro de él.
Como si su alma, rota en tantas partes, hubiera encontrado de pronto su eje.
Stitch parpadeó.
Confundido.
Sholan no se movió.
No necesitó hacerlo.
Se agachó lentamente frente a él, igualando su altura.
No con superioridad, sino con respeto.
—No vine a detenerte —dijo con calma, su voz como una fogata en medio del frío—.
Vine a ofrecerte libertad.
Stitch no entendía las palabras.
Pero las sentía.
Había algo en esa voz que no quería controlarlo… sino liberarlo.
No un maestro.
No un dueño.
Un igual.
Una elección.
Sholan extendió una mano abierta.
Sin apuro.
Sin imposición.
Y por primera vez desde su creación, Stitch no atacó.
Miró esa mano.
Y algo dentro de él —algo más allá del ADN alienígena, más allá de su programación genética— murmuró una palabra que aún no conocía… pero que ya se le formaba en el corazón: Ohana.
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