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Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 246

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  4. Capítulo 246 - 246 Ohana por Elección
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246: Ohana por Elección 246: Ohana por Elección Stitch tiembla.

No por miedo.

No por rabia.

Tiembla porque algo dentro de él se ha roto.

O más bien… se ha abierto.

Como una flor que nunca supo que era semilla.

El silencio del claro es profundo.

Ni el viento se atreve a interrumpir.

Sholan no se mueve de su posición.

Está de pie frente al experimento número 626, sin armadura, sin espada, sin intención de atacar.

Solo hay una llama.

En la punta de su dedo.

Una llama blanca con bordes dorados.

Viva.

Palpitante.

El fuego del Ki Radiante.

—Esto no es para vencerte —dice, con la voz grave, suave, como una canción de cuna—.

Es para ayudarte.

Stitch gruñe… pero no da un paso atrás.

No entiende las palabras.

Pero algo en él —algo profundo, viejo, escondido entre sus genes alterados— las siente.

El dedo de Sholan toca su frente.

Y entonces, todo desaparece.

No hay bosque.

No hay noche.

No hay dolor.

Solo… Luz.

Al principio, Stitch piensa que está soñando.

Está frente a una casa.

No una base.

No un laboratorio.

Una casa.

De esas que huelen a comida recién hecha y donde hay dibujos en la pared.

El cielo es azul.

El jardín, inmenso.

Y corriendo por el pasto, cinco pequeñas figuras llenas de energía.

Una de ellas —la más energética— señala con el dedo.

—¡Stitch, ven!

¡Te toca ser el dragón!

Él reacciona sin pensar.

Corre hacia ellas con un rugido fingido.

Ríen.

Saltan sobre él.

Una se cuelga de su oreja.

Otra le pone una toalla como capa.

La más tranquila lo observa con ojos brillantes y le acomoda una corona de flores en la cabeza.

—¡Eres el Rey Dragón ahora!

—grita una, mientras lo pinta con los dedos… de azul.

Más azul.

Y él… ríe.

No por protocolo.

No por programación.

Porque le nace.

Porque, por primera vez, no siente la urgencia de destruir.

Solo de estar.

Aparece una Mujer.

Camina entre las niñas con una calma imposible, como si su simple presencia espantara la oscuridad.

Se arrodilla frente a Stitch.

Le limpia el hocico con una servilleta como si fuera uno más de sus hijos.

—Siempre serás bienvenido aquí —le dice con voz clara.

Y detrás de ella… El hombre que acaba de conocer.

Aparece no como guerrero.

No como juez.

Sino como quien pone la mano sobre el hombro de un amigo.

Sin miedo.

Sin condiciones.

No lo ve como una anomalía.

No como un experimento fracasado.

Lo ve como igual.

Como parte del todo.

El tiempo se acelera.

Días pasan como segundos.

Estaciones giran alrededor de Stitch como una danza de colores.

Fiestas improvisadas.

Comidas caóticas donde cinco voces piden cosas distintas al mismo tiempo.

Las niñas lo visten de superhéroe: —¡Eres el Caballero Stitch!

¡Defensor del jardín!

Él acepta la capa.

Y el título.

Lo dibujan.

Lo abrazan cuando duerme.

Una noche, no lo encuentran y lloran desconsoladas.

—¿Dónde está Stitch?

Al día siguiente, lo dibujan como un dragón protector en una hoja de colores, con estrellas alrededor y corazones en cada esquina.

Y bajo las estrellas, cuando se acurrucan junto a él, sus voces bajan de volumen.

Susurran como si contaran un secreto sagrado: —Ohana significa familia… —Y la familia nunca te abandona… Y entonces, Stitch —que fue creado para la guerra— Stitch —que nació en un laboratorio y nunca supo qué era un abrazo— Llora.

No por tristeza.

Sino por algo más grande.

Más brillante.

Porque por primera vez entiende lo que es pertenecer.

No ser útil.

No ser peligroso.

Ser necesario.

Ser amado.

Y en lo profundo de su alma, entre todos sus impulsos destructivos y su fuerza indomable, nace una certeza: “Esto… esto es lo que quiero.” —– La visión se desvanece.

Stitch abre los ojos, aún de rodillas.

El bosque ha vuelto.

El fuego en el dedo de Sholan ya no arde.

Pero su mirada aún ilumina.

Stitch lo observa.

Gruñe, una vez.

Pero no con hostilidad.

Con… decisión.

Se pone de pie.

Da un paso al frente.

Y por primera vez, en lugar de atacar… Inclina la cabeza.

Una reverencia extraña, torpe.

Como si no supiera cómo se hace, pero quisiera hacerlo bien.

Sholan asiente.

—Vamos a casa.

Y con un gesto suave, abre un portal envuelto en tonos cálidos.

Del otro lado: Villa Loriana, bajo el atardecer.

Y el sonido de cinco risas lejanas.

Stitch da un paso.

Y cruza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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