Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 248
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- Capítulo 248 - 248 El Sueño del Dragón Dormido
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248: El Sueño del Dragón Dormido 248: El Sueño del Dragón Dormido El cielo se abrió como una cortina de luz líquida.
Un portal dorado destelló en mitad de la atmósfera, rasgando el tejido dimensional con la delicadeza de una seda cortada por espada.
De él emergió Sholan, volando a baja altura, envuelto en su Ki como una llama de dignidad flotante.
A su hombro, como siempre, Stitch.
Apenas asomaban sus orejas y una pata, mientras se aferraba con sus garras al hombro de su hermano elegido.
—¿Llegamos…?
—murmuró con voz pastosa, aún dormido.
Sholan sonrió.
—Casi.
Este mundo tiene a alguien que necesita recordar quién puede llegar a ser.
El aire era denso, el cielo turbio.
Y en las sombras de las callejuelas más olvidadas de Beijing, la organización Shadaloo tejía su telaraña de poder y terror.
La escena era tensa.
Cinco agentes de Shadaloo armados y blindados con implantes cibernéticos rodeaban a una mujer.
Pelo recogido, moños como esferas de acero, y unas piernas tensas como resortes listos para explotar.
Chun-Li, vestida con su clásico qipao azul, jadeaba apenas.
Sus ojos no parpadeaban.
—Cinco contra una —murmuró, ajustando sus brazaletes de hierro—.
¿Así es como Shadaloo lucha ahora?
Uno de los agentes avanzó con una descarga eléctrica.
—No estás en posición de hablar.
Pero ya era tarde.
—¡Kikoken!
Una esfera de energía azul estalló en el pecho del primero, lanzándolo contra un muro.
Chun-Li giró sobre sí misma, lanzando una patada giratoria tan rápida que pareció desaparecer.
Otro enemigo cayó.
Los siguientes intentaron rodearla, pero cometieron el error de subestimar la velocidad de sus piernas.
—¡Spinning Bird Kick!
Chun-Li giró sobre su cabeza, convirtiéndose en un torbellino de patadas.
El asfalto se astilló, los cristales explotaron.
Dos enemigos más al suelo.
El último intentó disparar.
Demasiado tarde.
Con una ráfaga de patadas rectas, lo desarmó, lo golpeó en el mentón y lo dejó inconsciente antes de que su arma tocara el suelo.
Se irguió, con los brazos a los lados, respirando rápido.
Sudor en su frente.
Furia en sus ojos.
—Tu técnica es buena… pero estás peleando como alguien desesperada.
La voz no vino de los escombros ni de los callejones.
Vino del cielo.
Sholan descendió con calma absoluta, aterrizando con la gracia de una pluma de fuego.
Su Ki rodeaba su cuerpo como una armadura viviente.
Stitch seguía dormido, emitiendo un ronquido suave, sus garras aun colgando del hombro de su hermano.
—¿Y tú quién eres?
—dijo Chun-Li, tensando las piernas en alerta.
—Solo un viajero.
Busco a Shadaloo.
Pero no pude evitar ver tu combate.
Eres rápida… pero tus ataques están llenos de espacios.
Tu defensa es demasiado emocional.
Tu estilo… carece de forma.
Chun-Li frunció el ceño.
Su pulso se aceleró.
—¿Carece de forma?
Mi padre me entrenó.
Lo que sé… ¡viene de él!
Sholan bajó los ojos con respeto.
—Entonces fue un hombre valiente… pero te dejó incompleta.
Eso fue suficiente.
Chun-Li no respondió con palabras.
Se lanzó.
Una patada recta al rostro.
Evadida.
Una barrida giratoria.
Bloqueada.
Un salto y doble patada en el aire.
Sholan se inclinó hacia un lado con mínima energía.
—¡Lightning Legs!
—gritó ella, liberando una ráfaga de patadas tan rápidas que los árboles a los lados se estremecieron.
Pero Sholan dio un paso atrás, luego otro, esquivando sin retroceder, solo desplazándose.
—Tu energía es inestable.
Tu centro de gravedad cambia con cada golpe.
Estás dejando que tu furia tome el control.
—¡Cállate!
—espetó ella, ejecutando un poderoso Senretsukyaku.
Un torbellino de patadas giratorias que podrían destruir una pared.
Sholan giró sobre un talón.
Ni una le tocó.
La pelea duró varios minutos.
Chun-Li lanzó todo lo que tenía.
Pero él no contraatacó.
Solo esquivó.
Controlando el ritmo, el aire, el silencio.
Finalmente, agotada, se arrodilló.
Jadeando, con los brazos colgando.
Sholan permanecía de pie.
Imperturbable.
Y Stitch… seguía dormido.
—¿Quién… eres tú…?
—susurró Chun-Li, sin fuerzas para continuar.
—Alguien que lucha por mantener el equilibrio.
Pero lo más interesante no es que hayas perdido.
Señaló con el mentón a su hombro.
—¿Ves esto?
Chun-Li alzó la vista.
El pequeño ser azul estaba acurrucado, dormido profundamente.
—Ese “perro”… ¿ha estado así todo el tiempo?
—Desde el principio.
Me he movido, esquivado, girado.
Pero no se ha despertado.
¿Sabes por qué?
Ella negó, confundida.
—Porque mis movimientos no tienen desperdicio.
Cada paso, cada desplazamiento, está pensado para no romper la armonía.
Cuando puedes moverte así… puedes proteger incluso el sueño de un dragón dormido.
—Dijo Sholan mientras acariciaba lentamente la cabeza de Stitch Chun-Li lo miró, por primera vez con humildad.
Su orgullo había sido pulverizado, no por la fuerza… sino por el control.
—…Enséñame.
Sholan se sentó frente a ella.
—Antes, quiero saber quién eres.
No la luchadora.
La persona.
Chun-Li bajó la cabeza.
Y habló.
Le contó de su infancia en China.
De su padre, Dorai, oficial de la Interpol.
Un hombre firme, justo, que le enseñó a pelear no por gloria, sino por justicia.
Le habló de cómo lo perdió a manos de Shadaloo.
Del vacío que dejó.
De los años que dedicó a entrenar, a buscar respuestas, a llenar el hueco con golpes y velocidad.
Del odio que ardía bajo cada patada.
Y de las noches donde no encontraba consuelo, ni propósito.
Sholan escuchó todo, sin interrumpir.
Cuando terminó, hubo un largo silencio.
—Has llevado un peso enorme con tus propias manos.
Has resistido bien.
Pero lo que tienes… puede convertirse en algo mayor.
—¿Mayor que justicia?
—Mayor que venganza —corrigió él—.
Precisión.
Armonía.
Maestría.
Ella alzó la mirada, aún arrodillada.
—¿Entonces… qué propones?
Sholan se incorporó.
—Entrenamiento.
Solo eso.
Si lo aceptas, te guiaré.
No te haré promesas de venganza, ni de gloria.
Pero si escuchas… quizás aprendas a moverte sin desperdicio.
A pelear… sin ira.
Chun-Li asintió, lenta.
Ya no con la cabeza de una guerrera.
Sino con el corazón de una aprendiz.
Y desde su hombro, Stitch se estiró, medio dormido aún, y murmuró: —Mmm… buena patada… Sholan sonrió, y el cielo sobre Beijing pareció más claro por un momento.
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