Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 249
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- Capítulo 249 - 249 El Sonido del Silencio
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249: El Sonido del Silencio 249: El Sonido del Silencio El amanecer llegó con una calma engañosa.
Los rayos del sol teñían los tejados de Beijing con tonos ámbar, mientras los escombros de la noche anterior apenas comenzaban a enfriarse.
Chun-Li despertó con el cuerpo aún adolorido, pero su espíritu… más liviano.
Frente a ella, sobre una plataforma flotante hecha con energía, Sholan meditaba en silencio, con las piernas cruzadas en el aire, y Stitch dormido otra vez sobre su regazo, abrazando una botella de jugo como si fuera un tesoro ancestral.
—¿Ya empezamos?
—preguntó Chun-Li, con el cabello recogido y los brazos tensos por la disciplina.
—Sí —respondió Sholan, sin abrir los ojos—.
Ponte esto.
Le lanzó un pequeño objeto metálico que ella atrapó con una mano.
Era… un cascabel.
—¿Esto es una broma?
—No.
Va en tu cintura.
Desde hoy, entrenarás en silencio.
Tu cuerpo debe aprender a moverse como si el mundo no supiera que existes.
Chun-Li frunció el ceño, pero obedeció.
Sholan se acercó sin palabras, y con una destreza casi ritual, se arrodilló frente a ella y ató el cascabel con un delgado hilo de seda alrededor de su cintura, justo sobre la cadera.
Chun-Li se quedó inmóvil.
El contacto fue breve.
Pero fue suficiente para que el calor subiera por su cuello hasta sus mejillas.
Su respiración se detuvo un segundo.
Sus ojos bajaron, viendo cómo las manos de él trabajaban con precisión casi reverente.
Y luego, al levantar la mirada… lo vio.
La fuerza.
La serenidad.
La belleza brutal de un ser que parecía esculpido por el mismo equilibrio.
Y sintió algo.
—Ahora —dijo él, poniéndose de pie—.
Vas a moverte durante las próximas dos horas.
Pero si ese cascabel suena una sola vez… volveremos al principio.
Chun-Li tragó saliva, aun sin poder quitarse la imagen de sus manos de la mente.
—¿Qué más?
—Ah, sí —añadió él, con media sonrisa mientras se concentraba para usar aquella técnica que Frigga le había enseñado muchos años atrás—.
Gravedad x3.
El suelo tembló.
Sus piernas flaquearon.
—¿¡Q-qué…!?
—Tres veces la gravedad de este planeta.
No hay atajos para el silencio perfecto.
Y comenzó.
Ella se movía.
Despacio.
Temblando.
Cada paso era una lucha entre control y fatiga.
Sholan la observaba sin interferir, sin un solo juicio en su rostro.
Pero Chun-Li no dejaba de mirarlo de reojo.
Con cada pausa, con cada intento de mantener la compostura, su mirada viajaba.
Los hombros anchos.
La espalda recta.
El perfil sereno.
Los labios tensos.
Y luego, la mano izquierda.
Allí.
Una argolla de matrimonio, sencilla, pero hermosa.
Su corazón dio un vuelco.
—…¿Estás casado?
Sholan la miró de reojo.
No cambió de expresión.
Solo asintió.
—Sí.
Hace poco.
No hubo más palabras.
Pero tampoco hizo falta.
Chun-Li bajó la mirada.
Un escalofrío la recorrió.
No por el frío, ni por la fatiga.
Sino por esa punzada en el pecho que no esperaba.
La primera vez en años que alguien le despertaba algo más allá del combate… y era un camino sin destino.
Se sentía estúpida por haberlo pensado.
Por haberse ilusionado con una chispa fugaz.
Por creer que, después de tanto, alguien así… podía ser parte de su historia.
Sholan se acercó, sin pedir permiso.
La cargó en brazos como si no pesara más que una pluma, y ascendió al cielo.
—Tu cuerpo ya no puede seguir.
Pero el viaje continúa.
Descansa.
Yo me encargo.
Ella no protestó.
Se aferró levemente a su cuello, el sonido del cascabel silenciado por completo.
Y aunque intentó no pensar en nada… una lágrima traicionera se escapó por la comisura de su ojo.
Sholan volaba con suavidad, llevándola hacia el siguiente destino.
Las nubes pasaban como sueños no vividos.
Y Japón emergió a lo lejos, con sus montañas cubiertas de niebla y sus templos silenciosos.
Aterrizaron al pie de un dojo rural, en un valle donde los cerezos aún no florecían.
Y frente a ellos… dos figuras los esperaban.
Uno, con un gi blanco, la mirada profunda como un río inmóvil: Ryu.
El otro, de rojo intenso, sonrisa confiada y brazos cruzados: Ken Masters.
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