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Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 295

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  4. Capítulo 295 - 295 El Hombre Que Provocó la Tormenta
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295: El Hombre Que Provocó la Tormenta 295: El Hombre Que Provocó la Tormenta La sala era amplia, fría, acorazada.

Paredes de acero reforzado con vibranium, proyectores holográficos y un escudo de inhibición psíquica cubriendo el recinto completo.

Un lugar donde el mundo decidía si declaraba la guerra… o la evitaba.

En el centro, el general Thaddeus E.

Ross permanecía de pie frente al atril blindado, su rostro endurecido por los años y los errores.

Un dossier con sello Ultra Clasificado descansaba cerrado ante él.

A sus espaldas, una pantalla proyectaba un mapa, resaltando una pequeña pero altamente protegida zona: Villa Loriana.

Un murmullo de expectación se desató entre los embajadores y delegados.

Todos sabían que lo que se diría ahí dentro podía cambiar el mundo.

Ross dio un golpe seco en el atril, llamando al silencio.

—Esta sesión extraordinaria fue convocada por recomendación de la Oficina de Inteligencia Global —dijo con voz firme—.

El motivo: el fracaso operacional de la Misión Dragón helado.

Una operación antiterrorista de carácter confidencial y jurisdicción táctica independiente, ejecutada con recursos propios del Departamento de Defensa.

Los delegados intercambiaron miradas.

—El objetivo era interceptar y asegurar a cinco sujetos metahumanos no identificados, considerados de alto riesgo emergente.

Información reciente sugería que se estaban formando estructuras de poder clandestinas en la región de Villa Loriana… con recursos no tecnológicos y capacidades potencialmente catastróficas.

Ross omitía convenientemente detalles.

No dijo que la operación no había sido autorizada por ninguna agencia internacional, ni que se trataba de un ataque premeditado.

No mencionó que envió más de 500 soldados de fuerzas especiales, helicópteros, tanques, drones y aviones no tripulados.

Ni que su verdadero objetivo era secuestrar a las cinco hijas de Wanda Maximoff.

—La amenaza… respondió —continuó, girando hacia la pantalla que empezó a mostrar imágenes desclasificadas.

Una grabación de baja resolución mostraba a una figura infantil, rubia, rodeada de energía dorada, que con un solo gesto rompía los brazos y piernas de todo un pelotón sin siquiera tocarlos.

Otra mostraba un gigantesco perro azul, de ojos incandescentes, arrollando vehículos blindados como si fueran de papel.

Luego, soldados siendo derribados por sombras humanoides sin rostro, saliendo de la tierra.

Armas especiales derritiéndose en la mano de un sujeto con un brazo metálico de diseño alienígena.

Ross no explicó.

Solo dejó que las imágenes hablarán por sí solas.

—Nuestros sistemas de monitoreo registraron niveles de energía inusuales.

Las tropas fueron neutralizadas antes de poder establecer el perímetro.

Las comunicaciones colapsaron por interferencia no identificada.

Ninguna baja confirmada del lado objetivo.

Fin de la operación.

Mentiras disfrazadas de verdad.

Nunca mencionó que su ejército fue aniquilado.

Nunca dijo que toda la información relacionada con la operación desapareció.

Ni siquiera admitió que sus propios archivos personales, incluso los almacenados offline, fueron borrados sin dejar rastro.

Un silencio helado reinaba en la sala.

Hasta que una voz grave lo interrumpió.

—¿Cinco niñas desarmadas eran suficientes para justificar el despliegue de un batallón completo de élite?

Todos giraron hacia el interlocutor.

En el asiento de Wakanda, con postura firme y mirada intensa, estaba el príncipe T’Challa.

—Cinco niñas, general Ross —repitió T’Challa—.

¿Niñas que no figuran en ninguna base de datos terrorista?

¿Niñas nacidas en territorio soberano reconocido por la ONU?

¿Cómo justifica la violación de jurisdicción?

¿O es que Estados Unidos ahora actúa como policía sin fronteras en su propio territorio?

Ross entrecerró los ojos, sin amedrentarse.

—Wakanda debería saber que los riesgos no esperan permisos diplomáticos.

Y lo que vimos en Villa Loriana fue una respuesta desproporcionada, inhumana.

Esas niñas no fueron entrenadas por casualidad.

Lo que vimos fueron armas biológicas activas, hijas de una de las mayores amenazas de este siglo.

—¿Te refieres a la Bruja Escarlata?

—preguntó T’Challa, cruzando los brazos—.

Porque hasta donde sé, es ciudadana libre.

Ha salvado más vidas que las que tu país ha invadido.

¿Qué justifica convertir en blanco militar a sus hijas?

Ross apretó los labios, sin responder.

—¿Y qué hay del padre?

—añadió T’Challa, con una ceja alzada—.

¿También lo consideras un arma biológica?

—porque estoy seguro de que el padre de esas niñas es “Nanashi”, o simplemente “Sholan” como figura en su reporte.

Un individuo de naturaleza no convencional que fue pieza clave en la batalla de Nueva York.

El murmullo se transformó en alarma.

T’Challa bajó lentamente los brazos y Ross apretaba los dientes apenas conteniéndose.

—En su informe acaba de admitir que atacó el hogar de Sholan.

Que intentó capturar a sus hijas.

Todo sin autorización internacional, sin respaldo legal, y sin siquiera haber hecho una advertencia formal.

—Actué con base en información crítica.

Y con la intención de evitar un futuro conflicto global —respondió Ross, su tono cortante.

—¿Y qué provocó en su lugar?

—preguntó T’Challa en voz baja—.

Porque esto no fue una operación fallida, general… fue un suicidio diplomático.

¿Acaso sabe con quién se enfrentó?

¿Cree que puede detener a un huracán con un rifle?

Ross guardó silencio.

El sudor en su sien delataba la presión contenida.

Un delegado de Francia susurró:  —Esto no fue una operación.

Fue una provocación.

Y otra voz —la de la representante de Japón— añadió:  —¿Qué clase de monstruo ataca niños… y luego culpa a la tormenta por la lluvia?

Ross cerró el dossier, dándose cuenta de que había perdido el control del relato.

—Por eso mismo —dijo finalmente, recuperando parte de su firmeza—, insisto en que los Acuerdos de Sokovia deben ser reactivados de inmediato, esta vez con enmiendas que permitan no sólo intervenciones preventivas sin proceso legislativo, sino también la plena supervisión y subordinación de individuos con habilidades especiales bajo el mando directo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

No podemos permitir que existan sujetos con ese nivel de poder fuera del control de las naciones que protegen el orden mundial.

T’Challa sonrió con ironía.

—No puedes controlar al sol, general.

Tampoco puedes ponerle una correa al mar.

Pero tú… tú sí puedes dejar de lanzar piedras a los panales y esperar que no te respondan.

Ross bajó la mirada.

Por primera vez… lucía derrotado.

Y en una sala oculta de la ONU, una figura entre las sombras —Nick Fury— observaba todo desde una cámara secreta.

Sin decir una palabra.

Solo pensó una cosa: “¿Qué demonios intentaste hacer, Ross…?”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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