Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 347
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- Capítulo 347 - 347 Cuando los Lobos Aúllan
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347: Cuando los Lobos Aúllan 347: Cuando los Lobos Aúllan La música pop suave llenaba el salón de eventos, adornado con luces cálidas, guirnaldas doradas y centros de mesa con flores frescas.
El suelo brillante reflejaba los focos móviles que pintaban patrones sobre las paredes, mientras los adolescentes reían, bailaban, se tomaban fotos y grababan historias para subirlas a sus redes.
Todo parecía perfecto.
Inocente.
Como si el mundo, por una noche, pudiera quedarse fuera.
Y entonces, llegaron los VK.
Evie fue la primera en entrar, robándose las miradas sin pedirlo.
Su vestido azul medianoche, elegante y moderno, marcaba perfectamente su figura.
Caminaba al ritmo de sus tacones con una seguridad natural, como si la alfombra roja siempre hubiese sido su hábitat.
A su lado, con la corbata ligeramente torcida y el cabello cuidadosamente despeinado, Peter no podía evitar mirarla como si el resto del salón no existiera.
—No puedo creer que estés aquí conmigo —murmuró Peter, sonriendo como un tonto enamorado.
—Créelo, Spidey —susurró Evie con una sonrisa cómplice—.
Esta noche es real.
Justo detrás de ellos, Carlos entró con una mezcla de nervios y emoción.
Traje blanco con camisa negra, corbata roja y una expresión de “no sé cómo terminé aquí, pero me estoy esforzando por parecer relajado”.
Aunque no le duró mucho la tranquilidad: apenas cruzó la entrada, fue interceptado por un grupo de chicas.
—¡Carlos!
¡Te ves increíble!
—¿Quieres bailar después?
—¿Me sigues en Insta?
Él solo pudo reír nerviosamente, esquivando con elegancia los intentos de algunas por tomarle fotos sin permiso.
Chico, su fiel compañero y mascota del instituto que confidencialmente se había apegado a Carlos, lo esperaba afuera por temas de protocolo escolar, pero Carlos se sentía expuesto como si no tuviera protección alguna.
Jay y Mal, por su parte, se dirigieron directamente al buffet.
Jay, con su chaqueta negra abierta, camisa gris y sonrisa despreocupada, se estaba sirviendo sin pudor alguno.
—Sabes que no es todo para ti, ¿verdad?
—le dijo Mal, alzando una ceja mientras se servía una bebida.
—Si no lo agarramos rápido, lo bueno se acaba —respondió Jay, apilando comida en su plato.
Mal, vestida con un vestido negro mate de líneas sencillas pero firmes, lo acompañaba con esa aura suya que intimidaba, pero fascinaba.
Ella estaba ahí por curiosidad.
Y entonces, llegó Sholan.
El ruido del salón no se detuvo del todo, pero sí cambió.
Las conversaciones bajaron de tono, como si la atmósfera se volviera más densa.
Sholan caminó con calma, su traje oscuro perfectamente entallado, su expresión serena pero firme.
No sonreía, pero tampoco lucía agresivo.
Solo… imponente.
Todos sabían quién era, aunque pocos se atrevían a acercarse.
Algunos lo miraban con una mezcla de respeto y miedo; otros, con admiración muda.
No era cualquiera: era Sholan, el de la batalla de nueva york, ese que había hecho lo imposible, ese que parecía más una leyenda que una persona normal.
No muy lejos, Felicia Hardy bailaba con Ryan.
Vestida con un vestido corto plateado que brillaba bajo las luces del salón, Felicia giraba con agilidad, pero su mirada se desviaba cada tanto hacia Jay, quien bromeaba con Mal entre bocados de pastel.
Ryan lo notó.
Y eso le dolió.
Mientras sonreía forzadamente en medio de la pista, su mente ardía.
—¿Aún lo estás mirando?
—preguntó, disfrazando su molestia con voz ligera.
—¿Qué?
No.
Solo estoy viendo si ya trajeron los postres —dijo Felicia, girando sobre sus talones, sin saber que sus ojos la traicionaban.
Ryan tensó la mandíbula.
La música seguía, la gente bailaba… pero su paciencia se consumía.
Pocos minutos después, se acercó con una sonrisa encantadora y le ofreció un vaso con una bebida.
Felicia lo tomó sin pensar demasiado.
—Para ti —dijo él, suave, insinuante—.
Por lo bien que bailas… y por lo hermosa que luces.
Felicia agradeció con una leve sonrisa, aunque apenas bebió, el sabor le pareció extraño.
No lo suficiente para alarmarla, pero… diferente.
Ryan no dijo más.
Solo observó.
Por dentro, sus pensamientos eran otra cosa.
Sórdidos.
Sucios.
Oscuros.
“Solo tiene que bajar un poco la guardia… solo un poco.
Una copa.
Un par de pasos hacia el rincón la salida.
Y entonces, será mía.
Aunque sea por esta noche.” Pero no sabía algo crucial.
Sholan estaba monitoreando todo el salón con su haki de observación y no demoró en sentir las emociones que Ryan destilaba.
Jay estaba de nuevo junto al buffet cuando Sholan, serio como pocas veces, se acercó de forma urgente.
—Jay… no hay tiempo —dijo con voz grave—.
Felicia… algo está mal.
Lo sentí.
Jay frunció el ceño.
—¿Qué pasó?
¿Dónde está?
—No lo sé —respondió Sholan, con el ceño fruncido y los Ojos del Infinito brillando—.
Pero alguien…
alguien con intenciones oscuras la sacó del baile.
Es uno de estos chicos débiles.
No se cual es su ki.
Pero sentí su intención.
Y es horrible.
Jay ya estaba corriendo cuando Sholan lo siguió sin una palabra más.
—– El cuarto era pequeño.
Las paredes olían a encierro.
Había una única luz tenue en el techo.
Felicia parpadeaba, su visión borrosa, su cuerpo no respondía.
Sentía las piernas débiles, como si no existieran.
Su respiración era temblorosa.
No puede ser, pensó.
No puede estar pasando.
No ahora con mi vida al revés.
Ryan estaba allí, frente a ella.
Su sonrisa era fría, torcida.
—Siempre quise que estuviéramos solos —murmuró.
—Has sido una coqueta y hoy serás solo mía, no te preocupes seré muy gentil.
Felicia intentó mover los brazos, gritar.
No pudo, lo que sea que Ryan le haya dado la dejo sin fuerzas para mover su cuerpo.
Solo una lágrima silenciosa resbaló por su mejilla.
Su mente gritaba.
¡Ayuda!
¡Jay!
¡Sholan!
¡Alguien!
¡Por favor!
Y entonces, un crujido.
La puerta se vino abajo de una patada.
La madera astillada voló en todas direcciones.
Ryan apenas tuvo tiempo de voltearse cuando el puño de Jay impactó contra su mandíbula con toda la furia que alguien podía reunir al ver a la persona que le importa en peligro.
Ryan salió disparado, golpeando la pared.
Cayó al suelo, aturdido.
—¡Felicia!
—gritó Jay, corriendo hacia ella.
La sostuvo con delicadeza, con los ojos algo vidriosos al verla tan vulnerable, tan rota.
—Ya está.
Estoy aquí.
Nadie te va a hacer daño.
Ella intentó hablar, pero solo sollozos ahogados salieron de su garganta.
Jay la abrazó, como si al hacerlo pudiera borrar el miedo, la sensación de desamparo.
Entonces, el cuarto se volvió frío.
Ryan trató de incorporarse.
Su rostro ensangrentado por el golpe.
—Maldita rata callejera, te voy a matar —Gritó Ryan furioso por el golpe que acababa de recibir.
Pero al siguiente instante temblaba.
Pero no del impacto.
Temblaba porque alguien lo había tomado del hombro.
Una voz sonó a su espalda, baja, como el murmullo antes de una tormenta: —No gritaste lo suficiente todavía.
Ryan giró y lo vio.
Sholan.
El Héroe de la Batalla de Nueva York.
Pero en ese momento, lo que vio no era un héroe.
Era un monstruo encarnado.
Sholan lo sostuvo sin esfuerzo, como si fuera un niño mientras salían del pequeño cobertizo junto al campo de futbol.
Y su mirada… no tenía compasión.
—No te … te-tengo miedo.
— Dijo débilmente Ryan.
Sholan simplemente sonrió, una sonrisa que nunca llegó a sus ojos.
—No me temes…
todavía.
Y entonces, con un simple movimiento, lo arrojó al cielo.
El grito de Ryan se perdió entre las nubes.
Jay miró hacia arriba, aun sujetando a Felicia, y por primera vez desde que la conocía, la vio relajarse de alivio y sorpresa.
Varios segundos después, un silbido marcó el descenso.
Sholan estiró un brazo y lo atrapó con una sola mano… antes de lanzarlo nuevamente al suelo.
Ryan quedó ahí.
Roto.
No por fuera.
Roto en el alma.
Porque supo en ese momento que el mundo ya no lo dejaría esconderse detrás de sus mentiras, su ego o sus manipulaciones.
Sholan lo miró una última vez pronunciando la sentencia que cambiaría su destino para siempre.
—All Fiction —– En la mansión de Villa Loriana, Felicia dormía.
Agotada.
Vulnerable.
Pero a salvo.
Jay no se apartó ni un segundo de su lado.
Había jurado protegerla, y esa noche ella casi sufre un trauma que forjaría un destino lleno de dolor y peligro.
Sholan salió al balcón, su mirada fija en el cielo estrellado.
Cortana apareció a su lado, proyectada en un suave resplandor azul.
—¿Todo bien?
—preguntó ella con suavidad.
—No —respondió él, sin apartar los ojos del cielo—.
Pero al menos…
hoy no llegó demasiado tarde.
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