Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 377
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- Capítulo 377 - 377 Arañas de maldición Promesas de Libertad
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377: Arañas de maldición, Promesas de Libertad 377: Arañas de maldición, Promesas de Libertad La brisa de la tarde soplaba con suavidad sobre las laderas de la Villa Kakariko.
Las hojas crujían bajo los pasos del grupo mientras caminaban con calma detrás de Sholan, aun procesando los eventos recientes.
A pesar de la belleza natural del lugar, un silencio tenso reinaba entre ellos.
—¿Y ahora qué?
—preguntó Carlos, rompiendo el silencio—.
¿Cuál es el plan?
—Primero —dijo Sholan sin detenerse— necesitamos asegurar un lugar donde refugiarnos.
No podemos estar a la intemperie.
También necesitaremos dinero.
Bastante.
Vamos a necesitar comprar muchas cosas si queremos tener alguna posibilidad contra Ganondorf…
y sobrevivir dos semanas en este mundo.
—¿Dinero?
—Peter frunció el ceño— ¿No se supone que somos héroes?
—Y hasta los héroes necesitan dinero para comer —respondió Sholan con media sonrisa.
Los condujo por las calles de la villa, hasta el sector sureste.
Allí se alzaba una gran casa antigua, de techo amplio, ventanas cerradas y un evidente abandono.
Muebles desarmados, polvo y telarañas dominaban el lugar.
Un aire pesado lo envolvía todo.
—No se asusten con lo que van a ver —dijo Sholan con tono serio—.
No saquen sus armas.
Déjenme hablar a mí.
El grupo asintió, aunque Jay ya tenía la mano en el mango de su espada por si acaso.
Apenas cruzaron el umbral, un sonido viscoso les heló la sangre.
Desde el techo descendió lentamente una enorme Skulltula, una criatura parecida a una araña gigante, con un tórax bulboso cubierto de patrones blancos, patas metálicas, y algo aún más perturbador: un rostro humano deformado y un brazo que colgaba con desesperación.
Evie gritó.
Peter y Carlos retrocedieron con reflejos de combate.
Felicia afiló la mirada.
Solo Sholan permaneció inmóvil.
—Tranquilos —dijo—.
Es un tipo de araña gigante de este mundo.
Se llama Skulltula.
Este en particular… está maldito.
La criatura habló con voz áspera pero humana: —Mi nombre… era Rothan.
Esta era mi casa… antes de la maldición.
Mi esposa Almira, mi hija Selka y mis tres hijos: Korin, Tharn y Ezo… todos fuimos transformados por nuestra codicia.
Las Arañas de la Maldición nos tomaron, encerrándonos en estas formas atroces… Sus palabras estaban cargadas de años de aislamiento, culpa y desesperación.
—¿Saben cómo romper la maldición?
—preguntó Sholan, cruzando los brazos.
—Sí.
Hay cien Gold Skulltulas… arañas especiales.
Cada una alberga un emblema maldito.
Si se recuperan todos, la maldición puede romperse.
—¿Y qué obtendremos a cambio?
—preguntó Sholan, directo.
—Lo que pidan.
Cualquier cosa.
Solo… por favor… libérenos.
Sholan lo miró con seriedad.
—Quiero quedarnos aquí por dos semanas.
Y que nos den a cada uno 500 rupias.
Rothan no dudó.
—¡Hecho!
Cualquier cosa… ¡cualquier cosa!
—Entonces —dijo Sholan, mientras sus ojos se entrecerraban— me aseguraré de que cumplas.
De un solo movimiento, invocó las Cadenas del Juicio.
Como serpientes luminosas, se lanzaron hacia Rothan y sus familiares ocultos entre las sombras de la casa.
Cada cadena se enroscó alrededor de sus corazones deformados.
—Regla número uno: cumplir el trato.
Regla número dos: cooperar con nosotros durante dos semanas.
Si rompen alguna… morirán.
Rothan asintió con un estremecimiento.
—Aceptamos.
Sholan giró hacia el grupo.
—Voy a salir un momento.
—¿Te acompaño?
—preguntó Mal, que aún tenía energía.
—Sí.
Eres la menos herida.
Vamos.
Una vez fuera de la casa, Mal lo miró de reojo.
—¿A dónde vamos?
—A destruir la maldición de ese hombre.
Mal arqueó una ceja.
—¿Planeas viajar por todo este mundo para eso?
—No es necesario —respondió Sholan mientras se detenían frente a una casa adosada a una gran pared rocosa.
Sin previo aviso, la alzó en brazos como una princesa, provocando un leve sonrojo en Mal, y saltó hasta el techo de la casa con gracia.
Un leve clic-clic-clic metálico llamó su atención.
Allí, en la sombra, una criatura con caparazón dorado y patas afiladas se arrastraba.
—Eso es una Gold Skulltula —señaló Sholan.
—¿Una sola?
¿Y qué hay de las otras 99?
—preguntó Mal con preocupación.
—No son individuos separados… están conectadas.
Forman una sola maldición.
Y eso las hace un solo enemigo.
La cadena del juicio volvió a aparecer.
—¿Qué vas a hacer?
—Estas cadenas… pueden encontrar a su enemigo a cualquier distancia, en cualquier dimensión sin importar a cuantos años luz se encuentren.
Sholan lanzó la cadena.
Esta perforó a la Gold Skulltula y, al instante, una grieta dimensional se abrió en el aire.
La cadena se extendió como una flecha celestial, viajando más allá de las montañas, los lagos y los reinos ocultos, conectándose con cada una de las cien arañas malditas.
Durante quince minutos la cadena avanzó sin detenerse.
Una a una, las arañas caían, sus emblemas eran extraídos y enviados directamente al inventario de Sholan.
—Listo.
—¿Ya?
—preguntó Mal, boquiabierta.
—Ya.
Regresaron a la casa Skulltula apenas 30 minutos después de haber salido.
El grupo los recibió con miradas curiosas.
Sholan se acercó a Rothan, abrió su inventario y sacó los cien emblemas.
Los símbolos brillaron con un fulgor dorado intenso, y una ola de magia pura cubrió la casa entera.
Las telarañas ardieron como incienso, y la oscuridad fue reemplazada por una calidez luminosa.
Con un estallido de luz, Rothan, Almira, Selka, Korin, Tharn y Ezo recuperaron sus cuerpos humanos.
—¡Somos libres…!
¡Por fin…!
—gritó Rothan, cayendo de rodillas.
—El trato —dijo Sholan.
—Sí, sí.
Aquí está.
Cada uno del grupo recibió dos rupias doradas y dos púrpuras, que sumaban exactamente 500 rupias.
Los muchachos las miraban fascinados.
—Esto… ¿vale tanto como parece?
—preguntó Peter.
—Más —dijo Felicia—.
El oro de este mundo es más puro que el de nuestra dimensión.
La familia Skulltula, ahora humana, se puso en movimiento.
Mientras la esposa y la hija salían a buscar víveres, Sholan y los hijos armaron rápidamente una mesa de comedor grande y seis camas dobles, más una sencilla.
La casa, limpia, renovada, se sentía cálida.
El atardecer se filtraba por las ventanas.
Durante la cena, a la luz de las lámparas mágicas, Ezo preguntó: —¿Y ustedes quiénes son en realidad?
Sholan levantó la vista de su plato.
—Durante estas dos semanas vamos a entrenar.
A mejorar.
A prepararnos.
Porque dentro de quince días… —¿Qué ocurrirá?
—preguntó Selka.
—Iremos a acabar con Ganondorf.
Un silencio abrumador llenó la casa.
Las cucharas dejaron de moverse.
—¿Qué…?
—susurró Korin.
Sholan se reclinó con calma.
—Vamos a salvar Hyrule.
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