Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 383
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- Capítulo 383 - 383 La Quietud del Lago la mente del Guerrero
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383: La Quietud del Lago, la mente del Guerrero 383: La Quietud del Lago, la mente del Guerrero La brisa del atardecer mecía suavemente las ramas de los árboles cercanos a Villa Kakariko.
Bajo la luz dorada del crepúsculo, el grupo más cercano a Sholan se había reunido alrededor de una fogata improvisada.
Las chispas danzaban en el aire mientras el silencio pesaba entre todos, como si intuyeran que algo importante estaba por decirse.
Sholan, de pie frente a las llamas, miró a sus amigos con calma, pero con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.
—Mañana… entraré al Templo del Agua —anunció.
La noticia cayó como una roca en un estanque en calma.
El grupo se quedó inmóvil, apenas respirando.
—¿Seguro que entrarás solo?
—preguntó Evie al instante, con una mezcla de incredulidad y preocupación.
Peter intercambió una mirada rápida con Mal, que ya se había cruzado de brazos, frunciendo el ceño.
—Ese templo… no es uno cualquiera —murmuró Carlos, bajando la vista—.
Es donde se quiebra el alma o se refuerza el espíritu.
Todos lo sabemos.
—Lo sabemos porque tú nos lo contaste —agregó Jay con seriedad—.
Que ese lugar es un reflejo… uno cruel.
¿Por qué quieres enfrentarlo solo?
—Porque tengo que hacerlo —respondió Sholan sin dudar—.
El Templo del Agua no es solo un dungeon más.
Está ligado a mi mente, a mi pasado.
A lo que guardo detrás del muro.
Pero si quiero tener alguna oportunidad real contra Mephisto… necesito derrumbar ese muro desde dentro.
—Podrías morir —dijo Felicia en voz baja, con la mirada clavada en las brasas.
—No —contestó él suavemente—.
Podría desaparecer.
Que es distinto.
Morir no me da miedo.
Pero perderme a mí mismo, sí.
Mal chasqueó la lengua con fastidio.
—Entonces nos quedaremos contigo en la superficie.
Acamparemos en el Lago Hylia hasta que vuelvas.
No voy a sentarme a esperarte tomando té en la Villa mientras estás allá abajo solo, atrapado con tus demonios.
—Estoy de acuerdo —añadió Peter, levantándose—.
Vamos contigo hasta la orilla, y te esperaremos ahí.
No se habla más.
Carlos, Evie, Jay y Felicia asintieron, cada uno con su propio gesto decidido.
Sholan los observó uno por uno.
No necesitaban decirle nada más: estaban con él.
Y ese gesto silencioso le dio fuerza.
—– Al amanecer del día siguiente, el grupo llegó al borde del majestuoso Lago Hylia.
La superficie era un espejo líquido que reflejaba el cielo despejado.
Las aves cantaban desde los juncos, ajenas a la tensión que pesaba en el aire.
—Aquí será el campamento —anunció Carlos, dejando caer su mochila—.
No nos moveremos hasta que salgas.
—Ni un centímetro —dijo Mal, clavando una estaca en el suelo con tanta fuerza que hizo temblar la lona.
Evie tendió una manta sobre la hierba mientras Felicia acomodaba los víveres.
Peter y Jay construyeron una pequeña torre de vigilancia improvisada usando recursos del inventario de Jay, con visión directa al lago.
Sholan no dijo nada.
Caminó lentamente hasta el borde del agua.
Su reflejo lo miró desde la superficie… y por un instante, vio algo más que su rostro: vio el peso de los recuerdos, las pérdidas, los errores, los secretos.
Con una exhalación serena, alzó su mano.
La Armadura Zora apareció, cubriéndolo desde el cuello hasta los pies con un diseño fluido, como si el agua misma lo envolviera.
Su silueta parecía hecha para nadar entre corrientes invisibles y superar las profundidades.
—¿Regresará, Jay?
—dijo Peter en voz baja.
—Él volverá —respondió Jay con una certeza tranquila—.
Porque no está huyendo.
Está yendo a recuperar algo.
Sholan se giró una última vez para mirar a sus protegidos.
Todos lo observaban en silencio, de pie, firmes, como pilares sosteniendo un templo invisible.
—Gracias —dijo con una sonrisa que era más una promesa.
Y con un paso, se sumergió en el lago.
El agua lo recibió sin resistencia.
No hubo chapoteo, solo un suave sonido de ruptura mientras desaparecía bajo la superficie.
Su figura descendió con gracia, perdiéndose en el azul profundo.
El grupo se quedó en silencio.
La superficie del lago volvió a ser un espejo.
Tranquilo.
Inmutable.
Pero todos sabían que, allá abajo, se libraría una batalla mucho más dura que cualquier guerra exterior.
Una lucha silenciosa en la oscuridad del agua… y en la oscuridad del alma.
Y ellos esperarían.
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