Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 386
- Inicio
- Todas las novelas
- Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC
- Capítulo 386 - 386 El Eco de Mi Reflejo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
386: El Eco de Mi Reflejo 386: El Eco de Mi Reflejo El cuerpo golpeado y cansado de Sholan se mantenía en pie, apenas.
El agua en el Cuarto de las Ilusiones apenas se agitaba, suspendida por la tensión contenida entre dos seres idénticos, opuestos y al mismo tiempo unidos por la misma esencia.
Un par de semillas del ermitaño, consumidas al mismo tiempo.
El guerrero y su sombra.
Ambos respirando al unísono.
Ambos restaurados.
—¿Aún no aprendes la lección?
—la figura sombría habló con una voz idéntica, pero cargada de hielo y resentimiento—.
Intenta lo que quieras… el resultado será el mismo.
No puedes derrotarme.
—Ya entendí que no sirve usar fuerza bruta —respondió Sholan, con la voz firme, no como una admisión de derrota, sino una revelación madura—.
No funcionará, porque tú y yo… somos lo mismo.
Mismos recuerdos, mismo poder.
El mismo dolor.
—Y tampoco puedes hacerme desaparecer —la sombra sonrió de lado, como quien sabe que tiene la última palabra.
—No puedes negar lo que soy.
—No quiero negarte.
Un silencio pesado los envolvió.
Entonces, la sombra dio un paso al frente, su expresión endurecida por décadas de sufrimiento contenido.
—Te conozco mejor que nadie.
Eres el niño que lloraba en silencio cuando el mundo lo olvidaba.
El joven que enterró sus sueños para sobrevivir.
A su alrededor aparecieron imágenes como espectros atrapados en el cristal del tiempo: El cuarto oscuro donde Sholan dormía de niño.
La mirada indiferente de los adultos que pasaron de largo.
La tarde en la que un puño de su padrastro lo arrojó contra la pared sin razón.
Los días en los que su estómago crujía de hambre mientras su padrastro se embriagaba con el dinero de la comida.
Las noches en las que dormía con frío porque le escondían las cobijas “para que se hiciera hombre”.
Las veces que recibió insultos solo por existir.
La vez en que su padrastro vendió uno de sus cuadernos para comprar cigarrillos.
La caída de la única maestra que creyó en él, cuando fue despedida por protegerlo.
La tumba solitaria de su madre.
La mirada indiferente de los adultos que pasaron de largo.
La noticia de la muerte de su hijo nonato.
Su esposa, muerta tras el accidente y el eco de su propio grito, desgarrado, sosteniéndola mientras la sangre teñía sus manos.
El cuerpo de su hermano menor cubierto por una sábana blanca.
La carta de despido tras entregarse por completo a su vocación de maestro.
Los días en que no podía levantarse por el dolor en su pierna.
Los rechazos de editoriales, uno tras otro, mientras lloraba en silencio en su apartamento vacío.
Los compañeros de trabajo que se alejaban con excusas vacías.
Una sucesión interminable de dolores, pérdidas y traiciones… Todo aquello que lo quebró sin romperlo.
Que lo convirtió en alguien que ya no confiaba en el mundo y que vivía más por terquedad que por fortaleza.
En ese instante, como un alud imparable, todos los recuerdos enterrados volvieron a él.
Sholan lo sintió todo: cada golpe, cada abandono, cada lágrima contenida.
Recordó el hambre, el frío, la traición de quienes debían cuidarlo.
Recordó lo solo que se sintió… y lo fuerte que tuvo que volverse para no romperse.
Todo ese pasado, con su peso insoportable, latía ahora dentro de él… y lo aceptaba.
Sholan también notó que en las imágenes de su vida adulta en el otro mundo al final de ellas siempre aparecía la figura de una mujer muy familiar mirándolo desde el otro lado, con un amor que cruzaba las barreras del tiempo y la muerte.
—Eres… quien fui antes de despertar en el mundo Marvel —susurró Sholan, con la voz quebrada pero clara—.
Sholan cerró los ojos y se quedó en silencio por un muy largo momento y tomando un enorme respiro dijo con voz pausada.
—Si entonces eres yo, ya sabes… lo que acabo de decidir.
—¿Decidir?
—No te hagas el tonto… Este lugar revela la verdad del corazón, ¿no?
Presta atención que te mostraré mi verdad.
Y de su corazón brotó un torrente de recuerdos nuevos.
No eran oscuros, ni tristes… sino cálidos, reales.
Sus hijas corriendo por los jardines de Villa Loriana.
La risa traviesa de Sophie, la calma sabia de Celeste, la energía indomable de Esme, la ternura tímida de Phoebe y Eri, y la curiosidad brillante de Irma.
La mirada amorosa de Wanda.
Los entrenamientos junto a Evie, Jay, Mal, Peter, Carlos y Felicia.
Las batallas compartidas con héroes, los lazos tejidos con la Liga de la justicia, las almas que salvó sin esperar nada.
Todo eso, su verdad… su vida.
—¿Y eso qué es?
—rugió la sombra, con rabia contenida— ¿Tu familia?
¿Tus amigos?
¡Qué estúpido!
Nadie estuvo ahí.
Nadie.
Solo mentiras y abandono.
¿Recuerdas cómo dolía?
¿Cómo la vida te desgarraba día a día?
¡Ellos no te salvaron!
¡Yo fui el que te hizo fuerte!
¡Yo fui quien te protegió de sentir…!
¡Yo fui quien construyó el muro, cuando tu corazón estuvo a punto de romperse al ver morir a Wanda!
Sholan no apartó la vista.
Su voz salió, tranquila, sin miedo.
—Tienes razón… Sufrí.
Me rompí por dentro.
Y tú me protegiste… ocultándolo todo.
Pero también lo negaste.
Me negaste.
Y al hacerlo… me alejaste de mí mismo.
Y nos alejaste de ella.
—¿De quién hablas?
—De Ella.
Y como si su nombre tuviera poder más allá de los reinos, ella apareció.
La mujer con cabello rojo como el atardecer, ojos suaves como el cielo después de una tormenta, y una sonrisa que podía sanar cualquier herida.
No era la Wanda actual y esposa de Sholan.
No la Wanda del caos ni la locura.
Sino la Wanda que lo había visto… realmente visto.
La que por azares del destino cruzó el velo de las dimensiones solo para abrazarlo en su peor momento.
La que se quedó grabada en su alma.
Ella se acercó lentamente a la sombra… y le sonrió con una ternura infinita.
Sin odio.
Sin miedo.
Solo amor.
Y la sombra… tembló.
—Ella no nos salvó con poder.
Nos salvó con amor —continuó Sholan—.
E incluso en este momento, gracias a ella y ese profundo amor… Puedo ver lo que tú ocultas.
La verdad.
—¿Cuál verdad?
—la voz de la sombra ya no era segura.
Era la de un niño atrapado.
—Que el dolor… también es mío.
Y que está bien sentirlo.
No es debilidad.
Es prueba de que viví.
De que perdí… y seguí caminando.
No tengo que odiarme por lo que sufrí.
Ni cargar con toda la culpa y el dolor.
Hoy… Te perdono y te acepto completamente.
La sombra dio un paso atrás, como si esas palabras la quemaran… Y luego cayó de rodillas.
Mientras lloraba su forma oscura comenzó a cambiar y tomó primero la forma de su anterior versión adulta en el mundo original, luego se transformó en aquel niño pequeño golpeado por el dolor para luego empezar a brillar.
Motas de luz, primero tenues, luego intensas, lo cubrieron todo.
Y poco a poco, su figura se disolvió… …hasta fundirse con Sholan.
Al mismo tiempo, el Muro Mental que tanto lo había detenido y sellado sus memorias comenzó a deshacerse en miles de partículas de luz.
Ya no era una prisión, sino parte de él.
Cerró los ojos.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—Gracias… por todo lo que hiciste por mí.
Por protegerme cuando no podía hacerlo.
Pero está bien ahora.
Porque ya no estoy solo.
Porque soy amado.
Porque estoy completo.
Frente a él, la última imagen de ella sonrió una vez más y se deshizo en una ráfaga dorada.
Esa luz no desapareció… Se condensó… cristalizándose en una gema brillante, que flotó hasta sus manos.
Sholan lo observó con sus ojos del infinito y la información que leyó del cristal hizo que su corazón se calentará aún más.
Topacio Imperial del Amor Inmortal: Condensación del amor eterno de Wanda.
Fragmento de su alma y de su poder.
Único.
Irremplazable.
Sholan cerró los ojos mientras guardaba el cristal en su inventario.
La ilusión del cuarto desapareció y lo que quedaba era una enorme sala vacía.
El templo… estaba en calma.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com