Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 403
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Capítulo 403: La Granja Roja
El sonido metálico de los barrotes resonó en el aire húmedo y espeso de la prisión. Un silencio breve y contenido se extendió entre los reclusos, apenas interrumpido por los ecos de pasos firmes sobre el suelo de concreto. Dos guardias rusos abrían el corredor principal, y detrás de ellos caminaban Natasha Romanoff, Yelena Belova y un hombre alto de cabello negro, con una expresión tan tranquila que parecía fuera de lugar en aquel entorno hostil.
Sholan.
—¿Estás segura de que esto es buena idea? —preguntó Yelena, cruzando los brazos mientras miraba a su hermana—. Ese idiota no ha visto el mundo exterior en años. Lo más probable es que empiece a gritar su propio nombre.
—Es la única pista que tenemos de Dreykov —respondió Natasha, seria—. Y si alguien sabe dónde encontrarlo, es él.
El sonido de un portón oxidado al abrirse resonó como un rugido metálico. De la celda, rodeado de presos que lo aclamaban con una mezcla de burla y respeto, salió Alexei Shostakov, el autoproclamado Red Guardian, el “Capitán América ruso”. Su barba rojiza estaba descuidada, y su uniforme de prisión apenas le quedaba. Pero su sonrisa, arrogante y orgullosa, seguía intacta.
—¡Ah, mis pequeñas flores rojas! —exclamó al verlas—. ¡Mis niñas! ¡Mis pequeñas asesinas! ¡Las más letales del programa! —extendió los brazos intentando abrazarlas, solo para recibir una mirada asesina de Yelena y una ceja arqueada de Natasha.
Sholan observaba la escena en silencio desde un rincón del techo, invisible. Había decidido mantener un perfil bajo. Esta misión era personal para las Romanoff y, aunque él estaba allí para asegurarse de que nada se saliera de control, sabía que debía permitirles cerrar sus propios círculos.
“Veamos hasta dónde llega tu orgullo, viejo soldado”, pensó Sholan mientras lo veía moverse.
Alexei fue liberado con ayuda de Yelena, quien fingió ser parte del personal de traslado, y con un pequeño empujón de energía psiónica de Cortana, el sistema eléctrico de la prisión colapsó por breves segundos. Fue suficiente para causar una distracción. En cuestión de minutos, los helicópteros despegaron entre ráfagas de nieve, llevándose al exsúper soldado.
El aire afuera estaba helado. La ventisca rugía entre las montañas nevadas del norte de Rusia. Dentro del helicóptero, Alexei reía a carcajadas mientras contaba viejas historias de gloria.
—¡Y entonces, cuando el Capitán América me vio, supo que era su igual! —exclamó, golpeándose el pecho—. ¡Fue una batalla legendaria!
—Capitán América estaba congelado cuando dices que eso pasó —respondió Yelena con sarcasmo, dándole un empujón con el codo—. Así que deja de mentir.
—¿Congelado? Bah, propaganda americana. Él sabía de mí. Todos sabían de mí. ¡El Red Guardian es una leyenda!
Sholan, invisible y flotando fuera del helicóptero, rodó los ojos mientras escuchaba. Natasha lo ignoraba, acostumbrada a sus delirios. Pero dentro de ella, la rabia crecía. Cada palabra de Alexei era un recordatorio de un pasado que había querido olvidar. Las mentiras, la manipulación, la falsa familia.
Horas después, aterrizaron en las afueras de San Petersburgo. La nieve cubría los caminos, y el horizonte mostraba un cielo plomizo. Sholan los siguió desde la distancia, invisible, pero atento a cada detalle. El aire estaba cargado de energía extraña. Su Haki de observación detectaba trazas químicas dispersas, diminutas, flotando en el ambiente.
“Control mental químico…” pensó. “Vostokoff ha estado ocupada.”
El grupo llegó a una granja aislada, con una cerca de madera y una casa de campo que parecía sacada de otra época. Pero Sholan notó algo más: bajo tierra, había una instalación tecnológica activa. Corrientes eléctricas, pulsos de energía y un laboratorio que bullía con actividad. El lugar era una fachada, y una muy buena.
Natasha y Yelena entraron sin dudar. Alexei las seguía, emocionado de ver a “su esposa”. En la cocina, una mujer morena de cabello corto los observaba con calma mientras un cerdo se arrastraba por el suelo, jadeante.
—Así que… volviste —dijo Melina Vostokoff, la cuarta pieza de aquella falsa familia.
Nadie habló por un momento. Sholan, invisible, los rodeó, analizando las expresiones, los latidos, los impulsos eléctricos de sus cuerpos. No había hostilidad inmediata, pero sí una tensión cargada de historia.
Yelena rompió el silencio.
—¿Qué diablos le hiciste al cerdo?
Melina, sin levantar la vista, respondió con una voz fría.
—Estaba probando un nuevo sistema de control. Puede dejar de respirar si se lo ordeno. —Tocó una tableta y el animal se desplomó unos segundos, hasta que ella volvió a tocarla—. Una demostración sencilla. Control total… incluso sobre las funciones básicas.
Natasha sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Ese era el mismo sistema que Dreykov usaba con las Viudas.
—Melina… ¿qué hiciste? —preguntó Natasha, con un tono contenido.
—Lo que me enseñaron a hacer —respondió ella—. Lo que tú también aprendiste.
Alexei, incómodo, intentó suavizar el ambiente.
—¡Vamos, mis pequeñas flores! ¡Esto es una reunión familiar! ¿No podemos dejar los experimentos y recordar los viejos tiempos?
—Los “viejos tiempos” fueron una mentira —replicó Yelena, con veneno en la voz—. No éramos una familia. Éramos armas.
El silencio se volvió pesado.
Desde el exterior, Sholan observaba a través de la pared. Su mirada era implacable. Él conocía ese tipo de dolor: el de los lazos falsos, las promesas vacías. Su Haki detectó una alteración en los alrededores. Comunicaciones codificadas. Transmisión por radio. Melina había alertado a Dreykov.
—Idiota —murmuró Sholan, y su cuerpo comenzó a desvanecerse por completo, entrando en un estado de invisibilidad total.
A los pocos minutos, una docena de helicópteros se acercó al lugar. Las luces cortaron la oscuridad del bosque como cuchillas. Sholan flotó en el aire, observando los vehículos de Dreykov acercarse. Su impulso natural fue intervenir, destruirlos en segundos, pero se contuvo. Esta era una prueba para Natasha… y un ajuste de cuentas que debía ser suyo.
Dentro de la casa, el sonido de las hélices se hacía cada vez más fuerte. Melina se giró hacia Natasha.
—No vengan por mí —dijo con calma—. Ya están aquí. Y no me interesa morir en este sitio.
—No morirás —respondió Natasha—. Pero vas a ayudarnos.
Melina arqueó una ceja, incrédula.
—¿Ayudarlas? No sean ingenuas, niña. Dreykov controla cada aspecto del programa. No pueden escapar.
Natasha respiró profundo, su mente trabajando a toda velocidad. Luego dio un paso al frente, mirándola directo a los ojos.
—No quiero escapar, Melina. Quiero destruirlo.
Hubo un momento de silencio entre ambas mujeres. Una chispa de entendimiento cruzó sus miradas. Melina bajó la vista. Quizás por primera vez en mucho tiempo, algo en ella se quebró. Las palabras de Natasha resonaron como un eco de su propia culpa.
En ese instante, Yelena escuchó un sonido metálico fuera: el ruido de los ganchos de los helicópteros acercándose. Melina suspiró.
—Demasiado tarde.
Antes de que pudiera moverse, Natasha ya estaba actuando. Golpeó la mesa, abrió el compartimento oculto bajo ella y sacó un par de dispositivos. Los colocó en el rostro de ambas, intercambiando identidades mediante la tecnología de máscaras faciales de S.H.I.E.L.D.
Cuando los agentes de Dreykov irrumpieron, fue “Melina” quien se entregó sin resistencia… y la verdadera Melina quien los observaba escapar desde una ventana lateral.
Desde el aire, Sholan se movía entre los helicópteros enemigos, invisible, intangible, observando. Su Haki podía sentir el miedo de los soldados, el odio de los pilotos, la tensión en el aire. Bastaba un pensamiento para acabar con todos. Pero no lo haría. No hoy. No mientras Natasha estuviera tan cerca de cerrar su herida.
Cuando el helicóptero principal se elevó, llevándose a “Melina” —que en realidad era Natasha—, Sholan se desvaneció como una sombra en el viento, siguiéndolos sin ser visto. Sus ojos dorados brillaban con calma absoluta.
“Esta vez no huirás, Dreykov…”, pensó.
Mientras tanto, Yelena y Melina escapaban por el bosque. A lo lejos, los helicópteros enemigos se perdían en el horizonte.
—Tienes agallas, niña —dijo Melina con una leve sonrisa, mientras corrían entre los árboles.
—Aprendí de los mejores —respondió Yelena.
Arriba, invisible y silencioso, Sholan flotaba sobre ellas, observando el camino que tomaban, asegurándose de que nada ni nadie las siguiera. Había una sensación extraña en el aire, una calma antes de la tormenta. Lo sabía: el enfrentamiento final con Dreykov estaba cada vez más cerca.
Cuando Natasha despertó en el aire, dentro de la aeronave de Dreykov, lo primero que hizo fue ajustar el comunicador oculto en su muñeca. Sholan ya estaba ahí, aunque ella no podía verlo.
—No te preocupes, Romanoff —susurró su voz directamente en su oído—. Estoy aquí. No interferiré… a menos que sea necesario.
Natasha apenas movió los labios.
—¿Invisible de nuevo?
—Invisible y curioso —respondió él—. Quiero ver qué tan lejos puedes llegar sin mí.
—¿Y si muero?
—Entonces volveré a matarlo a él… dos veces.
Ella sonrió apenas. Esa extraña confianza que sentía con Sholan era diferente a cualquier otra cosa. No era un compañero de armas. Era algo más profundo: una presencia inamovible, un escudo silencioso.
El helicóptero avanzaba hacia el cielo gris de Rusia. Abajo, los bosques se extendían como un mar helado. Natasha apretó los puños. Sabía que Dreykov la esperaba. Y que esta vez, no habría escapatoria para él.
Mientras tanto, en la granja, Yelena, Melina y Alexei observaban cómo la instalación quedaba vacía. Los agentes habían partido. La nieve caía lentamente, cubriendo las huellas de los helicópteros.
—¿Y ahora? —preguntó Alexei, cruzándose de brazos.
Melina miró hacia el horizonte.
—Ahora esperamos —dijo—. Y confiamos en que ella sepa lo que hace.
Yelena suspiró.
—Natasha siempre sabe lo que hace —dijo—. Aunque le tome años admitirlo.
Sholan, desde el aire, volvió su mirada hacia el helicóptero que se alejaba. Su aura se extendió por el cielo como un manto invisible. Podía sentir cada latido de los involucrados, cada mente, cada emoción. La guerra fría de las sombras estaba llegando a su fin… y él sería el testigo silencioso de ese cierre.
Mientras desaparecía entre las nubes, solo una idea se repetía en su mente:
“Una familia falsa… un mundo de mentiras… y sin embargo, aún hay esperanza.”
Sus palabras flotaron en el viento helado, mientras el sol naciente teñía de rojo el horizonte ruso.
El preludio al fin del Red Room había comenzado.
El viento helado soplaba con violencia sobre las nubes que cubrían los cielos de Rusia. Entre ese océano de tormenta, una estructura invisible se mantenía suspendida: la Base de Dreykov, una fortaleza aérea camuflada con sistemas de ocultamiento cuántico.
En su interior, luces frías iluminaban pasillos metálicos donde centenares de mujeres caminaban sin emoción alguna, obedeciendo en silencio las órdenes de un solo hombre.
El General Dreykov.
El arquitecto de la manipulación.
El verdugo de miles de vidas.
Natasha Romanoff avanzaba por los pasillos sin ser detenida. Su rostro, aún bajo la máscara facial de Melina, no delataba la tormenta emocional que se libraba dentro de ella.
Sholan caminaba detrás, invisible. No hacía ruido, no respiraba, no proyectaba sombra. Solo observaba.
Sus ojos dorados brillaban suavemente, viendo más allá de las paredes, del metal, de la carne. Sentía cada pulso de energía maligna que alimentaba ese lugar.
Podía oír los gritos ahogados de cada niña que alguna vez fue arrebatada de su hogar, el eco residual de su dolor aún vibrando en las fibras del edificio.
Natasha fue conducida al centro de mando.
Una habitación amplia, decorada con pantallas que mostraban la ubicación de cada Viuda en el mundo.
El aire olía a metal, ozono y muerte.
Dreykov la esperaba sentado en su trono improvisado.
Su sonrisa era la de un hombre que se creía eterno.
—Así que volviste, Natalia —dijo en ruso, con un tono paternal y venenoso mientras le quitaba el disfraz de Melina—. Mi hija pródiga.
Natasha no respondió. Caminó hasta quedar frente a él, fingiendo sumisión.
—No podías mantenerte lejos del hogar, ¿eh? —continuó él—. Siempre supe que volverías. Las Viudas siempre vuelven. No pueden evitarlo. Son mías. Pero no te preocupes mi niña todas tus hermanas están hoy con nosotros. —Terminó de decir Dreykov mientras todas las viudas entraban al salón rodeando a Natasha.
Sholan, invisible, observaba la escena con los brazos cruzados.
Su aura se mantenía neutral, pero lista.
Sabía que Natasha necesitaba hacerlo por sí misma. Este era su cierre.
Natasha levantó lentamente la mirada.
Sus ojos azules brillaban con una calma helada.
—No soy tuya —dijo Natasha.
Dreykov sonrió apenas.
—¿Crees que puedes matarme, niña?
Intentó moverse, pero el gesto se congeló en el aire.
Sholan chasqueó los dedos en silencio.
Un campo de energía transparente, casi imperceptible, se expandió por la sala y toda la nave.
La Ley del Despertar (Kakusei no Hō).
En un solo instante, todos los presentes —guardias, técnicos, soldados, Viudas— cayeron al suelo inconscientes.
Solo tres quedaron en pie: Dreykov, Natasha y la figura invisible de Sholan.
Natasha miró alrededor, sorprendida, pero no dijo nada. Sabía que él estaba ahí. Podía sentirlo, incluso sin verlo.
Y en su interior, una chispa de agradecimiento floreció.
—Ahora solo estamos tú y yo, viejo —dijo Sholan desde la penumbra, dejando que su voz retumbara como un eco distante.
Dreykov giró la cabeza, buscando el origen del sonido.
—¿Quién eres? —preguntó, con una sombra de miedo en su tono, pero su pregunta no tuvo respuesta
Natasha avanzó lentamente.
—Siempre supe que eras un monstruo —dijo, con un dejo de tristeza—. Ya que ninguna mente humana podía hacer algo tan cruel.
Dreykov se rió.
—¿Cruel? ¡Niña! Yo di propósito al caos. Tomé niñas abandonadas, sin hogar, sin futuro… y las convertí en diosas. Les di poder. Les di relevancia.
Natasha respiró hondo. Caminó despacio hasta él. Cada paso era una declaración de guerra.
—¿Sabes cuál fue tu error, Dreykov? —dijo con tono gélido.
—¿Cuál?
—Subestimar a tus creaciones.
Lo golpeó en el rostro con su puño infundido levemente con su ki, con una fuerza que lo lanzó contra el panel de control. Las luces chispearon.
Dreykov trató de reincorporarse, sangrando por la nariz, pero Natasha ya lo tenía sujeto por el cuello.
—Por cada niña que hiciste llorar —susurró ella, con la voz quebrada pero firme—.
Por cada familia rota.
Por cada inocente que te creyó un héroe.
Por la mía.
El puño descendió una vez más.
Y otra vez.
Y una vez más.
Hasta que Dreykov quedó tirado, apenas consciente.
Sholan se limitó a mirar.
El castigo no era suyo que ejecutar.
Cuando Natasha finalmente se detuvo, respirando con fuerza, Dreykov apenas podía hablar.
—Tú… no… entiendes… —murmuró Dreykov aferrándose a la conciencia
Ella lo levantó por la chaqueta.
—No —dijo—. Por primera vez en tu vida, eres tú quien no entiende nada.
El golpe final resonó en toda la nave.
Dreykov cayó, inerte.
No fue una muerte gloriosa o patriótica, fue una muerte vacía, una cuenta por cobrar que había expirado hace mucho.
Sholan dio un paso adelante, su silueta invisible se desdibujó lentamente hasta hacerse visible por completo. Su energía dorada iluminó la sala.
Miró el cuerpo sin vida de Dreykov y dijo, con voz serena:
—El mal siempre se disfraza de propósito.
Y luego se pudre en su propio reflejo.
Con un gesto de su mano, abrió un portal.
Los cuerpos dormidos de las Viudas comenzaron a desaparecer uno a uno, transportados lejos, a un almacén seguro a cientos de kilómetros.
Allí los esperaban Yelena, Alexei y Melina, quienes, con ayuda de Cortana y el antídoto, se preparaban para liberarlas del control químico.
Natasha observó el portal.
—Gracias —dijo, con un hilo de voz.
—No me des las gracias —respondió Sholan, caminando hacia ella—. Esto fue tuyo. Yo solo te apoyé un poco.
Ella asintió, limpiándose la sangre del rostro.
—Ahora sí… puedo respirar.
—Entonces respira, Natasha —dijo él—. Te ganaste a pulso el cierre de esta amarga pesadilla.
El portal se cerró al mismo tiempo que Natasha pulsaba un detonador que traía escondido en su traje.
La base aérea empezó a temblar. El fuego se extendió por los sistemas principales, provocado por explosiones en cadena a causa de las bombas que Sholan había plantado previamente mientras Natasha enfrentaba a Dreykov.
Sholan colocó una mano en el hombro de Natasha y en un parpadeo, ambos desaparecieron de la nave segundos antes de que se incendiara completamente en el cielo ruso.
—–
A cientos de kilómetros, en un almacén abandonado de Murmansk, decenas de mujeres yacían inconscientes sobre el suelo.
Yelena administraba el antídoto cuidadosamente, mientras Alexei sostenía a las que despertaban en confusión.
Melina monitoreaba las reacciones con un rostro que mezclaba culpa y esperanza.
El aire se llenó de respiraciones entrecortadas, de lágrimas y de gritos suaves.
Por primera vez, las Viudas respiraban libertad.
Melina se levantó, exhausta, con las manos manchadas del suero.
—Eso fue todo —dijo—. Ya no hay más control.
Sholan apareció con Natasha Justo cuando las viudas se preguntaban e inquietaban por su futuro.
Yelena, con ojos expectantes, miró a Sholan.
—¿Qué va a pasar con nosotras ahora?
Él sonrió con ternura.
—Eso lo decidirán ustedes.
—¿Y si no sabemos qué decidir?
—Entonces empiecen por vivir —respondió—. Pueden irse, esconderse, empezar una nueva vida… o pueden quedarse conmigo y les ayudaré a construir algo que valga la pena.
Un hogar.
Un propósito que no esté hecho de mentiras.
Una causa real.
Los ojos de Yelena brillaron con lágrimas.
—¿Un hogar? —susurró.
—Sí —respondió Sholan con una sonrisa suave—. Hay una isla donde ninguna de ustedes volverá a ser controlada. Donde podrán vivir libres, aprender, proteger y sanar.
Yo no les pediré lealtad. Solo la oportunidad de empezar de nuevo.
Las mujeres se miraron entre sí. Algunas sonrieron. Otras simplemente se abrazaron, sin palabras.
Natasha, de pie junto a él, observó la escena en silencio.
Sintiendo en su corazón esperanza en el futuro.
—–
Villa Loriana – Mediodía.
El cielo estaba despejado, el mar en calma.
Dentro de la casa, el ambiente era sereno. Los gritos y risas de todos los niños llenaban el jardín mientras Peggy Carter o más bien Peggy Rogers acunaba al pequeño James, Pepper Potts-Stark con Morgan en brazos y Wanda Maximoff compartían una tarde de café y tranquilidad.
Stitch dormía boca arriba en el sofá, cubierto con una manta diminuta que apenas alcanzaba a taparle la pancita.
El aire olía a canela y a hogar.
—Nunca pensé ver el día en que el mundo estuviera tan en paz como ahora —comentó Peggy, removiendo su taza.
Pepper rió.
—No digas eso muy alto. Tony lo tomará como un desafío para inventar algo que destruya esa paz accidentalmente.
Wanda sonrió, pero con cierta distracción.
Su mente estaba en otro lugar.
—¿Te pasa algo, querida? —preguntó Peggy, notando su gesto ausente.
—Nada… solo que últimamente me siento algo diferente —respondió Wanda, jugando con el borde de su taza—. No es grave, solo… extraño.
—¿Extraño cómo? —insistió Pepper, curiosa.
Wanda dudó.
—Pues… me mareo por las mañanas, y los olores me molestan. Ayer, solo oler el café me revolvió el estómago.
—Eso suena más a cansancio que a otra cosa —dijo Peggy con sutileza—. ¿Has dormido bien?
—No mucho —admitió Wanda—. Aunque anoche dormí profundamente… y tuve un sueño hermoso con mi familia.
Peggy y Pepper se miraron, casi imperceptiblemente.
Esa mirada de complicidad femenina que cruzaba generaciones.
—¿Has sentido algo más? —preguntó Pepper, inclinándose con una leve sonrisa.
—Bueno… —Wanda se sonrojó apenas—. A veces tengo antojos raros. Ayer me comí un frasco de cerezas en almíbar, y esta mañana lloré porque no quedaba mantequilla.
Pepper se llevó una mano a la boca para contener la risa.
Peggy entrecerró los ojos, con expresión astuta.
—Cariño —dijo con voz suave, pero cargada de intención—… ¿no estarás embarazada?
El silencio se extendió unos segundos.
Las risas de los niños se escuchaban en la distancia, como un eco alegre que se alejaba.
Wanda bajó la mirada, acariciando suavemente su vientre sin darse cuenta.
Y mientras el viento del atardecer entraba por la ventana, su corazón dio un vuelco mientras que el sonido del mar llenaba el silencio de la sala.
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