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Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 404

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Capítulo 404: Pesadillas que caen, luces que nacen

El viento helado soplaba con violencia sobre las nubes que cubrían los cielos de Rusia. Entre ese océano de tormenta, una estructura invisible se mantenía suspendida: la Base de Dreykov, una fortaleza aérea camuflada con sistemas de ocultamiento cuántico.

En su interior, luces frías iluminaban pasillos metálicos donde centenares de mujeres caminaban sin emoción alguna, obedeciendo en silencio las órdenes de un solo hombre.

El General Dreykov.

El arquitecto de la manipulación.

El verdugo de miles de vidas.

Natasha Romanoff avanzaba por los pasillos sin ser detenida. Su rostro, aún bajo la máscara facial de Melina, no delataba la tormenta emocional que se libraba dentro de ella.

Sholan caminaba detrás, invisible. No hacía ruido, no respiraba, no proyectaba sombra. Solo observaba.

Sus ojos dorados brillaban suavemente, viendo más allá de las paredes, del metal, de la carne. Sentía cada pulso de energía maligna que alimentaba ese lugar.

Podía oír los gritos ahogados de cada niña que alguna vez fue arrebatada de su hogar, el eco residual de su dolor aún vibrando en las fibras del edificio.

Natasha fue conducida al centro de mando.

Una habitación amplia, decorada con pantallas que mostraban la ubicación de cada Viuda en el mundo.

El aire olía a metal, ozono y muerte.

Dreykov la esperaba sentado en su trono improvisado.

Su sonrisa era la de un hombre que se creía eterno.

—Así que volviste, Natalia —dijo en ruso, con un tono paternal y venenoso mientras le quitaba el disfraz de Melina—. Mi hija pródiga.

Natasha no respondió. Caminó hasta quedar frente a él, fingiendo sumisión.

—No podías mantenerte lejos del hogar, ¿eh? —continuó él—. Siempre supe que volverías. Las Viudas siempre vuelven. No pueden evitarlo. Son mías. Pero no te preocupes mi niña todas tus hermanas están hoy con nosotros. —Terminó de decir Dreykov mientras todas las viudas entraban al salón rodeando a Natasha.

Sholan, invisible, observaba la escena con los brazos cruzados.

Su aura se mantenía neutral, pero lista.

Sabía que Natasha necesitaba hacerlo por sí misma. Este era su cierre.

Natasha levantó lentamente la mirada.

Sus ojos azules brillaban con una calma helada.

—No soy tuya —dijo Natasha.

Dreykov sonrió apenas.

—¿Crees que puedes matarme, niña?

Intentó moverse, pero el gesto se congeló en el aire.

Sholan chasqueó los dedos en silencio.

Un campo de energía transparente, casi imperceptible, se expandió por la sala y toda la nave.

La Ley del Despertar (Kakusei no Hō).

En un solo instante, todos los presentes —guardias, técnicos, soldados, Viudas— cayeron al suelo inconscientes.

Solo tres quedaron en pie: Dreykov, Natasha y la figura invisible de Sholan.

Natasha miró alrededor, sorprendida, pero no dijo nada. Sabía que él estaba ahí. Podía sentirlo, incluso sin verlo.

Y en su interior, una chispa de agradecimiento floreció.

—Ahora solo estamos tú y yo, viejo —dijo Sholan desde la penumbra, dejando que su voz retumbara como un eco distante.

Dreykov giró la cabeza, buscando el origen del sonido.

—¿Quién eres? —preguntó, con una sombra de miedo en su tono, pero su pregunta no tuvo respuesta

Natasha avanzó lentamente.

—Siempre supe que eras un monstruo —dijo, con un dejo de tristeza—. Ya que ninguna mente humana podía hacer algo tan cruel.

Dreykov se rió.

—¿Cruel? ¡Niña! Yo di propósito al caos. Tomé niñas abandonadas, sin hogar, sin futuro… y las convertí en diosas. Les di poder. Les di relevancia.

Natasha respiró hondo. Caminó despacio hasta él. Cada paso era una declaración de guerra.

—¿Sabes cuál fue tu error, Dreykov? —dijo con tono gélido.

—¿Cuál?

—Subestimar a tus creaciones.

Lo golpeó en el rostro con su puño infundido levemente con su ki, con una fuerza que lo lanzó contra el panel de control. Las luces chispearon.

Dreykov trató de reincorporarse, sangrando por la nariz, pero Natasha ya lo tenía sujeto por el cuello.

—Por cada niña que hiciste llorar —susurró ella, con la voz quebrada pero firme—.

Por cada familia rota.

Por cada inocente que te creyó un héroe.

Por la mía.

El puño descendió una vez más.

Y otra vez.

Y una vez más.

Hasta que Dreykov quedó tirado, apenas consciente.

Sholan se limitó a mirar.

El castigo no era suyo que ejecutar.

Cuando Natasha finalmente se detuvo, respirando con fuerza, Dreykov apenas podía hablar.

—Tú… no… entiendes… —murmuró Dreykov aferrándose a la conciencia

Ella lo levantó por la chaqueta.

—No —dijo—. Por primera vez en tu vida, eres tú quien no entiende nada.

El golpe final resonó en toda la nave.

Dreykov cayó, inerte.

No fue una muerte gloriosa o patriótica, fue una muerte vacía, una cuenta por cobrar que había expirado hace mucho.

Sholan dio un paso adelante, su silueta invisible se desdibujó lentamente hasta hacerse visible por completo. Su energía dorada iluminó la sala.

Miró el cuerpo sin vida de Dreykov y dijo, con voz serena:

—El mal siempre se disfraza de propósito.

Y luego se pudre en su propio reflejo.

Con un gesto de su mano, abrió un portal.

Los cuerpos dormidos de las Viudas comenzaron a desaparecer uno a uno, transportados lejos, a un almacén seguro a cientos de kilómetros.

Allí los esperaban Yelena, Alexei y Melina, quienes, con ayuda de Cortana y el antídoto, se preparaban para liberarlas del control químico.

Natasha observó el portal.

—Gracias —dijo, con un hilo de voz.

—No me des las gracias —respondió Sholan, caminando hacia ella—. Esto fue tuyo. Yo solo te apoyé un poco.

Ella asintió, limpiándose la sangre del rostro.

—Ahora sí… puedo respirar.

—Entonces respira, Natasha —dijo él—. Te ganaste a pulso el cierre de esta amarga pesadilla.

El portal se cerró al mismo tiempo que Natasha pulsaba un detonador que traía escondido en su traje.

La base aérea empezó a temblar. El fuego se extendió por los sistemas principales, provocado por explosiones en cadena a causa de las bombas que Sholan había plantado previamente mientras Natasha enfrentaba a Dreykov.

Sholan colocó una mano en el hombro de Natasha y en un parpadeo, ambos desaparecieron de la nave segundos antes de que se incendiara completamente en el cielo ruso.

—–

A cientos de kilómetros, en un almacén abandonado de Murmansk, decenas de mujeres yacían inconscientes sobre el suelo.

Yelena administraba el antídoto cuidadosamente, mientras Alexei sostenía a las que despertaban en confusión.

Melina monitoreaba las reacciones con un rostro que mezclaba culpa y esperanza.

El aire se llenó de respiraciones entrecortadas, de lágrimas y de gritos suaves.

Por primera vez, las Viudas respiraban libertad.

Melina se levantó, exhausta, con las manos manchadas del suero.

—Eso fue todo —dijo—. Ya no hay más control.

Sholan apareció con Natasha Justo cuando las viudas se preguntaban e inquietaban por su futuro.

Yelena, con ojos expectantes, miró a Sholan.

—¿Qué va a pasar con nosotras ahora?

Él sonrió con ternura.

—Eso lo decidirán ustedes.

—¿Y si no sabemos qué decidir?

—Entonces empiecen por vivir —respondió—. Pueden irse, esconderse, empezar una nueva vida… o pueden quedarse conmigo y les ayudaré a construir algo que valga la pena.

Un hogar.

Un propósito que no esté hecho de mentiras.

Una causa real.

Los ojos de Yelena brillaron con lágrimas.

—¿Un hogar? —susurró.

—Sí —respondió Sholan con una sonrisa suave—. Hay una isla donde ninguna de ustedes volverá a ser controlada. Donde podrán vivir libres, aprender, proteger y sanar.

Yo no les pediré lealtad. Solo la oportunidad de empezar de nuevo.

Las mujeres se miraron entre sí. Algunas sonrieron. Otras simplemente se abrazaron, sin palabras.

Natasha, de pie junto a él, observó la escena en silencio.

Sintiendo en su corazón esperanza en el futuro.

—–

Villa Loriana – Mediodía.

El cielo estaba despejado, el mar en calma.

Dentro de la casa, el ambiente era sereno. Los gritos y risas de todos los niños llenaban el jardín mientras Peggy Carter o más bien Peggy Rogers acunaba al pequeño James, Pepper Potts-Stark con Morgan en brazos y Wanda Maximoff compartían una tarde de café y tranquilidad.

Stitch dormía boca arriba en el sofá, cubierto con una manta diminuta que apenas alcanzaba a taparle la pancita.

El aire olía a canela y a hogar.

—Nunca pensé ver el día en que el mundo estuviera tan en paz como ahora —comentó Peggy, removiendo su taza.

Pepper rió.

—No digas eso muy alto. Tony lo tomará como un desafío para inventar algo que destruya esa paz accidentalmente.

Wanda sonrió, pero con cierta distracción.

Su mente estaba en otro lugar.

—¿Te pasa algo, querida? —preguntó Peggy, notando su gesto ausente.

—Nada… solo que últimamente me siento algo diferente —respondió Wanda, jugando con el borde de su taza—. No es grave, solo… extraño.

—¿Extraño cómo? —insistió Pepper, curiosa.

Wanda dudó.

—Pues… me mareo por las mañanas, y los olores me molestan. Ayer, solo oler el café me revolvió el estómago.

—Eso suena más a cansancio que a otra cosa —dijo Peggy con sutileza—. ¿Has dormido bien?

—No mucho —admitió Wanda—. Aunque anoche dormí profundamente… y tuve un sueño hermoso con mi familia.

Peggy y Pepper se miraron, casi imperceptiblemente.

Esa mirada de complicidad femenina que cruzaba generaciones.

—¿Has sentido algo más? —preguntó Pepper, inclinándose con una leve sonrisa.

—Bueno… —Wanda se sonrojó apenas—. A veces tengo antojos raros. Ayer me comí un frasco de cerezas en almíbar, y esta mañana lloré porque no quedaba mantequilla.

Pepper se llevó una mano a la boca para contener la risa.

Peggy entrecerró los ojos, con expresión astuta.

—Cariño —dijo con voz suave, pero cargada de intención—… ¿no estarás embarazada?

El silencio se extendió unos segundos.

Las risas de los niños se escuchaban en la distancia, como un eco alegre que se alejaba.

Wanda bajó la mirada, acariciando suavemente su vientre sin darse cuenta.

Y mientras el viento del atardecer entraba por la ventana, su corazón dio un vuelco mientras que el sonido del mar llenaba el silencio de la sala.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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