Fusión Omniversal: Un Saiyajin entre Marvel y DC - Capítulo 424
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Capítulo 424: Bajo la tierra, bajo la piel
La dimensión Puerta-Puerta se extendía como un espejo infinito, un reflejo oscuro y silencioso del mundo real. Las calles eran las mismas, pero invertidas. Los edificios existían solo como sombras plateadas. El viento se movía sin mover nada. Era un corredor entre realidades donde solo dos seres tenían peso: Sholan y Hela.
Hela llevaba rato esperándolo sentada sobre el reflejo invertido de un viejo almacén. Se veía irritada, aburrida y peligrosamente dispuesta a patear algo.
—Por fin —gruñó sin ocultar su molestia—. Si ibas a dejarme atrapada en tu dimensión espejo, al menos debiste poner sillas. O una decoración decente. Esto parece el mundo real después de una inundación.
Sholan aterrizó suavemente delante de ella. Las botas resonaron como si golpearan vidrio.
—Tenía que hacerlo —respondió él—. Y sí, era importante.
Hela arqueó una ceja, altiva como siempre.
—¿Importante? ¿Ayudar a un puñado de niños mortales? Pueden caer muertos de miedo antes de llegar a la adultez. ¿Por qué tú, un guerrero con tu poder, te contienes y corres a salvarlos?
El Saiyan la miró con una calma tan afilada que la respuesta la dejó sin aliento un instante.
—Porque ellos no son simples niños. Son los que Maturín mencionó. Las piezas clave. Si no despierto el valor que hay dentro de ellos, si no lo enciendo… no podrán enfrentar a Pennywise cuando llegue el momento. Yo no lucharé por ellos, Hela. Pero sí puedo ayudarlos a levantarse.
Ella frunció el ceño, como si escuchar aquello fuera una ofensa a su orgullo.
—Lo que pase en este universo no es tu problema.
—Soy el Pilar Omniversal —replicó él—. Y sí lo es.
Hela abrió la boca para responder, pero Sholan levantó una mano.
—Y hay algo más. Siento la corrupción del Todash intentando filtrarse en ti.
Hela se tensó, esta vez no por ira… sino por un tipo de miedo primitivo que casi nunca se permitía sentir.
—¿En mí? ¿Cómo es posible?
—Tu conexión con el sistema de Asgard es… particular. Esa energía tocó el Todash de una forma que no debería. Eres un objetivo atractivo para la infección. No ha entrado, pero lo intenta.
Hela dio un paso hacia atrás. La sombra de su capa se agitó como agua negra.
—¿De dónde viene esa corrupción?
—Del Filbumwinter.
El nombre resonó en la dimensión espejo como si la misma realidad hubiera tragado saliva.
Hela se quedó quieta.
Tan quieta como una estatua.
—Eso no es posible —susurró—. Mi padre habló del invierno negro. El fin que consume todo lo que respira, incluso la muerte. Si lo que dices es cierto…
—Está despertando —completó Sholan—. Y está buscando esparcir su corrupción a través de todo lo que existe incluso a través de la muerte.
La diosa apretó sus manos, dejando marcas en su propia piel. Nadie controla a la muerte. Nadie. Pero la idea de ser consumida por algo mayor que ella misma… la quemó por dentro.
—Quiero verlo —dijo finalmente—. Quiero ver qué amenaza a Hela.
Sholan puso su dedo en la frente de Hela mostrándole a los seres conceptuales enfermos por la corrupción del invierno negro, su futuro si sigue con su obsesión de poder incluyendo su propia muerte y la destrucción de Asgard a manos de Surtur.
La revelación hecha por Sholan por primera vez en la historia dejo pensativa a la diosa de la muerte.
—
Semanas después algo había cambiado en la relación entre los perdedores, Ben fue el primero en notarlo.
Su enamoramiento infantil por Beverly se disolvió como espuma. Afecto, sí. Cariño, también. Pero amor… no. Lo entendió con una claridad tranquila. Eran amigos y nada más, y eso lo hacía sentir más ligero.
Bill y Beverly en cambio… eso era diferente. Cada día más unidos. Cada gesto más lleno de un cariño que no necesitaba palabras.
Ese lazo fue lo que los sostuvo cuando el mundo de Beverly se fracturó completamente.
Su padre, empujado por celos, obsesiones y el veneno silencioso de Pennywise, cruzó una línea terrible. Intentó tocarla. Intentó forzarla. Intentó convertirla en algo que nunca sería.
Beverly se defendió. Con fuerza. Con rabia. Con ese fuego nuevo que llevaba dentro. Lo golpeó. Lo dejó inconsciente. Pero antes de que pudiera respirar, antes de que pudiera entender que había sobrevivido…
Pennywise la tomó.
Se la llevó como si fuera un trofeo.
Los Perdedores se reunieron en cuanto supieron lo ocurrido.
No hubo discusión.
No hubo dudas.
No hubo miedo suficiente para detenerlos.
Entraron a la casa de Neibolt sabiendo que quizá no saldrían.
Pero el que los esperaba no era Pennywise.
Era Henry Bowers.
Desquiciado.
Sangriento.
Con la sombra de Pennywise hundida en sus pupilas.
Se lanzó sobre Mike con un cuchillo. La pelea fue brutal, frenética, llena de la desesperación de un animal roto. Mike forcejeó y lo empujó hacia el borde del pozo.
Y entonces ocurrió algo imposible.
Detrás de Mike surgieron sombras vivas, como si hubieran brotado del suelo. Hojas negras, espadas hechas de oscuridad pura, perforaron el cuerpo de Henry una y otra vez. El joven cayó por el pozo mientras las sombras se desvanecían.
Mike quedó temblando.
Nunca sabría que había sido Sholan quien intervino desde fuera.
Una protección silenciosa.
Sutil.
Precisa.
—
Los chicos descendieron entre oscuridad y agua estancada hasta llegar al corazón del horror. La guarida estaba llena de restos de circo podrido, juguetes rotos, maletas olvidadas, zapatos pequeños. Y sobre todo… cuerpos flotando en el aire, suspendidos como si la gravedad no existiera.
Beverly estaba allí.
Flotaba como los demás, con los ojos abiertos pero vacíos. Las Deadlights la habían tocado. Y casi la habían roto.
Ben llegó hasta ella.
La bajó del aire con brazos temblorosos.
La sostuvo como si sostuviera algo sagrado.
Bill la tomó del rostro.
La miró como si el mundo entero dependiera de ese momento.
Y la besó.
La chispa en Beverly —la que Sholan había prendido sin que ella lo supiera— regresó.
Despertó.
La devolvió.
Ella respiró.
Volvió a verlos.
Volvió a ser ella.
Pennywise apareció desde la oscuridad, deformado, brillante, hambriento.
Bill lo vio.
Todos lo vieron.
Y entonces ocurrió lo último que el payaso esperaba:
los niños ya no estaban arrodillados.
No estaban temblando.
No estaban rotos.
La chispa dentro de ellos ardía ahora como una llama.
Pequeña, sí.
Pero auténtica.
Fuerte.
Capaz de herirlo.
Bill avanzó primero y Pennywise cambió de forma, intentando atacarlo con la ilusión de Georgie.
Bill se detuvo.
—Tú no eres mi hermano —susurró, lleno de dolor, pero también de fuerza.
El disfraz se quebró.
Pennywise lo tomó de rehén.
—Les ofrezco un trato —gruñó, su voz retorciéndose—. Me llevo a este y los dejo vivir. Me iré a dormir. Fin del juego.
Los niños no lo dudaron.
—No —dijo Beverly.
—No —repitió Ben.
—No —exclamó Richie.
—No —gritó Eddie.
—No —susurró Mike.
—No —dijo Stanley, con la voz más firme que jamás había tenido.
Y entonces la llama explotó.
Un destello dorado surgió dentro de sus jóvenes corazones, como si cada uno hubiera despertado algo profundo. La chispa que Sholan había dejado se convirtió en valor puro. El aire alrededor cambió. Sus manos se sintieron más fuertes. Sus cuerpos, más ligeros. Sus armas improvisadas —bates, cadenas, pedazos de metal— brillaron por un instante.
Pennywise retrocedió.
No entendía.
No podía entenderlo.
Por primera vez sentía el miedo del que siempre se alimentaba.
Los Perdedores se lanzaron sobre él.
Lo golpearon con rabia, con coraje, con la fuerza de alguien que por fin decide dejar de huir y enfrentar su miedo.
Cada golpe llevaba un pensamiento infantil pero imparable:
Si ese superhéroe pudo lastimarlo…
¡yo también puedo!
Beverly avanzó entre todos, levantó una tubería rota y se la clavó en el rostro.
Pennywise gritó.
Cayó hacia atrás.
Se retorció.
Se dobló.
Y se deslizó hacia la oscuridad profunda del pozo.
Desapareció.
Bill temblaba.
Encontró el impermeable de Georgie.
Lloró.
Los demás lo rodearon.
Lo sostuvieron.
La batalla había terminado.
Por ahora.
—
Días después, mientras el verano moría, Beverly contó lo que había visto dentro de las Deadlights:
una visión de ellos… pero adultos.
Volviendo a pelear.
Volviendo a enfrentarlo.
Los Perdedores se miraron.
Sabían lo que debían hacer.
Cortaron sus palmas.
Unieron las manos.
La sangre cayó sobre el suelo húmedo de Derry.
—Si vuelve… nosotros también volveremos —dijo Bill.
Era un pacto.
Un juramento.
Una promesa hecha por niños, pero con la fuerza de aquellos que han sobrevivido a la tormenta.
Uno a uno se fueron despidiendo.
Ben.
Mike.
Richie.
Eddie.
Stan.
Todos cambiados, todos más fuertes, todos transformados por la llama que no sabían que cargaban.
Beverly y Bill se quedaron atrás.
Ella se iría a Portland.
Él la miró con una ternura que no necesitaba explicación.
—Yo… te quiero —confesó Bill.
Beverly sonrió suavemente.
—Yo también.
Se besaron.
La ciudad era gris, pero ellos no.
La llama del valor siguió creciendo dentro de cada uno.
Un regalo de Sholan.
Un legado silencioso.
Una semilla que, con los años, ardería con mayor intensidad.
Y cuando Pennywise despertara de nuevo…
ellos también lo harían.
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