Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 1
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1: Un Sueño Roto 1: Un Sueño Roto El sol bañaba de dorado un campo verde, donde dos grupos de jóvenes desconocidos para el mundo se disputaban un partido improvisado, casi de barrio, pero cargado de intensidad.
Las gradas eran poco más que bancos viejos y familias curiosas, pero para Thiago Arenas aquello se sentía como un escenario mucho más grande, un recordatorio cruel de lo que pudo haber sido y nunca fue.
Corría de un lado a otro con el balón en los pies, un chico de apariencia común: cabello negro revuelto, ojos marrones y el rostro aún marcado por las huellas de la adolescencia.
Lo que más resaltaba no eran sus rasgos, sino la sombra que lo acompañaba.
Una sombra de lo que alguna vez fue.
Thiago jugaba como mediapunta, el puesto destinado a los creadores de magia.
Su visión de juego seguía intacta; veía huecos invisibles para el resto.
Podía leer el movimiento de los rivales, anticipar los pases, calcular los espacios.
Pero sus piernas parecían traicionarlo, recordándole a cada paso aquella lesión que lo había derrumbado en plena juventud, como un castillo de naipes golpeado por un vendaval.
El marcador lo decía todo: 2-0 en contra.
Y en la mirada del entrenador se mezclaba decepción y tristeza.
No solo por el resultado, sino porque aquel que alguna vez fue llamado genio del balón ahora parecía una versión rota de sí mismo.
—¡Más rápido, Thiago!
—gritó el extremo derecho, levantando los brazos al cielo tras otra jugada desperdiciada.—No lo escuches —le animó el portero desde el arco, con voz firme—.
¡Tú puedes hacerlo, no te rindas!El capitán, en cambio, lo ignoraba por completo.
Cada vez que Thiago pedía el balón, giraba hacia otro lado, prefiriendo iniciar la jugada por la banda contraria.
Thiago lo sabía: su equipo ya no confiaba en él.
La química con sus compañeros, aquella conexión invisible que antes fluía como un río, se había secado.
Cada pase fallido era un recordatorio de que ya no era el mismo.
Y, sin embargo, dentro de él ardía una chispa, pequeña pero obstinada, que se negaba a apagarse.
“Si alguna vez volví a este campo, no fue para rendirme…” pensó, mordiéndose los labios.
Un pitazo del árbitro lo sacó de sus pensamientos: 3-0.
El rival celebraba con risas y abrazos, y el entrenador, incrédulo, masculló una maldición entre dientes.
—¿Cómo carajos hemos llegado a esto…?
—susurró, con la mirada perdida.
Thiago bajó la cabeza, sintiendo el peso de cada palabra.
Podía escuchar las voces del pasado resonando en su mente: los elogios de cuando lo llamaban promesa, los gritos de aquel partido donde todo se arruinó, el silencio frío del hospital cuando el doctor pronunció la palabra irreversible.
La rabia y la frustración se mezclaron en su pecho.
Y en ese instante, como si su orgullo herido lo empujara, Thiago levantó la cabeza.
El balón llegó a sus pies, y con un movimiento inesperado, filtró un pase imposible entre tres defensores.
Un destello.
Un instante de magia.
El reflejo de lo que alguna vez lo convirtió en prodigio.
El balón rodó perfecto, directo hacia el delantero de su equipo, que quedó cara a cara con el portero rival.
El tiempo pareció detenerse.Las respiraciones se contuvieron.Los murmullos se apagaron.
Todo el pequeño estadio improvisado observaba en silencio, esperando el desenlace de aquella jugada imposible.
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