Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 100
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Capítulo 100: El Choque de los Mundos
Sábado. 20:55 PM. AT&T Stadium, Arlington, Texas. Octavos de Final de la Copa del Mundo 2026. Argentina vs. Bahrein.
El mundo se detuvo. No era una hipérbole. Los servidores de streaming de todo el planeta estaban al borde del colapso. 3.500 millones de personas sintonizaban el partido. Los titulares de las noticias no hablaban de fútbol. Hablaban de “El Test de Turing Deportivo”. ¿Podía un equipo de humanos, liderado por un cyborg “defectuoso” y un genio envejecido (Messi), vencer a un algoritmo perfecto?
En el vestuario argentino, el aire era denso. Olía a átomo desinflamante y miedo. Lionel Scaloni estaba parado frente a la pizarra táctica. No había dibujado flechas ni cruces. Había escrito una sola palabra en marcador rojo: CAOS.
—Escuchen bien —dijo Scaloni, su voz ronca rompiendo el silencio—. Ellos saben lo que van a hacer. Su IA ha analizado cada partido que jugaron en sus vidas. Saben que si Leo engancha para adentro, tiene un 88% de probabilidad de buscar el segundo palo. Saben que si el Cuti sale a cortar, deja un hueco de 4 metros a su espalda.
Scaloni golpeó la pizarra. —Juegan al ajedrez. Calculan 20 jugadas por adelantado. Si jugamos al fútbol lógico… perdemos 5 a 0. Miró a sus jugadores, uno por uno. —Así que hoy no quiero lógica. Quiero Truco. Quiero mentira. Quiero que hagan lo que nunca hacen. Si tienen pase, gambeteen. Si tienen tiro, pasen. Rompan el algoritmo. Sean humanos. Sean un error en su sistema.
Luego, miró a Thiago. El chico estaba sentado en un banco reforzado. Su pierna izquierda, la de tungsteno, descansaba sobre el piso de goma. Se veía pesada, bruta, industrial. —Y vos, Thiago… vos no sos un error. Vos sos el muro. Kain va a querer pasar por el medio. Va a querer romperte para demostrar que su metal es mejor. Scaloni se acercó a él. —Que se rompa él.
Sábado. 21:00 PM. El Túnel.
El ruido del estadio era ensordecedor, pero en el túnel había un silencio extraño. Argentina formó en fila. Bahrein formó al lado.
Los jugadores de Bahrein no hablaban entre sí. Miraban al frente con una concentración antinatural. Y al frente de ellos, con la cinta de capitán, estaba Kain.
Thiago lo miró. Kain había cambiado. Su chasis ya no era negro mate. Ahora brillaba con un tono plateado y dorado, una aleación de Adamantio Sintético pulido a espejo. Parecía una estatua griega traída a la vida por tecnología alienígena. Sus ojos brillaban con una luz violeta pulsante.
Kain giró la cabeza mecánicamente y miró la pierna de Thiago. —Tungsteno,— dijo Kain. Su voz no salía de una boca, sino de un parlante en su garganta, con una acústica perfecta. —Denso. Pesado. Obsoleto. Tienes la movilidad de un tanque de la Primera Guerra Mundial.
Thiago se ajustó la cinta de sus medias. —Los tanques ganan guerras, microondas —respondió Thiago sin mirarlo.
—Mi procesador ha simulado este partido 14 millones de veces,— continuó Kain. —En ninguna de ellas ganas. Tu estructura ósea colapsará en el minuto 32 bajo el estrés de torsión.
Messi, que estaba adelante, se dio vuelta. —Che, Robocop —dijo Leo tranquilo—. Cerrá el orto y jugá.
El árbitro, un alemán llamado Felix Brych, hizo la señal. Los equipos salieron a la cancha. El rugido de 80.000 personas golpeó a Thiago en el pecho. Pero él solo sentía el peso en su pierna izquierda. 12 kilos de metal muerto que tenía que arrastrar.
Minuto 1. La Primera Colisión.
El partido comenzó. Bahrein movió la pelota. Fue instantáneo. La velocidad de circulación era inhumana. TAC-TAC-TAC. La pelota se movía en triángulos perfectos. Los jugadores de Bahrein no la paraban; la rebotaban de primera, siempre al pie, siempre al espacio vacío.
Argentina corría detrás de sombras. —Algoritmo de posesión activo,— narró Levi en la mente de Thiago. —Están triangulando para aislar a los laterales. Cuidado con el pase filtrado.
Kain recibió la pelota en tres cuartos de cancha. De Paul salió a marcarlo. Kain no hizo una finta. Simplemente aceleró. Pasó de 0 a 40 km/h en dos zancadas. Dejó a De Paul plantado como si fuera un cono.
Kain encaró hacia el centro. Hacia Thiago. El duelo estaba servido en el primer minuto.
Thiago vio la línea roja. Kain venía directo hacia él. No iba a esquivarlo. Iba a chocarlo. Iba a probar la resistencia del tungsteno.
—Impacto inminente,— advirtió Levi. —Energía cinética estimada: 4.500 Joules. Prepará el anclaje.
Thiago no retrocedió. Adelantó su pierna derecha y clavó los tapones en el pasto. Flexionó la rodilla. Y balanceó la pierna izquierda hacia atrás, cargando el péndulo de tungsteno.
Kain llegó. Intentó un cambio de dirección a velocidad supersónica, un “corte en V” que rompería los ligamentos de cualquier humano. Pero Thiago no mordió el amague. Thiago soltó el martillo. Lanzó su pierna izquierda en un barrido bajo, buscando interceptar no al jugador, sino al espacio que Kain quería ocupar.
¡KRAAAAANG!
El sonido fue metálico. Agudo. Hiriente. Adamantio contra Tungsteno. El estadio entero hizo silencio por un microsegundo.
Kain salió volando. La física le ganó a la tecnología. Thiago, anclado al piso por su propio peso masivo, actuó como un bloque de hormigón. Kain, que venía en el aire, rebotó contra la pierna de Thiago y dio una vuelta de campana espectacular.
Kain cayó de pie, como un gato, a tres metros de distancia. Pero algo había cambiado. En su canillera derecha, perfecta y dorada, había una abolladura. Una abolladura fea, gris, profunda.
Thiago se levantó despacio. El tungsteno humeaba ligeramente. —Tu simulación falló —dijo Thiago, escupiendo al pasto—. En la vida real, el metal se dobla.
Minuto 15. El Error en la Matrix.
El choque inicial cambió el partido. Bahrein entendió que no podía pasar por el centro a la fuerza bruta. Cambiaron la táctica. Empezaron a tocar rápido, evitando el contacto físico. Hacían correr la pelota de lado a lado, obligando a Thiago a desplazarse.
Y ahí estaba el problema. Thiago era fuerte, pero era lento. Cada vez que la pelota iba a la banda izquierda, Thiago tardaba dos segundos en llegar a la cobertura.
—Están explotando tu latencia de movimiento,— dijo Levi, preocupado. —Están cansándote. Tu consumo de oxígeno es un 40% mayor al normal por el esfuerzo de mover la prótesis.
Bahrein filtró un pase a la espalda de Thiago. El delantero extremo, un velocista llamado Unit-7, ganó la posición. Thiago intentó girar, pero la inercia del tungsteno lo traicionó. Resbaló.
Unit-7 quedó mano a mano con el Dibu. Tiró el centro atrás. Kain venía entrando solo por el punto penal.
—¡Cierren! —gritó el Cuti Romero. Demasiado tarde. Kain saltó. Se elevó un metro por encima de los defensores, suspendido en el aire con sus propulsores internos (o simplemente con piernas biónicas de salto). Cabeceó con una potencia devastadora.
El Dibu Martínez voló. Tocó la pelota con la punta de los dedos. La pelota pegó en el travesaño y salió.
¡UUUUUUHHHHH!
El estadio respiró. Pero Thiago no. Thiago estaba arrodillado en el área grande, jadeando como si hubiera corrido una maratón. Las venas de su sien latían. La pierna pesaba cada vez más.
Kain aterrizó y miró a Thiago. —Ritmo cardíaco: 185 bpm,— dijo el androide. —Ácido láctico acumulado: Crítico. No necesitas que te rompa, Thiago. Te estás matando solo. Te quedan 20 minutos de energía antes del colapso muscular total.
Thiago se puso de pie, tambaleándose. Miró hacia el banco. Scaloni lo miraba con preocupación, con la mano en el intercomunicador, listo para pedir el cambio.
Thiago le hizo un gesto con la mano: “No”. Miró a Kain. —20 minutos es mucho tiempo —dijo Thiago—. En 20 minutos te hago chatarra.
—Levi,— pensó Thiago. —Activa el Protocolo Sobrecarga.
—Eso quemará tus reservas de glucógeno en 5 minutos,— advirtió la IA.
—Hacelo. Necesito velocidad. Aunque sea una sola vez.
Levi obedeció. Thiago sintió una descarga eléctrica en su columna. Sus glándulas suprarrenales liberaron todo lo que tenían. El dolor desapareció. El peso desapareció. Era el último cartucho.
Sábado. 21:25 PM. Minuto 25 del Primer Tiempo. Argentina 0 – Bahrein 0.
El cambio fue visible. Thiago dejó de respirar por la boca y cerró la mandíbula con tanta fuerza que se escuchó el rechinar de dientes. Sus pupilas se dilataron hasta cubrir casi todo el iris.
—Inyección de Adrenalina y Cortisol: Máxima,— reportó Levi. —Bloqueo de receptores de dolor: 100%. Tiempo estimado de funcionamiento: 8 minutos antes del fallo muscular.
Thiago dio un paso. Ya no fue un paso pesado y torpe. Fue una explosión. Sus músculos, sobreestimulados por la señal eléctrica de Levi, se contrajeron con una violencia que desafiaba la anatomía.
¡BUM! El primer paso dejó un pozo en el césped. Thiago salió disparado hacia la banda derecha, donde un extremo de Bahrein corría libre.
El jugador bahreiní, Unit-4, vio venir a Thiago. Su procesador calculó: “Velocidad del objetivo: Lenta. Maniobra evasiva: Innecesaria.”
Pero Thiago ya no era lento. Aceleró como un tren de carga descarrilado. El tungsteno en su pierna, que antes era un lastre, ahora era un ariete con inercia acumulada.
Unit-4 intentó frenar. Demasiado tarde.
Thiago no barrió. Thiago atropelló. Impactó hombro con hombro, usando la pierna de tungsteno como contrapeso para anclar su centro de gravedad al suelo.
¡CRACK! Unit-4 salió despedido hacia los carteles de publicidad como un muñeco de trapo. Dio dos vueltas en el aire y cayó fuera de la cancha. Thiago se quedó con la pelota, giró sobre su eje (la pierna de tungsteno pivotó haciendo un agujero en el pasto) y arrancó hacia el arco rival.
El estadio enmudeció y luego estalló. No era fútbol. Era demolición.
Minuto 32. El Tren Fantasma.
Kain lo vio. Sus sensores térmicos detectaron que la temperatura corporal de Thiago había subido a 40°C en cuestión de segundos. Estaba quemando combustible metabólico a un ritmo suicida.
—Error de lógica,— procesó Kain. —El sujeto está excediendo los límites estructurales de sus tendones. Se va a romper.
Kain decidió intervenir. Abandonó su posición en el medio y salió al cruce de Thiago. El duelo de capitanes. Adamantio contra Tungsteno. Velocidad perfecta contra Fuerza bruta sobrecargada.
Thiago llevaba la pelota pegada a la pierna derecha. La izquierda solo golpeaba el suelo para impulsarse. TUM-TUM-TUM. Kain venía de frente. Preparó una entrada técnica perfecta: un robo de balón quirúrgico a ras de piso.
Pero Thiago vio la línea roja. Y la ignoró. —Levi, desactivá el freno.
—¿Qué freno?
—¡Todos!
Thiago no esquivó a Kain. Tiró la pelota larga, tres metros adelante. Y saltó. No fue un salto alto. Fue un salto horizontal, lanzando su cuerpo como un misil, con la pierna de tungsteno por delante como una lanza.
Kain, sorprendido por la agresión, levantó su pierna de adamantio para bloquear.
¡CLAAAAANG!
El choque de metales resonó en todo el estadio, tapando los gritos de la hinchada. Saltaron chispas. Reales. Chispas naranjas y blancas volaron del punto de impacto.
La pierna de Thiago, impulsada por la sobrecarga y el peso del tungsteno, golpeó la espinillera de Kain con la fuerza de un martinete hidráulico. El adamantio, el metal “indestructible”, se dobló. Se hundió hacia adentro.
Kain perdió el equilibrio. Su giroscopio interno falló. Cayó de espaldas, arrastrándose tres metros por el impacto.
Thiago aterrizó, rodó sobre su hombro derecho (para proteger la izquierda) y se levantó de un salto, rugiendo. Recuperó la pelota que había tirado larga. Estaba solo frente a la línea defensiva.
Minuto 38. El Costo del Gol.
Quedaban dos defensores y el arquero. Thiago sentía que las piernas le ardían. No era ácido láctico. Era fuego. Sus músculos se estaban desgarrando microscópicamente con cada zancada. —Alerta crítica. Desgarro fibrilar en isquiotibial derecho: 15%.—
Thiago no paró. Los defensores de Bahrein, asustados por lo que acababan de ver (su capitán indestructible estaba en el suelo con la pierna abollada), dudaron. Ese segundo de duda fue todo lo que necesitó Julián Álvarez.
La “Araña” picó al vacío, cruzando la espalda de los centrales. Thiago lo vio. No podía patear fino. Su pierna izquierda era un bloque de cemento insensible. Así que usó la derecha. Frenó de golpe, clavando el tungsteno en el pasto para detener sus 90 kilos de inercia en un metro. El pasto se levantó como una alfombra.
Con la inercia detenida, soltó un pase suave, casi delicado, con la derecha. Julián recibió solo. Controló. Y definió cruzado ante la salida del arquero.
¡GOOOOOOOOOOOOOL! ¡GOL DE ARGENTINA! 1 – 0.
Julián salió corriendo a gritarlo al córner. Messi corrió a abrazarlo. Todo el equipo corrió.
Thiago intentó correr. Dio un paso. Y su pierna derecha (la humana) colapsó. El isquiotibial dijo “basta”. Se rompió con un chasquido audible solo para él. Thiago cayó de boca al pasto. La euforia del gol tapó su caída.
Entretiempo. Vestuario Argentino.
El clima era una mezcla extraña de euforia y terror. Argentina ganaba, pero su mejor arma estaba en la camilla, rodeada de médicos.
Thiago estaba boca abajo. Helena estaba aplicando hielo directo sobre la pierna derecha, la de carne y hueso. El Dr. Prato miraba una ecografía portátil.
—Desgarro de grado 2 —diagnosticó el médico, serio—. Casi grado 3. Tres centímetros de rotura en el bíceps femoral.
Scaloni se pasó la mano por la cara. —¿Puede seguir?
El médico negó con la cabeza. —Lionel, apenas puede caminar. Si corre una vez más, el músculo se corta del todo y se le enrolla como una persiana. Necesita cirugía o seis semanas de reposo.
Thiago levantó la cabeza. Tenía los ojos vidriosos. El efecto de la adrenalina había pasado y ahora el dolor era insoportable. —Vendame —dijo entre dientes.
—No seas estúpido, pibe —le dijo el Ruso, que estaba a su lado—. Ya hiciste tu parte. Rompiste al robot. Ganamos 1-0. Dejá que entre Paredes y cerramos el partido.
—No… —Thiago intentó levantarse, pero el dolor lo tumbó de nuevo—. Kain no está roto. Solo está abollado. Va a volver. Y va a estar enojado.
En ese momento, la puerta del vestuario se abrió. Entró un asistente de la FIFA, pálido. —Perdón, Mr. Scaloni. Tienen que ver esto.
El asistente señaló el monitor de TV del vestuario. Estaban pasando la repetición del choque entre Thiago y Kain. Pero luego, la cámara enfocó el banco de suplentes de Bahrein.
Kain estaba sentado. Un equipo de mecánicos con trajes plateados trabajaba en su pierna. No la estaban arreglando. La estaban cambiando.
Estaban quitando la pierna de adamantio abollada. Y estaban sacando de una maleta negra una pierna nueva. Esta no era dorada. Era negra. Absolutamente negra. Y no tenía forma de pierna humana. Tenía pistones hidráulicos expuestos, cables rojos y una base ancha, con garras retráctiles para el agarre. Parecía la pierna de un velociraptor mecánico.
—Análisis de componente,— susurró Levi en la mente de Thiago, proyectando la imagen en su retina. —Eso es Fibra de Carbono de Grado Aeroespacial reforzada con Nanotubos. Y tiene un sistema de inyección de nitro en el talón.
Helena miró la pantalla y se tapó la boca. —Van a usar propulsión activa. Eso es ilegal.
—No hay reglas para robots —dijo Messi, mirando la pantalla con el ceño fruncido—. La FIFA no sabe qué cobrar.
Thiago miró a Scaloni. —Si entra con eso… va a correr a 50 km/h. Paredes no lo agarra ni en moto.
Scaloni miró el desgarro en la pierna derecha de Thiago. Luego miró la pierna negra y brutal de Kain en la pantalla. —Thiago, no tenés pierna derecha.
Thiago miró su pierna izquierda. La de Tungsteno. La que pesaba 12 kilos. La que había doblado el adamantio. —Tengo la izquierda, Lionel. Y tengo a Levi.
Thiago miró a Helena. —¿Tenés lidocaína?
Helena asintió, entendiendo lo que iba a pedir. —Mucha.
—Infiltrame todo el isquiotibial derecho. Bloqueame el nervio ciático si hace falta. No quiero sentir la pierna derecha. Voy a jugar rengo.
—Vas a terminar en silla de ruedas —advirtió el médico.
—Solo necesito 45 minutos más —dijo Thiago—. Después me compro una silla de ruedas de oro. Infiltrame.
Sábado. 22:05 PM. Inicio del Segundo Tiempo. Argentina 1 – Bahrein 0.
Cuando Thiago salió del túnel, no caminaba. Se arrastraba. La pierna derecha, infiltrada con suficiente lidocaína para dormir a un caballo, colgaba inerte. No sentía el pie al pisar. Tenía que mirar hacia abajo para saber si estaba tocando el pasto. La pierna izquierda, la de tungsteno, era su ancla. Pesada, sólida, caliente.
Del otro lado, salió Kain. El estadio ahogó un grito colectivo. La nueva pierna derecha del androide no era sutil. Era una estructura de carbono negro mate, abierta, dejando ver pistones hidráulicos rojos que siseaban con cada paso. En la suela, en lugar de tapones, tenía garras retráctiles de acero. CHSSST. CLACK. CHSSST. CLACK.
El árbitro miró la prótesis. Dudó. El capitán de Bahrein se acercó. —Certificado médico ISO-9001,— dijo Kain, proyectando un holograma desde su muñeca. —Prótesis terapéutica de soporte activo. Aprobada por la FIFA en el artículo 4.2.
El árbitro, superado por la tecnología, hizo sonar el silbato. —¡Jueguen!
Minuto 60. El Velociraptor.
El segundo tiempo no fue un partido. Fue una cacería. Kain no corría. Depredaba. Cada vez que recibía la pelota, los pistones de su pierna “Raptor” se comprimían y liberaban energía explosiva. Daba zancadas de tres metros. Dejaba surcos profundos en el césped donde las garras traccionaban.
Argentina se replegó. Scaloni armó una línea de 5 defensores. Thiago quedó parado como un poste en la medialuna del área grande. No podía moverse a los costados. Era una torreta defensiva.
—Kain viene por el centro,— alertó Levi. —Velocidad de aproximación: 42 km/h. Fuerza de impacto estimada: Letal.
Kain recibió en tres cuartos. Pasó a Enzo Fernández como si fuera un poste. Pasó a Mac Allister. Quedó frente a Thiago.
Thiago no intentó retroceder. No podía. Plantó la pierna derecha (la muerta) y preparó la izquierda (el martillo). Kain vio la postura. Sonrió. (O al menos, su placa facial hizo un gesto similar).
En lugar de chocar, Kain activó el nitro. ¡FWOOOOSH! Un chorro de gas comprimido salió del talón de su pierna negra. Kain saltó. No hacia adelante. Hacia arriba. Saltó por encima de Thiago. Literalmente lo pasó por arriba, volando dos metros en el aire.
Thiago intentó girar el cuello, impotente. Kain aterrizó detrás de él, controló con el pecho y fusiló al Dibu.
¡PUM! La pelota reventó el palo izquierdo. El rebote le quedó a Otamendi, que la revoleó a la tribuna.
El estadio tembló. Thiago miró a Kain. El robot había aterrizado y sus pistones humeaban vapor frío. —Eres estático,— dijo Kain. —La próxima vez, no le pegaré al palo.
Minuto 85. La Trinchera.
Faltaban cinco minutos. Argentina aguantaba el 1-0 con uñas y dientes. Thiago respiraba con la boca abierta. La anestesia en su pierna derecha empezaba a perder efecto, o tal vez el desgarro se había extendido tanto que el dolor rompía el bloqueo químico. Sentía puntadas de fuego en la espalda.
Bahrein volcó todo el equipo al ataque. Hasta el arquero jugaba adelantado. Era un asedio.
—¡Aguanten! —gritaba Messi, bajando a defender como un lateral más.
Un centro llovido cayó al área. El Cuti Romero rechazó de cabeza, pero corto. La pelota le cayó a Kain en la puerta del área. Estaba solo. Thiago estaba a dos metros, pero esos dos metros eran un abismo para un lisiado.
Kain acomodó el cuerpo. Cargó los hidráulicos de su pierna Raptor al máximo. El sonido fue agudo, como una turbina de avión encendiéndose. WIIIIIIIIIIIIII. Iba a patear con una potencia capaz de atravesar la red y, posiblemente, al arquero.
Thiago miró a Levi. —Trayectoria.
—Directo al ángulo derecho. Imparable para el arquero.
—No llego,— pensó Thiago.
—No llegás corriendo,— calculó Levi. —Pero llegás cayendo.
Thiago entendió. No intentó dar un paso. Se dejó caer. Desactivó el control muscular de su pierna derecha por completo, dejándola colapsar. Su cuerpo cayó hacia la derecha como un árbol talado. Al caer, usó la inercia de la caída para lanzar su pierna izquierda —el bloque de 12 kilos de tungsteno— hacia arriba y al centro.
Fue un movimiento desesperado. Una tijera suicida desde el suelo.
Kain liberó el disparo. ¡BAM! La pelota salió disparada a 180 km/h.
Thiago cerró los ojos y estiró el tungsteno. Sintió el impacto. No en el pie. En la tibia de metal.
¡CLOOONG!
El sonido fue como el de una campana de iglesia golpeada por un tren. La pelota, desviada por la masa inamovible del tungsteno, salió disparada hacia arriba. Subió, subió y subió. Pasó por encima del travesaño. Y siguió subiendo hasta perderse en la segunda bandeja.
Kain se quedó mirando el punto de impacto. Thiago estaba tirado en el piso, boca arriba. Su pierna de tungsteno vibraba por la resonancia del golpe.
El árbitro miró su reloj. ¡PIIIIIII! ¡PIIIIIII! ¡PIIIIIII!
FINAL DEL PARTIDO. ARGENTINA 1 – BAHREIN 0.
Sábado. 23:00 PM. Zona Mixta.
El festejo fue medido. No hubo baile en el vestuario. Hubo silencio y preocupación.
Thiago salió del estadio en una silla de ruedas, empujado por el Ruso. Tenía la pierna derecha totalmente inmovilizada con una férula de vacío. La izquierda, la de tungsteno, brillaba bajo las luces del pasillo, intacta, fría, eterna.
Los periodistas se abalanzaron sobre él. —¡Thiago! ¡Thiago! ¿Cómo te sentís? ¿Llegás a cuartos? —¡Le ganaste a la máquina! ¿Qué se siente?
Thiago levantó la vista. Estaba pálido, con ojeras profundas. —Me siento… pesado —dijo apenas.
Kain pasó por detrás, caminando hacia el micro de Bahrein. Ya no tenía la pierna Raptor. Tenía puestas unas piernas de caminar civiles, elegantes. Se detuvo un segundo frente a la silla de Thiago.
Los periodistas hicieron silencio, esperando el cruce.
Kain miró la pierna de tungsteno. Luego miró a Thiago. —Tu hardware es inferior,— dijo la máquina. —Tu software es caótico. Tu estructura biológica es frágil.
Kain hizo una pausa. Sus ojos violetas parpadearon una vez. —Pero tu tolerancia al error crítico… es admirable. Buen juego, humano.
Kain siguió caminando. Fue el primer y único cumplido que una IA de Bahrein le había hecho a un rival en toda la Copa.
Messi apareció detrás de Thiago y le puso la mano en el hombro. —Vamos, animal. El avión espera.
—¿A dónde vamos, Leo? —preguntó Thiago, adormilado por los analgésicos.
—A Dallas —dijo Messi—. Cuartos de final.
Thiago cerró los ojos mientras el Ruso empujaba la silla. —¿Contra quién?
Messi miró el teléfono. La otra llave de octavos acababa de terminar. Su cara se endureció.
—Contra Francia.
Thiago abrió los ojos de golpe. —¿Mbappé?
—Mbappé —confirmó Messi—. Y dicen que trae algo nuevo.
Hola,
solo quería daros las gracias por estar ahí y por leerme. Nunca imaginé que esto llegaría tan lejos cuando lo empecé, pero aquí estamos, con 30 colecciones , ¡20 000 visitas y 100 capítulos publicados!
Para darles las gracias, hasta que acabe el mes, voy a publicar un capítulo extra cada día por piedra de poder o reseña de 5 estrellas. Con el maximo de solo dos capítulos al día, porque no podría publicar más si me esmero al máximo aunque quiera.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com