Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 101
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Capítulo 101: La Revolución Francesa
Domingo. 09:00 AM. Hotel Omni Dallas, Texas. Cuartos de Final: Faltan 4 días.
Thiago se despertó gritando. No fue una pesadilla. Fue un calambre. Su pierna derecha, la humana, se había contraído violentamente bajo las sábanas. Al intentar moverse, sintió como si alguien le estuviera clavando un picahielos en la parte posterior del muslo.
Helena, que dormía en un sillón en la misma habitación (nadie quería dejarlo solo), saltó con su maletín médico. —¡No te muevas! —ordenó, inmovilizándolo contra el colchón—. ¡Estás rompiendo el coágulo!
Thiago respiraba entrecortado, con lágrimas de dolor en los ojos. Miró sus piernas. La izquierda, de tungsteno, descansaba sobre una almohada especial, fría, inerte, perfecta. No sentía dolor, no sentía cansancio. Era eterna. La derecha, de carne y hueso, estaba hinchada, amoratada y palpitaba con un color rojo enfermizo.
—Es irónico, ¿no? —jadeó Thiago, riendo sin ganas—. Gasté millones en metal para ser fuerte… y lo que me falla es la carne gratis con la que nací.
Helena no se rió. Le pasó el transductor del ecógrafo portátil por el muslo. La imagen en la pantalla era un desastre de manchas grises y negras.
—El desgarro es de 4 centímetros, Thiago —dijo ella, con voz profesional pero ojos tristes—. Es un Grado 2 avanzado. Hay edema masivo. Sangrado interno. Las fibras musculares están separadas como una cuerda vieja que se cortó.
Thiago miró el techo. —¿Cuánto tiempo para volver a jugar?
—Con fisioterapia tradicional… seis semanas. —Con cámara hiperbárica y plasma rico en plaquetas… tres semanas. —Con milagros y rezos… dos semanas.
Thiago cerró los ojos. —Tenemos cuatro días.
—Exacto —dijo Helena, apagando el equipo—. No llegás, Thiago. Scaloni ya lo sabe. Está preparando a Paredes y a Enzo para el mediocampo. Vas a ver el partido desde el palco.
La Opción Nuclear.
Thiago se sentó en la cama, ignorando el pinchazo en su pierna. —No voy a verlo desde el palco. Miró a Helena fijamente. —Sacá lo que tenés en la caja negra.
Helena se congeló. —No sé de qué hablás.
—No me mientas, Lena. Te vi hablar con el Ruso anoche. Te vi guardar un estuche con el logo de Bio-Gen en la caja fuerte. Sé lo que es.
Helena suspiró y se sentó en el borde de la cama. Parecía haber envejecido diez años en una semana. —Son Nanobots de Sutura Activa.
—¿Qué hacen?
—Son microscópicos. Se inyectan directamente en la lesión. No esperan a que tu cuerpo sane. Ellos son la sanación. Helena hizo un gesto con las manos. —Tejen las fibras musculares rotas con polímeros sintéticos en cuestión de horas. Comen el tejido muerto y lo reemplazan por una malla de carbono flexible.
—Suena perfecto —dijo Thiago—. Ponémelos.
—No es perfecto —replicó Helena, levantando la voz—. Es experimental. Es ilegal en tres continentes. —Primero: Duele. Mucho. Sentís como si te estuvieran cosiendo con agujas calientes por dentro durante 24 horas seguidas. —Segundo: Si los nanobots fallan, pueden calcificar el músculo. Tu pierna derecha podría quedar rígida para siempre. Como una piedra. —Tercero: La FIFA no los detecta… todavía. Pero si te hacen un escaneo térmico y ven que tu pierna está a 45 grados por la actividad de los bots, te suspenden de por vida.
Thiago miró su pierna derecha. La tocó. Estaba blanda, débil. Luego tocó la izquierda. Dura, fría, poderosa.
—Ya soy mitad máquina, Helena —dijo él suavemente—. Si tengo que convertir mi otra pierna en un experimento para jugar contra Francia… que así sea.
Helena lo miró a los ojos. Buscaba miedo. Solo encontró obsesión. —Voy a necesitar que firmes un documento —dijo ella, poniéndose de pie—. Si esto sale mal y perdés la pierna, no quiero que tu familia me demande. Quiero que sepan que fue tu idea.
—Traé la aguja —dijo Thiago.
Domingo. 14:00 PM. Sala de Video del Hotel.
Mientras Helena preparaba el procedimiento en la habitación, Scaloni reunió al equipo en la sala de conferencias. El ambiente era fúnebre.
—Muchachos —dijo Scaloni, señalando la pantalla gigante—. Olvídense de los robots de Bahrein. Esos eran juguetes a pila. La imagen cambió. Mostraba el partido de Cuartos de Final que Francia acababa de ganar 3-0 contra Colombia.
—Francia no usa metal —explicó Scaloni—. Francia usa Biología.
En la pantalla, se veía a Kylian Mbappé. Pero no era el Mbappé de 2022. Este Mbappé parecía esculpido en mármol negro. Sus músculos tenían una definición anatómica imposible. Corría sin abrir la boca. No jadeaba. Sus ojos estaban totalmente blancos por un segundo antes de recibir la pelota, y luego volvían a la normalidad.
—Se llama Protocolo CRISPR-Athletic —dijo Walter Samuel, leyendo un informe de inteligencia—. Es edición genética legalizada en la Unión Europea bajo la ley de “Optimización de Salud”. —Les han modificado la miostatina para que sus músculos no se cansen. —Tienen un 20% más de capacidad pulmonar. —Sus glóbulos rojos transportan el doble de oxígeno.
En el video, Mbappé picaba en el minuto 90. Iba a 39 km/h. Los defensores colombianos, agotados, parecían estatuas.
—No son máquinas —dijo Messi, mirando la pantalla con el ceño fruncido—. Son… súper-humanos.
—Exacto —dijo Scaloni—. No se rompen como los robots. Se curan rápido. No se oxidan. Y piensan como nosotros, pero más rápido.
Julián Álvarez levantó la mano. —¿Cómo les ganamos, Lionel? Si no se cansan y corren más…
Scaloni apagó la pantalla. —Les ganamos porque se creen dioses. —La perfección tiene un defecto: la arrogancia. Mbappé cree que no necesita esforzarse para ganarnos. Cree que somos viejos y rotos. Scaloni sonrió, una sonrisa de lobo. —Vamos a usar esa soberbia en su contra. Vamos a ensuciarles el partido. Vamos a llevarlos al barro. A ver si sus genes perfectos aguantan una patada en los tobillos.
La puerta de la sala se abrió. Entró el Ruso. Estaba pálido. —Lionel… tenés que venir a la habitación de Thiago.
—¿Qué pasó? —preguntó Scaloni, alarmado.
—Helena le puso… la cosa. Y el pibe está gritando tanto que van a llamar a la policía.
Domingo. 14:15 PM. Habitación 404.
Scaloni entró corriendo. La escena era dantesca. Thiago estaba mordiendo una toalla enrollada, con la espalda arqueada sobre la cama. Su pierna derecha estaba brillando. Literalmente. Bajo la piel, una red de luces azules microscópicas se movía como un enjambre de hormigas luminosas. Los nanobots estaban trabajando. Estaban devorando el tejido muerto y tejiendo el nuevo.
Pero el proceso generaba calor. Mucho calor. Vapor salía de los poros de Thiago. Helena le aplicaba compresas de hielo, pero se derretían en segundos.
—¡Aguantá, pibe! —le gritó el Ruso, sujetándole los hombros.
Thiago escupió la toalla. —¡AAAAAAHHHHHH! —gritó, un sonido gutural, animal. Miró a Scaloni con los ojos inyectados en sangre. —¡No me saques! —rugió Thiago entre el dolor—. ¡No me saques de la lista! ¡Voy a jugar!
Scaloni miró la pierna brillante, pulsante, antinatural. Miró a Helena. —¿Va a funcionar?
Helena tenía las manos temblando. —Si no le da un paro cardíaco por el dolor en la próxima hora… sí. Va a tener una pierna nueva. Una pierna de polímero y carne.
Thiago se desmayó del dolor. Su cabeza cayó hacia atrás. Pero la pierna siguió brillando, tejiéndose sola en la oscuridad de la habitación.
Lunes. 08:00 AM. Habitación 404. Hotel Omni.
Thiago abrió los ojos. El silencio en la habitación era absoluto. El zumbido de los equipos médicos se había detenido. Se sentó en la cama de golpe, esperando el dolor. Esperando el tirón agónico del desgarro.
Nada. No había dolor. Solo una sensación extraña de… tensión. Como si tuviera una banda elástica muy apretada debajo de la piel del muslo derecho.
Se levantó la sábana. Su pierna derecha se veía normal a simple vista, aunque un poco más brillante, como si la piel estuviera estirada al máximo. Las luces azules de los nanobots se habían apagado. El trabajo estaba hecho.
Helena estaba durmiendo en una silla, con la cabeza apoyada en la mesa de luz. Thiago bajó el pie al suelo. Apoyó el peso. La pierna derecha aguantó. No tembló. Se sintió sólida, pero vibrante.
—Buenos días, Frankenstein,— dijo Levi en su mente. —Escaneo completo. Integridad estructural del tejido derecho: 115%.
—¿115%? —preguntó Thiago en voz alta.
Helena se despertó de un salto. —¡No te pares! —gritó, frotándose los ojos—. ¡Los polímeros tienen que asentarse!
—Se sienten bien —dijo Thiago, dando un paso tentativo. Fue extraño. Al levantar el pie derecho, sintió un “rebote”. No tuvo que hacer fuerza muscular para despegar el pie del suelo. La pierna pareció saltar sola, impulsada por una energía elástica invisible.
Thiago dio otro paso. BOING. Casi choca contra la pared. La pierna derecha no caminaba. Se disparaba.
Helena se acercó y le tocó el muslo. Estaba tibio. —Los nanobots crearon una malla de tracción —explicó, fascinada y horrorizada a la vez—. Básicamente, convirtieron tu músculo desgarrado en un resorte de fibra de carbono. Cada vez que pisás, acumulás energía cinética. Cuando levantás el pie… la liberás de golpe.
Thiago miró sus dos piernas. Izquierda: Tungsteno. Pesada. Un ancla. Un martillo. Inamovible. Derecha: Nanobots. Ligera. Un resorte. Una catapulta. Inestable.
—Camino como un cangrejo —murmuró Thiago—. Una pierna me clava al piso y la otra me quiere mandar a la luna.
—Vas a tener que aprender a manejarlas —dijo Helena—. Tu centro de gravedad es un desastre. Si intentás correr normal, te vas a caer de cara.
Lunes. 14:00 PM. Conferencia de Prensa Oficial. Centro de Medios de Dallas.
La sala estaba abarrotada. Periodistas de todo el mundo esperaban. En el estrado estaba Didier Deschamps (DT de Francia) y su capitán, Kylian Mbappé.
Mbappé se veía impecable. Su piel brillaba con salud. Sus ojos eran claros, penetrantes. No tenía ni una sola marca de fatiga, a pesar de haber jugado 90 minutos hace dos días. La “Bio-Mejora” era evidente. Irradiaba perfección.
Un periodista argentino levantó la mano. —Kylian, se habla mucho de la condición física de Thiago. Dicen que está lesionado, pero que podría jugar. ¿Te preocupa enfrentar a un jugador con tecnología cibernética?
Mbappé sonrió. Fue una sonrisa educada, pero sus ojos no sonreían. —Respeto a Thiago —dijo Kylian, con voz suave—. Pero la tecnología es un parche. Es lo que usas cuando la naturaleza falla. Se señaló el pecho. —Nosotros no usamos parches. Nosotros usamos evolución. —Si Thiago necesita metal y cables para correr, es porque su cuerpo humano ya no sirve. Nosotros hemos llevado el cuerpo humano al siguiente nivel.
Hizo una pausa dramática. —Esto no es RoboCop, amigos. Esto es fútbol. Y en el fútbol, la biología siempre gana. El metal se oxida. La carne perfecta… perdura. —Espero que juegue. Quiero ganarle a su mejor versión, no a una excusa.
En la habitación del hotel, Thiago apagó el televisor. Estaba temblando. No de miedo. De rabia. —Análisis de discurso,— dijo Levi. —Nivel de arrogancia detectado: 99%. Probabilidad de subestimación: Alta.
—Vamos a entrenar —dijo Thiago, poniéndose de pie. El resorte de su pierna derecha lo impulsó hacia arriba con violencia—. Llamá a Scaloni. Necesito una cancha cerrada.
Martes. 21:00 PM. Estadio de Entrenamiento de la SMU (Southern Methodist University). A puerta cerrada.
La noche caía sobre Dallas. El cuerpo técnico de Argentina estaba al borde del campo. Scaloni, Aimar, Samuel y el Ruso miraban en silencio.
Thiago estaba en el círculo central. Llevaba pantalones cortos. Su pierna izquierda, la de tungsteno, brillaba bajo los reflectores con su tono gris oscuro. Su pierna derecha, la “biológica”, se veía normal, pero cada vez que tensaba el músculo, una luz azul tenue parpadeaba bajo la piel.
—¡Probá un pique corto! —gritó el Ruso.
Thiago asintió. Se preparó para salir. Intentó correr como siempre. Fue un desastre. La pierna derecha empujó con demasiada fuerza y la izquierda, pesada, no llegó a tiempo para acompañar. Thiago tropezó y rodó por el pasto.
—¡Coordinación! —gritó Helena desde el banco—. ¡Tenés dos motores diferentes! ¡No podés usarlos igual!
Thiago se levantó, frustrado. —Levi, dame una solución.
—Análisis de biomecánica,— respondió la IA. —Tenés una asimetría funcional extrema. Izquierda: Alta masa, baja aceleración, alto impacto. Derecha: Baja masa, alta aceleración, alto rebote.
—¿Y?
—No corras. Galopá.
—¿Qué?
—Usá la pierna izquierda como pivote. Clavala en el piso. Y usá la derecha solo para impulsarte. Como un saltamontes con una pata de plomo.
Thiago cerró los ojos. Visualizó el movimiento. No era una carrera humana simétrica (izquierda-derecha-izquierda). Era un ritmo sincopado. CLACK (Izquierda ancla) -> SWOOSH (Derecha impulsa).
Lo intentó de nuevo. Clavó el tungsteno en el pasto. Sintió la estabilidad de la tonelada. Flexionó la derecha. Sintió los nanobots tensarse como una cuerda de arco. Y soltó.
¡ZAS! Salió disparado. No corrió. Se proyectó. En una sola zancada cubrió tres metros. Cayó con la izquierda (que absorbió el impacto sin problemas gracias al metal) y volvió a disparar con la derecha.
Era una forma de correr grotesca, asimétrica, aterradora. Parecía un depredador herido que, de alguna manera, era más rápido que uno sano. BUM… ¡ZAS! … BUM… ¡ZAS!
Cruzó la cancha en 7 zancadas gigantes. Llegó al área chica y frenó clavando el tungsteno. El pasto se levantó dos metros.
Scaloni se miró con Aimar. El “Payaso” Aimar tenía los ojos abiertos como platos. —Lionel… eso no es fútbol. Eso es atletismo de guerra.
—Es efectivo —dijo Scaloni—. Es impredecible. Mbappé va a esperar a un rengo. Y se va a encontrar con un canguro de hierro.
Thiago volvió caminando (rengueando por el peso, pero saltando por el resorte). Estaba sudando, pero sonreía. —La tengo —dijo—. Sé cómo moverme.
—Bien —dijo Scaloni—. Pero hay un problema. Señaló la pierna derecha de Thiago. La luz azul de los nanobots era intensa.
—Esos bichos generan calor —dijo Scaloni—. Si corrés así 90 minutos, te vas a cocinar el músculo desde adentro. Helena dice que tenés 45 minutos de autonomía antes de que la fiebre te haga alucinar.
—Entonces juego el segundo tiempo —dijo Thiago—. Que ellos se cansen primero.
—No —lo cortó Scaloni—. Francia empieza ganando los partidos en los primeros 15 minutos. Salen con todo. Si no estás vos para frenar el “Blitzkrieg” biológico de Mbappé… para el entretiempo vamos perdiendo 3 a 0.
Scaloni lo miró fijamente. —Vas de titular. —Vas a jugar hasta que te suba la fiebre o hasta que ganemos. —Y Thiago…
—¿Sí, mister?
—No intentes ganarle en velocidad a Mbappé. Él es perfecto. Vos sos un engendro. —Sé un engendro. Sé incómodo. Sé lo que la biología no puede predecir.
Thiago miró sus piernas. La dualidad perfecta. —Mañana van a ver evolución —dijo Thiago—. Pero la evolución a veces crea monstruos.
Miércoles. 19:50 PM. AT&T Stadium. El Túnel.
Los equipos estaban formados. Francia, con su uniforme azul oscuro impecable. Todos altos, atléticos, perfectos. Respiraban sincronizados. Parecían un ejército de clones de élite. Mbappé estaba al frente, mirando al vacío con esa calma zen de quien sabe que no puede perder.
Argentina, con la celeste y blanca. Thiago estaba al final de la fila. Llevaba medias largas para cubrir el brillo azul de su pierna derecha y el gris opaco de la izquierda. Caminaba raro. Un paso pesado, un paso liviano.
Mbappé giró la cabeza. Lo vio. Sus ojos se encontraron. Mbappé escaneó a Thiago de arriba abajo. Sus pupilas (seguramente mejoradas) notaron la asimetría. Sonrió levemente. —Ça va, l’homme de fer? (¿Cómo va, hombre de hierro?) —preguntó Kylian.
Thiago no sonrió. —Ça va, le dieu (Cómo va, el dios) —respondió Thiago en un francés roto—. Preparate. Hoy el hierro se come a los dioses.
El árbitro agarró la pelota. El rugido del estadio bajó por el túnel como una avalancha. Era hora. Biología Perfecta vs. Híbrido Roto. Elegancia vs Violencia.
Miércoles. 20:05 PM. Minuto 10. Argentina 0 – Francia 0.
El ritmo del partido era aterrador. Francia no jugaba al fútbol; realizaba una coreografía de alta velocidad. Los mediocres franceses, con sus pulmones optimizados, no corrían: se deslizaban. Kylian Mbappé recibió una pelota en la banda. No necesitó frenar. Su aceleración fue tan fluida que parecía que el tiempo se ralentizaba para él.
Thiago salió al cruce. Recordó el consejo de Levi: “Galopá”.
Clavó el tungsteno (BUM) y se impulsó con el resorte de nanobots (ZAS). El movimiento fue tan asimétrico y violento que Mbappé, por primera vez en su vida, dudó. Sus ojos, mejorados para predecir trayectorias humanas, no entendieron el ángulo de aproximación de Thiago. Thiago llegó antes de lo previsto. Hombro contra hombro. El impacto fue seco. El tungsteno de Thiago le dio la masa de un camión, pero el resorte de su pierna derecha le permitió recuperarse instantáneamente.
Mbappé tambaleó, sorprendido por la fuerza bruta de ese “engendro”. —Anomalía detectada,— reportó Levi. —Mbappé ha aumentado su frecuencia cardíaca voluntariamente. Está entrando en modo de combate.
Minuto 28. El Blitzkrieg Biológico.
Francia ajustó. Decidieron ignorar la lógica y atacar por saturación. Griezmann, con una visión de juego potenciada por estimulantes neuronales legales, filtró una pelota imposible entre Otamendi y el Cuti Romero.
Mbappé arrancó. Esta vez no intentó esquivar a Thiago. Usó su evolución. En un pique de 20 metros, Kylian alcanzó los 40.2 km/h. Sus pies apenas tocaban el pasto. Era una pantera de laboratorio.
Thiago lo persiguió. BUM-ZAS. BUM-ZAS. Su galope era ruidoso, feo, pero efectivo. La pierna derecha de Thiago ardía. Las medias blancas empezaban a transparentar un brillo azul eléctrico cada vez más intenso. —Alerta de temperatura,— advirtió Levi. —Tejido derecho a 42.5°C. Los nanobots están operando en régimen de fricción térmica. Si no te detenés, el músculo se va a cocinar.
—¡No me detengo! —rugió Thiago para sus adentros.
Llegó al área al mismo tiempo que Mbappé. Kylian armó la pierna para el remate. Thiago se tiró con todo. No con una barrida clásica, sino lanzando su pierna de tungsteno como un martillo de demolición.
¡CLACK! Thiago bloqueó el disparo, pero la fuerza del impacto de Mbappé fue tal que el balón salió rebotado hacia el centro del área. Camavinga venía de frente. Sin marca. Remate seco. ¡GOL DE FRANCIA!
Argentina 0 – Francia 1.
El estadio se llenó de un silencio sepulcral, roto solo por los gritos de la hinchada francesa. Mbappé pasó al lado de Thiago, que seguía en el suelo, y ni siquiera lo miró. Solo se acomodó el brazalete de capitán. La superioridad biológica se había impuesto.
Minuto 44. La Respuesta del Monstruo.
Thiago estaba al límite. Sudaba un vapor denso. El calor en su pierna derecha era insoportable, una agonía de mil agujas quemando su fémur. Messi se le acercó. —Thiago, estás echando humo, nene. Salí. Entra Paredes.
—Una más, Leo —suplicó Thiago, agarrándose el muslo—. Dame una más antes del descanso.
Messi lo miró a los ojos. Vio la misma locura que tenía él cuando era chico y le decían que no podía crecer. —Está bien. Buscame.
Argentina recuperó en la salida de Francia. De Paul la robó y se la dio a Messi. Leo empezó a juntar marcas. Atrajo a tres franceses, incluyendo a los dos centrales genéticamente editados. En el último segundo, Leo tiró una “pinchada” al vacío.
Thiago arrancó desde atrás. Sabía que era su último sprint. —Levi… sobrecarga de nanobots. Todo lo que tengan.—
—Peligro: Daño celular permanente.—
—¡HACELO!—
Los nanobots en su pierna derecha estallaron en una luz azul que se veía a través de la tela de la media. Thiago dio un salto que desafió la gravedad. Cubrió cinco metros en el aire. Cayó con el tungsteno y, antes de que el defensor francés pudiera reaccionar, usó el resorte para un segundo salto.
Quedó mano a mano con el arquero Maignan. Pero no tenía ángulo para patear con la derecha (el resorte estaba descargado). Tenía que usar el tungsteno. El peso muerto.
Thiago no pateó. Dejó caer la pierna. Usó el peso del bloque de 12 kilos para golpear la pelota descendente con la parte externa del pie, como si fuera una maza cayendo sobre un clavo.
¡PUM! La pelota no salió volando. Salió proyectada contra el suelo, picó con una potencia absurda y pasó por encima de la cabeza de Maignan, entrando por el ángulo superior.
¡GOOOOOOOOOOOOOL! ¡GOL DE ARGENTINA! 1 – 1.
Thiago no pudo festejar. Al aterrizar, su pierna derecha simplemente se apagó. El calor era tal que el sistema de seguridad de los nanobots forzó un apagado total para no incinerar el hueso. Thiago cayó de rodillas, con vapor saliendo de su pantalón.
El árbitro pitó el final del primer tiempo.
Vestuario. Entretiempo.
La escena era de emergencia médica. Helena le estaba echando baldes de agua helada sobre la pierna derecha. —¡Está a 46 grados! —gritaba ella—. ¡Se está fundiendo el polímero!
Thiago estaba acostado, con una máscara de oxígeno, temblando por el shock térmico. Scaloni estaba parado frente a él, mirando la pierna que ahora tenía un color púrpura neón.
—Cumpliste, Thiago —dijo Scaloni con voz suave—. Empatamos. Ahora sentate. Entra Leandro.
Thiago se sacó la máscara. Su voz era un susurro ronco. —Ellos… ellos no están cansados, Lionel. Miró hacia la puerta del vestuario, donde se escuchaba el murmullo de los franceses, que ni siquiera parecían haber sudado.
—Si me sacás… van a volver a acelerar —dijo Thiago—. Yo soy el único que puede chocar a Mbappé sin romperse.
—Te estás rompiendo por dentro, nene —le dijo el Ruso, conmovido.
—No —Thiago señaló su pierna de tungsteno—. Esto no se rompe. Miró a Helena. —Vaciame el estuche. Meteme el refrigerante de grado industrial que usás para el torno. Si tengo que jugar con la pierna congelada, juego. Pero Mbappé no pasa.
En ese momento, la puerta del vestuario se abrió un milímetro. Alguien dejó caer un sobre negro. El Ruso lo levantó. Adentro había una sola nota, escrita a mano, con una letra elegante:
“El segundo tiempo será a 45 km/h. Espero que tu metal tenga buen punto de fusión. – K.”
Era Mbappé. El reto final estaba lanzado.
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