Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 102
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Capítulo 102: Punto de Fusión
Miércoles. 21:05 PM. Entretiempo en el Vestuario Argentino. Temperatura de la pierna derecha de Thiago: 47°C.
El olor era inconfundible. Olía a plástico quemado y a carne asada. Helena tenía puestos unos guantes térmicos gruesos. En su mano sostenía un cilindro metálico plateado con una etiqueta de advertencia amarilla: NITRÓGENO LÍQUIDO (Diluido para uso criogénico).
—Esto es una locura, Thiago —dijo ella, con la voz temblorosa—. Los nanobots están diseñados para trabajar a temperatura corporal. Si les tiro esto encima, se van a congelar en el acto. La malla de polímero se va a poner rígida como el vidrio. Miró a Scaloni. —Si corre y la malla se quiebra… los fragmentos de carbono le van a cortar los músculos desde adentro como si fueran navajas.
Thiago estaba sentado en la camilla, mirando el techo. El dolor era un zumbido blanco en su cerebro. —Si no lo hacés, no puedo salir —dijo—. Y si no salgo, Mbappé nos mete tres goles en diez minutos. Hacelo.
—Te va a quemar por frío —advirtió el Dr. Prato—. Vas a perder la sensibilidad superficial de toda la pierna.
—Mejor —dijo Thiago—. No quiero sentir nada.
Helena activó la válvula. PSSSSSSSHHHHHHHHH.
Una nube de vapor blanco, denso y pesado cubrió la pierna derecha de Thiago. El sonido del choque térmico fue aterrador: un crujido seco, como hielo rompiéndose bajo el agua. La piel de Thiago pasó de rojo furioso a blanco pálido en segundos. La luz azul de los nanobots parpadeó y se atenuó, quedando en un brillo celeste casi imperceptible, en estado de hibernación.
Thiago apretó los dientes hasta que le sangraron las encías. El frío era peor que el fuego. Era una mordida profunda que llegaba al hueso. —Temperatura descendiendo,— reportó Levi, su voz sonando distorsionada por el estrés del sistema. —30°C… 20°C… 10°C… 5°C. Estabilizado. Estado de la pierna derecha: Crio-Estasis.
Thiago se levantó. Su pierna derecha ya no tenía el “rebote” elástico de antes. Ahora se sentía dura, acartonada. Izquierda: Tungsteno (Pesado). Derecha: Polímero Congelado (Rígido).
—Soy un maldito Frankenstein de hielo y metal —murmuró Thiago. Dio dos pasos. CLACK-TOC. CLACK-TOC.
Scaloni se acercó y le puso las manos en los hombros. —Escuchame bien. No tenés movilidad lateral. Sos un tren que solo va para adelante. Si Mbappé te engancha, no intentes girar. Si girás, te partís. —¿Entendido?
—Entendido —dijo Thiago—. Si me encara… lo choco de frente.
Miércoles. 21:20 PM. Inicio del Segundo Tiempo. Argentina 1 – Francia 1.
Cuando salieron a la cancha, la temperatura en Dallas había bajado, pero la humedad era asfixiante. Los franceses estaban frescos. Sus cuerpos genéticamente optimizados disipaban el calor con una eficiencia biológica perfecta. Mbappé estaba en el círculo central, haciendo rebotar la pelota con la punta del pie.
Vio a Thiago. Vio el vapor que todavía salía levemente de su pierna derecha. Kylian sonrió. —On va courir (Vamos a correr) —dijo el francés.
El árbitro pitó. Y Francia desapareció.
No fue una metáfora. La velocidad a la que movieron la pelota fue vertiginosa. Tchouaméni a Camavinga. Camavinga a Dembélé. Dembélé de primera a Griezmann. Todo a un toque. Todo a máxima velocidad.
Argentina no llegaba a cortar. Los jugadores argentinos, humanos normales y cansados, llegaban siempre un segundo tarde. —Ritmo de juego: 15% superior al promedio histórico,— calculó Levi. —Están jugando en modo sobremarcha.
Minuto 52. La Barrera del Sonido.
La pelota le llegó a Mbappé. Estaba parado sobre la línea de cal, banda izquierda. Frente a él estaba Nahuel Molina, jadeando. Detrás de Molina, como un segundo central improvisado, estaba Thiago.
Mbappé no hizo bicicletas. No hizo fintas. Simplemente empujó la pelota larga. Y corrió.
Fue obsceno. Molina giró para correr, pero Mbappé ya le había sacado dos metros en el primer paso. La aceleración del francés desafiaba la fricción. Sus músculos modificados generaban una potencia de salida instantánea.
—Velocidad del objetivo: 38 km/h… 41 km/h… 44 km/h,— alertó Levi.
Thiago sabía que no podía correrle a la par. Si intentaba esprintar, su pierna congelada se rompería en mil pedazos. Así que hizo lo único que la física le permitía. Calculó la trayectoria de intersección. No corrió hacia Mbappé. Corrió hacia el punto donde Mbappé iba a estar.
—¡Cargate en el tungsteno! —pensó Thiago.
Mbappé vio venir el cruce. Cualquier jugador normal hubiera frenado. Pero Mbappé se sentía invencible. —Je passe (Yo paso) —pensó Kylian.
Mbappé intentó puntear la pelota justo antes de que Thiago llegara. Lo logró por milímetros. Pero no pudo evitar el cuerpo de Thiago.
Thiago se plantó. Clavó la pierna izquierda de tungsteno en el pasto, hundiéndola hasta el tobillo para crear una base inamovible. Y ofreció el hombro y la cadera derecha (la congelada) al impacto.
¡BAM!
El choque se escuchó hasta en la última fila del estadio. Fue como si un auto de Fórmula 1 chocara contra un poste de luz.
Mbappé, que venía a 44 km/h, rebotó violentamente contra la masa estática de Thiago. El francés salió despedido hacia el costado, rodando tres, cuatro, cinco veces por el césped.
Pero Thiago no salió ileso. El impacto sobre su lado derecho, rígido por el frío, fue brutal. Sintió un CRACK dentro de la malla congelada. No fue dolor. Fue vibración. Como si se hubiera rajado un parabrisas.
Thiago cayó de rodillas, sin aire. Mbappé se levantó rápido, sacudiéndose el pasto, con una mirada de incredulidad. Se tocó las costillas. Le dolía. Por primera vez en el partido, su cara perfecta mostraba una mueca de dolor real.
El árbitro corrió hacia la jugada. No cobró falta. Fue un choque lícito. Hombro con hombro. Solo que uno de los hombros pesaba 200 kilos virtuales y el otro venía a velocidad supersónica.
Minuto 65. El Costo del Hielo.
El partido seguía 1-1. Pero Thiago estaba perdiendo funcionalidad. —Alerta de integridad,— susurró Levi. —Micro-fracturas detectadas en la estructura de polímero de la pierna derecha. El hielo se está quebrando, Thiago. Si volvés a chocar así, la pierna se va a desintegrar.
Thiago miró su pierna derecha. Bajo la media, se veían formas irregulares. La superficie ya no era lisa. —¿Cuánto me queda? —preguntó Thiago en voz baja.
—A este ritmo de impacto… dos intervenciones más. Después, fallo estructural catastrófico.
En ese momento, Messi bajó a buscar la pelota. Leo caminaba. Pero sus ojos escaneaban todo. Vio a Thiago rengueando. Vio las grietas invisibles. Y vio a Mbappé, que se frotaba el costado, mirándolos con odio.
Leo se acercó a Thiago. —Escuchame, bestia —dijo Messi, tapándose la boca—. No lo choques más. Te vas a matar. —Dejamelo a mí.
—¿Qué vas a hacer, Leo? —jadeó Thiago—. Corren el doble que nosotros.
Messi sonrió. Esa sonrisa peligrosa que solo sacaba en los momentos críticos. —Corren rápido, sí. Pero piensan en línea recta. —Prestame a Levi un segundo.
Thiago parpadeó, confundido. —¿Qué?
—Decile a tu computadora que me tire los datos de Mbappé. Frecuencia de zancada, ángulo de giro, punto ciego. Todo.
—Levi, ¿escuchaste?
—Afirmativo. Enlace de datos tácticos transferido al smartwatch del Capitán Messi.
Messi miró su reloj de muñeca. Vio los números fluir. —Bien —dijo Leo—. Ahora voy a hacer que su biología perfecta se vea estúpida. —Vos quedate acá. Hacé de poste. Si pasa cerca tuyo, le pegás con el martillo. Del resto me encargo yo.
Miércoles. 21:35 PM. Minuto 75 del Segundo Tiempo. Argentina 1 – Francia 1.
Messi caminaba por el círculo central, mirando su muñeca izquierda. No miraba la hora. Miraba el flujo de datos que Levi proyectaba en la pequeña pantalla de su smartwatch.
—Datos de telemetría francesa:— susurró la voz sintética de Levi a través del auricular de Leo. —Tchouaméni tiene un patrón de respiración sincopado. Cada 12 segundos, inhala profundo y pierde 0.4 segundos de reacción periférica.
Messi levantó la vista. Tchouaméni tenía la pelota. Leo contó mentalmente. Uno… dos… tres… Caminó despacio hacia él. Diez… once… doce.
Tchouaméni inhaló. Su pecho, expandido genéticamente, se infló. Sus ojos parpadearon. En ese microsegundo de “reinicio biológico”, Messi atacó. No corrió. Simplemente estiró la pierna y punteó la pelota. Tchouaméni ni siquiera lo vio venir. Su cerebro estaba ocupado oxigenando la sangre.
Messi recuperó. Giró. —Koundé: Debilidad en el giro a la izquierda cuando supera los 30 km/h,— informó Levi.
Messi encaró a Koundé. Amagó ir a la derecha. Koundé, con sus reflejos perfectos, mordió el anzuelo. Messi enganchó hacia la izquierda. Koundé intentó girar, pero su propia inercia muscular lo traicionó. Sus pies se enredaron. El defensor francés cayó sentado, víctima de su propia potencia excesiva.
El estadio rugió. Messi no estaba corriendo más que ellos. Estaba jugando antes que ellos. Era como ver a un Gran Maestro de ajedrez jugando contra computadoras, sabiendo exactamente qué cable cortar para apagarlas.
Minuto 82. El Paredón.
Argentina dominaba, pero no podía entrar al área. La defensa francesa era un muro de carne y hueso. Messi tenía la pelota en la medialuna. Cuatro franceses lo rodearon.
Leo vio a Thiago. El “Cyborg” estaba parado en el borde del área, inmóvil como una gárgola. Su pierna derecha, la congelada, estaba blanca y cubierta de escarcha. Su pierna izquierda, la de tungsteno, estaba clavada en el piso.
Messi no le pasó la pelota al pie. Se la tiró a la canillera de metal. Fue un pase fuerte, violento.
¡CLANG!
La pelota golpeó la tibia de tungsteno de Thiago. Rebotó con una violencia seca, saliendo disparada en un ángulo perfecto de 90 grados, como si hubiera golpeado un poste de luz. El rebote descolocó a toda la defensa francesa.
La pelota le cayó a Julián Álvarez, que entraba solo. Julián le pegó de volea. Maignan, el arquero francés, voló. Su mano, reforzada y vendada, llegó al ángulo. Manoteó la pelota y la mandó al córner.
—¡UUUUUUHHHHH! —gritó el estadio.
Julián se agarró la cabeza. Messi aplaudió, serio. Thiago ni se movió. Solo miró hacia abajo. En su pierna derecha, la malla de polímero congelado tenía una nueva grieta. Una línea negra que subía desde el tobillo hasta la rodilla. —Integridad estructural: 18%,— advirtió Levi. —Thiago, el próximo impacto fuerte va a causar fragmentación. La pierna se va a deshacer.
—Una más —susurró Thiago—. Solo necesito aguantar una más.
Minuto 89. La Tormenta Perfecta.
El córner argentino fue despejado. Mala suerte. O quizás, diseño perfecto. La pelota le cayó a Dembélé en la puerta de su propia área. Argentina estaba volcada al ataque.
Dembélé corrió. Era rápido. Ridículamente rápido. Cruzó la mitad de cancha en cuatro segundos. Levantó la cabeza. Vio a Mbappé picando por la izquierda.
El pase fue quirúrgico. Mbappé recibió la pelota con el pecho en tres cuartos de cancha. Tenía campo libre. Solo había un obstáculo entre él y el Dibu Martínez.
Thiago.
Thiago estaba retrasado, casi como último hombre. Vio venir a Mbappé. Vio sus ojos. Ya no eran humanos. Eran los ojos de un depredador que huele sangre. Mbappé traía la pelota pegada al pie derecho. Venía a 42 km/h.
—Alerta de colisión inminente,— gritó Levi en la mente de Thiago. —¡No tenés ángulo para el choque de hombro! ¡Te va a pasar por afuera!
Thiago lo sabía. Si intentaba chocarlo como la vez anterior, su pierna congelada se rompería antes del contacto por la torsión. Y si intentaba correr… bueno, no podía correr.
Mbappé se acercó. Faltaban diez metros. Cinco metros. Mbappé sonrió. Tiró la pelota larga, por la derecha de Thiago (su lado congelado). Y aceleró para pasarlo por la izquierda. El clásico autopase. La humillación final.
Thiago sintió que el tiempo se detenía. Escuchó el zumbido de los nanobots muertos en su pierna derecha. Escuchó el latido pesado de su corazón.
—Levi… liberá el anclaje de la rodilla izquierda.
—¿Qué?
—¡Desconectá el servomotor de la rodilla de tungsteno! ¡Ahora!
—Eso dejará la pierna suelta. Pesa 12 kilos. Si la soltás en movimiento…
—¡HACELO!
Thiago no intentó correr. Se dejó caer hacia atrás. Giró su cuerpo en el aire mientras caía. Y usó la fuerza centrífuga de su propia caída para lanzar su pierna izquierda.
Fue una barrida. Pero no una barrida normal. Fue como si alguien hubiera revoleado una viga de construcción. La pierna de tungsteno, liberada de sus restricciones motoras, describió un arco mortal a ras del piso, barriendo el césped con un sonido de terremoto.
¡BRRRRRRRRRRUM!
Mbappé, que ya estaba pasando, vio la sombra gris venir hacia sus tobillos. Intentó saltar. Sus genes mejorados le dieron el impulso. Se elevó.
Pero la pierna de Thiago era demasiado masiva. Demasiado larga. El talón de tungsteno enganchó la punta del botín de Mbappé en el aire. Fue un contacto mínimo. Pero suficiente.
A 42 km/h, un toque es una catástrofe. Mbappé perdió el eje. Giró en el aire como un helicóptero derribado. Cayó de cara al pasto, rodando violentamente.
¡PIIIIIIIIIII! El silbato del árbitro sonó como un disparo.
Thiago quedó tirado boca arriba. Miró su pierna derecha. El impacto de la caída había sido demasiado. La malla congelada había estallado. Literalmente. Pedazos de polímero azul y hielo salieron volando, dejando ver la piel amoratada y la sangre debajo. La pierna “biológica” estaba destrozada. La pierna de tungsteno, intacta, humeaba por la fricción con el pasto.
El árbitro corrió hacia Thiago. Metió la mano en el bolsillo trasero. Sacó la tarjeta.
El estadio contuvo la respiración. Era el último hombre. Era falta táctica. Era violencia desmedida.
La tarjeta era ROJA.
Thiago cerró los ojos y sonrió. Mbappé estaba en el piso, golpeando el pasto con rabia. No había gol. Había detenido al hombre perfecto con una pierna rota y una viga de metal.
Miércoles. 21:45 PM. Minuto 90 + 1. Argentina 1 – Francia 1.
Thiago no sintió el dolor de la tarjeta roja. Solo sintió el silencio. Los paramédicos entraron con la camilla naranja. La pierna derecha de Thiago era un mapa de desastres: la malla de polímero se había astillado como cristal templado, y pequeños fragmentos azules brillaban entre la sangre y el pasto.
Mientras lo subían, Messi se acercó y le puso la mano en la frente, empapada en sudor frío. —Ya está, fiera —le susurró Leo—. Hiciste lo que había que hacer. Ahora descansá.
—No dejen… que patee… —balbuceó Thiago antes de que le pusieran la máscara de oxígeno.
El árbitro marcó el sitio de la falta. 20 metros. Frontal. El jardín de los dioses. Mbappé se levantó despacio. Se limpió la sangre del labio y miró el arco con una intensidad gélida. Sus pulmones modificados ya habían estabilizado su ritmo cardíaco. Estaba listo.
El Duelo de los Siglos.
El Dibu Martínez caminaba sobre la línea, golpeando los postes con los guantes. —¡Mirame, Kylian! —gritaba el Dibu—. ¡Te conozco los genes! ¡Te estudié los átomos!
Mbappé lo ignoró. Acomodó la pelota con una precisión milimétrica. Argentina armó una barrera de seis hombres. Todos saltaban, todos gritaban, pero sabían que contra la Bio-Mejora, la barrera era solo una sugerencia.
—Análisis de probabilidad,— dijo Levi en el auricular del Dibu (una conexión de emergencia que Thiago dejó abierta antes de salir). —Mbappé ha cargado un 30% más de tensión en su cuádriceps derecho. Va a buscar el palo del arquero con efecto de caída.
El Dibu asintió imperceptiblemente. Mbappé arrancó. Tres pasos secos. ¡PUM!
El impacto de su botín con el cuero sonó como un látigo. La pelota superó la barrera por centímetros, bajando con una violencia física que desafiaba la gravedad. El Dibu voló. No fue una volada humana. Fue un salto de pura fe. Rozó la pelota con los dedos. El balón pegó en el travesaño, rebotó en la línea… y salió hacia el centro del campo.
¡LA PELOTA SIGUE VIVA!
Minuto 90 + 4. El Último Suspiro.
Francia, volcada al ataque, dejó solo a un defensor. De Paul capturó el rebote del Dibu y, sin mirar, tiró un pelotazo largo, desesperado, hacia el otro lado del mundo.
Julián Álvarez corrió. Estaba solo contra el arquero Maignan, que había salido hasta la mitad de la cancha para cortar. Julián punteó la pelota por un costado. Maignan lo barrió, pero la pelota siguió rodando, lenta, agónica, hacia el arco vacío de Francia.
El estadio entero se puso de pie. La pelota parecía no querer entrar. Rodaba sobre el césped maltrecho. Un defensor francés, Upamecano, venía cerrando como una locomotora, barriendo para sacarla sobre la línea.
Pero la pelota cruzó. Por un milímetro. Antes de que el pie francés la despejara.
¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL! ¡GOL DE ARGENTINA! 2 – 1.
El árbitro no dejó ni sacar del medio. ¡PIIIIIIIII! ¡PIIIIIIIII! ¡PIIIIIIIII!
Miércoles. 23:30 PM. Centro Médico Parkland, Dallas.
Thiago estaba en una cama de recuperación. Su pierna derecha estaba envuelta en un vendaje tecnológico de compresión. Los cirujanos habían pasado dos horas retirando las astillas de polímero. No volvería a jugar en este Mundial. La tarjeta roja y la lesión lo habían dejado fuera.
La puerta se abrió. Entró todo el equipo. Messi traía una tableta en la mano. —Pasamos, fiera —dijo de Paul, dándole un beso en la frente—. Estamos en semis.
Thiago sonrió débilmente. Miró a Helena, que estaba al pie de la cama. —¿Voy a poder caminar? —preguntó Thiago.
—Caminar sí —dijo Helena, con una sonrisa triste—. Correr… ya veremos. La malla de nanobots hizo su trabajo, pero el tejido humano pagó el precio. Sos un 60% titanio y tungsteno ahora, Thiago.
Messi se sentó en el borde de la cama y le mostró la pantalla de la tableta. Era el cuadro del torneo.
—Francia afuera —dijo Leo—. Pero ahora viene lo peor. Señaló el nombre del rival en Semifinales.
BRASIL.
—Le ganaron a Inglaterra en el alargue —explicó Scaloni, entrando a la habitación—. Y Thiago… no vas a creer lo que hicieron.
—¿Qué? —preguntó Thiago.
—Brasil no usó IA. No usó genética —dijo Scaloni, con una expresión de pura incredulidad—. Usaron Neuro-Link. Han conectado a sus 11 jugadores a una mente colmena. Juegan como si fueran un solo organismo. No hay pases, hay telepatía. Se llama el “Jogo de Red”.
Thiago miró su pierna de tungsteno, la única que le quedaba intacta. —Estamos en semis —dijo Thiago—. Y yo tengo una radio en la cabeza. Que vengan.
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