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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 103

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Capítulo 103: La Mente Colmena

Jueves. 10:00 AM. Centro de Recuperación Deportiva de Atlanta. Semifinal: Faltan 2 días.

Thiago estaba sentado en una silla de ruedas de alta tecnología, mirando a través del ventanal hacia las canchas de entrenamiento. Su pierna derecha, la humana, estaba encerrada en una bota neumática negra que zumbaba suavemente cada 30 segundos, bombeando sangre y estimulando la regeneración tisular. Su pierna izquierda, la de tungsteno, descansaba inmóvil en el apoyapiés.

Ya no era un jugador. Era un espectador con privilegios. O eso creía la FIFA.

—Estado del sistema,— pensó Thiago.

—Conexión neuronal: Estable. Ancho de banda: 50 Terabytes/segundo. Acceso a cámaras del estadio: Total,— respondió Levi.

Thiago sonrió. La tarjeta roja le prohibía pisar el césped. No le prohibía estar en la oreja de sus compañeros.

La puerta se abrió. Entró Lionel Scaloni, trayendo un café y una tablet. Se veía cansado. Las ojeras le llegaban a la mandíbula. —¿Cómo está la pata? —preguntó el técnico.

—Mejor que la de Mbappé —respondió Thiago—. ¿Viste el parte médico de Francia?

—Fisura de peroné y ego destruido —dijo Scaloni, sentándose frente a él—. Pero olvidate de Francia. Tenemos un problema más grande.

Scaloni puso la tablet sobre la mesa y le dio play a un video. Era el resumen del partido Brasil vs. Inglaterra.

Thiago miró la pantalla. Al principio, parecía fútbol normal. Pero después de un minuto, notó algo extraño. —Nadie habla —dijo Thiago, frunciendo el ceño.

—Exacto —dijo Scaloni—. Mirá a los defensores. En el video, la línea de cuatro de Brasil se movía al unísono. No se gritaban “¡Salí!”, “¡Cerrá!”, “¡Tuya!”. Simplemente… sabían. Cuando Marquinhos daba un paso adelante, Militão daba un paso al costado para cubrir el hueco. Era una sincronización instantánea, perfecta, silenciosa.

—Se llama Neuro-Link V9 —explicó Scaloni—. Es un implante subdérmico detrás de la oreja. —Conecta el córtex motor de los 11 jugadores a un servidor central en la nube, y de ahí lo redistribuye a todos en tiempo real. —Básicamente, Vinicius ve lo que ve Alisson. Casemiro siente lo que siente Rodrygo.

Thiago sintió un escalofrío. —Son una colmena.

—Peor —dijo Scaloni—. Son un solo cerebro con 22 piernas. No tienen latencia de comunicación. En el tiempo que nosotros tardamos en gritar “¡Pase!”, ellos ya ejecutaron la jugada porque se transmitió el pensamiento a la velocidad de la luz.

La Sala de Guerra.

Media hora después, Thiago entró rodando a la sala de conferencias del hotel. El equipo estaba reunido. Messi estaba al frente, junto al pizarrón.

—Muchachos —dijo Leo, serio—. Esto no es habilidad. Esto es trampa legalizada. Señaló el esquema de Brasil en la pantalla. —Juegan sin “10”. No necesitan un conductor porque todos son el conductor. Si presionamos a uno, los otros diez saben por dónde escapar antes de que el primero toque la pelota.

El “Dibu” Martínez levantó la mano. —¿Y si los insultamos? —preguntó—. Digo, para sacarlos de quicio.

—No funciona —intervino Thiago desde su silla. Todos se giraron a verlo. Thiago tocó su sien. —Si insultás a uno, los otros diez lo escuchan y lo procesan como “ruido irrelevante”. Su sistema filtra las emociones negativas individuales para mantener la eficiencia del grupo. Tienen un Bloqueo Emocional Compartido.

Hubo un silencio pesado en la sala. —Entonces son invencibles —murmuró Enzo Fernández.

—No —dijo Thiago. Sus ojos brillaron con el reflejo de los datos que Levi le estaba proyectando en la retina. —Son una red. Y toda red tiene un servidor. Thiago miró a Scaloni. —Lionel, necesito acceso a la transmisión oficial del partido. No la de la TV. La de datos brutos de la FIFA.

—¿Para qué? —preguntó Aimar.

—Brasil usa la frecuencia de 60 GHz para su enlace local en el estadio. Es una señal de onda milimétrica. Muy rápida, pero muy frágil. Thiago sonrió, una sonrisa de hacker. —No podemos cortarles la señal, sería ilegal y la FIFA nos descalificaría. —Pero podemos… ensuciarla.

Messi se acercó a Thiago. —¿Qué tenés en mente, nene?

—Leo, ¿te acordás de lo que dijiste sobre el miedo? —preguntó Thiago—. Dijiste que el miedo es lo único que te hace humano.

—Sí.

—Bueno. Estos tipos comparten pensamientos. Comparten táctica. Comparten visión. Thiago hizo una pausa dramática. —Si logramos que uno solo de ellos sienta miedo… pánico real, terror puro… ese miedo se va a transmitir a los otros diez instantáneamente. No van a poder filtrarlo si es lo suficientemente fuerte. —Va a ser un virus de pánico.

Scaloni se cruzó de brazos. —¿Y cómo asustamos a un equipo que se cree Dios?

Thiago miró su pierna de tungsteno. —No los asustamos con fútbol. —Los asustamos con Caos. —Levi dice que el sistema de Brasil se basa en la predicción lógica. Si hacemos algo que no tiene lógica, algo tan estúpido y arriesgado que sus algoritmos no puedan procesarlo… el sistema va a entrar en bucle.

Thiago miró a Julián Álvarez, a Lautaro Martínez y a Garnacho. —Necesitamos tres delanteros que corran como locos sin posición fija. —Y necesitamos que Leo… no juegue de 10.

Messi levantó una ceja. —¿De qué juego entonces?

—De Fantasma. —Vas a caminar por donde ellos no miran. Vas a desconectarte del circuito. Thiago miró a Scaloni. —Y yo voy a estar en el banco con una tablet, monitoreando sus picos de estrés. Cuando vea que uno de ellos duda… ahí es donde atacamos. Todos juntos. Al eslabón débil.

Scaloni miró el pizarrón. Borró el 4-3-3 clásico. Dibujó algo que parecía una mancha de tinta. —¿Formación “Enjambre contra Colmena”? —preguntó el técnico.

—Exacto —dijo Thiago—. Ellos tienen telepatía. Nosotros tenemos… mala leche criolla.

Viernes. 20:00 PM. Entrenamiento a Puertas Cerradas. Estadio Mercedes-Benz, Atlanta.

El estadio era una nave espacial. El techo retráctil estaba cerrado. El equipo argentino practicaba algo que, a simple vista, parecía un recreo de escuela primaria. Todos corrían a cualquier lado. La pelota volaba sin sentido aparente. Pero había un orden en el desorden.

Thiago estaba en la banda, con los auriculares puestos, conectado a Levi. —Simulación de respuesta brasileña,— pidió.

—Si Argentina juega con entropía máxima,— calculó la IA, —el Neuro-Link de Brasil intentará recalcular posiciones 400 veces por segundo. Eso sobrecalentará sus implantes en 30 minutos.

Thiago asintió. Esa era la clave. No ganarles jugando al fútbol. Ganarles quemándoles la cabeza. Hacer que sus cerebros trabajen tanto tratando de entender el caos argentino, que colapsen por agotamiento cognitivo.

De repente, una sombra cayó sobre Thiago. Levantó la vista. Era Neymar. El astro brasileño, ahora parte del cuerpo técnico de Brasil (ya retirado como jugador pero activo como “Arquitecto Neural”), estaba parado en la entrada del túnel, observando. Llevaba unas gafas oscuras que, Thiago sabía, estaban grabando todo.

Neymar se bajó las gafas. Miró la silla de ruedas de Thiago. Sonrió. —Ficou sem pernas, garoto? (¿Te quedaste sin piernas, chico?) —gritó Neymar desde lejos.

Thiago tocó su auricular. —Levi, proyectá mi voz en los parlantes del estadio. Solo zona del túnel.

—Hecho.

La voz de Thiago retumbó amplificada, metálica y fría, directamente sobre la cabeza de Neymar. —Me quedé sin piernas, Ney. Pero me sobraron neuronas. Decile a tus robots que actualicen el antivirus.

Neymar borró la sonrisa. Se dio media vuelta y salió.

La guerra psicológica había comenzado.

Sábado. 21:00 PM. Estadio Mercedes-Benz, Atlanta. Semifinal de la Copa del Mundo. Argentina 0 – Brasil 0.

El partido comenzó y el estadio se sumió en una atmósfera irreal. No se escuchaban gritos entre los jugadores brasileños. No había un “¡Pase!”, ni un “¡Mía!”, ni un “¡Cuidado atrás!”.

Los once jugadores de la Verdeamarela se movían como un banco de peces. Si Vinicius aceleraba por la banda izquierda, Rodrygo, en la derecha, ajustaba su posición tres metros hacia adentro en el mismo milisegundo, manteniendo el equilibrio geométrico del equipo sin siquiera mirar.

Era hermoso. Y era letal.

Thiago, sentado en el banco con su tablet conectada a la transmisión neural (robada), veía los datos fluir como una cascada de matriz verde. —Sincronización: 99.8%,— reportó Levi. —Latencia de comunicación: 0.02 milisegundos. Es más rápido que el sistema nervioso humano promedio.

En la cancha, Argentina corría detrás de fantasmas. Cada vez que De Paul o Enzo iban a presionar a un brasileño, la pelota ya no estaba ahí. El jugador brasileño soltaba el pase antes de que el argentino decidiera presionar, como si hubieran leído la intención eléctrica en sus cerebros.

Minuto 12. La Geometría Perfecta.

Bruno Guimarães recibió en el medio. Sin levantar la cabeza, filtró un pase de espaldas. La pelota pasó entre las piernas de Mac Allister. Le cayó a Endrick, que picó al vacío. El “Cuti” Romero salió a cortar con violencia, buscando el choque físico para romper el ritmo.

Pero Endrick sabía que el Cuti venía. Lo sintió a través del Neuro-Link, conectado a los ojos de un defensor que estaba a 40 metros. Endrick no tocó la pelota. La dejó pasar. La pelota siguió rodando sola hacia el área chica. Y ahí apareció Vinicius.

Solo. Sin marca. Empujó la pelota a la red.

¡GOL DE BRASIL! 1 – 0.

El festejo fue igual de inquietante. Los once jugadores se reunieron en el córner. No gritaron. No saltaron. Simplemente se abrazaron en un círculo perfecto, cerraron los ojos un segundo (sincronizando sus niveles de dopamina, seguramente) y volvieron al medio campo trotando al mismo paso.

—Es como jugar contra un maldito algoritmo —escupió Scaloni, pateando una botella de agua.

Thiago miró la tablet. —Pico de eficiencia detectado,— dijo Levi. —Están jugando en “Modo Flujo”. Si no rompemos ese estado mental ahora, nos meten cinco.

Thiago activó el micrófono que conectaba con el auricular de Messi (el único permitido por ser capitán, aunque la FIFA no sabía que estaba modificado). —Leo. Activá el Protocolo 404. —Ahora.

Minuto 25. El Error del Sistema.

Messi estaba parado en el círculo central. Recibió la señal de Thiago. Miró a Julián y a Lautaro (que jugaban juntos en esta formación suicida). Les hizo un gesto extraño: se tocó la nariz y luego la oreja izquierda.

El Protocolo 404 (Error Not Found) comenzó.

Brasil tenía la posesión. Marquinhos avanzaba con la pelota dominada, escaneando el campo. Su Neuro-Link le proyectaba las líneas de pase más probables y las posiciones defensivas de Argentina.

De repente, Julián Álvarez empezó a correr. Pero no corrió hacia la pelota. Corrió hacia el banderín del córner derecho, donde no había nadie. Marquinhos se detuvo un microsegundo. ¿Por qué corre hacia la nada? Su cerebro (y el de los otros diez) intentó calcular la amenaza. ¿Es una trampa? ¿Hay alguien ahí?

Mientras el sistema de Brasil procesaba ese dato ilógico, De Paul se tiró al piso en el medio del campo, agarrándose la cabeza, gritando como si lo hubieran matado. El árbitro no paró el partido porque no hubo contacto. Pero Paquetá, que estaba cerca, se frenó instintivamente por la confusión auditiva.

En ese instante de duda colectiva, apareció el Fantasma. Lionel Messi. Messi no corrió. Caminó. Caminó directamente hacia Marquinhos, que estaba distraído por el grito de De Paul y la carrera absurda de Julián.

Marquinhos intentó pasar la pelota a Militão. Pero Militão estaba mirando a Lautaro Martínez, quien se había puesto a atarse los cordones en medio del área chica, bloqueando la línea de visión del arquero.

Era el caos absoluto. Nada tenía sentido táctico. Y por eso, el Neuro-Link no pudo predecirlo.

Messi le robó la pelota a Marquinhos como quien le saca un caramelo a un niño confundido. El capitán argentino giró. Tenía campo abierto. Brasil intentó reaccionar. La “Mente Colmena” envió la orden: “¡Todos atrás! ¡Cierren al 10!”

Pero la orden llegó con ruido. Tres defensores brasileños chocaron entre sí al intentar ir al mismo punto al mismo tiempo, porque el algoritmo de prioridad falló ante la variable desconocida.

Messi encaró. Vio a Julián (que había dejado de correr hacia la nada y ahora volvía en diagonal). Leo filtró el pase. Julián recibió, giró y le pegó de primera.

¡PUM! El arquero Alisson ni se movió. Su cerebro estaba esperando un centro, porque la lógica dictaba centro.

La pelota reventó el palo. El rebote salió hacia afuera.

¡UUUUUUHHHHH!

No fue gol. Pero fue algo más importante. Fue una grieta. Thiago vio la pantalla de su tablet. El gráfico de “Sincronización Neural” de Brasil había bajado del 99% al 84%. Y una luz roja parpadeaba sobre el nombre de un jugador.

—Detección de Anomalía Emocional,— dijo Levi. —Sujeto: Endrick. Ritmo cardíaco elevado. Cortisol en aumento. Confusión táctica.

Thiago sonrió. —Lo tenemos —le dijo a Scaloni—. El pibe se asustó. No entendió qué pasó. Y su miedo está empezando a hacer ruido en la cabeza de los veteranos.

Minuto 40. Inyectando el Virus.

Argentina no dejó de ser rara. El “Dibu” Martínez salía a cortar centros gritando obscenidades aleatorias o riéndose a carcajadas para saturar los micrófonos de ambiente que alimentaban el Neuro-Link (sí, también usaban audio). Los defensores argentinos cambiaban de posición sin motivo: Molina aparecía de 5, Enzo de lateral izquierdo.

Brasil, el equipo perfecto, empezó a dudar. Empezaron a hablarse. —¡Fala comigo! (¡Hablá conmigo!) —le gritó Rodrygo a Vinicius, rompiendo el voto de silencio telepático.

Thiago vio eso y supo que era el momento. —Levi,— ordenó Thiago mentalmente. —Accedé a la frecuencia de los carteles LED de publicidad del estadio.

—Eso es hackeo de infraestructura, Thiago. Es un delito federal.

—Soy menor de edad en espíritu. Hacelo.

—Accediendo…

En la siguiente jugada, Endrick recibió la pelota cerca de la banda. Thiago ejecutó el comando. Por una fracción de segundo (0.5 segundos, imperceptible para el público y la TV, pero eterno para un cerebro conectado), los carteles LED detrás de Endrick no mostraron publicidad de gaseosas. Mostraron un patrón estroboscópico de rojo y negro a alta frecuencia.

Endrick vio el flash por el rabillo del ojo. Su implante neural interpretó el patrón visual agresivo como una señal de peligro inminente (un glitch en la matriz visual). El cerebro de Endrick envió una señal de PÁNICO puro a la red.

Endrick soltó la pelota como si le quemara y se llevó las manos a la cabeza. —¡Ah! —gritó.

Al instante, Militão (a 30 metros) y Alisson (en el arco) hicieron una mueca de dolor, recibiendo el eco del pánico de Endrick.

Argentina recuperó. Mac Allister agarró la pelota suelta. Brasil estaba paralizado por el “feedback” emocional. Era como si un micrófono se hubiera acoplado en sus cabezas.

Alexis corrió. Vio a Messi solo. Se la dio. Leo entró al área. Esta vez, no había algoritmo que lo detuviera. Definió suave, al segundo palo, mientras los defensores brasileños se sacudían la cabeza para quitarse el “ruido”.

¡GOOOOOOOOOOOOOL! ¡GOL DE ARGENTINA! 1 – 1.

Thiago golpeó el apoyabrazos de su silla de ruedas. —¡Entró! —gritó—. ¡El virus entró!

Neymar, desde el otro banco, se sacó las gafas oscuras y las tiró al suelo con furia. Miró hacia el banco argentino. Miró a Thiago. Sabía que no había sido casualidad.

El entretiempo llegó con el marcador igualado, pero con la moral destruida. La “Mente Colmena” tenía una migraña.

Vestuario Argentino. Entretiempo.

El ambiente era eléctrico. —¡Están cagados! —gritaba el Dibu—. ¡Los vi! ¡Se agarraban la cabeza!

Scaloni pidió silencio. —Bien hecho. Los confundimos. Empatamos. —Pero ahora viene lo difícil. Scaloni miró a Thiago. —Neymar no es estúpido. Va a reiniciar el sistema. Va a cortar el enlace de Endrick para que no contagie miedo. Van a salir con 10 conectados y uno “offline”. —¿Qué hacemos ahora?

Thiago miró los datos en su tablet. Levi estaba proyectando simulaciones. —Si desconectan a uno, pierden la cobertura total del campo. Van a tener un punto ciego. —Tenemos que averiguar a quién van a desconectar.

En ese momento, la pantalla de la tablet de Thiago se puso negra. Apareció un emoji de una calavera verde y amarilla. Y un texto: “ACCESO DENEGADO. FIREWALL NIVEL 5 ACTIVADO.”

Thiago levantó la vista, pálido. —Neymar me cerró la puerta. Me bloqueó el acceso a los datos. —Ya no puedo ver su red. Estamos ciegos de nuevo.

Messi se ajustó los botines. —No importa —dijo Leo—. Ya sabemos que sangran. —Ahora hay que hacerlos sangrar de verdad. Miró a Thiago. —¿Cuál es la fase 2 del caos?

Thiago sonrió, aunque estaba sudando frío porque Levi le advertía que Neymar estaba intentando contra-hackear su pierna de tungsteno. —La Fase 2 se llama “La Gambeta Imposible”. —Vamos a necesitar que entre el “Bichito”.

Todos miraron a Alejandro Garnacho. El pibe, que hasta ahora había jugado poco, estaba sentado en un rincón, masticando chicle con la arrogancia de la juventud.

—¿Yo? —preguntó Garnacho.

—Vos —dijo Thiago—. Sos el jugador más individualista que tenemos. No pasás la pelota. No mirás a nadie. Sos egoísmo puro. —Eso es kriptonita para una mente colmena. No pueden predecirte porque ni vos sabés lo que vas a hacer.

Thiago señaló la puerta. —Entrá y hacé lo que quieras. No escuches a Scaloni. No escuches a Leo. Jugá para vos. Sé el caos encarnado.

Sábado. 22:15 PM. Inicio del Segundo Tiempo. Argentina 1 – Brasil 1.

El ambiente en el estadio era denso. Brasil volvió a la cancha con una frialdad renovada. Neymar, desde el banco, no despegaba los ojos de su propia tablet. Había reiniciado el sistema.

Entró Alejandro Garnacho. El pibe entró saltando, ajustándose las medias, mirando a la tribuna. Tenía esa mirada de “no me importa nada” que solo tienen los que creen que el mundo es su patio trasero.

—Thiago,— la voz de Levi sonó con estática en su mente. —Intrusión detectada. Neymar está lanzando un ataque de fuerza bruta contra mis protocolos. Quiere bloquear tu articulación de tungsteno.

Thiago apretó los puños en su silla de ruedas. Sintió un tirón metálico en su pierna izquierda. El servomotor de la rodilla empezó a girar sin sentido. —Resistí, Levi. Desconectá el Wi-Fi externo. Pasá a conexión neuronal directa por cable.

—Eso aumentará la carga en tu cerebro, Thiago. Riesgo de migraña hemorrágica.

—Hacelo. Yo me encargo de Neymar. Que el equipo se encargue de Brasil.

Minuto 60. El Factor Garnacho.

Garnacho recibió la pelota en la banda izquierda. Inmediatamente, tres brasileños se posicionaron para cerrarlo. El Neuro-Link de Brasil proyectó el “triángulo de contención perfecto”. Basándose en la lógica, Garnacho debía pasarla atrás o intentar un centro largo.

Garnacho no hizo ninguna de las dos. Empezó a tirar bicicletas en el lugar. Una, dos, cinco, diez. —¿Qué hace? —murmuró Scaloni—. ¡Soltala!

Pero Garnacho no escuchaba. Estaba en su propio mundo. De repente, salió hacia adentro, frenó en seco, volvió hacia afuera y tiró un autopase por el medio de las piernas de Marquinhos. Fue una jugada técnica de videojuego, una irresponsabilidad absoluta.

La Mente Colmena entró en cortocircuito. —Error de predicción,— leyó Thiago en su pantalla parpadeante. —Movimiento detectado: 0% de probabilidad lógica.

Marquinhos y Militão chocaron hombro con hombro al intentar reaccionar. El Neuro-Link les enviaba órdenes contradictorias porque no había un patrón que seguir. Garnacho era un error en el sistema. Una variable aleatoria.

Garnacho llegó al fondo, amagó el centro y, cuando todos esperaban el pase a Messi, pateó al arco desde un ángulo imposible. La pelota pegó en el poste externo y salió.

Pero el daño estaba hecho. Los jugadores de Brasil se miraban entre ellos, confundidos. Sus implantes les decían una cosa, pero sus ojos veían otra.

Minuto 85. Guerra Fría en los Bancos.

Mientras el partido seguía empatado, la verdadera batalla ocurría en el plano digital. Neymar estaba pálido, tecleando furiosamente. Thiago, en su silla, tenía un hilo de sangre saliendo de su nariz. El esfuerzo de mantener a Levi a salvo del hackeo de Neymar le estaba rompiendo los capilares.

—Thiago,— susurró Levi. —He localizado la fuente del Neuro-Link de Brasil. No es un servidor en la nube. Es un dispositivo físico en el banco de suplentes. Debajo del asiento de Neymar.

Thiago miró hacia el otro banco. Ahí estaba. Una pequeña caja negra con luces led parpadeando. El “Cerebro” de la colmena.

—Leo… —susurró Thiago por el micrófono—. El servidor está en el banco. Si el juego pasa por ahí cerca, necesitamos un “accidente”.

Messi, que estaba agotado, entendió el mensaje. En la siguiente jugada, Brasil atacaba. Messi bajó a defender con una energía renovada. Recuperó la pelota cerca de la línea lateral, justo frente al banco de Brasil.

Casemiro fue a trabar con todo. Messi, en lugar de esquivarlo, puso el cuerpo de forma que el rebote de la pelota saliera disparado con una potencia absurda hacia el banco brasileño.

¡PUM!

La pelota, a 110 km/h, impactó de lleno en la caja negra que Neymar tenía a sus pies. La caja voló en mil pedazos. Un chispazo azul iluminó el área técnica.

En la cancha, los once jugadores de Brasil se desplomaron. No cayeron desmayados, sino que se detuvieron en seco, llevándose las manos a la cabeza. El Neuro-Link se había desconectado de golpe, provocando un efecto de “resaca sensorial”.

De repente, ya no eran una mente colmena. Eran once jugadores solos, sordos y confundidos en medio de un estadio con 80.000 personas gritando.

Minuto 90. El Regreso del Potrero.

—¡Ahora! —gritó Scaloni.

Argentina no necesitó IA. No necesitó telepatía. Necesitó la memoria del barrio. De Paul para Enzo. Enzo para Julián. Julián de primera para Messi.

Los brasileños intentaban defender, pero ya no sabían dónde estaba su compañero. Se superponían, se gritaban, estaban aterrados por la soledad de su propia mente.

Messi recibió en la frontal. Tenía a tres defensores recuperándose. Leo hizo ese movimiento que hace desde los cinco años. Hombro a un lado, salida al otro. Los brasileños, sin el soporte del Neuro-Link para calcular la inercia, pasaron de largo como si patinaran en hielo.

Messi quedó frente a Alisson. No hubo potencia. Hubo desprecio. Un “picotazo” suave por encima del arquero.

La pelota entró llorando mientras el tiempo se detenía.

¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL! ¡GOL DE ARGENTINA! 2 – 1.

El estadio Mercedes-Benz casi se viene abajo. Thiago se levantó de su silla de ruedas, olvidando su pierna rota por un segundo, y cayó al suelo abrazado al Ruso, gritando con el alma.

El árbitro pitó el final.

Sábado. 23:45 PM. El Túnel de Vestuarios.

Argentina festejaba. Estaban en la Final. Thiago, de vuelta en su silla, vio a Neymar salir del estadio. El brasileño se detuvo frente a él. Ya no tenía la tablet.

—Ganaron hoy —dijo Neymar en un español perfecto—. Pero el futuro no se puede detener, Thiago. El hombre solo es el puente hacia algo mejor.

Thiago se limpió el resto de sangre de la nariz. —Capaz, Ney. Pero hoy, el puente era de tungsteno y el camino era de potrero. —Nos vemos en la Final.

Neymar se fue sin decir nada más. Messi se acercó a Thiago y le puso la cinta de capitán en el regazo. —Guardámela vos hasta el domingo —dijo Leo—. La vas a necesitar.

Thiago miró la cinta. Luego miró su pierna de tungsteno. —¿Contra quién es la final, Leo?

Messi miró hacia la pantalla del estadio, donde se anunciaba el resultado de la otra semifinal. Su rostro se puso pálido.

—Alemania —dijo Messi—. Pero Thiago… no son robots. Ni genéticos. Ni telepatas.

—¿Entonces qué son? —preguntó Thiago.

—Son inmortales —respondió Messi—. Han usado tecnología de regeneración celular en tiempo real. No se lesionan, no se cortan, y sus corazones no se cansan. Es el “Proyecto Valhalla”.

Thiago suspiró y miró a Levi. —Levi… ¿tenemos algo para los dioses?

—Siempre hay una flecha para cada Aquiles, Thiago,— respondió la IA.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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