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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 106

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Capítulo 106: El Código de Honor

Viernes. 19:00 PM. Estadio de Wembley, Londres. “Amistoso de Gala”: Inglaterra vs. Argentina.

La lluvia caía fina y helada sobre el arco gigante de Wembley. Pero el estadio ya no era el mismo que el mundo conocía. La estructura había sido recubierta con una malla de polímero negro que absorbía la luz. Parecía un monolito, una fortaleza impenetrable.

El micro de la Selección Argentina se detuvo en el túnel subterráneo. Thiago bajó primero, apoyando su bastón de fibra de carbono en el asfalto mojado. Llevaba unos anteojos de marco grueso que, en realidad, eran una interfaz de escaneo táctico. Apenas puso un pie fuera del vehículo, los cristales de sus anteojos se llenaron de advertencias rojas.

> ALERTA: MÚLTIPLES ESCÁNERES BIOMÉTRICOS DETECTADOS. > INTENTO DE ACCESO A REDES CERRADAS. > ATAQUE DE PING MASIVO.

—Están tratando de entrar en nuestras cabezas desde el estacionamiento —dijo Thiago, dándose vuelta hacia el micro.

Alejandro Garnacho bajó los escalones con las manos en los bolsillos, masticando su eterno chicle. Llevaba una vincha ancha y negra alrededor de la cabeza. No era por estética; era una “Jaula de Faraday” portátil que Helena le había diseñado para bloquear señales externas hasta que empezara el partido.

—Levi, reporte de estado,— susurró Thiago, usando el canal de radio encriptado.

La voz de la IA sonó en su auricular, limpia y burlona (un rasgo nuevo de su actualización argentina). —Detecto 450 intentos de hackeo por segundo provenientes de las antenas del estadio, Thiago. Están buscando la firma de mi código en el Huésped. Quieren saber qué versión soy.

—Dejalos que golpeen la puerta, pero no les abras —ordenó Thiago.

19:45 PM. Vestuario Visitante.

El ambiente era denso. No había música. Scaloni caminaba de un lado a otro frente a la pizarra táctica, que mostraba tres círculos negros en la delantera de Inglaterra.

—Escuchen bien —dijo el técnico, con la voz áspera—. Esto lo armaron para humillarnos. Para decirle al mundo que la tecnología que nos dio el Mundial 2026 ahora es de ellos, y que la mejoraron. No me importa que sea un amistoso. Acá se defiende el escudo.

Messi, sentado en el banco con su ropa de ayudante de campo, miró a Garnacho. —Ale. Te van a buscar. Sus procesadores están diseñados para cazar el error. No te enojes. Si te enojás, tu ritmo cardíaco sube, sudás más, y sus sensores térmicos van a predecir tus movimientos por el calor de tus músculos. Sé hielo.

Garnacho asintió, ajustándose los botines. —Hielo, Leo. Entendido.

Thiago se acercó a Garnacho y le tocó el hombro. —En cinco minutos te tenés que sacar la vincha. Cuando lo hagas, el sistema de Wembley te va a caer encima con todo el peso de su red. Levi va a tener que filtrar ese ruido. ¿Estás listo?

Garnacho sonrió de costado. —Nací listo, rengo. Vamos a apagarles el Wi-Fi.

19:55 PM. El Túnel.

Argentina formó fila. El “Dibu” Martínez, Cuti Romero, Enzo Fernández… todos miraban hacia adelante, esperando a los locales. De repente, la temperatura en el túnel pareció bajar cinco grados.

Apareció Inglaterra. No hablaban entre ellos. Caminaban con una sincronía militar, pero a diferencia del equipo brasileño de la Mente Colmena, estos no parecían conectados entre sí, sino completamente aislados en su propia perfección.

A la cabeza, liderando el equipo, estaba el “Tridente Cero”. Eran Jude Bellingham (el veterano del grupo, con ambos tobillos modificados electromagnéticamente), Bukayo Saka (con implantes ópticos para visión periférica de 200 grados)… y el delantero centro. Un jugador nuevo. Pálido, alto, de ojos grises vacíos. La camiseta decía CROSS. William Cross. El primer jugador fabricado desde la academia con Grafeno Líquido integrado en sus fibras musculares.

Cross se detuvo justo al lado de Garnacho. Garnacho se sacó la vincha de Faraday y se la tiró a un utilero.

Al instante, Thiago vio en su tablet cómo los niveles de estrés de Garnacho daban un salto. El estadio entero estaba bombardeando su malla neuronal con “ruido blanco” táctico. Cross giró la cabeza lentamente hacia Garnacho. Las venas del cuello del inglés tenían un levísimo brillo plateado bajo las luces del túnel.

—Error en el sistema detectado,— dijo Cross. Su voz era plana, sin acento. No estaba hablando él; su IA estaba reproduciendo un mensaje a través de sus cuerdas vocales. —Modelo obsoleto. Eres carne y código sucio.

Garnacho dejó de masticar. Lo miró de arriba abajo. —Y vos sos una heladera con patas, rey. Jugá a la pelota y dejá de hablar en binario.

El árbitro, ignorante de la guerra digital que estaba ocurriendo a centímetros suyo, agarró la pelota y caminó hacia el césped.

Minuto 1. La Fortaleza Activa.

El silbato sonó. Inglaterra movió del medio. Thiago, sentado en el banco con la tablet sobre las rodillas, apenas pudo registrar lo que pasó a continuación.

Bellingham tocó para Cross. Enzo Fernández salió a presionar con la agresividad de siempre. Cross no hizo un amague. Simplemente fluyó. El grafeno líquido en sus piernas le permitió contraer el músculo cuádriceps en un 0.05% de segundo, generando una explosión de energía cinética pura. Cross pasó por el lado de Enzo dejando una ráfaga de viento.

El Cuti Romero salió al cruce, yendo directo al cuerpo para derribarlo. Cross plantó el pie derecho. El impacto de los tapones contra el césped sonó como un balazo. Frenó de cero a cien en un milímetro, dejó que Romero pasara de largo por la inercia, y pateó al arco desde 35 metros.

La pelota no giró. Hizo un trayecto recto, como un láser, rompiendo la resistencia del aire. El Dibu Martínez voló, estirando su metro noventa y cinco. La pelota pegó en el travesaño con tanta violencia que el arco de aluminio tembló durante diez segundos. La pelota rebotó hacia el círculo central.

El estadio rugió.

Scaloni se dejó caer en su asiento, pálido. —Ni siquiera tomó impulso —murmuró—. Pateó un misil desde la nada.

Thiago miró frenéticamente su tablet. —Levi,— llamó mentalmente por el enlace seguro. —¿Análisis de la biomecánica de Cross?

—Calculando…— respondió la IA en la cabeza de Garnacho, transmitiendo a Thiago. —Eficiencia motriz: 99.9%. No hay pérdida de energía por fricción. El grafeno líquido absorbe el impacto y lo devuelve como un resorte. Si sigue a este ritmo, sus tendones no sufrirán desgaste en 900 minutos de juego.

Garnacho capturó el rebote de la pelota cerca del círculo central. Era su turno. Levantó la cabeza. Bellingham y Saka se cerraron sobre él como dos puertas de acero. El estadio de Wembley, a través de sus sensores perimetrales, empezó a emitir una frecuencia acústica casi imperceptible, diseñada para desorientar el oído interno de los jugadores argentinos.

—Huésped Garnacho,— dijo Levi en la mente del delantero. —Me están bombardeando con solicitudes de protocolo falso. Están intentando ralentizar mi capacidad de cálculo. Sugiero soltar el balón.

Garnacho pisó la pelota. Cerró los ojos un segundo. Recordó las palabras de Thiago en el laboratorio. El fútbol es una mentira.

—No, Levi —pensó Garnacho, sintiendo cómo el código argentino y rebelde despertaba en su nuca—. No se la vamos a soltar. Les vamos a quemar el procesador. —Poneme la música de Fiorito.

Garnacho abrió los ojos, bajó el centro de gravedad, y en lugar de huir de los ciborgs ingleses, corrió directamente hacia ellos.

Viernes. 20:10 PM. Minuto 12. Inglaterra 0 – Argentina 0.

Garnacho corrió hacia Jude Bellingham y Bukayo Saka. Los dos ingleses se cerraron en una “V” perfecta, un embudo táctico diseñado por algoritmos para asfixiar cualquier intento de regate.

En la cabeza de Garnacho, Levi no calculó vectores de escape. Calculó el absurdo. —Inyectando entropía,— susurró la IA con una frialdad casi sádica. —Huésped, fingí un calambre en el gemelo izquierdo. Tiempo de ejecución: 0.4 segundos.

Garnacho no lo dudó. En plena carrera, a 32 km/h, arrastró la pierna izquierda como si el músculo hubiera estallado. Su cuerpo se desequilibró hacia adelante. Los escáneres ópticos de Bellingham y Saka leyeron el lenguaje corporal: Lesión inminente. Pérdida de control del balón. Sus cerebros cibernéticos cancelaron la orden de tackle para evitar una falta innecesaria y se prepararon para recoger la pelota suelta.

Pero no había calambre. Usando la inercia de la caída simulada, Garnacho rebotó contra el pasto usando el empeine derecho, picó la pelota por encima de la rodilla de Saka y pasó por el medio de los dos como un fantasma eléctrico.

¡Oooooh! El murmullo de sorpresa en Wembley fue genuino. Las máquinas habían sido engañadas por una mentira física.

Garnacho aceleró hacia el área. —¡Tomá, para vos, robot! —gritó, sintiendo la adrenalina pura del potrero.

Pero la alegría duró un parpadeo. Frente a la medialuna lo esperaba William Cross. El delantero de grafeno líquido había bajado a defender a una velocidad imposible. Cross no lo miraba a los ojos; miraba el centro de masa de Garnacho, escaneando la tensión de sus hombros y la rotación de sus caderas.

—Cuidado, Ale,— advirtió Thiago por el auricular interno. —Cross está procesando tus micro-expresiones. No intentes amagarle, pasala.

—Yo no la paso —pensó Garnacho, terco. Tiró tres bicicletas a una velocidad que habría destrozado los ligamentos de un jugador normal. La malla neuronal de Levi mantenía sus articulaciones estables.

Cross no parpadeó. Cuando Garnacho hizo el movimiento final para salir hacia la izquierda, Cross simplemente estiró la pierna. No hubo brusquedad, no hubo esfuerzo. Fue un movimiento quirúrgico. El botín de Cross interceptó la pelota en el milímetro exacto y en el milisegundo preciso. El impacto fue tan limpio que Garnacho pasó de largo, tropezando con el aire.

Cross se dio vuelta con la pelota dominada. No sonrió. No celebró el robo. —Mentira ineficaz,— dijo la voz robótica de Cross al pasar al lado de Garnacho.

Minuto 25. El Descubrimiento.

En el banco de suplentes, Thiago miraba la pantalla de su tablet con el ceño fruncido. El pulso le latía en las sienes. Algo no cuadraba.

Argentina estaba sufriendo. Inglaterra jugaba a un toque, sin mirarse, tejiendo una red de pases a una velocidad que mareaba. El “Cuti” Romero y Lisandro Martínez corrían detrás de sombras.

Thiago aisló los datos de telemetría de William Cross en su pantalla holográfica. —Lionel, mirá esto —le dijo a Scaloni, señalando un gráfico de barras.

Scaloni se acercó, secándose el sudor de la frente. —¿Qué es, pibe? ¿Le encontraste el punto débil?

—Le encontré algo peor —dijo Thiago, pálido—. Mirá el consumo de energía de la CPU de Cross. Está en 2%. —Bellingham está en 1.5%. Saka en 1.8%.

Messi se asomó por detrás. —¿Y eso qué significa? ¿Que ni siquiera están transpirando?

—Significa que es físicamente imposible, Leo. —Thiago tecleó frenéticamente—. Para hacer los cálculos predictivos que están haciendo, y para procesar las señales del grafeno líquido a esa velocidad, los cerebros de estos tipos tendrían que estar hirviendo. Deberían estar sobrecalentados como yo en 2026. Pero están fríos.

Thiago conectó un cable de fibra óptica desde su tablet hasta el puerto de datos de su bastón, usándolo como una antena direccional de alta ganancia. Apuntó el bastón hacia el suelo.

—Levi, olvidate de Garnacho un segundo. Hacé un ping de sonar de baja frecuencia hacia el subsuelo del estadio.

—Ejecutando…— respondió la IA. La pantalla de Thiago se puso negra. Luego, un modelo 3D en wireframe rojo empezó a dibujarse. No eran tuberías. No eran vestuarios. Debajo del césped de Wembley, brillaba un gigantesco bloque de servidores, tan grande como la cancha misma. Emanaba un calor residual masivo.

A Thiago se le cayó el alma a los pies. —No tienen la IA en la cabeza —susurró Thiago, horrorizado—. Nosotros pensábamos que Inglaterra tenía a tres jugadores con el cerebro modificado. —Pero no. Son terminales huecas.

Scaloni lo miró sin entender del todo. —Hablá en criollo, Thiago.

—El estadio es la Inteligencia Artificial —dijo Thiago—. Wembley es un servidor gigante. Cross, Bellingham y Saka solo son antenas receptoras. El estadio escanea a nuestros jugadores, procesa la táctica, y les envía las órdenes directamente a los músculos a través de las suelas de los botines.

Messi miró el césped perfecto de Wembley. Ahora parecía un campo minado. —Están jugando contra una cancha que piensa.

—Exacto. Y como la CPU es un edificio entero y no un cerebro humano, no tienen límite de procesamiento. Nos van a masacrar.

Minuto 33. La Ejecución.

Como si Wembley hubiera escuchado a Thiago, Inglaterra cambió de marcha. Ya no jugaban a los pases. Empezaron a ejecutar geometría pura.

Bellingham recibió de espaldas. Sin girar la cabeza, tocó de taco por el aire. La pelota voló treinta metros. Cross picó al vacío. Lisandro Martínez intentó cerrarlo, pero el césped debajo de Cross (controlado magnéticamente por el estadio) pareció volverse más firme, dándole un agarre perfecto, mientras que debajo de Lisandro, la humedad natural lo hizo resbalar una fracción de segundo.

Cross controló con el pecho en el área. El Dibu Martínez salió con todo, gritando para achicar el ángulo. —¡Salí de acá, máquina rota! —rugió el arquero argentino.

Pero el estadio ya había calculado la envergadura del Dibu, su velocidad de salida y su centro de gravedad. Wembley le envió la orden a la pierna de grafeno de Cross. El delantero no pateó al arco. Pateó el piso, justo debajo de la pelota. El impacto levantó el balón en un “sombrerito” microscópico y perfecto, que pasó a dos centímetros de la oreja del Dibu, pegó en el travesaño hacia abajo y picó adentro.

¡GOL DE INGLATERRA! 1 – 0.

Cross no festejó. Se dio vuelta y trotó hacia el centro del campo, como una impresora que acaba de terminar su trabajo.

Garnacho, desde el círculo central, miró el banco de suplentes. Sus hombros estaban tensos. Había sentido la superioridad de esa jugada. No fue habilidad; fue dictadura matemática.

Thiago activó el micrófono de su auricular. —Ale. ¿Me escuchás? —dijo Thiago, con voz temblorosa.

—Te escucho, rengo. Son rápidos. Demasiado rápidos. Levi no llega a calcular sus movimientos a tiempo.

—Porque Levi está corriendo en tu cerebro, Ale, y ellos tienen un centro de cómputos subterráneo procesando por ellos —explicó Thiago—. No estás peleando contra tres jugadores. Estás peleando contra Wembley.

Garnacho masticó su chicle, más lento. Miró las luces del estadio. Miró el pasto. La arrogancia en su rostro se borró, reemplazada por un odio frío y calculador. —¿Y qué hacemos? ¿Nos rendimos?

Thiago miró a Messi. Leo asintió lentamente, pasándole el mate. Thiago volvió a mirar la pantalla. —No. Si Wembley es una computadora… entonces le vamos a meter un virus. —Ale… ¿te acordás de esa jugada estúpida que hacías en el United? ¿La que tu técnico te prohibió hacer porque rompía toda la formación del equipo?

Garnacho sonrió de medio lado. —¿La “Ruleta Rota”?

—Esa. Quiero que la hagas. Pero no una vez. Quiero que la hagas todo el maldito partido. Vamos a saturar la memoria RAM de este estadio.

Viernes. 21:15 PM. Minuto 65. Inglaterra 1 – Argentina 0.

El segundo tiempo era un monólogo de la máquina. Inglaterra tocaba la pelota con una precisión enfermiza. No buscaban el segundo gol con desesperación; simplemente administraban el partido a través de la probabilidad perfecta de Wembley.

Garnacho recibió la pelota sobre la banda izquierda. Estaba rodeado por Saka y Walker. En el banco, Thiago apretó el botón de su comunicador. —Ale. Ahora. Rompé el algoritmo.

Garnacho pisó la pelota. Saka se acercó a un metro, esperando el amague lógico hacia adentro o el pase atrás.

Garnacho ejecutó la “Ruleta Rota”. Giró sobre la pelota como si fuera a hacer la mítica ruleta de Zidane, pero a la mitad del giro, frenó en seco, arrastró la pelota hacia atrás con los tapones, se agachó tocando el pasto con una mano y volvió a girar en sentido contrario, terminando exactamente en el mismo lugar donde empezó.

Fue ridículo. Fue antiestético. No sirvió para avanzar ni un centímetro. Pero Saka parpadeó.

—Thiago,— reportó Levi en la red interna. —El servidor principal de Wembley acaba de registrar un pico de procesamiento del 400% en el sector izquierdo. La IA del estadio está intentando encontrar un precedente histórico para ese movimiento. No lo encuentra. Está calculando infinitas variables inútiles.

—Que calcule, entonces —sonrió Thiago—. Ale, hacelo de nuevo.

Garnacho no la pasó. Volvió a hacer la Ruleta Rota. Y luego otra vez. Saka dio un paso adelante y luego un paso atrás, como un personaje de videojuego trabado en una pared. Su botín derecho tembló. El estadio no sabía qué orden enviarle a sus músculos porque el estímulo visual no tenía sentido lógico.

—¡Dásela a Enzo! —gritó Thiago.

Garnacho soltó el pase de taco. Enzo Fernández la agarró, avanzó diez metros y, ante la marca de Bellingham, no la pasó. Hizo una bicicleta lenta, torpe y fuera de tiempo, para luego pisarla y quedarse quieto.

Bellingham también se congeló por un milisegundo.

Scaloni, desde la línea de cal, abrió los ojos de par en par. —Están bugeando a los ingleses… —murmuró el DT—. Los pibes están jugando tan mal a propósito que la computadora no puede predecirlos.

Minuto 82. El Sobrecalentamiento.

El partido se había convertido en un caos absoluto. Argentina jugaba el fútbol más irracional de su historia. Pases al vacío donde no había nadie, centros de rabona que iban a la tribuna, defensores que subían caminando mientras los delanteros bajaban corriendo en círculos.

Wembley estaba sufriendo. Thiago miraba su escáner térmico. El subsuelo del estadio, donde estaba la supercomputadora, estaba pasando del naranja al rojo brillante.

—Advertencia,— dijo Levi. —La temperatura de los servidores de Wembley alcanzó los 95°C. El sistema de refrigeración líquida no da abasto. Están experimentando “Lag” (latencia) en la transmisión de órdenes a los jugadores.

William Cross, el delantero perfecto de grafeno, estaba parado en el círculo central. Su pecho subía y bajaba de forma irregular. No era cansancio físico; era la desincronización entre su cerebro orgánico y las órdenes atrasadas de la red del estadio.

—Es el momento, Ale —dijo Thiago por el auricular—. Tienen lag. Sus cuerpos van medio segundo detrás de la pelota. Matálos.

Minuto 89. El Ping de la Muerte.

Dibu Martínez agarró un centro llovido y, sin dudarlo, sacó rápido con la mano para De Paul. Rodrigo vio a Garnacho picar por la izquierda. El pase fue un misil a ras de suelo.

Garnacho la controló en carrera. Frente a él, William Cross retrocedió a una velocidad inhumana para cubrir a sus defensores.

—Huésped,— dijo Levi, con una voz que casi sonaba emocionada. —Sincronización al 100%. Te entrego el control total del motor predictivo. Mostrales qué es el potrero.

Garnacho encaró a Cross. El inglés de los ojos grises y piernas de grafeno plantó postura. Wembley procesó el acercamiento de Garnacho y le envió a Cross la orden de interceptar el balón en el milímetro exacto, tal como había hecho en el primer tiempo.

Pero Garnacho hizo la Ruleta Rota en máxima velocidad. Pisó la pelota, giró, frenó, amagó a caerse, tiró la pelota por la izquierda y pasó por la derecha de Cross.

El estadio intentó recalcular la trayectoria de Garnacho. [ERROR DE CÁLCULO – REDUNDANCIA CÍCLICA] El servidor subterráneo colapsó por una fracción de segundo.

A William Cross le llegó la orden de moverse 0.8 segundos tarde. Su pierna de grafeno se estiró hacia donde Garnacho estaba un segundo antes, pateando el aire con tanta fuerza que Cross perdió el equilibrio y cayó de rodillas al césped. El jugador perfecto acababa de ser humillado por el lag.

Garnacho quedó mano a mano con el arquero Pickford (quien también estaba sufriendo el micro-corte de conexión). Garnacho no pateó con furia. Frenó la carrera. Lo miró a los ojos. Y la picó suavemente. Una vaselina perfecta, lenta, burlona.

La pelota bajó besando la red.

¡GOOOOOOOOOOOOOL! ¡GOLAZO DE ARGENTINA! 1 – 1.

El silencio en Wembley fue sepulcral. No hubo abucheos, ni gritos. Solo el sonido de 80.000 ingleses dándose cuenta de que su fortaleza de mil millones de libras acababa de ser burlada por un pibe de pelo platinado que jugaba a equivocarse.

En el banco, Thiago cerró la tablet de golpe y gritó con el alma, abrazándose con Messi y Aimar.

Minuto 90 + 3. El Final del Experimento.

El árbitro pitó el final. 1-1. Un amistoso que cambiaría la historia del deporte.

Garnacho caminó hacia el centro del campo, respirando agitado. El esfuerzo de sincronizar con Levi y jugar al límite de lo irracional lo había dejado exhausto. William Cross se levantó del pasto. Su rostro, que durante todo el partido había sido una máscara vacía, ahora mostraba una levísima contracción de confusión. Su IA interna se estaba reiniciando.

Cross se acercó a Garnacho. El argentino se infló el pecho, esperando pelea. Pero Cross no levantó los puños.

—Código corrupto,— dijo Cross, con su voz robótica, mirándole los botines a Garnacho. —La ineficiencia fue la variable ganadora. Mi red no pudo procesar la ausencia de lógica.

—Se llama potrero, máquina —le contestó Garnacho, escupiendo el chicle al pasto—. La próxima vez, decile a tu estadio que compre un mejor procesador.

Cross levantó la vista, sus ojos grises clavados en Garnacho. —No habrá estadio la próxima vez. En el Mundial de 2030, la red estará en la nube. Seremos ubicuos. Y ustedes… serán borrados. Cross se dio media vuelta y caminó hacia el túnel.

Vestuario de Argentina. Medianoche.

El equipo festejaba el empate como si fuera una final. Habían roto el juguete nuevo de Europa. Thiago estaba sentado en un rincón, guardando sus cables y su bastón.

Messi se sentó a su lado, ofreciéndole una botella de agua. —Los volvimos locos, Thiago. Esa Ruleta Rota va a quedar en la historia.

Thiago agarró la botella, pero no sonreía. —Leo… hoy ganamos porque tenían el servidor debajo de la cancha y pudimos saturar su memoria. —¿Pero escuchaste lo que le dijo Cross a Garnacho?

Messi asintió, poniéndose serio. —”Ubicuo”. Que van a estar en todas partes.

—Si Inglaterra logra subir la IA de Wembley a una red satelital global para el Mundial de 2030… no van a tener problemas de temperatura. No van a tener lag. Van a poder controlar a sus once jugadores con una mente colmena perfecta desde cualquier estadio del mundo.

Thiago miró la pantalla negra de su tablet. —Hoy les enseñamos a temer a lo irracional. Pero la máquina aprende, Leo. Para 2030, el caos ya no va a ser suficiente. Vamos a tener que crear algo nuevo.

—¿Algo como qué? —preguntó Messi.

Thiago miró a Garnacho, que se reía a carcajadas con el Dibu en la otra punta del vestuario. —Vamos a tener que crear un monstruo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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