Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 La prueba de fuego
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16: La prueba de fuego 16: La prueba de fuego El silbato inicial fue como una explosión en el pecho.
Durante un segundo, el mundo pareció ralentizarse: el sonido del público, los cánticos, los tambores… todo se mezclaba en un eco distante.
Thiago sintió cómo el corazón le martillaba en las costillas.
Ahora o nunca.
El Real San Martín tomó la iniciativa desde el primer toque.
Jugaban con confianza, como un equipo acostumbrado a ganar.
Su número 10 —un chico llamado Damián Correa, famoso en la región por su técnica y velocidad— dominaba el balón con naturalidad, como si cada toque estuviera calculado para humillar.
El Aurora F.C., en cambio, se veía nervioso.
Los pases eran imprecisos, los despejes desesperados.
Thiago intentaba ordenar desde su posición de mediapunta, pero el balón apenas le llegaba.
—¡Calma, muchachos!
—gritó el capitán, intentando contener la tormenta.
Los primeros cinco minutos fueron un asedio.
Damián desbordaba una y otra vez, lanzando centros venenosos que obligaban al portero del Aurora a volar como un gato para salvarlos.
El público rugía con cada intento.
El ambiente era sofocante.
Thiago apretó los dientes.
Su mente analizaba todo: los movimientos del rival, los huecos entre líneas, la forma en que los defensas se cerraban tarde.
Sabía que si conseguía un par de toques limpios, podría cambiar el ritmo del juego.
Y la oportunidad llegó al minuto 9.Un mal pase del rival le cayó a los pies.
En un segundo, giró sobre sí mismo, esquivó a un mediocampista y lanzó un pase largo entre los centrales.
El balón voló como una flecha… pero el delantero no llegó.
—¡Buena idea, Thiago!
—gritó el entrenador desde la línea.
Aunque la jugada no terminó en gol, algo cambió.
Por primera vez, el público local bajó el volumen.
Los minutos pasaron, y Aurora comenzó a respirar.
Cada toque de Thiago traía un poco de calma, una sensación de control en medio del caos.
Pero justo cuando el equipo empezaba a asentarse, un error los condenó.
Minuto 16.Un lateral mal ejecutado, robo de Damián, carrera explosiva por la banda y disparo cruzado.
Gol del Real San Martín.
El estadio estalló.1-0.
Thiago se quedó mirando el balón en la red.
El grito del público era ensordecedor, pero dentro de él solo había silencio.
Esa sensación amarga… la conocía demasiado bien.
—Vamos, levanten la cabeza —dijo el entrenador, golpeando las palmas—.
¡Esto recién empieza!
Thiago respiró hondo.
Recordó las palabras de su madre: “¿Y si te vuelves a romper?” Pero no, no era el momento de pensar en eso.
Volvió a posicionarse.
Miró a sus compañeros, que bajaban la mirada.
Y habló.
Por primera vez en mucho tiempo.
—¡Eh, no se caigan ahora!
—gritó con fuerza—.
¡Este partido no se acaba en un gol!
Su voz sorprendió a todos.
El capitán lo miró de reojo, con una leve sonrisa.
Tal vez por primera vez, confiaba en él.
El balón volvió a rodar.
Thiago comenzó a pedirla más.
No le importaba si erraba, si lo marcaban, si lo empujaban.
Cada toque era una pequeña victoria.
Cada pase correcto, una afirmación: sigo siendo yo.
Y poco a poco, el Aurora empezó a despertar.
En el minuto 25, una jugada rápida por la derecha dejó el balón en los pies de Thiago.
Un rival fue a presionarlo, pero con un simple amago de cadera, lo dejó atrás.
El público murmuró.
Nadie esperaba eso.
Thiago levantó la vista y cambió el balón al otro costado, habilitando al extremo izquierdo, que lanzó un centro peligroso.
El delantero cabeceó…Y la pelota pegó en el travesaño.
El estadio contuvo el aliento.
Por un segundo, hasta el tiempo pareció detenerse.
El portero rival respiró aliviado, y el comentarista local —desde los altavoces del estadio— exclamó:—¡Casi empata el Aurora!
¡Y qué visión la del número diez, Thiago Arenas!
Esa frase lo hizo sonreír apenas.
Era la primera vez que su nombre sonaba con respeto desde su lesión.
El resto del primer tiempo siguió siendo una batalla táctica.
Real San Martín dominaba la posesión, pero Aurora resistía con orden y carácter.
Y en el corazón de todo, Thiago, corriendo, organizando, gritando, levantando los brazos para pedir calma.
El reloj marcó el minuto 44.Última jugada antes del descanso.
Thiago recibió el balón cerca del círculo central.
Dos rivales lo rodearon, intentando cerrarle el paso.
En lugar de pasar, se giró, amagó, y filtró un pase entre líneas.
El extremo derecho corrió a toda velocidad y, sin pensarlo, disparó cruzado.
Gol.
El silencio del estadio fue inmediato.
Los jugadores del Aurora se abrazaron como si hubieran ganado el torneo.
Thiago cayó de rodillas, sonriendo entre jadeos.
1-1.Justo antes del descanso.
El árbitro pitó el final del primer tiempo.
Mientras caminaban al vestuario, el entrenador lo detuvo y le dio una palmada en el hombro.
—Eso fue lo que necesitábamos, Arenas.
Eso.
Thiago solo asintió.
Pero por dentro, algo más grande despertaba.
Ya no era el chico roto intentando volver.
Era el jugador que recordaba por qué amaba el fútbol.
El vestuario estaba en silencio.
Solo se escuchaba el goteo del agua del techo y las respiraciones agitadas de los jugadores.
El aire olía a sudor, tensión y esperanza.
El entrenador se paseaba de un lado a otro, con la carpeta en la mano.—Escuchen —dijo al fin, rompiendo el silencio—.
Ellos están confiados.
Pero ustedes ya demostraron que pueden hacerles daño.
Sus ojos recorrieron el grupo hasta detenerse en Thiago.—Arenas… seguí igual.
Si vos estás bien, el equipo se ordena.
Thiago asintió.
No habló.
No hacía falta.
El simple hecho de estar ahí, con los botines embarrados y el corazón latiendo a mil, era suficiente para entender lo que ese partido significaba.
Cuando salieron al túnel, el rugido del público volvió a golpear como una ola.
El Real San Martín regresaba decidido a recuperar la ventaja, y los suyos los alentaban como si estuvieran en una final.
Pero el Aurora ya no era el mismo del inicio.
Había algo distinto en sus miradas.
El segundo tiempo comenzó con una intensidad brutal.
Los rivales presionaban alto, intentando recuperar el control, pero Aurora no se desmoronó.
Esta vez, Thiago bajaba unos metros más para ayudar en la salida.
Cada toque suyo era oxígeno puro.
Minuto 53.Thiago recibe entre dos, se gira con elegancia y cambia de banda con un pase milimétrico.
El público murmura.
Otra vez ese nombre: Arenas.
Y poco a poco, el Aurora empezó a crecer.
El mediocampo rival comenzó a desesperarse, incapaz de quitarle el balón.
El entrenador del San Martín gritaba desde la línea:—¡Ciérrenlo, no lo dejen pensar!
Pero ya era tarde.
Thiago había entrado en ese estado que todo futbolista busca y pocos alcanzan: el de la claridad absoluta.
Cada decisión parecía correcta.
Cada toque tenía sentido.
Minuto 61.Pase filtrado, pared rápida, tiro desde el borde del área…El balón pasa rozando el palo.
Los hinchas del Aurora —pocos, pero ruidosos— gritan con el alma.
Thiago levanta la vista.
Ve a sus compañeros respirando con más fuerza, corriendo sin rendirse.
Y siente algo que hacía tiempo no sentía: liderazgo verdadero.
El rival no se queda atrás.
En el minuto 68, un contragolpe casi los liquida.
Damián Correa encara a toda velocidad, dribla a un defensa y dispara al ángulo.
El arquero del Aurora se lanza con una estirada imposible y la roza con la punta de los dedos.
El balón pega en el travesaño y sale.
El estadio entero grita, mezcla de furia y alivio.
Thiago corre hacia su arquero y lo abraza.—¡Vamos, que esto es nuestro!
—le grita en el oído.
Los minutos pasan como una cuerda tensa.
Cada jugada parece definitiva.
Cada error podría costar el partido.
Minuto 74.El entrenador del Aurora llama a Thiago desde la línea.—¡Arenas, más adelante, tomá la batuta!
—le ordena.
Thiago asiente y cambia el chip.
Empieza a moverse entre líneas, buscando espacios invisibles.
Su cuerpo se mueve por instinto; su mente ya no piensa, simplemente siente el juego.
Y entonces llega el momento.
Minuto 80.Recibe un pase corto, engancha hacia el centro y amaga el disparo.
Dos defensas caen en la trampa.
Con un toque sutil, filtra el balón al hueco.
El delantero queda solo frente al arquero…Disparo cruzado.
Gol.
Los jugadores del Aurora corren hacia el córner, gritando, abrazándose unos a otros.2-1.El banquillo estalla.
El pequeño grupo de hinchas visitantes salta de alegría.
Thiago levanta los brazos, respirando hondo.
Mira al cielo.
Por un instante, todo se detiene.
No hay ruido, no hay gente, no hay presión.
Solo él, su corazón, y esa sensación de renacer.
Pero el fútbol no perdona distracciones.
Minuto 84.El Real San Martín adelanta líneas y presiona con furia.
Centros, rebotes, despejes desesperados.
El Aurora resiste como puede.
Thiago baja una y otra vez, defendiendo, barriendo, corriendo sin aire.
El dolor en su pierna vuelve, pero no lo detiene.
Aprieta los dientes y sigue.
Minuto 88.Un tiro libre para el San Martín.
El estadio contiene la respiración.
Damián acomoda el balón, mira al arco, sonríe con soberbia.
Disparo.
El balón viaja como un cometa.
El arquero vuela…¡Y la toca con las uñas!
El balón rebota en el travesaño y se va al córner.
Thiago cae de rodillas, riendo entre jadeos.
Sabe que se están salvando por centímetros, pero también que el destino está probándolos.
El árbitro agrega tres minutos.
Cada segundo es eterno.
Cada despeje, una batalla.
Y cuando el reloj marca el 93, el árbitro pita el final.
El grito de alivio y alegría del Aurora es una mezcla de victoria y liberación.
Thiago se queda quieto unos segundos, mirando el campo.
El pasto húmedo, las luces del estadio, la multitud rugiendo.
Todo se siente distinto ahora.
El capitán lo abraza y le dice entre risas:—Hoy volviste, hermano.
De verdad volviste.
Thiago sonríe, exhausto, con el alma llena.
En el fondo, sabe que este solo es el primer paso.
Que el verdadero desafío todavía lo espera más adelante.
Pero esta noche…Esta noche, el Aurora volvió a brillar.
El murmullo del estadio se apagaba lentamente, pero en la mente de Thiago seguía resonando el eco del pitido final.El cuerpo le pesaba como si cargara toneladas de barro, pero su corazón latía con una fuerza que lo mantenía en pie.
Caminó hacia el centro del campo.
Vio a sus compañeros abrazarse, caer al suelo riendo, llorando, chocando los puños.Eran rostros cansados, llenos de sudor y polvo, pero por primera vez en mucho tiempo… también llenos de orgullo.
El entrenador del Aurora entró al campo con paso firme.
A pesar del cansancio, sonreía.Se acercó a Thiago, lo observó un instante y le dio una palmada en el hombro.
—Buen trabajo, Arenas.—No ganamos… —respondió Thiago, casi en un susurro.—No —asintió el entrenador, mirando el marcador—.
Pero hoy hicimos algo más importante.
Nos encontramos otra vez.
Las palabras quedaron flotando en el aire, cargadas de un peso que Thiago entendió perfectamente.El resultado ya no importaba tanto.
Habían recuperado algo que el Aurora había perdido hacía tiempo: confianza.
Cuando se reunieron todos en el vestuario, el ambiente era distinto al de otras derrotas.No había gritos, ni culpas.
Solo respiraciones profundas y miradas que decían “volvimos a creer”.
El entrenador levantó la voz:—Muchachos… —hizo una pausa, observándolos uno por uno—.
No necesito estadísticas para saber lo que vi.
Hoy dejaron el alma, y eso no se entrena.
Se siente.Se volvió hacia Thiago y añadió—: Y vos, pibe… me hiciste acordar por qué me enamoré del fútbol.
Hubo aplausos.
No fuertes, no exagerados, pero sinceros.Thiago sintió un nudo en la garganta.
No dijo nada.
Solo bajó la cabeza y respiró hondo.
Después, mientras se duchaban y el vapor llenaba el ambiente, comenzaron las bromas.—Eh, Arenas, esa asistencia fue de otro planeta, hermano.—Si la metías vos, te levantábamos en andas.—No te agrandes, genio, que todavía tenemos revancha.
Thiago sonrió.
Pequeños gestos, palabras simples, pero llenas de significado.Era la primera vez que sentía pertenecer otra vez.
Al salir del vestuario, la noche había caído sobre el estadio.Las luces seguían encendidas, como si se negaran a apagar ese momento.Thiago caminó despacio, con la mochila al hombro, los botines colgando, y la mente flotando entre la fatiga y la felicidad.
Cruzó el estacionamiento cuando escuchó una voz conocida:—¡Thiago!
Era el entrenador, que se acercaba con una carpeta bajo el brazo.—Mañana quiero verte temprano —le dijo—.
Vamos a trabajar algo nuevo.—¿Algo nuevo?
—preguntó Thiago, sorprendido.—Sí.
Si querés volver a tu mejor nivel, vamos a necesitar algo más que talento.
Vamos a reinventarte.
Thiago asintió, con esa mezcla de miedo y emoción que solo aparece cuando algo importante está por comenzar.—Allí estaré, profe.
El entrenador sonrió, se alejó, y Thiago siguió caminando bajo la luz amarilla de los focos.El eco de sus pasos le sonaba como un latido.Reinventarse.
La palabra le quedó grabada.
Al llegar a casa, la puerta estaba entreabierta y la televisión encendida.Su madre lo esperaba en el sofá, con una taza de té en las manos.Cuando lo vio entrar, su expresión cambió.
Ya no había solo preocupación; había un brillo nuevo en su mirada.
—Vi el partido —dijo ella suavemente—.
Estabas distinto.
Más seguro.Thiago dejó la mochila en el suelo y se sentó frente a ella.—Lo intenté, mamá.
No sé si ganamos o perdimos… pero volví a sentir que esto es lo mío.
Ella suspiró, lo miró largo rato y luego sonrió apenas.—Entonces seguí.
Pero hacelo bien.
Sin prisa, sin descuidarte.
Si vas a volver a brillar, que sea de verdad.
Thiago asintió.Esa noche, mientras se acostaba, pensó en todo lo que había pasado.En el pase perfecto, en el esfuerzo, en el grito de sus compañeros, en las palabras de su madre.Todo encajaba.Todo formaba parte de algo más grande.
Antes de quedarse dormido, susurró en voz baja:—Aún no terminé.
Esto recién empieza.
Y mientras el sueño lo envolvía, una sensación lo acompañó, cálida y luminosa.No era triunfo.Era esperanza.
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