Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 17
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17: El renacer del genio 17: El renacer del genio El amanecer se filtraba entre los árboles, tiñendo el campo de entrenamiento con un tono dorado.El lugar aún estaba vacío, salvo por una figura solitaria: Thiago Arenas, con el balón a sus pies.
Había llegado antes que todos.El aire frío de la mañana le mordía las manos, pero no le importaba.Cada toque al balón era una promesa silenciosa: “Esta vez no voy a romperme.” El eco de los pasos del entrenador rompió la calma.—Te dije temprano, pero no tanto —comentó con una sonrisa mientras dejaba su carpeta sobre un banco.—No podía dormir —respondió Thiago, sin apartar la mirada del balón.—Eso es bueno.
Significa que te importa.
Pero cuidado… la obsesión también puede romperte si no la controlás.
El entrenador, Soria, lo observó unos segundos antes de hablar más serio.—Hoy no vamos a trabajar tu físico.
Ni tu velocidad.
Vamos a trabajar tu mente.
Thiago frunció el ceño, confundido.—¿Mi mente?—Sí.
El cuerpo sigue a la cabeza.
Si tu mente duda, tus piernas se frenan.
Si tu mente teme, tus movimientos se encogen.
—Hizo una pausa—.
Lo que te frenó no fue la lesión.
Fue el miedo a volver a caer.
El silencio que siguió fue denso, casi incómodo.Thiago tragó saliva.Sabía que tenía razón.
Soria colocó unos conos en el campo.—Vas a hacer los mismos ejercicios que hacías antes de lesionarte.
Pero quiero que los hagas sin pensar en el error.
Si te duele, frená.
Si fallás, repetí.
No busques la perfección, buscá fluidez.
Thiago asintió.El primer intento fue torpe.
La pierna derecha tembló levemente, su cuerpo dudó.El segundo fue mejor.En el tercero, se olvidó del miedo.
Cuando el balón rozó la red del pequeño arco, Soria aplaudió.—Eso es.
Sentí el ritmo del juego, no lo calcules.
Durante horas repitió los movimientos, corrigiendo detalles, escuchando consejos, respirando entre cada intento.El sol subía, y con él también la confianza de Thiago.
Al terminar, cayó sentado sobre el césped, empapado en sudor.El entrenador se sentó a su lado.—Tenés algo que no se entrena —dijo Soria—.
Esa forma de leer el juego… es un don.
Pero si querés volver a ser el Thiago que todos admiraban, necesitás algo más.—¿Qué cosa?
—preguntó él, con curiosidad.—Un motivo.
Los genios que no tienen un propósito se pierden.
Quiero que pienses: ¿por qué jugás al fútbol?
Thiago guardó silencio.Durante años había creído que jugaba para ganar, para destacar.Pero en ese momento, bajo el sol, mirando sus manos temblorosas, se dio cuenta de que no era eso.
—Juego… porque cuando tengo la pelota siento que todo tiene sentido —respondió con sinceridad—.
Es el único momento donde no me duele nada.
El entrenador sonrió.—Entonces agarrate de eso.
Ese es tu verdadero motor.
Los días siguientes fueron duros.Soria lo hizo repetir jugadas bajo presión, enfrentarse a rivales en espacios reducidos, practicar pases imposibles con ambos pies.El cuerpo le pedía descanso, pero su determinación lo mantenía de pie.
Y no estaba solo.Sus compañeros comenzaron a notarlo.—Oye, Arenas —le dijo el capitán una tarde—, últimamente estás más rápido de cabeza.—Será el café —bromeó Thiago, aunque en el fondo sabía que era algo más profundo: la calma interior.
Incluso el extremo derecho, su antiguo crítico, empezó a buscarlo más en las jugadas.Los pases fluían, los movimientos parecían sincronizados.El Aurora ya no era un grupo de jugadores; empezaba a parecer un equipo.
Una tarde, después del entrenamiento, Soria reunió a todos.—Escuchen bien —anunció con voz grave—.
Se viene un torneo juvenil regional.
Van a enfrentarse a equipos fuertes, con visores profesionales mirando.
No quiero promesas, quiero entrega.
Los murmullos llenaron el ambiente.
Algunos sonreían, otros se veían nerviosos.Thiago, en cambio, se quedó quieto.Sabía lo que eso significaba: su oportunidad había llegado.
Soria lo miró directamente.—Thiago, si jugás como hoy… ese torneo puede cambiarte la vida.
Esa noche, al llegar a casa, su madre lo esperaba en la puerta.—Te ves distinto —dijo, alzando una ceja—.
¿Qué pasa ahora?Thiago sonrió.—Tengo una oportunidad.
Y esta vez no la voy a dejar pasar.
Ella lo abrazó en silencio.
No hizo falta decir nada más.
Mientras el cielo se teñía de naranja, Thiago salió al patio con un balón viejo.Comenzó a practicar toques suaves, apenas escuchando el sonido del cuero al rozar su pie.Cada golpe, cada control, era una melodía.Una canción que hablaba de segundas oportunidades, de fuego que no se apaga.
El renacer del genio había comenzado.
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