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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 El regreso al templo caído
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23: El regreso al templo caído 23: El regreso al templo caído El cielo estaba cubierto de un gris denso, como si el clima también sintiera el peso del momento.

El bus del New Manchester United se detuvo frente al viejo estadio del Real Dorense.

No era un coloso moderno ni un lugar de lujo, pero para Thiago, ese sitio era casi sagrado… y al mismo tiempo, una herida abierta.

El pasto, verde pálido y húmedo, tenía ese olor que solo el fútbol de verdad podía tener.

Los pasos sobre el suelo resonaban con un eco particular, un eco de memorias que se resistían a morir.

Thiago bajó del bus en silencio.

Sus compañeros charlaban, bromeaban, intentaban disimular los nervios, pero él no podía.

A unos metros, vio el mismo túnel por el que una vez salió ovacionado y, más tarde, abandonó entre lágrimas.

—¿Todo bien?

—le preguntó Lucas, dándole un leve codazo en el hombro.

Thiago asintió, aunque su voz le temblaba por dentro.—Sí… solo estoy recordando.

El entrenador se acercó al grupo con su habitual calma.—Muchachos, hoy no enfrentamos a once jugadores —dijo con firmeza—.

Hoy enfrentamos lo que cada uno lleva adentro.

El miedo, la duda, la presión… ese es el verdadero rival.

Hizo una pausa, observando a Thiago directamente.—Y algunos, más que nadie, saben lo que eso significa.

Los jugadores guardaron silencio.

El mensaje estaba claro.

Minutos después, en el vestuario, la atmósfera era espesa.

El sonido de los botines golpeando el suelo, las respiraciones entrecortadas, el olor a linimento y nerviosismo llenaban el ambiente.

Thiago se sentó frente a su casillero, mirando la camiseta roja del New Manchester.

La tocó con las manos, como si quisiera sentir su peso real.

“Esta vez no me vas a quebrar”, pensó, recordando aquel día maldito.

De pronto, el utilero del estadio pasó frente a la puerta del vestuario, y lo reconoció.—¿Arenas?

—preguntó sorprendido—.

No lo puedo creer… vos otra vez acá.

Thiago esbozó una sonrisa tensa.—Sí, parece que el fútbol siempre te trae de vuelta a donde duele.

El hombre rió con nostalgia.—Te vi jugar cuando eras un pibe.

Eras diferente, tenías magia.

No la pierdas, muchacho.

Las palabras quedaron flotando en el aire, encendiendo algo dentro de él.

El árbitro golpeó la puerta tres veces.—Cinco minutos.

El equipo se levantó.

El sonido de las canilleras, los guantes apretándose, las miradas fijas, todo formaba parte de ese ritual antes de salir al campo.

El entrenador los reunió en el centro.—No quiero héroes, quiero un equipo.

Pase lo que pase, salgan de acá sabiendo que dejaron todo.

Salieron del vestuario uno por uno.

El túnel hacia el campo parecía más largo de lo normal.

El murmullo de la gente, los cánticos de los hinchas del Real Dorense, los tambores, el olor a humo y pasto, todo mezclado en una sinfonía caótica y hermosa.

Cuando Thiago pisó el césped, un escalofrío le recorrió la espalda.

El público lo reconoció.

Algunos lo aplaudieron tímidamente; otros lo silbaron, como recordándole que ahí había fallado.

Pero él no bajó la mirada.

Caminó hasta su posición en el campo, tocó el césped con la punta de los dedos y susurró:—Gracias por esperarme.

El silbato inicial sonó.

El partido comenzó.

Los primeros minutos fueron duros.

El Real Dorense presionaba alto, demostrando su poder y confianza.

Jugaban en casa, con su gente, y eso los hacía más peligrosos.

Thiago intentaba tocar rápido, mantener el control, pero el mediocampo rival lo ahogaba.

Un golpe en el tobillo lo tiró al suelo.

El dolor fue un rayo que recorrió su pierna… justo en el mismo lugar donde se había lesionado años atrás.

El estadio contuvo el aliento.

Lucas corrió hacia él.—¿Thiago?

¿Estás bien?

Thiago respiró profundo, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza.

El entrenador se levantó del banco, preocupado.

Pero él se incorporó lentamente, con una mueca entre dolor y orgullo.—Estoy bien… —dijo, apretando los dientes—.

No me voy a caer otra vez.

Se levantó, limpió el barro de su pantalón y volvió al juego.

La ovación del público, aunque breve, fue sincera.

El Real Dorense dominaba el balón, pero el New Manchester se mantenía firme.

El portero tapó dos remates claves, el capitán ordenaba la defensa, y Thiago comenzaba a encontrar su ritmo.

Cada pase corto que daba era una pequeña victoria sobre su pasado.

Hasta que, en el minuto 36, llegó su primera gran oportunidad.

Recibió un pase en el centro, giró con elegancia, y con una finta dejó atrás a su marcador.

Los murmullos del público crecieron.

Avanzó unos metros y filtró un pase en diagonal para Diego, que entraba por la derecha.

El disparo… ¡pegó en el poste!

El sonido metálico retumbó en todo el estadio, y Thiago apretó los puños con rabia contenida.

Tan cerca.

El árbitro pitó el final del primer tiempo poco después.0-0.Un empate que sabía a guerra.

En el vestuario, el ambiente era de puro desgaste físico y mental.

El entrenador caminaba de un lado al otro, analizando, pensando, ajustando.

Thiago, con la cabeza gacha, respiraba hondo.

Sabía que no había venido solo a jugar un partido.

Había venido a cerrar una herida que aún sangraba.

Y todavía quedaban 45 minutos para lograrlo.

El vestuario era un campo de batalla silencioso.El sonido del agua cayendo de las botellas, los guantes ajustándose y las respiraciones pesadas llenaban el aire.El entrenador, con su voz firme pero serena, rompió el silencio: —Estamos aguantando bien.

Pero no se trata solo de resistir.

Quiero que salgan ahí y jueguen con corazón.

El talento puede perder, pero el coraje jamás.

Luego miró directamente a Thiago.—Vos, Arenas… dejá de dudar.

El pasado ya no juega más.

Este es tu momento.

Thiago levantó la mirada.Había un brillo distinto en sus ojos.

No era soberbia ni miedo, era determinación pura.

Cuando el silbato del árbitro marcó el inicio del segundo tiempo, salió al campo con una sensación extraña.El dolor del tobillo seguía allí, pero algo en su interior ardía con más fuerza.

El Real Dorense salió con agresividad.

Sus volantes empujaban, su delantero presionaba, y sus hinchas rugían como un solo cuerpo.El New Manchester, en cambio, parecía más paciente.

Thiago bajaba a recibir, tocaba en corto, abría espacios.

Poco a poco, el ritmo del juego empezó a cambiar.Cada pase de Thiago era una respiración para su equipo.Cada toque, una pequeña revolución.

En el minuto 60, el capitán rival, un mediocampista de rostro duro y mirada desafiante, le habló con desprecio al pasar junto a él:—Pensé que te habías retirado.

No durás ni media hora más.

Thiago no respondió.Solo sonrió, esa sonrisa serena que duele más que mil palabras.

Cuando el juego reanudó, lo esperó.Recibió el balón cerca del área y amagó con girar, pero en lugar de eso, levantó la cabeza y con un toque sutil pasó la pelota por encima del defensor, justo por encima de su rival.Un túnel aéreo.Una provocación elegante.

La gente en las gradas rugió.Algunos aplaudieron, otros se levantaron con sorpresa.

Thiago corrió a recuperar el balón antes de que tocara el suelo, lo bajó con el pecho y lanzó un pase raso al área.El delantero no logró definir, pero la jugada encendió algo en todos.

Lucas, que observaba desde atrás, sonrió:—Ahí está.

El Thiago de antes.

El ritmo del partido cambió.El New Manchester empezó a dominar.El Real Dorense se replegó, incómodo, como si el fantasma de aquel Thiago del pasado hubiera regresado para ajustar cuentas.

En el minuto 73, llegó el golpe de realidad.Un contragolpe letal del Dorense terminó en gol.1-0.

El estadio explotó.Los jugadores del Real Dorense corrieron hacia las gradas, celebrando con rabia.Thiago cayó de rodillas, mirando el marcador, sintiendo ese viejo dolor de derrota filtrarse otra vez.

Pero algo en su interior gritó más fuerte.Recordó las palabras de su madre: “¿Cómo me convences de que esta vez es diferente?” Y entendió que no debía hacerlo con palabras.Sino con fútbol.

En el saque siguiente, Thiago pidió el balón.El capitán del New Manchester lo miró dudando, pero se lo dio.Thiago giró, esquivó a uno, luego a otro.

Sus piernas, antes temerosas, ahora parecían recordar la música del balón.

Avanzó entre defensas, con el estadio rugiendo, y lanzó un pase filtrado perfecto a Lucas, que entraba al área.Lucas remató cruzado…¡GOOOL!

El empate.1-1.

Los brazos de Thiago se alzaron al cielo, como quien respira después de años bajo el agua.El banco entero se levantó.

El entrenador apretó los puños con una sonrisa contenida.

El estadio quedó en silencio por un momento, confundido.El público del Real Dorense no sabía si aplaudir o maldecir.

Thiago caminó hacia el centro del campo.El sudor bajaba por su frente, sus piernas dolían, pero su corazón latía con fuerza.

“Esta vez no vine a sobrevivir”, pensó.

“Vine a volver.” El árbitro miró su reloj.

Quedaban quince minutos.Y Thiago lo sabía:Ese sería el tramo donde se definiría no solo el partido…sino su redención.

El reloj avanzaba sin piedad.El marcador, 1-1, brillaba sobre el tablero electrónico improvisado.El aire en el estadio pesaba.

Cada respiración era una mezcla de esperanza, miedo y fe.

Thiago se pasó la mano por la frente, empapado en sudor.

Su corazón latía con tanta fuerza que sentía que el mundo entero podía escucharlo.El tobillo le ardía, pero sus ojos estaban fijos en el balón.

El New Manchester había despertado, y eso era mérito suyo.El capitán, que antes lo había ignorado, ahora lo buscaba con la mirada.Lucas, el extremo, ya no corría solo: lo hacía confiando en que Thiago estaría ahí, justo donde debía.El equipo respiraba al ritmo de su mediapunta.

Pero el Real Dorense no era un rival cualquiera.Ellos también olían el peligro, sabían que el chico roto estaba regresando.Y no querían permitirlo.

En el minuto 82, el balón cayó en pies de Thiago en mitad de campo.Tres rivales lo rodearon de inmediato.El estadio contuvo el aire.

Thiago respiró hondo, bajó el centro de gravedad y dejó que el instinto hiciera el resto.Una pisada a la izquierda, un amague de cuerpo a la derecha, un giro rápido.El primero cayó.El segundo fue superado con un túnel.El tercero… lo derribó con una entrada durísima.

El silbato sonó, agudo, como una campana de guerra.Falta.Y tarjeta amarilla.

Thiago cayó al suelo.El dolor le subió por la pierna como fuego líquido.Su tobillo gritaba.El entrenador se levantó del banco, preocupado, pero Thiago levantó la mano, negando.

—Estoy bien —dijo entre dientes, más para sí mismo que para los demás.

Se levantó despacio.El público, sin saberlo, contenía la respiración.El árbitro colocó la barrera.El balón quedó a unos 25 metros del arco rival.

Lucas se acercó.—¿La querés vos?

—preguntó.Thiago asintió.No había palabras.

Solo determinación.

El viento soplaba leve, moviendo los mechones de su cabello.Cerró los ojos un instante.Recordó su lesión, los días en cama, los entrenamientos en silencio, las lágrimas escondidas.Y luego recordó la pregunta de su madre.”¿Cómo me convences de que esta vez es diferente?” Abrió los ojos.La respuesta estaba justo frente a él.

Tomó carrera.Un paso, dos, tres…Golpeó el balón con el empeine, limpiamente.El esférico voló con una curva hermosa, rozando el aire como una promesa.El arquero rival saltó, pero era inútil.

¡GOL!

El estadio estalló.Los compañeros corrieron hacia él, gritando su nombre.—¡Thiago!

¡Thiago!

¡Thiago!

El entrenador se llevó las manos al rostro, sonriendo incrédulo.Lucas lo abrazó, casi tumbándolo al suelo.El capitán, el mismo que antes lo ignoraba, le dio una palmada fuerte en el hombro.

Thiago apenas podía escuchar nada.Todo era un torbellino de sonidos, gritos, lágrimas y el rugido del público.Solo sentía su corazón, latiendo con fuerza.

El marcador ahora decía 2-1.El reloj, minuto 88.

Pero la victoria no sería fácil.El Real Dorense, herido en su orgullo, fue con todo en busca del empate.Centros, disparos, empujones.Thiago, exhausto, retrocedía, defendiendo con el alma.

El árbitro levantó la tabla: tres minutos de adición.

Cada segundo parecía una eternidad.El balón rondaba el área del New Manchester, rebotando entre piernas, rodando como si el destino jugara con todos.

Hasta que, en el último instante, el arquero rival subió a cabecear un córner.El balón fue al aire, una nube de cuerpos se levantó.Thiago, jadeante, saltó y lo despejó con la cabeza.Lucas tomó el rebote y lo lanzó hacia adelante.Thiago corrió detrás del balón.

Su pierna dolía, pero no importaba.Corrió, libre, solo, con el campo abierto y el tiempo muriendo.El arquero rival retrocedió desesperado.Thiago lo enfrentó, amagó…Y en el último segundo, en vez de definir, pasó el balón a Lucas, que lo acompañaba.

Lucas empujó el balón al arco vacío.3-1.

El pitido final sonó segundos después.

El estadio se vino abajo.El New Manchester había ganado.

Thiago cayó de rodillas, riendo y llorando a la vez.No por el gol, ni por la victoria… sino porque, por primera vez en mucho tiempo, se sintió vivo.

El entrenador se acercó, lo abrazó con fuerza.—Bienvenido de vuelta, Thiago.

El mediapunta levantó la mirada hacia las gradas.Y aunque su madre no estaba allí, la imaginó sonriendo.Sabía que pronto tendría que hablar con ella.Y esta vez, tendría una respuesta.

Porque ya no necesitaba convencerla con palabras.Su fútbol lo había dicho todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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