Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 El eco del triunfo
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24: El eco del triunfo 24: El eco del triunfo La mañana siguiente a la victoria amaneció distinta.
El sol entraba por la ventana de Thiago como si hasta la luz lo felicitara.
El ruido del viento, el olor a tierra húmeda… todo parecía más vivo.
Se quedó unos segundos mirando el techo, con el cuerpo todavía adolorido.
El tobillo le punzaba un poco, recordándole la batalla del día anterior.
Pero esa molestia, en lugar de preocuparlo, lo hacía sonreír.
Era una marca de guerra, una prueba de que había vuelto a sentir lo que tanto había perdido.
En la mesa de su habitación, sobre el escritorio, estaban las zapatillas embarradas del partido.
Thiago las miró un rato largo.
Eran viejas, desgastadas, con los cordones deshilachados.
Pero en ellas se escondía su historia.
Cada raspón, cada mancha de barro, cada costura rota contaba algo que los demás no podían ver.
El celular vibró.
Decenas de mensajes:—“Crack, volviste con todo.”—“Qué golazo hermano.”—“No podía creerlo, te aplaudió hasta el técnico rival.” Entre todos, uno lo dejó quieto.
Era un mensaje de su madre: “Te vi por televisión.
Estoy orgullosa de vos.” No había un “te lo dije”, ni un reproche, ni siquiera una pregunta.
Solo eso.
Y con esas siete palabras, Thiago sintió que algo dentro de él se acomodaba.
Salió de la cama, se vistió con lo primero que encontró y bajó las escaleras.
El aroma a café recién hecho lo recibió.
Su madre estaba en la cocina, con el mate en la mano y el celular al lado.
Cuando lo vio, sonrió apenas.
—Dormiste bien —dijo, sin levantar demasiado la vista.—Sí… —respondió él, indeciso, apoyándose contra la pared.
El silencio que los separaba ya no era tenso, sino cargado de cosas no dichas.
Thiago se acercó despacio.
Ella lo miró por fin, con esos ojos que podían atravesarlo todo.
—Jugaste como cuando eras chico —dijo—.
Con el corazón.
Thiago asintió, con una media sonrisa.—No fue fácil volver.—Lo sé.
Pero volviste.
Y eso es lo que importa.
Él se sentó frente a ella.
Por un momento, todo el ruido del mundo desapareció.
Solo estaban ellos dos, madre e hijo, en esa cocina donde tantas discusiones se habían cocinado junto al café.
—Pensé que no lo ibas a lograr —confesó ella.—Yo también —dijo él, bajando la mirada—.
Pero necesitaba probarme a mí mismo que todavía podía hacerlo.
Ella se levantó, le puso una mano en el hombro.—Thiago, no tenés que probarle nada a nadie.
Ni siquiera a mí.—Tal vez sí —dijo él con una sonrisa cansada—.
Pero ahora… siento que por fin sé por qué juego.
Ella lo miró en silencio, con una mezcla de orgullo y nostalgia.—¿Y por qué jugás, entonces?Thiago la miró directo a los ojos.—Porque cuando juego, me siento vivo.
Hubo una pausa.
Una lágrima contenida, una sonrisa pequeña.
Y por primera vez en mucho tiempo, su madre lo abrazó sin decir nada.
La tarde avanzó tranquila.
Pero el destino, como siempre, tenía otros planes.
El teléfono de Thiago volvió a sonar, esta vez con un número desconocido.
Respondió sin pensar.
—¿Thiago Torres?
—preguntó una voz grave.—Sí, él habla.—Le llamo del Club Atlético Monteverde.
Vimos su partido anoche… y queremos hablar con usted.
El corazón de Thiago se detuvo por un segundo.
La madre lo observó desde la cocina, notando su expresión.
El futuro acababa de tocarle la puerta.
Y traía consigo una decisión que podría cambiarlo todo.
—¿Perdón?
—preguntó Thiago, aún sin creer lo que había escuchado.—Soy el coordinador deportivo del Monteverde —repitió la voz al otro lado de la línea—.
Queremos que vengas a una prueba el próximo fin de semana.
Nos interesó tu desempeño en el último partido.
Thiago se quedó mudo.El Monteverde no era cualquier equipo.
Era uno de los clubes más importantes del país, con divisiones juveniles que alimentaban a la selección.Un lugar donde solo los mejores llegaban.
—¿Estás seguro de que…?
—balbuceó él.—Completamente.
Te vimos jugar con determinación.
No solo técnica, sino garra.
Esa actitud que no se enseña.
Thiago apenas pudo responder.—Entiendo… sí, claro, me encantaría.—Perfecto.
Te enviaremos los detalles por correo.
Que tengas buen día.
La llamada terminó, pero su mente seguía corriendo a mil por hora.Su madre lo miraba desde la mesa, expectante.
—¿Quién era?
—preguntó.Thiago respiró hondo.—El Monteverde.
Me quieren para una prueba.
Ella se quedó quieta, sin decir una palabra al principio.—¿El Monteverde?
—repitió, como si necesitara asegurarse de haber oído bien.Thiago asintió.
Por unos segundos, el silencio llenó la habitación, solo roto por el tictac del reloj.Hasta que ella habló:—Eso… eso es enorme, Thiago.
Él sonrió, aunque la emoción venía mezclada con miedo.—Sí… pero también es un cambio grande.—¿Y qué te dice tu corazón?
—preguntó ella, mirándolo con ternura.
Thiago pensó en su equipo, en sus compañeros, en los entrenamientos bajo la lluvia, en el entrenador que había creído en él cuando nadie más lo hacía.Y también pensó en su sueño de niño, en esas noches mirando partidos por televisión e imaginándose ahí, con una camiseta profesional.
—No lo sé —dijo finalmente—.
Quiero hacerlo… pero no quiero dejar atrás todo lo que me costó llegar hasta acá.
Ella suspiró.—A veces, crecer duele, Thiago.
Pero si esta es tu oportunidad, no la dejes pasar por miedo.Él bajó la mirada.—No es miedo.
Es… respeto.
Por quienes me ayudaron a volver a creer.
Su madre sonrió con orgullo.—Entonces hablales.
Agradeceles.
Y después elegí con el corazón.
Más tarde, Thiago fue al club.El entrenamiento del día siguiente estaba en marcha, y todos lo recibieron con aplausos.Era raro: por primera vez en mucho tiempo, no lo veían como “el chico que se lesionó”, sino como el que había renacido.
El entrenador, un hombre de pocas palabras, se le acercó mientras los demás calentaban.—Arenas —dijo, con su tono serio habitual—.
Supe del Monteverde.
Thiago lo miró sorprendido.—¿Ya se enteró?—En este ambiente, las noticias vuelan —respondió el técnico con una media sonrisa—.
Y quiero que sepas algo: te ganaste esa oportunidad.
—No sé si aceptarla aún —confesó Thiago.—No te voy a decir qué hacer —dijo el entrenador—.
Pero si te vas, hacelo sabiendo que te lo ganaste.
Y si te quedás, seguí creciendo.
Lo importante es que sigas jugando con el mismo fuego.
Thiago sintió que esas palabras pesaban más que cualquier grito de victoria.No era una despedida, pero sonaba como una lección final.
—Gracias, profe —dijo, con voz sincera.—No me des las gracias —respondió el técnico—.
Mostrame en la cancha por qué te quieren fichar.
Y así lo hizo.Durante toda la práctica, Thiago corrió, luchó, dio pases precisos, se esforzó más que nunca.Pero en su interior, un pensamiento no lo dejaba en paz: “¿Y si este es el último entrenamiento con ellos?” Cuando terminó el día, se quedó solo en el vestuario.Los gritos de sus compañeros se apagaban a lo lejos, mientras él miraba su reflejo en el espejo.No era el mismo chico inseguro que había vuelto de una lesión.Era alguien nuevo.Alguien que había aprendido a levantarse.
Pero también sabía que el camino hacia sus sueños exigiría sacrificios.
Cerró su bolso, apagó las luces y salió al campo vacío.El cielo se teñía de naranja.El viento soplaba suave, moviendo las redes de los arcos como si el fútbol mismo respirara.
Thiago sonrió, con el corazón dividido, y murmuró:—No sé a dónde me llevará esto… pero voy a seguir corriendo.
La noche anterior al viaje, Thiago apenas podía dormir.El cuarto estaba oscuro, pero su mente iluminada por los pensamientos que lo mantenían despierto.Las sombras del pasado y las luces del futuro se mezclaban como un partido que aún no terminaba.
Sobre la mesa, descansaba una mochila con lo esencial: sus botines, una muda de ropa, una carta que su madre había dejado en silencio sobre la cama, y una foto vieja donde él aparecía sonriente, sosteniendo un trofeo de un torneo infantil.En la parte de atrás, con letra temblorosa, su madre había escrito: “Nunca dejes que el miedo decida por vos.” La leyó varias veces, como si esas palabras fueran un escudo.
Afuera, el viento golpeaba las ventanas, y cada sonido le recordaba lo lejos que había llegado desde aquel primer día en el que volvió a pisar una cancha con miedo.Había recuperado algo más que su forma: había recuperado su propósito.
Cerró los ojos y pensó en todo lo que había pasado:en el dolor de la lesión,en los entrenamientos en soledad,en las dudas,en el pase mágico que cambió el rumbo,en su madre esperándolo cada noche,en los compañeros que al fin volvieron a confiar.
Y pensó también en lo que vendría.El Monteverde.Una prueba.Una nueva oportunidad para escribir su destino.
Al amanecer, Thiago se levantó temprano.El cielo todavía estaba gris, y el aire frío le mordía la piel.Su madre ya estaba despierta, preparando el desayuno.
—No podías dormir, ¿verdad?
—preguntó ella sin mirarlo, sirviendo el café.—No mucho —respondió él, sonriendo con nervios.
Ella se dio vuelta, lo miró a los ojos y apoyó una mano sobre su hombro.—Thiago… pase lo que pase, estoy orgullosa de vos.
No por lo que logres, sino por no haberte rendido.
Él asintió, con la garganta apretada.—Gracias, má.
Por creer incluso cuando yo no podía.
Ella sonrió, conteniendo las lágrimas.—No lo olvides: cuando estés allá, no juegues para demostrarle nada a nadie.
Juga porque amás hacerlo.
Thiago tomó sus cosas y se acercó a la puerta.Antes de salir, giró una última vez.La casa olía a hogar, a historia, a comienzos humildes.
—Nos vemos pronto —dijo.—Nos vemos pronto, campeón —respondió ella, sin poder disimular el orgullo.
El autobús hacia la ciudad estaba casi vacío.Thiago se sentó junto a la ventana, con los auriculares puestos y la mirada fija en el paisaje que pasaba velozmente.Los campos verdes, las casas, las calles que había recorrido mil veces… todo quedaba atrás, pero algo dentro de él le decía que no se estaba despidiendo, sino avanzando.
Con cada kilómetro, su corazón latía más rápido.La ansiedad lo invadía, pero también una calma extraña:sabía que, por primera vez en mucho tiempo, estaba exactamente donde debía estar.
Miró por la ventana y murmuró, casi en un suspiro:—Vamos por más… Horas después, el autobús se detuvo frente al complejo deportivo del Monteverde.Era imponente.
Canchas perfectas, edificios modernos, jugadores entrenando con camisetas verdes y blancas.Un mundo nuevo.
Bajó con su mochila al hombro y respiró profundo.Podía sentir la presión, pero también la emoción que lo impulsaba hacia adelante.En ese momento, no era el chico lesionado, ni el que todos habían dejado de creer.Era Thiago Arenas: el que volvió.
Un coordinador se le acercó con una sonrisa profesional.—Thiago Arenas, ¿verdad?
Bienvenido al Monteverde.
Te estábamos esperando.
Él asintió.—Gracias.
Estoy listo.
Mientras caminaba hacia las canchas, sintió el eco de sus propios pasos mezclarse con el de los balones rebotando y los gritos de los entrenadores.Todo sonaba como una sinfonía familiar, pero a la vez completamente nueva.
Su aventura apenas comenzaba.
Y, mientras el sol caía sobre las instalaciones, Thiago se detuvo un instante y miró al cielo.No sabía si triunfaría, si fallaría o si la vida lo volvería a poner a prueba.Pero entendía algo que antes no comprendía:que el verdadero juego no estaba solo en ganar o perder, sino en atreverse a seguir jugando.
El viento sopló suave, levantando polvo y promesas en el aire.Y en medio de todo, Thiago sonrió, con el corazón listo para el siguiente paso.
“La historia no termina aquí”, pensó.
“Apenas empieza el segundo tiempo de mi vida.”
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