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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 Monteverde el nuevo comienzo
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25: Monteverde el nuevo comienzo 25: Monteverde el nuevo comienzo El bus se detuvo frente a un portón metálico adornado con el escudo verde y blanco del Club Deportivo Monteverde, un símbolo que para muchos representaba la puerta al fútbol profesional.

Para Thiago, en cambio, era un recordatorio de que los sueños no solo se persiguen: se enfrentan.

Al bajar, el aire tenía un olor distinto.

No era el de su barrio ni el de la cancha de tierra donde había vuelto a jugar.

Era un aire más limpio, más frío, casi cortante, mezclado con el aroma del pasto recién cortado y la humedad del rocío matinal.

Ese olor que solo los verdaderos campos de fútbol tienen.

Un grupo de jóvenes ya se encontraba en el campo principal, trotando y haciendo estiramientos.Camisetas nuevas, zapatillas relucientes, miradas seguras.

Todos se veían fuertes, confiados, con ese brillo en los ojos que solo tienen los que están convencidos de su propio talento.

Thiago tragó saliva, ajustó la correa de su mochila y avanzó hacia la recepción.Una mujer de cabello recogido y expresión firme lo recibió con una carpeta.

—¿Nombre?—Thiago Arenas.—Ah, sí, el mediapunta de pruebas —dijo sin levantar mucho la vista, marcando algo en una lista—.

Vas a quedarte en la residencia juvenil.

Entrenamiento a las 9 en el campo 3.

Que no se te haga tarde.

Aquí tienes tu pase y tu uniforme.

El chico asintió.

Agradeció en voz baja y caminó hacia el edificio de la residencia.

Mientras subía las escaleras, podía sentir cómo la ansiedad le apretaba el pecho.Cada paso que daba era una mezcla de nervios y esperanza.

En su habitación había dos camas.

Una ya estaba ocupada.

En la otra, Thiago dejó su mochila.

Apenas se sentó, escuchó la puerta abrirse.

—¿Vos sos el nuevo?

—preguntó un chico de piel morena, con el cabello trenzado y una sonrisa confiada.—Sí.

Thiago Arenas.—Matías Ramos —respondió el otro, tendiéndole la mano—.

Delantero.

Pero todos me dicen “Tino”.

Thiago le devolvió el saludo.Matías lo miró de arriba abajo, como evaluándolo.—Dicen que venís de una lesión, ¿no?Thiago se quedó quieto un momento antes de responder:—Sí, pero estoy bien.—Más te vale —rió el otro—.

Acá no hay tiempo para fantasmas del pasado.

Si no das el 100, te comen vivo.

El tono no era hostil, pero tenía una honestidad brutal.

Thiago asintió, comprendiendo perfectamente el mensaje.Monteverde no era un lugar para segundas oportunidades.

Era una selva donde sobrevivían los que no dudaban.

El reloj marcaba las 8:55 cuando Thiago llegó al campo 3.El entrenador, un hombre alto de cabello canoso y mirada aguda, ya estaba allí con un grupo de asistentes.Vestía un buzo gris con el logo del club y sostenía una tablet en la mano.Cuando vio a Thiago, su voz resonó con autoridad: —Arenas, justo a tiempo.

Bienvenido al Monteverde.—Gracias, míster.—No me des las gracias todavía.

Acá los agradecimientos se ganan —dijo el hombre sin sonreír—.

Vamos a ver qué tanto querés estar acá.

Los demás jugadores ya lo observaban.

Algunos con curiosidad, otros con desdén.Thiago sintió esas miradas como agujas en la espalda mientras se colocaba el peto de entrenamiento.

—Empezamos con rondos —ordenó el entrenador—.

Quiero ver su toque, su visión, su lectura del juego.

Thiago se ubicó en su grupo.

La pelota empezó a rodar y el ritmo fue implacable.Dos toques máximo.

Pase y movimiento.El balón volaba entre los pies como si tuviera vida propia.Thiago, al principio, tardaba un poco en entrar en sintonía; sus pases eran correctos, pero algo lentos.Hasta que, en una jugada, recibió de espaldas, amagó, giró y filtró el pase justo entre dos defensas, dejando a su compañero solo frente al espacio.

—¡Bien ahí, Arenas!

—gritó el entrenador.Las miradas cambiaron apenas un segundo.

Algunos jugadores alzaron una ceja; otros sonrieron con una mueca que decía “ok, tiene algo”.

Thiago respiró más tranquilo.Había dado su primer paso.

El entrenamiento siguió con ejercicios de posesión, presión alta y transiciones rápidas.Thiago empezó a notar que el ritmo era otro nivel: nadie dudaba, nadie esperaba.Un segundo de indecisión y el balón ya no era tuyo.

A pesar de eso, su instinto empezó a despertar.Su cuerpo, que antes dudaba, ahora reaccionaba casi sin pensar.Empezó a moverse con fluidez, a leer el juego como lo hacía antes de la lesión.Cada toque, cada pase, era un recordatorio de que su visión seguía ahí.

Pero justo cuando comenzaba a sentirse cómodo, el entrenador ordenó un ejercicio de presión intensa.Thiago recibió la pelota y, en un mal control, la perdió ante un defensor corpulento.—¡Vamos, Arenas, eso no es nivel Monteverde!

—tronó el entrenador.

El grito le atravesó el pecho como un disparo.Sintió cómo el aire se volvía más pesado.No respondió.

Solo apretó los dientes y siguió jugando.

A los pocos minutos, la pelota volvió a sus pies.Esta vez, en lugar de apresurarse, levantó la vista y vio la línea de pase perfecta.Un toque suave, un pase filtrado.El balón cruzó la defensa y llegó directo a los pies de Matías “Tino”, su compañero de habitación, que remató sin dudar.

Golazo.

El entrenador apenas levantó una ceja.—Eso fue mejor —dijo con calma—.

Quiero ver más de eso.

Thiago respiró hondo.

No sonrió.Sabía que en ese campo las palabras amables eran escasas.Pero ese simple “mejor” valía más que cualquier aplauso.

Al final del entrenamiento, los jugadores se sentaron en círculo, agotados.El entrenador caminó entre ellos, con las manos en la espalda.

—Escuchen bien.

Este club no está buscando buenos jugadores.

Ya hay muchos de esos.Buscamos mentes que piensen más rápido que el balón.Buscamos corazones que no se rindan ni cuando el cuerpo les diga basta.Si creen que eso no es para ustedes, pueden irse ahora.

Nadie se movió.El silencio era absoluto.

Thiago levantó la cabeza y, por un momento, el sol reflejó en su rostro el brillo de quien empieza a creer nuevamente.Sabía que no sería fácil.Sabía que aún no era suficiente.Pero estaba exactamente donde quería estar.

La tarde cayó sobre Monteverde como una manta tibia, dorando los edificios de la residencia juvenil.

Después del entrenamiento, el cansancio era tan pesado que incluso el silencio tenía sonido.

Thiago caminaba con el uniforme empapado, los botines colgando de la mano y la mente repleta de pensamientos.

Matías lo alcanzó al salir del campo.—Nada mal para tu primer día —dijo con una sonrisa ladeada.Thiago lo miró con una mezcla de alivio y modestia.

—Casi me mata el míster con ese grito.—Eso significa que te vio potencial —respondió el delantero—.

Si no gritara, estarías perdido.

Rieron brevemente.

El humor de Matías era contagioso, de esos que rompen el hielo sin esfuerzo.Pero detrás de esa sonrisa confiada había una energía competitiva, casi feroz.

Se notaba en cómo se movía, cómo hablaba, cómo miraba al campo, incluso cuando ya no estaban entrenando.

Caminaron juntos hacia la residencia, atravesando el pasillo de murales con fotos de antiguos jugadores que habían llegado al profesionalismo.Era como pasar frente a un espejo del futuro.Un futuro que Thiago no sabía si estaba a su alcance, pero que ahora se negaba a dejar escapar.

En la cena, el comedor rebosaba de conversaciones, risas y bromas.

Los jugadores de Monteverde formaban una especie de ecosistema con jerarquías invisibles.En una esquina estaban los veteranos: muchachos que llevaban más de dos años en la cantera y se sabían el peso de sus nombres.En otra, los nuevos: callados, observando, tratando de no romper las reglas no escritas del grupo.

Thiago se sentó junto a Matías y un par de chicos más: Aldo, un lateral zurdo de carácter alegre, y Nico, un mediocentro defensivo que parecía tener siempre el ceño fruncido.

—Entonces, Thiago —dijo Aldo mientras cortaba el pan—, ¿de dónde venís exactamente?—De Las Torres —respondió el mediapunta, levantando la mirada.—¿Las Torres?

—repitió Nico, alzando una ceja—.

Pensé que ahí solo salían boxeadores o mecánicos, no futbolistas.—Bueno —dijo Thiago con una media sonrisa—, supongo que soy la excepción.

Aldo se rió.

Nico no.

Pero Matías intervino con tono neutral.—Dejálo, Nico.

Hoy lo vi jugar.

Tiene buen pie.

Si se acomoda, puede servirnos.

La conversación continuó entre risas y comentarios sobre el entrenamiento.Sin embargo, desde la mesa de los veteranos, Thiago sintió algunas miradas pesadas.

Una en particular: la de Vega, el capitán del equipo juvenil, un mediocentro alto y fornido que había sido parte de la selección sub-20 el año anterior.Vega no apartó la vista hasta que Thiago lo miró de vuelta.

Entonces sonrió con una mueca apenas perceptible, como si dijera “Bienvenido a mi territorio.” Esa noche, mientras se acomodaba en su cama, Thiago repasó mentalmente el día.El entrenamiento, las miradas, los gestos, las palabras del entrenador.Todo era más duro, más serio, más competitivo que cualquier cosa que había vivido antes.Pero algo dentro de él se encendía con cada desafío.

Matías, acostado en la cama de al lado, hablaba mientras miraba el techo.—Mañana hay práctica de tiros y posesión.

A los nuevos siempre los ponen a prueba.—¿Y qué pasa si fallamos?

—preguntó Thiago, ya sabiendo la respuesta.—Depende —respondió Matías, con media sonrisa—.

Algunos se van al banco… otros ni vuelven a entrenar.

Un silencio denso los envolvió.Luego Matías agregó, con voz más seria:—No te asustes.

Si jugás como hoy, vas a estar bien.

Pero no te confíes.

Acá los que se relajan, desaparecen.

Thiago asintió sin responder.Cuando la luz del cuarto se apagó, se quedó mirando la oscuridad.No podía dormir.Su mente revivía cada jugada, cada pase, cada palabra de su madre pidiéndole que no se hiciera daño otra vez.Y sin embargo, el pensamiento que lo mantenía despierto era otro:”Esta vez no pienso fallar.” A la mañana siguiente, el sol se asomaba entre las nubes cuando el silbato del entrenador los llamó al campo.Los ejercicios fueron más intensos que el día anterior: rondos con presión doble, pases en movimiento, definición al primer toque.Thiago sentía los músculos arder, pero también su mente afilarse.

En una jugada de posesión reducida, Matías recibió la pelota con marca encima y, sin mirar, la soltó hacia atrás.Thiago, que había anticipado el movimiento, ya estaba corriendo hacia el espacio libre.El balón llegó a su pie como si hubieran ensayado la jugada mil veces.Un toque, amague, cambio de dirección y pase filtrado.Matías lo entendió al instante, giró y remató al segundo palo.

Gol.

El grito espontáneo de algunos compañeros rompió el ritmo del entrenamiento.—¡Buena dupla, Arenas y Tino!

—se escuchó al fondo.Incluso el entrenador levantó la mirada de su tablet.

—Eso —dijo seco—, eso es lo que quiero.Un pase que rompe líneas, una conexión que crea peligro real.Si siguen así, van a darme razones para ponerlos juntos.

Thiago intercambió una mirada con Matías.

No hizo falta hablar.

Ambos entendieron que algo especial empezaba a formarse entre ellos.

Pero no todos estaban contentos.Durante el descanso, Vega se acercó con un grupo de los veteranos.—Buen pase, Arenas —dijo con tono neutral, pero los ojos fríos—.

Aunque no sé si fue suerte o talento.Thiago respondió con calma:—Supongo que el tiempo dirá.—Oh, claro —Vega sonrió sin humor—.

Mientras tanto, intentá no lesionarte otra vez.

El silencio que siguió fue incómodo.Matías dio un paso adelante, molesto.—Eh, tranquilo, capitán.

No estás hablando con un rival.Vega lo miró sin inmutarse.

—Yo hablo con quien quiero, Ramos.

Vos ocupate de meter goles, que para eso estás.

El entrenador silbó desde lejos, rompiendo el momento.Pero la tensión quedó flotando en el aire, invisible y pesada.Thiago había sido marcado.

Más tarde, en el vestuario, mientras se duchaban, Matías habló con tono serio.—No le des bola a Vega.

Tiene miedo de perder su puesto.

Sos mediapunta, él también.

Es obvio que no le caés bien.—No quiero problemas —dijo Thiago, secándose el cabello—.

Solo quiero jugar.—Eso decimos todos al principio —respondió Matías con una media risa—.

Pero acá, si no marcás tu lugar, te pisan.

Thiago no respondió.

Sabía que Matías tenía razón, pero odiaba la idea de tener que demostrar su valor a base de enfrentamientos.Él quería ganarse su lugar con fútbol, no con palabras.

Esa tarde, durante la charla técnica, el entrenador repasó las estadísticas del entrenamiento.En la pantalla aparecieron los nombres con los índices de precisión, pases y efectividad.El de Thiago estaba entre los cinco mejores.El de Vega, apenas dos lugares más arriba.

El entrenador lo notó.—Arenas —dijo, sin levantar mucho la voz—.

Mañana probamos con vos y Ramos en el once titular del equipo B.

Quiero ver si lo que mostraron hoy se repite en partido.

Vega frunció el ceño desde su asiento.Thiago sintió un escalofrío.Era la oportunidad que había esperado… pero también la chispa que podía encender una rivalidad peligrosa.

Esa noche, cuando todos dormían, Thiago se levantó de la cama y fue a mirar el campo desde la ventana del pasillo.Las luces del estadio menor seguían encendidas, proyectando sombras largas sobre el pasto.Se imaginó allí, jugando, demostrando que no era un chico roto.Que aún podía escribir su propia historia.

Matías apareció detrás, medio dormido, apoyándose contra la pared.—¿No podés dormir?—No mucho —respondió Thiago, sin apartar la vista del campo.—Te entiendo.

Yo tampoco.

Mañana empieza lo bueno.—Sí… —Thiago respiró hondo—.

Mañana empieza todo.

El silencio volvió a llenar el pasillo.Pero esta vez no era un silencio de miedo, sino de propósito.Como si ambos supieran, sin decirlo, que el día siguiente marcaría el comienzo de una nueva etapa.Una etapa donde no bastaba con jugar bien: había que sobrevivir.

El amanecer trajo consigo una brisa fría que cortaba la piel, pero también el sonido inconfundible de los balones rebotando sobre el césped húmedo.El entrenador había citado a los jugadores del equipo B antes del resto.Era día de partido interno, y aunque no estaba en juego ningún trofeo, todos sabían que ese encuentro podía definir el futuro inmediato de más de uno.

Thiago se ató los botines en silencio, con la mirada fija en el piso.Matías, sentado a su lado, rebotaba una pelota contra la pared.—Tranquilo —dijo sin mirarlo—.

No hay nada que demostrar.

Solo jugá como sabés.Thiago respiró hondo.

—Eso es lo que me da miedo.

Que no alcance.Matías soltó una leve risa.

—Si jugás como ayer, va a sobrarte.

El entrenador entró al vestuario con su carpeta y una tablet.—Escuchen —dijo, en tono firme—.

Hoy quiero ver actitud, lectura del juego y conexión entre líneas.

No quiero héroes ni individualidades absurdas.

Quiero fútbol real.

La alineación apareció en la pantalla del proyector.Equipo Azul: Thiago, Matías, Aldo, Nico, y los más jóvenes.Equipo Rojo: Vega y los veteranos.

El murmullo se extendió por la sala.

Era obvio que el entrenador quería ver ese choque.Quería medir fuego con fuego.

El pitido inicial resonó bajo un cielo plomizo.El campo de Monteverde, impecable, brillaba con gotas de rocío.Thiago sintió cómo el corazón le latía en las sienes mientras la pelota empezaba a rodar.

Desde el comienzo, el ritmo fue intenso.

Vega, en el mediocampo del equipo rojo, impuso su físico y su voz.—¡Presionen arriba!

¡No los dejen respirar!

—gritaba.

El equipo azul intentaba mantener la calma, tocando corto, buscando espacios.Thiago se movía entre líneas, girando rápido, cambiando de orientación.El balón pasaba por sus pies una y otra vez, y con cada toque parecía recuperar confianza.

A los diez minutos, llegó la primera oportunidad clara.Matías recibió en la banda, enganchó hacia el centro y filtró un pase perfecto al espacio.Thiago lo anticipó, controló de zurda y remató cruzado.El balón rozó el poste.Un “¡uuuh!” colectivo se escuchó desde el banquillo.

—Casi, pibe —le gritó el preparador físico desde afuera—.

Seguí así.

El juego se volvió más físico.

Vega empezó a marcarlo con dureza.Cada vez que Thiago recibía, sentía el cuerpo del capitán encima, empujando, chocando, probando su resistencia.En una jugada, Vega lo derribó con el hombro y el árbitro no pitó nada.Thiago se levantó rápido, mordiéndose el labio.—¿Así jugamos?

—preguntó entre dientes.Vega sonrió sin disimulo.

—Bienvenido al fútbol real, chico de cristal.

Pero esa frase no lo desanimó.

Lo encendió.A partir de ese momento, algo cambió en su mirada.El miedo se convirtió en desafío.El temblor, en determinación.

A los veinte minutos, el equipo azul armó una secuencia digna de manual.Thiago recibió de espaldas, tocó corto con Nico, se desmarcó y volvió a recibir en carrera.Dos toques después, la pelota ya estaba en los pies de Matías.Un pase en profundidad, un movimiento en diagonal, y Thiago quedó mano a mano.Esta vez no dudó.Amagó a un lado, arrastró al arquero y definió suave al segundo palo.

Gol.

El campo estalló con aplausos.Incluso algunos suplentes del equipo rojo no pudieron evitar sonreír.Thiago levantó los brazos, sin gritar.

Solo respiró.Por dentro, sentía que acababa de recuperar una parte de sí mismo.

Matías corrió hacia él y lo abrazó.—¿Viste?

Te lo dije —susurró entre risas—.

Solo jugá.

Lo demás llega solo.

Vega, furioso, pidió el balón en la siguiente jugada y empezó a empujar al equipo rojo hacia adelante.Era un capitán de verdad: fuerte, técnico, y con un ego tan grande como su talento.Y aunque Thiago lo sabía, no retrocedió.

A los treinta minutos, Vega filtró un pase perfecto que dejó a su delantero solo frente al arco.Empate.El entrenador, desde el costado, asentía.

Quería ver ese equilibrio de fuerzas.

La primera parte terminó 1-1, con los dos protagonistas siendo el centro de todo.Mientras tomaban agua en el descanso, Vega se acercó.—Buen gol, Arenas.

Pero esto no termina acá.Thiago lo miró fijo.

—No esperaba que terminara.

El segundo tiempo empezó con más intensidad aún.El entrenador había ordenado presión alta para ambos equipos.El balón volaba de un lado a otro como una chispa en una tormenta.

En una jugada rápida, Thiago robó la pelota en el medio y salió en carrera.Tres toques, un túnel, y un pase largo a Matías, que picó al espacio.Matías controló, amagó y definió cruzado: 2-1 para los azules.

El abrazo fue instantáneo.

La dupla ya tenía nombre entre los compañeros: “Arenas y Tino”, el nuevo eje ofensivo del Monteverde juvenil.

Pero Vega no iba a dejar que el partido se escapara así.Con una rabia controlada, tomó el balón y empezó a distribuirlo con precisión quirúrgica.En una jugada de tiro libre, la colocó justo en el ángulo.2-2.El grito del capitán resonó en todo el complejo.Era su manera de recordar quién mandaba.

Los minutos finales fueron una guerra táctica.Cansancio, adrenalina, orgullo.Cada pase era una batalla.Cada recuperación, un respiro.

Thiago estaba exhausto, pero su mente seguía clara.A falta de cinco minutos, recibió la pelota cerca del círculo central.Nadie se atrevió a presionarlo enseguida.Giró, levantó la cabeza y vio a Matías corriendo hacia el área.El pase salió como una bala, con una curva perfecta que dejó atrás a toda la defensa.Matías la mató con el pecho y definió al primer toque.

Gol.

3-2.

El silencio duró apenas un segundo antes de que el banco de los azules explotara.El entrenador levantó una ceja, sin sonreír, pero todos vieron que estaba impresionado.

Cuando el árbitro pitó el final, Thiago cayó al césped de rodillas, jadeando.Matías se dejó caer a su lado.—Nos van a subir al equipo A —dijo entre risas, agotado.Thiago no contestó.

Solo miró al cielo, con una mezcla de alivio y orgullo.

Vega pasó caminando cerca.

Lo miró sin decir nada.Por un instante, ambos se quedaron frente a frente.Finalmente, el capitán extendió la mano.—Buen partido.Thiago dudó un segundo, pero la estrechó.—Gracias.

No era una rendición.

Era un reconocimiento.Uno de esos gestos que, en el fútbol, significan más que mil palabras.

En el vestuario, el ambiente era diferente.El entrenador entró, revisó sus notas y habló con voz calmada.—Hoy vi carácter.

Vi errores, sí, pero también vi compromiso.

Arenas, Ramos… sigan así.

Si mantienen este nivel, pronto tendrán una oportunidad real.

Thiago sintió un nudo en el pecho.No era solo un elogio.Era una promesa.

Esa noche, en la habitación, Matías no paraba de sonreír.—¿Te das cuenta de lo que hicimos?

—preguntó mientras se lanzaba sobre la cama.—Ganamos un amistoso —respondió Thiago, aunque su tono no convencía a nadie.—Ganamos respeto, hermano.

Que es mucho más difícil.

Thiago sonrió, mirando al techo.Pensó en todo lo que había pasado: su lesión, las dudas, los miedos, la llegada a Monteverde.Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que la historia empezaba a escribirse a su favor.

Mientras apagaban la luz, Matías murmuró desde su cama:—¿Sabés qué es lo mejor?—¿Qué?—Que esto recién empieza.

Thiago cerró los ojos, sonriendo.Sí, recién empezaba.Y esta vez, no pensaba detenerse por nada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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