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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 Ecos del reconocimiento
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26: Ecos del reconocimiento 26: Ecos del reconocimiento El sol se filtraba entre los árboles que rodeaban el complejo deportivo de Monteverde, tiñendo de dorado las porterías vacías.

A esa hora, el campo aún olía a rocío y tierra húmeda, un perfume que para Thiago se había vuelto adictivo.

Eran las siete y media de la mañana, y ya estaba ahí, con los botines puestos, moviendo el balón de un lado a otro en silencio.

Cada toque, cada control, cada respiración tenía un propósito.

Sentía que el reloj corría, y no podía permitirse quedarse quieto.

La charla del entrenador después del partido interno seguía dando vueltas en su cabeza: “Si mantienen este nivel, pronto tendrán una oportunidad real.” Esas palabras se habían quedado grabadas como un eco persistente, acompañándolo incluso en sus sueños.

Matías llegó unos minutos después, bostezando y con el cabello despeinado.—No sé cómo hacés —murmuró, tirando su mochila al costado—.

El entrenamiento es en una hora.

Thiago sonrió sin dejar de tocar la pelota.

—Justamente por eso.—Estás loco —dijo Matías, pero acabó sumándose—.

Un loco que juega bien, eso sí.

Ambos empezaron una rutina improvisada de pases y movimientos cortos.

El silencio solo era roto por el sonido rítmico del balón rebotando en el césped.

Era casi una coreografía: precisión, control y confianza.

Una danza que hablaba de paciencia y disciplina.

Con el pasar de los días, el rumor se esparció por todo el complejo: el equipo juvenil B estaba rindiendo por encima del promedio.

Los entrenadores del equipo principal comenzaron a acercarse, observando algunos entrenamientos desde la distancia.

Sus miradas atentas seguían especialmente a dos jugadores: Thiago Arenas y Matías Ramos.

El primer día que notó a los observadores, Thiago sintió el estómago encogerse.

Eran tres hombres con chaquetas negras y carpetas en mano, de pie junto al entrenador principal.

Conversaban poco, pero miraban mucho.

Cada pase mal dado parecía multiplicar su peso.

—Relajate —le susurró Matías entre jugada y jugada—.

Si te ven nervioso, es peor.

Thiago respiró hondo y asintió.

En su mente, recordó las palabras de su madre aquella noche: “No quiero que te hagas daño otra vez.

”Y pensó en lo que le respondió:“ No quiero vivir con la duda de qué hubiera pasado si lo intentaba una vez más.” Ese pensamiento lo sostuvo.

Y con él, volvió a soltarse.

Durante uno de los entrenamientos, el entrenador del equipo B organizó un ejercicio de posesión en espacio reducido.

El objetivo era mantener la pelota circulando sin perderla bajo presión.

Thiago, en el centro, giraba como un reloj de precisión, siempre en el momento justo, siempre con un pase limpio.

Uno de los observadores murmuró algo al entrenador principal, que asintió sin dejar de mirar.

Los ojos de Thiago lo notaron, y sin querer, su corazón dio un pequeño salto.

En la siguiente jugada, Vega lo presionó fuerte.

El capitán del equipo A, que había sido descendido momentáneamente por una falta disciplinaria, no iba a dejar que el “nuevo chico brillante” le robara el protagonismo.—A ver si sos tan bueno como dicen —dijo entre dientes.

Thiago no respondió.

Giró con la pelota, la protegió con el cuerpo y, con un toque rápido, lo dejó atrás.

El campo entero exhaló un “oh” contenido.

El balón siguió su curso, y la jugada terminó en gol.

El entrenador silbó para detener el ejercicio.—¡Bien hecho, Arenas!

—gritó—.

Así se juega con criterio.

Vega apretó la mandíbula, furioso.

Matías se acercó y palmeó el hombro de Thiago.

—Estás haciendo ruido, hermano.—Eso me preocupa —respondió él, sin sonreír—.

El ruido atrae miradas, y las miradas traen presión.

Matías se rió.

—También traen oportunidades.

No te olvides de eso.

Más tarde, en el vestuario, el ambiente era una mezcla de admiración y recelo.

Algunos jugadores se acercaban para felicitar a Thiago, otros se limitaban a observarlo en silencio.

La competencia era silenciosa, pero real.

En los equipos juveniles, todos sueñan con lo mismo: debutar con el primer equipo.

Y cuando alguien se acerca demasiado a esa meta, el aire se vuelve más denso.

Mientras se cambiaba, Thiago escuchó una conversación entre dos compañeros:—Dicen que los del primer equipo preguntaron por él.—¿Arenas?

¿El del pase a Matías?—Sí.

Parece que quieren verlo más seguido.—Tsk… típico.

Un gol bonito y ya todos se olvidan del resto.

No dijo nada.

No lo necesitaba.

Sabía que el reconocimiento también traía sombras, y que no todos estarían felices con su avance.

Esa tarde, al salir del complejo, el entrenador lo alcanzó antes de que cruzara la puerta.—Arenas —lo llamó—.

Mañana vas a entrenar con el primer equipo.

Thiago se quedó congelado.—¿Qué…?

¿De verdad?

El entrenador asintió, serio.

—Tómatelo como una evaluación.

No es un ascenso todavía.

Quiero ver si podés mantener la cabeza fría entre los grandes.

Thiago tragó saliva.—Sí, señor.

No lo voy a decepcionar.

El entrenador lo miró unos segundos más y sonrió apenas.—Ya lo veremos.

Y Arenas…

—hizo una pausa—.

No busques impresionar.

Solo jugá.

Cuando salió a la calle, el aire fresco golpeó su rostro.

El sol ya caía detrás de los árboles, tiñendo todo de naranja y cobre.

Caminó despacio hacia la parada del autobús, sintiendo cómo el corazón le latía más rápido de lo normal.

No podía evitar imaginarlo: el entrenamiento con los profesionales, los jugadores que había admirado desde niño, el campo donde todo era más rápido, más exigente, más real.

Sacó su teléfono, dudó un segundo y finalmente escribió un mensaje a su madre: “Mamá, mañana entreno con el primer equipo.” El mensaje quedó en visto por unos segundos que parecieron eternos.

Luego apareció la respuesta: “Hijo… estoy orgullosa.

Pero por favor, cuídate.” Thiago sonrió.

Su madre no necesitaba decir más.

Ella entendía.

Y él también.

La noche lo envolvió mientras el autobús se acercaba.

El reflejo en la ventana mostraba un rostro más decidido, más maduro.

El rostro de alguien que, al fin, estaba empezando a escribir su propio destino.

El amanecer apenas despuntaba cuando Thiago llegó al complejo principal.El aire era distinto.

Más frío, más denso.Cada rincón del lugar imponía respeto: los campos perfectamente cortados, los vestuarios con nombres grabados, las paredes cubiertas con fotos de ídolos del club levantando trofeos.

“Un día quiero estar ahí”, pensó.Pero enseguida sintió el vértigo de esa idea.Un sueño puede ser inspirador… o puede asustar cuando se vuelve demasiado real.

El asistente técnico lo recibió en la entrada del vestuario.—Arenas, ¿no?

—dijo revisando una planilla—.

Estás con el grupo A.

El míster quiere verte moverte.Thiago asintió con un nudo en el estómago.Al entrar, el murmullo del vestuario lo envolvió.

Había risas, bromas, música en los parlantes.Y, sin embargo, cuando varios jugadores lo vieron, el ambiente cambió apenas.Una mezcla de curiosidad y desinterés, típica de los que ya llevan tiempo en la cima.

Uno de los veteranos, un mediocampista corpulento con tatuajes en los brazos, lo saludó con una sonrisa ladeada.—¿Y este quién es?

¿El nuevo Messi?Algunos se rieron.Thiago sonrió con nerviosismo, sin saber qué responder.Otro jugador intervino:—Es del equipo juvenil.

Dicen que tiene buena visión de juego.—Ver el juego es fácil —replicó el veterano—.

Lo difícil es sobrevivir en él.

Las palabras le pesaron más de lo que quería admitir.Respiró hondo.

No podía permitirse perder la calma.Recordó el consejo del entrenador: “No busques impresionar, solo jugá.” El entrenamiento comenzó con ejercicios de posesión en espacios reducidos.El ritmo era una locura: toques rápidos, presión constante, sin margen de error.Cada pase debía ser perfecto o la pelota se perdía al instante.Thiago, acostumbrado al ritmo del equipo juvenil, se sintió abrumado los primeros minutos.Los jugadores del primer equipo se movían con una precisión que rozaba la brutalidad.No había dudas, ni pausas.Era como si el fútbol aquí hablara otro idioma.

—¡Más rápido, pibe!

—gritó el asistente cuando perdió un balón—.

¡Esto no es la escuela!

Thiago apretó los dientes y siguió.No era orgullo lo que lo sostenía, era promesa.Cada toque que daba llevaba el peso de sus noches entrenando bajo la lluvia, de los días que su madre dudaba, de las lágrimas que escondió cuando creyó que nunca volvería a jugar.

La segunda ronda empezó.Thiago respiró hondo, bajó el centro de gravedad y empezó a pensar más rápido.Anticipó un pase, interceptó el balón y lo soltó con un giro limpio hacia el lateral.Un toque.

Dos.Los veteranos lo miraron con algo distinto ahora: respeto silencioso.

Después del ejercicio, el técnico principal, un hombre de voz grave y mirada profunda, se acercó al grupo.—Bien, eso estuvo mejor.

Arenas, ¿verdad?

—preguntó, mirándolo.—Sí, señor.—Buen control bajo presión.

Pero… todavía estás un segundo atrás de la jugada.

En este nivel, un segundo es una eternidad.Thiago asintió, serio.

—Lo sé.

Trabajaré en eso.El técnico lo observó un instante más, y luego sonrió levemente.

—Eso espero.

Tienes algo que no se enseña: calma.

No la pierdas.

Las palabras lo acompañaron todo el resto del entrenamiento como un fuego encendido en el pecho.Por primera vez en mucho tiempo, no sentía que estuviera corriendo detrás de su pasado, sino hacia su futuro.

Durante la práctica de definición, uno de los delanteros estrella, Lucas Ferreyra, lo incluyó en su equipo.Ferreyra era una leyenda viva del club: 30 años, ídolo de la hinchada, campeón nacional tres veces.Pero también era conocido por su carácter difícil.—Movete cerca de mí, pibe —le dijo, sin mirarlo—.

Si te veo bien posicionado, te la doy.

Si no, desaparecés.

El ejercicio empezó con intensidad.Thiago se mantuvo atento, moviéndose en el espacio justo, buscando líneas de pase.Ferreyra recibió un balón, atrajo a tres defensas y, en un instante, Thiago se desmarcó.El pase vino raso y fuerte.Thiago lo controló de primera y, sin pensarlo, devolvió la pared con la punta del botín.Ferreyra la tomó y definió al ángulo.

Golazo.

El silencio fue inmediato.Luego, Ferreyra soltó una pequeña risa y levantó la mano.—Bien, chico.

Así se juega con cabeza.

Fue solo un gesto, pero para Thiago significó todo.Era la primera vez desde su lesión que alguien de ese nivel reconocía su talento sin condescendencia.

Al final del entrenamiento, cuando todos se retiraban, el técnico se acercó de nuevo.—Buen trabajo, Arenas.

No te ilusiones todavía.

Vas a seguir entrenando con nosotros esta semana.—Gracias, míster.

No lo voy a desaprovechar.—Eso espero.

Y no olvides… el fútbol profesional no se trata solo de talento.

Es resistencia.

Thiago asintió, consciente de cada palabra.Cuando salió del campo, el sol ya estaba alto y el sudor le caía por la frente, pero dentro de él sentía algo distinto.No era cansancio, era propósito.

Mientras caminaba hacia la salida, escuchó su nombre.Era Ferreyra, con una botella de agua en la mano.—Arenas —dijo—, no sé si vas a quedarte, pero si lo hacés, recordá algo: acá nadie te regala nada.—Lo sé.

—Thiago sonrió, sincero—.

Por eso estoy acá.

Ferreyra lo miró por un segundo más y luego asintió.—Nos vemos mañana, pibe.

Thiago siguió caminando, con el corazón latiendo como un tambor.El sueño ya no parecía una fantasía lejana.Ahora tenía forma, tenía voz, tenía olor a césped y sudor.Y, sobre todo, tenía una promesa: seguir adelante sin miedo.

El camino de regreso a casa se sintió diferente.El mismo autobús, las mismas calles, el mismo ruido de ciudad… pero nada era igual.Thiago miraba por la ventana con los auriculares puestos, pero no escuchaba realmente la música.En su cabeza, las jugadas del entrenamiento se repetían una y otra vez, como si su mente no quisiera dejarlo descansar.Cada pase, cada mirada, cada palabra del técnico.Y sobre todo, esa sensación: había dado un paso que no todos alcanzan.

Al bajar del autobús, el sol comenzaba a esconderse entre los edificios.El barrio, con su mezcla de rutina y vida sencilla, lo recibió como siempre.Los niños jugando al fútbol en la vereda, las madres conversando en la puerta, el olor a pan recién hecho.Y en medio de todo eso, su madre esperándolo en la puerta del edificio, con el delantal todavía puesto.

—¿Cómo te fue, hijo?

—preguntó, ansiosa pero con una sonrisa que intentaba ser contenida.Thiago sonrió apenas, cansado pero feliz.—Bien, má.

Entrené con el primer equipo.Ella parpadeó, sorprendida, como si no hubiera terminado de procesar lo que escuchaba.—¿Con el primer equipo?

¿De verdad?—Sí.

El técnico dijo que me quiere ver toda la semana.Hubo un segundo de silencio.

Luego su madre lo abrazó con fuerza, como si temiera que todo eso desapareciera si lo soltaba.

—Sabía que ibas a lograrlo —susurró contra su hombro—.

Todo el sacrificio valió la pena, Thiaguito.Él no respondió.

Solo la abrazó más fuerte.

Porque sabía que todavía no había “logrado” nada… apenas estaba empezando.

Esa noche, la habitación de Thiago se sintió más pequeña que nunca.Sobre el escritorio, el cuaderno donde anotaba rutinas de entrenamiento y tácticas tenía nuevas páginas llenas de observaciones del día.“Velocidad mental.

Presión constante.

Primer toque firme.

Calma.”Era su forma de procesar todo.

De no dejar que el vértigo lo superara.

Pero en medio de ese silencio, sonó su teléfono.Era Mateo, su compañero y mejor amigo del equipo juvenil.

—¡Hermano!

¡No me digas que entrenaste con los grandes!

—gritó apenas Thiago atendió.Thiago se rió.

—Sí, bro.

Fue una locura.—¡No lo puedo creer!

El míster nos lo dijo en la práctica.

Todo el plantel está hablando de eso.—¿Y Vega?

—preguntó Thiago, casi sin querer.

Hubo un silencio corto del otro lado.—Vega no dijo mucho —respondió finalmente Mateo—.

Pero se notaba molesto.—Lo imaginaba.—Dejalo, Thiago.

Vos hacé lo tuyo.

Si el míster te subió, es por algo.Thiago suspiró.

—No sé si estoy listo, pero voy a intentarlo.—Eso ya es estar listo, hermano.

Cortaron después de unos minutos, pero la conversación dejó una sombra en el aire.Vega…Su rival silencioso, el otro talento del juvenil.Siempre había habido respeto entre ellos, pero también una competencia feroz.Y ahora, por primera vez, Thiago estaba un paso adelante.Eso podía cambiarlo todo.

Al día siguiente, en el entrenamiento del juvenil, la tensión se podía cortar con un cuchillo.Todos lo felicitaban, lo miraban con admiración o envidia, pero había algo diferente en las miradas.Thiago se sintió fuera de lugar, como si ya no perteneciera del todo ahí.

El entrenador del juvenil, el viejo Ramiro Sosa, lo llamó aparte.—Arenas —dijo con su tono pausado—.

Me alegra verte con esa sonrisa.

Pero escuchame bien…Thiago lo miró, atento.—Allá arriba no hay amigos.

Hay competencia.

Y lo que te trajo hasta acá no te va a servir allá.

Tenés que ser más fuerte, más rápido, más inteligente.—Lo sé, profe.—Lo dudo —replicó con una media sonrisa—.

Pero lo vas a aprender.Le dio una palmada en el hombro y lo dejó ir.

Esa frase quedó resonando en su cabeza:”Lo que te trajo hasta acá no te va a servir allá.” Esa tarde, Thiago volvió al campo de entrenamiento del primer equipo.El ambiente era distinto.Ya no era el chico nuevo del primer día: ahora todos sabían quién era.Algunos lo saludaban con cordialidad, otros con frialdad.Ferreyra, el delantero estrella, le dio un leve gesto de aprobación.Pero el asistente técnico fue directo:—Arenas, hoy no venís a mirar.

Venís a demostrar.

El entrenamiento fue intenso.Thiago jugó como si su vida dependiera de cada toque.Cometió errores, sí, pero también se atrevió a arriesgar más.Regates rápidos, cambios de orientación, pases entre líneas…Y en un momento clave, interceptó una pelota en mitad de cancha y lanzó un pase largo que rompió la defensa.Ferreyra la tomó y definió.Otro gol.

El técnico silbó para detener la jugada y miró a Thiago.—Eso fue lo que quería ver.

Seguí así.

El corazón de Thiago latía con fuerza.Por primera vez, sintió que podía pertenecer allí.Que no era solo un chico con un sueño, sino alguien capaz de hacerlo realidad.

Cuando terminó el entrenamiento, mientras los demás se dirigían al vestuario, Thiago se quedó unos minutos más.El campo vacío tenía un silencio sagrado.Miró al cielo, respiró hondo, y sonrió.“Gracias”, murmuró, sin saber muy bien a quién.A su madre, a su abuelo, a la vida, al fútbol mismo.

El sol caía detrás del estadio, tiñendo el cielo de naranja y dorado.Era un atardecer como cualquier otro, pero para él, significaba algo enorme:el fin de una etapa y el comienzo de otra.

Sabía que lo difícil recién empezaba.Sabía que los errores serían observados, que los ojos del club estarían sobre él, que Vega no iba a quedarse quieto.Pero también sabía algo más importante:Ya no tenía miedo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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