Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 Entre dos mundos diferentes
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27: Entre dos mundos diferentes 27: Entre dos mundos diferentes El amanecer llegó antes que el sueño.
Thiago se giró en la cama, mirando el techo, incapaz de calmar la mente.
Desde que se había unido a los entrenamientos del primer equipo, las noches se habían vuelto más cortas y los días, más pesados.
El cansancio físico se mezclaba con la emoción y el miedo; esa mezcla que solo conocen quienes están a punto de alcanzar algo importante.
El despertador sonó, pero él ya estaba despierto.
Se levantó, se vistió en silencio y bajó a desayunar.
Su madre lo esperaba con un plato de avena y una sonrisa cansada.—Tenés cara de no haber dormido nada —dijo ella, mientras le servía jugo de naranja.—Estuve repasando los movimientos del entrenamiento.—Thiago, no sos un robot.
También necesitás descansar.
Él asintió, pero sus pensamientos ya estaban en el campo.
No podía evitarlo.
No ahora que cada sesión era una prueba, cada toque una evaluación.
El club parecía distinto cuando uno lo veía desde adentro.
Los pasillos del estadio tenían un silencio solemne, como si guardaran historias que solo los verdaderos jugadores podían escuchar.
Thiago caminó hacia el vestuario, sintiendo el peso del escudo en cada paso.
Al entrar, el ambiente era más tenso que en los días anteriores.
El capitán, Ferreyra, conversaba en voz baja con dos jugadores veteranos, mientras otros lo miraban de reojo.
Thiago saludó con un tímido “buen día”, recibiendo respuestas cortas, apenas un gesto de cabeza.
Era evidente: todavía era el chico nuevo.
Uno que tenía que ganarse su lugar con hechos, no con palabras.
El entrenador, Herrera, entró con una carpeta bajo el brazo.
Su presencia imponía respeto.—Hoy trabajaremos situaciones de presión alta y salida limpia —anunció con voz firme—.
Quiero precisión y decisión.
Si dudan, pierden.
Si piensan, ya es tarde.
Las palabras quedaron flotando como una orden sagrada.
Thiago respiró hondo.
Esa frase lo acompañaría todo el día.
Durante el entrenamiento, el ritmo fue frenético.
Thiago se movía entre los veteranos como un aprendiz entre maestros.
A veces lograba anticipar, robar balones, encontrar espacios; otras, lo superaban con facilidad.
Pero había algo diferente en él: ya no se intimidaba.
Cada error lo tomaba como una lección, no como una condena.
En una de las jugadas, Ferreyra le gritó:—¡Más rápido, Arenas!
¡Pensá antes de tocar!
Thiago lo miró, se mordió el labio y en la siguiente jugada hizo justo eso: un pase de primera, quirúrgico, que rompió la línea de presión.
Ferreyra quedó solo frente al arco y anotó.
Por un segundo, el capitán lo miró y asintió.
Ese simple gesto valía más que cualquier elogio.
Cuando el entrenamiento terminó, Thiago se desplomó en el banco, jadeando.
El sudor le caía por el rostro, mezclándose con el polvo del campo.
Miró sus botines llenos de tierra y sonrió: eran su marca de guerra.
Pero antes de que pudiera relajarse, el asistente técnico se acercó.
—Thiago —dijo con tono neutral—, el míster quiere verte en la oficina.
El corazón le dio un vuelco.
¿Lo iban a bajar de nuevo al juvenil?
¿Había hecho algo mal?Intentó mantener la calma, pero sus manos temblaban ligeramente.
La oficina del entrenador tenía olor a café y papeles viejos.
Herrera estaba revisando un informe cuando lo vio entrar.—Sentate, Arenas.
Thiago obedeció sin decir palabra.
El técnico dejó la carpeta sobre el escritorio y lo miró directamente.—Te voy a ser sincero —comenzó—.
Sos bueno.
Tenés visión, velocidad y hambre.
Pero eso no basta en este nivel.
Thiago tragó saliva.—Lo sé, míster.
Estoy dispuesto a mejorar.—Eso quiero escuchar.
—Herrera se recostó en la silla—.
Mañana vas a estar en el amistoso contra Central Oeste.
No vas a arrancar de titular, pero quiero verte en el segundo tiempo.
Thiago abrió los ojos con asombro.
Un amistoso del primer equipo.
Su primer partido oficial con ellos, aunque fuera sin puntos.
—Gracias, míster.
No lo voy a desaprovechar.—No me lo digas a mí, demostralo en la cancha.
Salió de la oficina con el corazón latiendo tan fuerte que parecía un tambor.
Ferreyra lo vio y le lanzó una media sonrisa.—Así que te dieron minutos, ¿eh?
—dijo mientras se secaba el sudor con la toalla.—Sí… parece que mañana entro en el segundo tiempo.—Bueno, pibe, entonces preparate.
Allá no hay margen para el error.—Lo sé.—No, no lo sabés.
—Ferreyra se acercó un poco más, mirándolo serio—.
Cuando entres, todo lo que hiciste hasta ahora va a parecer fácil.—Entonces tendré que hacerlo parecer fácil también.
El capitán sonrió apenas.—Eso quiero ver.
Esa noche, Thiago no pudo dormir.
El recuerdo de la conversación lo mantenía despierto.
Miró el techo, pensó en su madre, en su lesión, en cada día que había sentido que todo estaba perdido.
Y ahora, de repente, estaba ahí: a un paso de debutar con el primer equipo.
Abrió su cuaderno y escribió una frase:”El miedo no se va.
Solo aprende a correr al lado tuyo.” Cerró el cuaderno y apagó la luz.
Mañana no sería un día cualquiera.
Sería el comienzo de otra historia.
El sol aún no se había alzado del todo cuando Thiago salió de su casa.El aire de la mañana tenía ese aroma fresco de tierra húmeda y pan recién hecho, mezclado con la ansiedad que le revolvía el estómago.Su madre lo despidió en la puerta, como cuando era niño antes de un examen.—Hijo… —dijo ella, con voz temblorosa—, no importa lo que pase hoy.
Ya estoy orgullosa de vos.Él sonrió, intentando esconder el miedo que llevaba dentro.—Gracias, má.
Pero hoy… no voy a fallar.
Y caminó hacia la parada del bus, con la mochila al hombro y una determinación silenciosa que contrastaba con el bullicio de la ciudad que despertaba.
El club Aurora tenía un aire diferente esa mañana.En los pasillos se respiraba una mezcla de nerviosismo y rutina.Los jugadores del primer equipo bromeaban, se golpeaban el pecho, hablaban de partidos pasados… pero Thiago se sentía fuera de ese ruido, como si caminara dentro de una burbuja de pensamientos.
En el vestuario, el olor a linimento y césped artificial impregnaba el aire.Las camisetas colgaban perfectamente dobladas, con los números brillando bajo la luz blanca.El suyo, el número 18, parecía esperarle con un brillo especial.
El entrenador Herrera entró con su carpeta.—Muchachos, hoy no se trata de ganar —dijo, su voz grave pero serena—.
Se trata de probar variantes, de medir nuestra fuerza.
Pero eso no significa que salgamos relajados.
Quiero intensidad, quiero que cada uno muestre lo que vale.
Las palabras resonaron en la cabeza de Thiago.“Mostrar lo que vales”… era como si se las hubiera dicho directamente.
Ferreyra, el capitán, se acercó mientras los demás revisaban sus botines.—Tranquilo, pibe —dijo, dándole un golpe suave en el hombro—.
Es un amistoso, pero todos saben que los amistosos deciden el futuro.Thiago asintió, sabiendo que cada segundo que pasara en el campo sería una oportunidad o una condena.
La llegada al estadio Central Oeste fue una mezcla de caos y emoción.Aunque no era un partido oficial, las gradas estaban llenas de curiosos, periodistas locales y ojeadores.El sonido de los tambores retumbaba en el aire, y el viento traía el olor a choripán y pasto recién cortado.
Thiago miró el campo desde el túnel.La luz del mediodía lo cegó por un instante, y su corazón latía tan fuerte que sentía que todos podían oírlo.Era como estar en medio de un sueño que, en cualquier momento, podía romperse.
El entrenador lo llamó.—Arenas, empezás en el banco.
Mirá el partido, entendelo, y cuando entres, hacé lo tuyo.
No más, no menos.
Thiago se sentó en el banco de suplentes, respirando profundo.A su lado, uno de los suplentes veteranos, Rico, le dio una palmada en la pierna.—Disfrutalo, pibe.
No todos llegan a sentir esto.—¿Y vos?
—preguntó Thiago.—Yo ya lo sentí.
Ahora te toca a vos.
El silbato inicial cortó el aire, y el partido comenzó.Aurora jugaba con un estilo más físico que técnico; se defendían bien, pero les costaba mantener la posesión.Central Oeste, en cambio, movía la pelota con calma y precisión, presionando alto y forzando errores.
Thiago observaba cada jugada con atención, analizando los espacios, los movimientos del rival, las grietas que se abrían por segundos.Su pie temblaba inconscientemente, como si su cuerpo ya quisiera entrar al campo.
—Relajá, chico —le dijo Rico—.
Ya te va a tocar.
Pero la ansiedad era un monstruo difícil de dominar.Cada vez que Aurora perdía el balón, Thiago apretaba los puños.Cada mala decisión del mediocampista titular le dolía como si fuera suya.
El primer tiempo terminó 1-0 a favor del rival.El entrenador Herrera miró al banco, pensativo, mientras los jugadores tomaban agua y respiraban agitados.
—Thiago —dijo, finalmente—, vas a entrar al comienzo del segundo tiempo.
Jugá de mediapunta, pero quiero que marques también.
No te escondas.
—Entendido, míster.
El corazón de Thiago empezó a latir con fuerza.Se levantó, se quitó el abrigo, y se ajustó las canilleras.Ferreyra, que lo vio prepararse, se acercó y le dio un golpe de puño amistoso.—Mostrales lo que sos, pibe.
Pero no corras por correr.
Sentí el partido.
Dejá que el balón te hable.
Thiago asintió con una sonrisa nerviosa.
Mientras esperaba en la línea de banda, escuchó el murmullo de las gradas.No lo conocían, pero eso no importaba.Lo único que quería era volver a sentirse parte del juego.
El cuarto árbitro levantó el cartel.El número 18 brilló en rojo.Thiago cruzó el campo con pasos firmes, saludó a su compañero que salía, y escuchó el pitido que marcaba su ingreso.
El aire cambió.Por primera vez en mucho tiempo, no era el chico que observaba desde afuera.Era parte del fuego.
Y mientras la pelota rodaba hacia él por primera vez, sintió que todo lo que había sufrido, todas las noches sin dormir, habían valido la pena solo por ese instante.
El reloj marcaba las 22:47.
El entrenamiento nocturno había terminado, pero Levi seguía allí, en el centro del campo, de pie, mirando el cielo oscuro cubierto de nubes bajas.
La brisa era fría, pero no tanto como para hacerlo temblar.
En realidad, lo que sentía no era frío… era peso.
El peso de la responsabilidad, de lo que estaba por venir.
El New Manchester United se encontraba al borde de un cambio histórico, y él, de alguna manera, era el punto de equilibrio de todo.
El estadio estaba vacío, pero los ecos del día seguían vivos.
Se oía el crujir de las gradas, el zumbido lejano de los reflectores apagándose uno a uno, y el sonido constante del viento que barría las líneas blancas del césped.
Levi respiró hondo, cerró los ojos, y recordó por qué había empezado todo esto.
No se trataba solo de dinero o fama.
No.
Era una cuestión de legado.
Mientras pensaba, el ruido de pasos en el túnel lo hizo girar.
Era Ethan, con una sudadera gris, sosteniendo una botella de agua.
—¿Otra vez aquí, capitán?
—preguntó con una sonrisa cansada.—No puedo irme todavía —respondió Levi, sin apartar la mirada del campo—.
No hasta que sienta que este lugar me habla.Ethan se rió levemente.—A veces pienso que tú y este estadio tienen un idioma propio.
Levi sonrió.—Quizás sí.
Este lugar lo ha visto todo.
Derrotas, victorias, traiciones… pero también redención.
Ethan se sentó en el césped, dejando que el silencio llenara el espacio entre ellos.
Había una calma rara, una especie de tregua emocional antes del próximo huracán.
—¿Sabes qué me preocupa?
—dijo Ethan, mirando el cielo.—Dímelo.—Que estamos tan enfocados en ganar, que olvidamos disfrutar.
No recuerdo la última vez que sonreí genuinamente en un partido.Levi lo miró fijamente.—Te entiendo.
Pero esa sonrisa volverá cuando todo valga la pena.
Cuando veas que no luchamos en vano.
Hubo un silencio corto, casi poético.
Luego Levi se levantó y le tendió la mano.—Ven.
Quiero mostrarte algo.
Ambos caminaron hacia el túnel norte, el que daba a la zona donde se encontraban los muros con los nombres de los ídolos del club.
En letras doradas estaban los nombres de quienes habían dejado su huella en la historia.
Levi posó su mano sobre el espacio vacío que esperaba ser llenado.
—Algún día, este espacio llevará tu nombre, Ethan.El joven se rió, casi incómodo.—¿El mío?
No creo que sea para tanto.—Créeme, lo será —replicó Levi con serenidad—.
Solo necesitas creerlo tú también.
Ethan bajó la mirada, conmovido.
Había algo en la voz de Levi que lo hacía imposible de dudar.
De pronto, una ráfaga de viento golpeó con fuerza el túnel, haciendo que una de las pancartas colgadas en el muro se moviera violentamente.
El ruido del plástico golpeando el cemento fue tan fuerte que ambos se sobresaltaron.
El viento soplaba cada vez más fuerte, como si anunciara que algo grande estaba por venir.
Levi frunció el ceño.—Mañana será una tormenta, Ethan.
En todos los sentidos.
Al día siguiente, la lluvia cayó desde temprano.
El entrenamiento fue cancelado por precaución, pero los jugadores decidieron reunirse en el gimnasio del complejo.
Algunos estiraban, otros bromeaban, pero la tensión flotaba en el aire.
No era una tensión mala; era esa que se siente justo antes de una batalla importante, cuando el cuerpo lo presiente aunque el alma no lo quiera admitir.
Levi llegó último, con el rostro serio.
Llevaba su chaqueta del club cerrada hasta el cuello, y en sus ojos había algo distinto… determinación, sí, pero también fuego.
—Escuchen todos —dijo, levantando la voz—.
Mañana jugamos más que un partido.
Jugamos por respeto.
Por todo lo que hemos sufrido para llegar hasta acá.
Todos guardaron silencio.
Incluso los más bromistas lo miraban atentos.
—No quiero un once contra once —continuó—.
Quiero once corazones latiendo al mismo ritmo.
Quiero que mañana, cuando pisen el campo, se olviden del miedo, del dolor y de las dudas.
Si caemos, que sea dejando todo.
Si ganamos, que sea porque nadie creyó más que nosotros.
Ethan apretó los puños.
Connor, el portero, asintió con los ojos brillantes.
Y Alex, el mediocampista más joven del equipo, murmuró un “Vamos por todo” que se extendió por la sala como un eco cargado de energía.
El discurso de Levi no fue largo, pero sí suficiente para encender una chispa que todos necesitaban.
La tormenta afuera seguía golpeando los ventanales del gimnasio, pero adentro, el clima era otro.
Era fuego.
Cuando la reunión terminó, Levi salió del gimnasio solo.
Caminó hasta el estacionamiento cubierto y se apoyó contra su coche.
Sacó su teléfono y vio un mensaje en la pantalla: “Nos vemos mañana.
Prepárate, Levi.
No pienso perder otra vez.”El remitente: Marcus Villiers, capitán del equipo rival.
Levi sonrió.
No de burla, sino de reconocimiento.
Marcus era un viejo conocido, alguien con quien había compartido vestuario en sus inicios.
Ahora estaban en lados opuestos del campo, pero el respeto seguía intacto.
Escribió una respuesta breve:“Que gane el que tenga el corazón más fuerte.” Guardó el teléfono, miró al cielo cubierto de rayos, y murmuró para sí:—La tormenta ya empezó.
Y esta vez… no pienso perder.
El trueno rugió como respuesta, y el viento levantó las hojas del suelo, girando alrededor suyo.
La noche estaba viva.
La historia, también.
Y mientras las luces del complejo se apagaban una a una, Levi caminó hacia la salida.Sabía que lo que se avecinaba sería el partido más importante de su vida.No solo por el marcador, sino por lo que simbolizaba: una oportunidad para demostrar que el esfuerzo, la fe y el alma pueden transformar incluso la oscuridad más densa en un amanecer de gloria.
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