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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 Ecos del Pasado
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29: Ecos del Pasado 29: Ecos del Pasado El amanecer sobre Manchester era distinto aquel día.

El cielo, teñido por un tono grisáceo casi metálico, reflejaba la tensión que flotaba en el ambiente del club.

No era un partido cualquiera, ni un entrenamiento más.

Se acercaban las semifinales de la copa, y el New Manchester United se encontraba ante el reto más importante de su corta historia moderna.

Levi llegó temprano, como siempre.

El eco de sus pasos por los pasillos vacíos del estadio se mezclaba con el sonido distante de la lluvia.

Había algo casi simbólico en ese silencio: una calma antes de la tormenta.

El vestuario estaba vacío, pero sobre la banca del capitán descansaba una camiseta nueva, con el número 10 bordado en hilo dorado.

Levi la tomó entre sus manos, observando los detalles del escudo, el peso de la tela, y lo que representaba: no solo un número, sino una historia, una promesa.

Desde el día que fundó el club, había soñado con verlo grande, con jugadores formados desde abajo, con pasión y compromiso.

Y ahora, aquel sueño estaba más vivo que nunca.

Sin embargo, en su interior aún resonaban las palabras de su madre, la voz de la razón que le recordaba que no todo se podía controlar, que la vida podía golpear incluso cuando uno creía tener todo planeado.

El sonido de la puerta lo sacó de sus pensamientos.

Era Alex, el protagonista, con la mirada seria y el rostro aún marcado por las duras semanas de entrenamiento.—Buenos días, jefe —saludó, con respeto pero sin rigidez.—Buenos días, Alex —respondió Levi, con una leve sonrisa—.

¿Listo para lo que viene?—Más que nunca.

Pero sé que esta vez no bastará con solo quererlo… hay demasiado en juego.

Levi asintió.

Lo miró como quien observa a alguien en quien ha depositado más que confianza, casi fe.—Lo importante es que no te olvides de quién eres ni por qué empezaste —dijo con voz grave—.

No es solo fútbol, Alex.

Es tu historia, la del equipo… la nuestra.

Alex se quedó unos segundos en silencio, asimilando las palabras.

Luego, apretó los puños y respiró hondo.—Lo sé.

Y no pienso fallarles.

Mientras ambos salían rumbo al campo de entrenamiento, el resto del equipo comenzaba a llegar.

El ambiente era distinto.

Se respiraba una mezcla de nervios y determinación.

Los jóvenes jugadores, algunos de apenas veinte años, miraban a Alex como su referente, su faro.

Durante el entrenamiento, el ritmo fue intenso.

Las instrucciones del entrenador resonaban una tras otra:—¡Presión alta!

¡Movimiento sin balón!

¡Cierre los espacios!

¡No dejen respirar al rival!

El cuerpo técnico había preparado una estrategia especial para el próximo encuentro.

El rival, un equipo de gran presupuesto y figuras experimentadas, representaba todo lo que el New Manchester aún no era… pero aspiraba a ser.

En un descanso, Alex se apartó unos metros, secándose el sudor.

Levantó la vista hacia las gradas vacías.

Por un momento, imaginó el estadio lleno, los cánticos, las luces, la presión… y sintió un nudo en el estómago.Su mente viajó a su madre.

A su voz.

A la conversación pendiente.

No habían hablado desde aquella discusión en la cocina, cuando ella le exigió que pensara en su futuro fuera del fútbol, que no desperdiciara su talento académico ni su vida en “un sueño que podría desvanecerse con una lesión”.

Ese recuerdo lo perseguía más que cualquier rival.—¿Podré hacerla entender…?

—susurró para sí mismo.

El sonido del silbato lo devolvió a la realidad.—¡Alex, ven aquí!

—gritó el entrenador.El joven corrió hacia él.—Quiero que lideres este ejercicio.

Si tú no marcas el ritmo, nadie lo hará.

Alex asintió y volvió al campo con nueva energía.

Cada pase, cada sprint, cada movimiento tenía un propósito.

Los compañeros lo seguían con admiración silenciosa.

Su evolución era evidente: ya no era el chico que temblaba ante la presión.

Era el motor del equipo.

Cuando terminó la práctica, Levi reunió a todos.—Escuchen —dijo, mientras el sonido de la lluvia aumentaba afuera—.

Lo que viene no será fácil.

Ellos tienen más experiencia, más recursos, más todo.

Pero nosotros tenemos algo que ellos no: hambre.

Hambre de demostrar que el corazón puede más que el dinero.

Hubo un murmullo de aprobación entre los jugadores.

Alex levantó la mano.—Y tenemos una historia que todavía no ha terminado —agregó.

Las palabras resonaron con fuerza.

Levi sonrió.—Exactamente.

Y esa historia empieza de nuevo el sábado.

El entrenamiento terminó, pero el eco de aquella reunión quedó grabado en todos.

Alex salió del estadio cuando ya era de noche.

La lluvia seguía cayendo, ligera pero constante.

Mientras caminaba hacia su apartamento, recibió un mensaje: “Alex, soy mamá.

Mañana me gustaría hablar.

En persona.” Se detuvo en seco.

Sintió que el corazón le latía más rápido.¿Sería la oportunidad de reconciliarse?

¿O el final de su relación con el fútbol?

Miró al cielo gris, respiró hondo y murmuró:—Mañana… puede cambiarlo todo.

El reloj marcaba las diez de la mañana cuando Alex se despertó.

Apenas había dormido.

Su mente había estado reviviendo la conversación pendiente con su madre una y otra vez, imaginando distintos finales.

El cielo seguía gris, como si el clima reflejara sus pensamientos.

El sonido de la lluvia contra la ventana le dio una calma momentánea, pero también un recordatorio: no podía seguir evitando ese encuentro.

Tomó una ducha rápida, se vistió con ropa sencilla —jeans, una campera del New Manchester y zapatillas blancas— y salió rumbo al café donde su madre había pedido verse.

Cada paso que daba parecía pesar más que el anterior.

No era solo una charla familiar, era un enfrentamiento entre dos visiones de vida.

Cuando llegó, la vio sentada junto a la ventana, con una taza de té y un abrigo beige.

No había cambiado mucho, salvo por la expresión: una mezcla de cansancio y preocupación.

—Hola, mamá —dijo él, apenas audible.—Hola, hijo —respondió ella, con una leve sonrisa que no disimulaba la tensión.

Alex se sentó frente a ella.

Por unos segundos, ninguno habló.

El silencio se llenó con el sonido de la lluvia y las conversaciones ajenas del lugar.

—Gracias por venir —dijo finalmente ella.—Siempre vendría —contestó él, evitando su mirada.

Ella suspiró.—Sé que las cosas no terminaron bien la última vez.

Y… quizás no usé las palabras correctas.

Pero solo quiero que entiendas que no estoy en tu contra.

Nunca lo estuve.

Alex levantó la vista.—Entonces ¿por qué parecía que sí?

—preguntó, con un hilo de voz.

La mujer bajó la mirada.—Porque tenía miedo.

No quería verte sufrir.

He visto a muchos chicos prometerse un futuro en el fútbol y terminar con nada.

No quería eso para ti.

El joven asintió lentamente.—Lo entiendo, mamá.

Pero no soy “muchos chicos”.

Sé lo que quiero, y estoy dispuesto a luchar por ello.

—¿Aunque te cueste todo?

—replicó ella, con un temblor en la voz.

Él pensó en el equipo, en Levi, en los entrenamientos bajo la lluvia, en los días sin descanso, en los sueños compartidos con sus compañeros.

Y luego respondió con calma:—Sí.

Porque ya me costó todo llegar hasta aquí.

No voy a rendirme ahora.

Hubo un silencio denso.

Su madre lo observó con una mezcla de orgullo y tristeza.—Tienes los ojos de tu padre cuando hablaba de sus sueños —dijo de pronto.Eso lo desarmó.—¿De verdad?

—preguntó, con una sonrisa débil.—Sí.

Pero él también aprendió que los sueños necesitan raíces.

Y eso es lo que quiero para ti: que no te pierdas buscando el cielo sin mirar el suelo.

Alex entendió lo que quería decir.

No era una rendición de su madre, ni una prohibición.

Era una advertencia desde el amor.

—Lo sé, mamá.

Pero te prometo que esta vez tengo ambas cosas.

Tengo el sueño… y tengo el equipo que me sostiene.

Ella lo miró en silencio, evaluando cada palabra.

Luego sonrió suavemente.—Entonces hazlo, Alex.

Pero hazlo bien.

Y cuando estés en la cancha, quiero que recuerdes esto: no importa si ganas o pierdes.

Importa cómo lo haces.

Él asintió, conteniendo las lágrimas.—Gracias, mamá.

De verdad.

Ella se inclinó y le tomó la mano.—Solo prométeme que volverás a casa después del partido.

Ganes o pierdas, quiero verte.

—Te lo prometo.

Salieron del café una hora después.

La lluvia había cesado, dejando un aire frío pero limpio.

Alex caminó hasta el parque cercano y se sentó en un banco, mirando el campo mojado frente a él.

El peso que había cargado durante semanas parecía haberse aligerado.

No todo estaba resuelto, pero algo había cambiado.

Sacó su celular y escribió un mensaje a Levi: “Hablé con mi madre.

Creo que por fin entiende.

Estoy listo para lo que venga.” Levi respondió al instante: “Me alegra, muchacho.

Entonces mañana no solo jugamos por el club.

Jugamos por quienes creemos en nosotros.” Alex sonrió.

Guardó el teléfono, se levantó y caminó hacia el estadio vacío.

Entró al campo y se detuvo en el centro, justo donde comenzaría el partido al día siguiente.

El olor a césped mojado, el silencio del estadio y la sensación de estar solo frente a la inmensidad del lugar lo envolvieron.

Cerró los ojos.

Visualizó el encuentro: las luces, el público, el sonido de los tambores, los gritos de aliento.

Imaginó el pase perfecto, el gol soñado, el abrazo con sus compañeros.

Y, sobre todo, se imaginó mirando hacia la tribuna, donde su madre estaría, esta vez sin miedo, aplaudiendo.

Cuando abrió los ojos, murmuró:—Mañana empieza el verdadero desafío.

El amanecer del día siguiente trajo consigo un aire diferente.

No era un día cualquiera.

Las calles parecían más vivas, los colores más nítidos, y hasta el ruido del tránsito tenía un ritmo propio, como si toda la ciudad palpitara al compás de lo que iba a suceder esa tarde.

Alex se levantó antes de que sonara el despertador.

Había dormido poco, pero no se sentía cansado; la ansiedad y la emoción le habían robado el sueño, pero a cambio le habían dado algo mejor: claridad.Hoy no era solo un partido.

Era una respuesta al pasado.

Era la oportunidad de demostrar, no con palabras, sino con juego, que su regreso no era una casualidad.

Se vistió con su buzo de entrenamiento y salió a trotar por el barrio.

El frío de la mañana lo despertó por completo.

Cada respiración se mezclaba con el vapor que salía de su boca.

Mientras corría, repasaba mentalmente los movimientos, las jugadas, los espacios que debía aprovechar.Pero en el fondo, sabía que más allá de la táctica o la técnica, el verdadero desafío era emocional: mantener la calma cuando el corazón le gritara que corriera más rápido de lo que podía.

Cuando volvió al apartamento, Levi ya estaba esperándolo con una taza de café en la mano.—Sabía que estarías despierto temprano —dijo con una media sonrisa.—No podía dormir —respondió Alex, tomando la taza—.

Hoy tiene que salir todo bien.

Levi lo observó por un momento.—No todo depende de salir bien —replicó—.

A veces, lo importante es lo que haces cuando las cosas se complican.

Eso define a los verdaderos jugadores.

Alex asintió, comprendiendo que esas palabras eran más profundas de lo que parecían.

El día transcurrió entre silencios, pequeños rituales y miradas cómplices.

El almuerzo fue ligero, pero todos comieron juntos.

Nadie hablaba de nervios, aunque todos los tenían.Cuando subieron al autobús del club, el ambiente se llenó de esa mezcla de ansiedad y esperanza que solo el fútbol puede generar.

Algunos escuchaban música, otros miraban por la ventana, perdidos en sus pensamientos.

Thiago, sentado junto a Alex, rompió el silencio:—¿Sabes qué es lo peor de los partidos grandes?—¿Qué?—Que parecen más largos antes de empezar.

Alex rió.—Y después se van volando.

—Exacto —dijo Thiago, con una sonrisa—.

Pero hoy… hoy se siente diferente.

Alex asintió sin decir nada.

Sí, era diferente.

Podía sentirlo en el aire, en la forma en que el autobús avanzaba entre la multitud, en los rostros que los miraban pasar con banderas y bufandas del equipo.

Cuando llegaron al estadio, un murmullo ensordecedor los recibió.

Las gradas ya empezaban a llenarse, y los cánticos resonaban con fuerza.El escudo del New Manchester relucía en los carteles, los colores rojo y negro ondeaban en cada esquina, y el rugido de la hinchada crecía como una marea viva.

Alex bajó del autobús y respiró hondo.

Por un segundo, sintió que el suelo temblaba bajo sus pies.

No era miedo, era pura energía.

Levi se acercó y le dio una palmada en el hombro.—Recuerda lo que hablamos —dijo—.

Juega con el corazón, pero piensa con la cabeza.

—Sí, míster.

El vestuario era un hervidero de sensaciones.

El sonido de los botines al chocar contra el suelo, el olor a linimento, las camisetas colgadas con cuidado… todo parecía parte de un ritual sagrado.Alex se sentó frente a su casillero.

Su camiseta, con el número 10, lo esperaba doblada.

La tomó con respeto y la observó unos segundos antes de ponérsela.

A su lado, Thiago ya calentaba con una pelota.—¿Preparado para escribir otra página?

—preguntó con una sonrisa nerviosa.—Más que nunca —respondió Alex.

Entonces entró Levi, con su tono firme pero sereno.

Todos guardaron silencio.—Escuchen —dijo, caminando despacio por el centro del vestuario—.

No los voy a llenar de discursos.

Ustedes saben lo que tienen que hacer.

Este partido no se gana solo con piernas.

Se gana con lo que no se ve: con alma, con fe y con compañerismo.Se detuvo frente a Alex y añadió:—Y hoy, quiero que recuerden algo.

No jugamos solo por nosotros.

Jugamos por cada persona que creyó en este equipo cuando nadie más lo hizo.

El silencio fue total.

Luego, uno a uno, los jugadores comenzaron a ponerse de pie.

Algunos se golpearon el pecho, otros se miraron en silencio.

El momento tenía algo sagrado, como si todos compartieran un mismo corazón.

El sonido del estadio aumentaba.Ya era hora.

Cuando salieron del túnel, la luz los cegó por un instante.

Las gradas estaban repletas, un mar de banderas y rostros vibrantes.

El rugido del público los envolvió por completo.

Alex alzó la vista hacia las tribunas.

No tardó en encontrarla.

Su madre estaba allí, justo donde había imaginado, con una bufanda del equipo y una expresión que mezclaba orgullo y emoción.Por primera vez en mucho tiempo, sonrió sin miedo.

Thiago le dio un codazo.—¿Listo para hacer historia?—Siempre lo estuve.

El árbitro pitó.

Los equipos se acomodaron.El balón quedó en el centro, brillante bajo los reflectores.

Alex respiró profundo.—Vamos —susurró.

El silbato sonó.El juego comenzó.

Y con el primer toque, el pasado y el futuro se encontraron en ese instante.Cada paso, cada pase, cada respiración era la promesa cumplida de un chico que alguna vez creyó que todo había terminado.Pero no.

Apenas estaba empezando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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