Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 30
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30: El Silencio del Estadio 30: El Silencio del Estadio El rugido de la multitud se envió como una ola que golpeaba sin descanso.
Los cánticos, los tambores, las banderas agitándose al viento… todo vibraba.
Sin embargo, dentro de Alex, habitación un silencio.
Un silencio absoluto.
No hay era miedo.
Concentración de era.
Era la calma que precede a al huracán.
El árbol levantó el silbato y el pitido inicial cortó el aire como una cabaña.
El balón rodó.
Durante los primeros minutos, ambos equipos tanteaban el terreno.
El Nuevo Manchester presionaba alto, intentando recuperar rapido, mientras el rival —el FC Monteverde, conocido por su estilo físico y directo— apostaba a las contras rapidas por las bandas.
El choque de estilos era evidente.
El Nuevo Manchester quería construir; el Monteverde quería destruir.
Alex se mueve entre líneas, buscando espacios invisibles.
Sentía cada vibración del paso bajo sus botines, cada respiración del rival que se acercaba a marcarlo.
El rival mediocampista, un tipo fornido y con cara de pocos amigos, le soltó al pasar:—No durarán ni treinta minutos.
Alex no respondió.
Solo sonrió.
Había comprado cosas peores… y había sobrevivido a mucho más.
En el minuto 8, el Nuevo Manchester recuperó el balón en campo rival.
Thiago lo controló y, sin dudar, se lo pasó a Alex.
El 10 giró con elegancia, dejando atrás a su marcador con un toque de cadera.
Una ovación rugosa desde las gradas.
“Tranquilo.
No te precipites”, pensó.
Observó al extremo derecho, Mateo, corriendo en diagonal.
Un pase filtrado, preciso, como una pincelada, cruzó entre dos defensores y cayó justo en sus pasteles.
Mateo remató con fuerza, pero el arquero rival la desvió con una mano salvadora.
El estado estalló en un gemido colectivo.—¡Vamos, así es!
—gritó Levi desde el banquillo, con una mezcla de tensión y orgullo.
El equipo rival respondió con duraza.
En el minuto 12, un mediocampista del Monteverde bajó a Thiago con una falta innecesaria.
El árbol pitó y saco la primera amarilla del encuentro.
El público silbó, exigente más castigo, pero el juez mantuvo la calma.
Alex se acercó al punto de falta.
Tomé la pelota entre sus manos.—Déjame probar —dijo con serenidad.
A unos 25 metros del arco, coloró el balón.
Cerró los ojos por un instante.
Respiró.
Recordó aquella vez, años atras, cuando su piel cayó en un partido similar.
La cicatriz aún estaba allí, física y mental.
Pero hoy no.
Hoy no será lo mismo.
Corrió tres pasos, golpeó el balón con el empeine y lo vio elevarse con una curva perfecta…El portero rival voló a su derecha y apenas alcanzó a rozarlo con los dedos.¡Travesaño!
El sonido metálico retumbó en todo el estado.
Por un instante, el mundo se detuvo.
Luego, el murmullo creció hasta convertir en aplausos.
Alex levantó la vista y sonrió.
No había sido gol, pero el mensaje era claro: estaba de regreso.
Thiago lo abrazó al volver a su posición.—Esa casi entra, hermano.—Casi —repitió Alex, con una sonrisa leve—.
La máxima no se escapada.
El partido siguió.
El Monteverde, herido en su orgullo, adelantó líneas.
Empezaron a llegar con peligro.
En el minuto 20, un saldo largo cayó entre los centrales del Nuevo Manchester.
El delantero rival la bajó de pico y remató cruzado.
¡Palo!
El rebote cayó en el área chica, pero el portero del Nuevo Manchester, Esteban, se lanza con reflejos criminales y atrapó la pelota antes de que alguien más pudiera tocarla.
—¡Vamos, Esteban!
—gritó el capitán.
El público rugió, y la tensión subió como la temperatura en un horno.
Cada jugada parece una batalla.
Cada toque, una declaración.
En el minuto 28, Alex volvió a recibir entre líneas.
Giró, esquivó a su marcador y avanzó.
La defensa rival lo barra con fuerza.
El silbato sonó.
Falta clara.
Alex cayó, pero se levantó de inmediato.
No hay consulta más debilidad.
El árbol se acercó al defensa y le advirtió:—Una más y te vas.
Mientras se acomodaba, Thiago se acercó.—¿Todo bien?—Sí.
Recibido peores.
—Alex sacrificó el polvo de su pantalón—.
Pero estamos nerviosos, y eso me gusta.
En la tribuna, Levi cruzaba los brazos, observando con atención.
Su mirada no era de preocupación, sino de análisis.
Sabía que su equipo estaba a punto de encontrar un hueco.
Y ese hueco llegó.
Minuto 33.
Thiago recuperó una pelota en el mediocampo y se la dio a Alex.
Tres defensas se lanzar sobre él, pero Alex, en lugar de intentar el paso directo, amagó, giró y retrocedió dos pasos.
De repente, el espacio se abrió frente a él, como si el campo se hubiera expandido.
Levantó la vista y, con un paso raso, filtró la pelota hasta Mateo, que rompió la línea y quedó mano a mano con el arquero.
Un silencio profundo cayó sobre el estado.
Mateo remató.
El arquero rival se lanza…Y el balón besó el fondo de la red.
—¡GOOOOOOOOOOOL!
—tronó el comentarista desde la cabaña.
El estado estalló.
Las gradas temblaron.
Los cánticos retumbaron como verdaderos.
Thiago corrió hasta Alex y lo abrazó con fuerza.—¡Sabía que lo verías antes que nadie!Alex, entre risas y respiraciones agitadas, respondió:—No fue solo suerte.
Fue trabajo.
En el banquillo, Levi sonreía, une no lo admitiera.1-0.
El Nuevo Manchester tomaba la delantera.
Pero Alex lo sabía: ese gol no era el final.
Era solo el comienzo.
Porque cada vez que tocaba el balón, podía sentirlo.
El estado enemudecia.
El tiempo se detención.
Y dentro de ese silencio, nación algo más grande: la sensación de que el destino final estaba escuchando.
El rugido del público aún vibraba en el aire, pero dentro del campo, el tiempo partido haberse detenido.El Nuevo Manchester United celebraba el gol, sí, pero Alex sabía que el partido no había hecho más que comer.En los ojos del Monteverde FC ardía una mezcla de rabia y orgullo herido.
Ellos no son un equipo que acepta la derrota sin pelear hasta el último segundo.
El entrante rival comenzó a gritar órdenes desde la banda, agitando los brazos.—¡Cierren a Arenas!
¡No lo dejen girar!
¡Presión en bloque!
Y lo cumplieron.
Desde la siguiente jugada, cada vez que Alex tocaba el balón, silla tres sombras cayendo sobre él.
Uno presionaba por delante, otro por detrás y el tercero esperaba el rebote.
El espacio que antes encontraba con facilidad, ahora parece desaparecer con cada toque.
Pero eso no lo detuvo.Solo lo hizo pensar más rápido.
El sistema de Alex —ese extraño don que pocos comprendían— viene a procesar los movimientos rivaliza con precisión milimétrica.Cada paso, cada respiración, cada leve giro de tobillo de los oponentes le revelaba una posibilidad.Una jugada que aún no había nacido.
Giró hacia su derecha y soltó un pase raso a Thiago.El rival interceptó.O eso creyó.
Porque el balón, tras un dive desvio, rodó hacia el lateral, donde Mateo apareció libre.Una pared rápida.Alex recibió de vuelta, giró el cuerpo, y lanzó un pase cruzado al otro extremo.
El balón flotó por el aire, cayendo justo donde un joven lateral, Dylan, esperaba con la puerta cargada.
Disparó de primera.
¡Boom!
El portero rival se lanzó al suelo y la desvió con los dedos.
El balón rebotó.
Thiago llegó a empujarlo…¡Pero se fue por encima del viaje!
—¡Dios!
—gritó Dylan, golpeando el pasto.
Alex, en cambio, levantó los brazos.—¡Tranquilos!
Estamos cerca.
Sigamos.
El público aplaudió con fuerza.
Era un nuevo aire.
El Nuevo Manchester ya no era el equipo temeroso de antes; ahora dictaba el ritmo.
Pero el Monteverde no se iba a quedar quieto.
En el minuto 39, una perra en el medio campo cambió el rumbo del juego.
El mediocampista rival, un jugador de barba corta y mirada fiera, interceptó el paso de Thiago y lanza un saldo largo hasta su delantero estrella, Sergio Ramírez, un viejo conocido de Alex de las juveniles.
Sergio control con clase, levantó la cabeza y sonrió antes de encarar.—¿Quién sigue creyendo que puedes volver?
—le gritó mientras se internaba en el área.
Un amago, un segundo toque…Y el defensor central del Nuevo Manchester quedó atrás.
Sergio remató cruzado.
El saldo vía rasante, directo al segundo palo.
El portero Esteban se lanza con todo, estirando el brazo como si le fuera la vida en ello.
¡Y lo tocó!¡Desvió lo justo!
La pelota chocó con el poste y salió por línea de fondo.
El estado entero estalló en un aplauso ensordecedor.
El propio Sergio se quedó de rodillas, incrédulo.
Alex respiró hondo.“Así se siente el fútbol real… así se siente estar vivo otra vez.” Thiago se acercó y le dio una palmada en el hombre.—Casi nos matan ahí.—Casi —respondió Alex con una leve sonrisa—.
Pero no lo hicieron.
El árbol miró su reloj.
44 minutos.
El final del primer tiempo se acercaba, pero el Monteverde aún no se rendirá.
Un corazón más.
El saldo vía al área, el delantero saltó… Y cabeceó con violencia.
Rebote.
Caos.
Piernas por todos lados.
Y de pronto, el balón cayó frente a Sergio otra vez.
Remató de nuevo, pero esta vez, Esteban no tuvo oportunidad.
El balón entró.1-1.
El estado se congeló.
El fuerte rival resonó con furia.
Sergio corrió hacia la esquina, señorando su nombre en la camisaeta, como si quisiera recordarles a todos que él era el nuevo rey del campo.Los jugadores del Nuevo Manchester bajaron la cabeza por un instante.
Thiago apretó los puños.
Dylan patéó el césped con frustración.Y Alex… cerró los ojos.
Sintió el peso de la realidad, como un golpe en el pecho.
Pero en lugar de rendirse, algo se recibió dentro de él.Una voz.Una promesa.
“Si el destino me da una oportunidad, no la voy a desesperdiciar.” El árbol pitó el final del primer tiempo.
Los jugadores se dirigen al túnel, sudorosos, jadeando, con las emociones a flor de piel.Antes de entrar, Sergio se cruzó con Alex y le susurró al ojo:—Siempre fue bueno… pero el tiempo de los rotos ya pasó.
Alex no respondió.
Solo lo miró a los ojos.Y esa mirada bastó.
No había odio, ni rencor.
Solo una calma desafiante.
Mientras caminaba hacia los vestuarios, el murmullo del estado se mezclaba con los cánticos que no cesaban.Alganos coreaban su nombre.Otros lo dudaban.Pero él no escribaba nada más que el latido de su propio corazón.
Dentro del vestuario, el silencio era peso.
Solo el hijo de las respiraciones pesadas romántica la quietud.Levi entró con paso firme, déjó caer la alfombra de notas y los miró uno a uno.—Escuchen —dijo, sin elevar la voz—.
Esto no es cuestión de talento.
Es cuestión de carácter.
Ustedes tienen el control del partido.
No dejen que el miedo decide por ustedes.
Se giró hasta Alex.—Arenas, lo que hiciste ahí fuera fue impresionante.
Pero no lo cargas solo.
El fútbol no es un duelo de uno contra una vez.
Es un idioma que se habla con una vez voces.
Alex asintió, empapado en sudor.—Lo entiendo, míster.—Bien.
Entonces sal ahí y háblale al mundo con tu juego.
Thiago levantó la cabeza, los demás también.
Las miradas se cruzaron.
El silencio de la primera mitad se convicción en una promesa colectiva.
Cuando Levi salud, Alex se quedó mirando el suelo por un instante.
Y, sin levantar la vista, murmuró para sí mismo:—El silencio… no es vacío.
Es el lugar donde nacen los granos.
El túnel tiene el campo olía a humedad, sudor y nervios.
Cada paso resonaba como un eco en la mente de Alex Arenas, quien caminaba al frente del equipo con la mirada fija hasta la luz que vino desde la salida.
El murmullo del estado se mezclaba con el sonido metálico de los botines golpeando el suelo.
Thiago le dio un leve golpe en el brazo.—Vamos a darle la vuelta.
Este no es su partido.
Alex respondió con una sonrisa breve.—No, Thiago.
Este es nuestro comienzo.
Cuando pisaron nuevo el césped, el rugido del público fue ensordecedor.
La noche había hecho completamente sobre el estado, y las luces brillantes como estrellas artificiales.
Las bandas ondeaban, las cámaras giraban, y los cánticos se mezclaban en un ritmo tribal.
Levi, desde la banda, cruzó los brazos.
Su mirada no se movía del reloj.
Sabía que los máximos cuarenta y cinco minutos no serían solo fútbol.
Serían una prueba de carácter.
El árbol silbó.
Comenzaba el segundo tiempo.
El Monteverde FC salió agresivo.
Presión alta, líneas adelantadas, intensidad absoluta.
Quería ahogar al New Manchester antes de que pudiera reaccionar.
Pero Alex ya lo había anticipado.
Durante el descubrimiento, en silencio, había pagado cada movimiento rival en su mente.
Sabía que los centrales rivalizan se abrían desaviado al adelantar la línea defensiva.
Sabía que el lateral derecho se distracción cada vez que el balón iba al lado abierto.
Y sobre todo, sabía que Sergio Ramírez no bajaba defensor.
“Perfecto”, pensó.
A los cinco minutos, robó un balón en mitad de cancha y soltó un paso rápido hasta Mateo.
El balón volvió a él en una pareja fugaz.
Alex no dudó.
Levantó la cabeza, y con un toque milimétrico, filtró un pase entre líneas que dejó solo a Dylan.
El lateral se internó al área y definió cruzado.
¡Gol!
El grano fue atronador.
El Nuevo Manchester vida a ponerse al frente: 2-1.
Los jugadores corrieron hacia Alex, abrazándolo, mientras él apenas levantaba los brazos.
No era celebración; era confirmación.
Su mirada fue directa hacia el palo, donde Levi se mantenía serio, sin festejar.
Solo asintió.
Alex le devolvió el gesto.
El Monteverde, herido en su orgullo, se volcó con furia.
Pero ahora, el New Manchester jugaba con otra energía.
No se trataba solo de táctica, sino de fe.
Cada pase tenía intención.
Cada recuperación tenía alma.
Thiago bajaba a recibir y giraba rápido, Dylan desbordaba como si no sintiera el cansancio, y el capitán Martínez —el más veterano del equipo— gritaba desde el fondo, organizando la defensa con voz ronca y corazón gigante.
El reloj marco 70 minutos.
El cansancio empezaba a notarse.
Alex silla los músculos tensos, el pecho ardiendo.
Pero no bajó el ritmo.
De pronto, el rival aprovechó un error en salida.
Sergio Ramírez robó el balón, encaró al arquero, y disparó con potencia.
El balón voló… Y pegó en el travesaño.
El estado entero contuvo la respiración.
El rebote cayó en el área, y un defensor del Nuevo Manchester, desesperado, desesperado al córner.
El peligro no terminaba.
El Monteverde llenó el área con jugadores.
Córner ejecutado, cabezazo, y… otra vez Esteban.
El portero voló como si tuviera alas y atrapó el balón con ambas manos.
El público rugió su nombre.“¡Esteban!
¡Esteban!
¡Esteban!” Alex sonrió desde la mitad de la cancha.—Sabía que lo harías —murmuró, mientras se acomodaba la cinta del brazo.
Minuto 78.El Nuevo Manchester resistía, pero el rival empujaba con todo.Levi comenzó a preparar cambios.Un mediocampista defensivo por Thiago, un extremo rápido por Dylan.Alex lo entendió: había que cerrar el partido.
Pero cuando vio el número “10” en el cartel de sustitución… se quedó tranquilo.
Era su número.
Levi lo estaba reemplazando.
Alex miró hacia la banda, incrédulo.
Levi lo observaba con expresión serena.—Has hecho suficiente —le dijo con un gesto.
Pero Alex negó con la cabeza.
Caminó hacia el costado, pero antes de salir, se detuvo frente a él.—No, míster.
Aún no terminé.
El cuarto árbitro bajó el cartel, dudando.
Levi enterró los ojos.—¿Está seguro de lo que hace?—Más que nunca.
El estado ahora a aprender su nombre.
“¡Arenas!
¡Arenas!
¡Arenas!” Levi respiró profundo y asintió.—Entonces termina lo que empezaste.
El árbol reanudó el juego, y Alex volvió al campo con los pulmones ardiendo y el corazón en llamas.
Minuto 86.El Monteverde tiró toda su artillería.
Cruzaban, presionaban, forzaban faltas.
El Nuevo Manchester aguantaba con uñas y dientes.
Y en una de esas jugadas, el rival perdió el balón.Alex lo recuperó cerca de su área y miró hacia adelante.Tenía todo el campo libre.
Podría haber retenido la pelota, hacer tiempo, dormir el juego.
Pero no.
Su inicio gritó otra cosa.
Aceleró.
Pisó el balón con la suela, esquivó a un rival, luego a otro.
El estado se levantó como una ola.
Arenas seguida.
Thiago, desde la banda, gritó:—¡Dale, Alex!
¡Dale!
Tres jugadores del Monteverde lo rodearon, pero él giró sobre sí mismo, cambio de dirección y filtrado un paso hasta Mateo, que había picado en diagonal.
Mateo controló y quedó frente al portero.
Silencio absoluto.
Definió con la punta del botín.
El balón pasó entre las páginas del arquero y besó la red.
3-1.
El estado estalló.
No fue un grano; fue un rugido animal, una liberación.
Los jugadores corrieron hacia Alex, lo abrazaron, lo levantaron.
El propio Levi, en el banco, sonrió por primera vez en el partido.
El Nuevo Manchester United acababa de vender su victoria más importante en años.
Cuando el árbol pitó el final, Alex se dejó caer de rodillas sobre el césped.
El ruido se desvaneció.
Solo podía escuchar su respiración y los latidos de su corazón.
Sergio se acercó, agotado, y extendió la mano.—Te equivocaste —dijo con una sonrisa canadiense.
Alex lo miró confundido.—¿En qué?—En decir que los rotos no pueden volver.
Ambos se estrecharon la mano.
El cielo sobre el estado se iluminó con fuegos artificiales.
Las cámaras captaron a Levi mirando la escena con una expresión que mezclaba orgullo y esperanza.
—El silencio del estado… —murmuró para sí mismo—.
A veces, es el sonido de algo nuevo naciendo.
Y en medio del caos, Alex se levantó, levantó el puño y gritó con todo lo que le quedaba en el alma:—¡Vamos, Nuevo Manchester!
El estado rugió con él.
El silencio había terminado.
Había nacido una era.
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