Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 Ecos de la Victoria
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31: Ecos de la Victoria 31: Ecos de la Victoria El vestuario olía a mezcla de victoria y cansancio.
El aire estaba espeso, cargado de sudor, linimento y risas entrecortadas.
Los jugadores del New Manchester United celebraban de una manera contenida, casi reverente.
No había gritos desbordados ni botellas volando; solo abrazos sinceros y sonrisas cansadas.
Thiago se dejó caer en el banco, con las medias manchadas de barro y el cabello pegado al rostro.—No puedo creerlo —susurró, sonriendo—.
De verdad lo hicimos.
Alex, sentado a su lado, soltó una carcajada suave.—No, lo hiciste tú también.
Thiago negó con la cabeza.—Yo solo seguí tu pase.
Vos fuiste el que cambió todo.—Y vos fuiste el que me creyó cuando nadie más lo hizo.
Un silencio amable se instaló entre ambos.
Esa clase de silencio que no incomoda, que se siente como un acuerdo sin palabras.
A unos metros, Dylan seguía con la camiseta en la cabeza, gritando:—¡Esto es solo el comienzo, carajo!
¡El comienzo!
Mateo lo acompañó con una sonrisa mientras recogía las toallas tiradas.
Incluso el capitán Martínez, siempre serio, tenía los ojos brillantes.—Disfrútenlo, muchachos —dijo, con voz ronca—.
Porque no todos los días se gana así.
No con orgullo… sino con alma.
Alex levantó la vista hacia el techo del vestuario.
El sonido lejano de los hinchas todavía se colaba por las paredes.
Era como un eco constante, una melodía que vibraba con cada respiración.
Y por un momento, cerró los ojos.
No pensó en los dolores musculares, ni en la fatiga.
Solo en lo que sentía: una paz extraña, tibia, poderosa.
Minutos después, Levi entró al vestuario.
El murmullo cesó.
Todos lo miraron.
El entrenador caminó despacio, observando a cada jugador.
No llevaba su habitual expresión dura.
Sus ojos, esta vez, reflejaban algo más: satisfacción.
—No voy a decir mucho —empezó—.
Su voz sonaba firme, pero contenía un leve temblor que delataba emoción.—Hoy demostraron que el talento no sirve de nada sin carácter.
Que la confianza no se recupera hablando… sino corriendo, sangrando, creyendo.
Los jugadores lo escuchaban en silencio.
Levi caminó hasta Alex y se detuvo frente a él.—Arenas… hoy hiciste algo más grande que marcar o asistir.
Volviste a unir al equipo.
Alex se puso de pie, sorprendido.—Yo solo hice mi parte, míster.—No.
—Levi negó suavemente—.
Hiciste creer a todos los que habían dejado de creer.
Eso… vale más que cualquier gol.
El entrenador le dio una palmada en el hombro.
Luego giró hacia el resto.—Disfruten esta noche.
Pero recuerden: la gloria no perdona la comodidad.
Esto recién empieza.
Y con esas palabras, se retiró.
El silencio que dejó atrás no fue tenso, sino lleno de respeto.
Cuando la puerta se cerró, Dylan rompió la quietud con una risa.—El míster debería dar charlas motivacionales.
Thiago asintió, todavía riendo.—Sí, pero sin gritar tanto en los entrenamientos.
Las carcajadas llenaron el cuarto.
Por primera vez en mucho tiempo, el vestuario del New Manchester sonaba como un equipo que volvía a creer.
Horas más tarde, el estadio estaba vacío.
Las luces comenzaban a apagarse una a una.
En la tribuna más alta, Alex permanecía solo, envuelto en su chaqueta del club.
A sus pies, el campo aún mostraba las marcas del partido.
Pequeños rastros de barro, huellas, líneas borradas por el esfuerzo.
Todo parecía dormido, excepto su mente.
Sacó su teléfono.
Tenía decenas de mensajes: periodistas, amigos, incluso antiguos compañeros que lo habían dado por acabado.
Pero ninguno le interesó tanto como uno solo, de un número que conocía demasiado bien: Mamá: “Te vi jugar.
Lloré.
Creo que empiezo a entenderlo.” Alex sonrió.
Guardó el teléfono sin responder todavía.
El viento soplaba con suavidad, moviendo las banderas del estadio como si aplaudieran en silencio.
Sabía que ese mensaje era apenas el comienzo de algo más grande.
No solo su regreso al fútbol… sino la reconciliación con su pasado, con su madre, y con sí mismo.
Miró al campo una última vez y murmuró:—Gracias, viejo amigo.
Nos vemos mañana.
Se levantó y comenzó a bajar las escaleras, cuando escuchó una voz conocida detrás.
—No podés dormir tampoco, ¿eh?
Era Levi.
Llevaba su abrigo largo, una carpeta bajo el brazo y la misma mirada tranquila de siempre.
—Necesitaba quedarme un rato —dijo Alex, encogiéndose de hombros.
Levi sonrió.—Yo también.
Los grandes partidos dejan un eco difícil de apagar.
Alex lo miró con curiosidad.—¿Pensás que fue un gran partido?—No.
—El entrenador lo observó con seriedad—.
Fue el primero de muchos.
Pero cada historia grande tiene un punto de inflexión… y este fue el tuyo.
Alex bajó la cabeza, procesando las palabras.
Levi caminó unos pasos y se detuvo.—Arenas, hay algo que necesito que sepas.
Desde mañana, las cosas cambiarán.
No todos están contentos con tu regreso.
Ni dentro ni fuera del club.
Alex lo miró en silencio.—¿Qué querés decir?—Que hay quienes piensan que tu historia interrumpe otros planes.
Que tus logros… incomodan a los que ya tenían un guion escrito.
El joven frunció el ceño.—¿Y vos qué pensás?
Levi sonrió apenas.—Que el fútbol no necesita guiones.
Solo verdad.
Y vos la tenés.
El entrenador se marchó dejando esas palabras flotando en el aire.
Alex se quedó quieto, observando la sombra que se alejaba hasta desaparecer entre los túneles.
Algo dentro de él supo que la verdadera batalla recién estaba por empezar.
La mañana siguiente al partido llegó con una calma engañosa.El sol iluminaba las calles húmedas de la ciudad, y el aire olía a café recién hecho y papel de periódico.
Alex caminaba hacia el club con la mochila al hombro, las manos en los bolsillos y el gorro cubriéndole el rostro.A su alrededor, las conversaciones eran un murmullo lejano, pero había una palabra que se repetía constantemente:“Arenas.” Su nombre.Otra vez.Después de tanto tiempo en silencio, volvía a escucharlo en las calles, en los portales de noticias, en las voces de los niños que pateaban una pelota de plástico.
Una parte de él sonreía con orgullo.La otra, temía el peso que traía de nuevo esa fama.
Al llegar al vestuario, encontró a Dylan tirado en el banco, medio dormido.—¿Dormiste algo?
—preguntó Alex, dejando la mochila a un lado.—¿Dormir?
—Dylan se rió sin abrir los ojos—.
Los periodistas no me dejaron.
Quieren que les diga “cómo se siente ganar otra vez”.—¿Y qué les dijiste?—Que se siente igual que perder… solo que más divertido.
Ambos rieron, pero la risa se apagó cuando la puerta se abrió con un chirrido.Entró el ayudante técnico, con expresión tensa.—El míster los espera en la sala de video.
Y traigan la cabeza fría, muchachos.
Alex intercambió una mirada rápida con Dylan.—¿Tan temprano una charla?—Parece que sí —respondió su compañero, encogiéndose de hombros—.
Vamos a ver qué pasa.
La sala de video era pequeña, sin ventanas, iluminada por el brillo azul del proyector.Levi estaba allí, de pie, con los brazos cruzados.A su lado, un hombre con traje gris y mirada afilada.Alex lo reconoció enseguida: el director deportivo del club, Gustavo Menéndez.
El ambiente se sentía denso.Levi los saludó con un gesto breve.—Pasen, siéntense.
Los jugadores obedecieron.El proyector encendió la primera imagen: la jugada del segundo gol del partido anterior.Alex aparecía en el centro, dominando el balón, girando con elegancia y asistiendo a Dylan con un pase entre líneas.El gol.
La explosión.
La locura.
Menéndez pausó el video justo en el momento en que Alex levantaba los brazos para celebrar.—Excelente ejecución.
Técnica impecable —dijo con voz neutra.
Luego, su tono cambió, más cortante—.
Pero… ¿cuántas veces puede hacerlo?
Un murmullo incómodo recorrió la sala.
Levi lo observó, sin intervenir aún.Menéndez prosiguió:—El club está recibiendo mucha atención.
Y eso es bueno, claro.
Pero también trae presión, cámaras, expectativas.
No podemos depender de un jugador que todavía está probándose a sí mismo.
Alex apretó los puños.—Con todo respeto, señor, no estoy probándome.
Estoy regresando.Menéndez arqueó una ceja.—Regresando… —repitió, con una sonrisa que no era amable—.
Las regresos son buenos para las películas, muchacho.
En el fútbol, cuentan los resultados.
Levi dio un paso adelante.—Basta, Gustavo.
No estamos aquí para debatir con el chico.—Claro que sí —replicó Menéndez—.
Porque tu “chico” se está convirtiendo en el rostro del equipo, y eso cambia muchas cosas.
El silencio se hizo pesado.Thiago sintió el pulso acelerarse.Sabía que cada palabra de aquel hombre tenía peso dentro del club.
Menéndez se giró hacia él y concluyó:—Solo te advierto algo, Arenas.
Brillar una vez emociona.
Brillar siempre… asusta.
Y cuando asustás a la gente equivocada, te apagan la luz.
El proyector se apagó.Y con eso, la reunión terminó.
Ya fuera de la sala, Dylan lo alcanzó en el pasillo.—¿Qué fue eso?
—dijo, indignado—.
El tipo habla como si te odiara.Alex suspiró.—No me odia.
Solo… no confía.—Bueno, pues que mire el marcador.—No siempre importa el marcador, Dylan.
A veces lo que importa… es a quién estás incomodando.
El silencio entre ellos se volvió reflexivo.A lo lejos, podían escucharse los ecos de los entrenamientos de la categoría juvenil.Las risas, los silbatos, los gritos de entusiasmo.Alex recordó por un momento cuando él también era uno de esos chicos, soñando con solo estar ahí.
Y ahora que lo había logrado, comprendía algo importante: el fútbol no solo se juega en la cancha.
También en las sombras.
Más tarde, en el comedor del club, Thiago se sirvió un plato de pasta.A su lado, el capitán Martínez se sentó sin decir palabra.Durante varios segundos comieron en silencio.Hasta que el capitán habló, sin mirarlo directamente:—Menéndez no te quiere.Thiago tragó despacio.—Ya lo noté.—Tiene influencia.
Y si quiere joderte, lo hará.—¿Y vos qué pensás?Martínez alzó la vista, observándolo con seriedad.—Que si el club se divide por un chico que volvió a creer, el problema no sos vos… es el club.
Sus palabras pesaron más que cualquier charla técnica.Por primera vez, Thiago sintió que el respeto del capitán no era solo profesional, sino humano.
Esa noche, en su casa, el teléfono vibró.Era un mensaje nuevo, esta vez de un número desconocido.
Desconocido: “Felicitaciones por el partido.
Te merecías volver.
Pero cuidado con los que sonríen demasiado en los pasillos.” Alex frunció el ceño.No respondió.Solo miró por la ventana, hacia las luces lejanas del estadio.Y supo que el verdadero desafío no sería el próximo partido… sino sobrevivir a todo lo que vendría con la fama.
La tensión en el vestuario se sentía incluso antes del entrenamiento.Las bromas, las risas y el ruido característico del grupo habían desaparecido.En su lugar, reinaba un silencio incómodo, como si todos midieran sus palabras antes de hablar.
Thiago lo notó enseguida.Dylan, que solía ser el primero en romper el hielo, estaba recostado contra la pared, revisando su teléfono con gesto serio.Al acercarse, Thiago vio el motivo: un titular en letras grandes.
“¿Arenas genera división interna en el New Manchester?”Fuentes cercanas al club aseguran que algunos jugadores no ven con buenos ojos el protagonismo del exvolante, quien habría discutido con el cuerpo técnico tras el último partido.
—Mentiras —murmuró Thiago, apretando los dientes—.
No discutí con nadie.—No importa si es verdad —dijo Dylan sin levantar la vista—.
Lo importante es que la gente lo crea.
Thiago se dejó caer en el banco.Sabía perfectamente de dónde venían esos rumores.Gustavo Menéndez había empezado su juego.
Durante el entrenamiento, la tensión se hizo visible.En una jugada dividida, Thiago interceptó un pase y sin querer chocó con Cárdenas, el lateral derecho.Nada grave, pero el defensor se levantó furioso.—¿Qué te pasa?
¿Querés demostrar que sos el héroe también en la práctica?—Tranquilo, fue sin intención —respondió Thiago.—Claro… igual que tus entrevistas —espetó el otro, y se alejó.
El ambiente se volvió espeso.Incluso el míster parecía incómodo, sabiendo que la prensa estaba presionando desde afuera.
Levi observaba desde la grada, con el ceño fruncido.Sabía que el equipo no soportaría mucho tiempo más esa división.
Al finalizar el entrenamiento, Levi lo llamó a su oficina.El despacho olía a madera y a café recién molido.Sobre el escritorio, había una pila de documentos y un sobre con el escudo de un club extranjero.
—Siéntate, Thiago —dijo Levi, con voz grave.
Thiago obedeció.—¿Qué está pasando realmente?
—preguntó, cansado.Levi suspiró.—Menéndez está hablando con la directiva.
Dice que tu presencia distrae al grupo.
Que sos más mediático que disciplinado.—¿Y vos le creés?—No —respondió de inmediato—.
Pero no soy el único que decide.
Levi tomó el sobre y lo deslizó hacia él.—Esto llegó esta mañana.
Una oferta del Sevilla FC.
Quieren comprarte el pase.
Pagan bien.
Y rápido.
Thiago se quedó en silencio.Miró el sobre, luego a Levi.—¿Querés que me vaya?—Quiero que elijas —dijo el propietario, apoyando las manos sobre el escritorio—.
Si te quedás, te enfrentas a una guerra interna.
Si te vas, empezás de nuevo… pero limpio.
Las palabras pesaron como plomo.Por primera vez desde su regreso, Thiago sintió que su destino estaba otra vez en manos del fútbol… pero también de la política.
—¿Y si me quedo?
—preguntó finalmente.Levi lo miró fijo.—Entonces tendrás que demostrar que este club te necesita más de lo que vos lo necesitás a él.
Esa noche, Thiago volvió al estadio vacío.Se sentó en la tribuna, donde aún quedaban algunos vasos de cartón del partido anterior.Encendió su celular, abrió las redes y miró los mensajes de los fanáticos: apoyo, esperanza, admiración.
Pero también vio los otros:—“Divides el vestuario.”—“Te creés estrella.”—“Ojalá te vendas y nos dejes en paz.” Suspiró.El precio de volver a brillar era alto.Y empezaba a entenderlo.
Dylan lo llamó.—¿Dónde estás?—En el estadio.—Sabía que ibas a estar ahí.
Escuchá, te banco.
Y el grupo también… al menos los que todavía recuerdan por qué jugamos.—¿Y los demás?—Dejalos hablar.
Los que dudan de vos, van a necesitarte en el próximo partido.
Thiago sonrió con cansancio.—Gracias, hermano.—No me agradezcas todavía —respondió Dylan—.
Solo ganemos el próximo.
Y que los rumores hablen solos.
Colgó.Y por primera vez en todo el día, Thiago sintió que el fuego volvía a encenderse dentro de él.
Horas después, cuando se preparaba para irse, su celular vibró nuevamente.Un nuevo mensaje.Esta vez, sin firma.
“No tomes decisiones impulsivas.
No todos los que te aplauden quieren verte triunfar.
Algunos solo están esperando que falles.” Thiago lo leyó en silencio.Guardó el teléfono, se puso la campera y miró el campo vacío una vez más.El viento soplaba entre las gradas, como si el estadio mismo le susurrara algo que no podía entender.
El juego recién empezaba.
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