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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 32

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  4. Capítulo 32 - 32 Sombras en el Clásico
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32: Sombras en el Clásico 32: Sombras en el Clásico El amanecer trajo un aire distinto.

El cielo, cubierto por una neblina espesa, parecía reflejar el mismo peso que cargaba el New Manchester United.

A solo tres días del clásico contra el Everstone City, el ambiente dentro del club oscilaba entre la expectativa y la desconfianza.

Thiago Arenas llegó al complejo temprano, como siempre.

El eco de sus pasos en el pasillo vacío del vestuario lo acompañaba como si el lugar mismo lo observara.

Dejó su bolso, se sentó, y permaneció un momento en silencio.

La decisión seguía latiendo dentro de su cabeza: ¿irse o quedarse?

El sobre con la oferta del Sevilla aún estaba guardado en su mochila.

Cada vez que lo tocaba, sentía el peso de todas las opciones que aún no había tomado.

Pero algo dentro de él —una voz baja, firme, tozuda— le repetía que marcharse sería como rendirse justo cuando el partido más importante estaba por empezar.

Cuando los demás comenzaron a llegar, Thiago levantó la vista.

Los saludos fueron fríos, educados, pero sin la energía de antes.

Solo Dylan le dio una palmada en el hombro, como quien intenta encender una chispa en medio de la lluvia.

—Hoy toca enfocarse en lo que importa —le dijo—.

El resto… que espere.

Thiago asintió.

Sabía que no podía permitirse fallar.

Menéndez entró unos minutos después, con su carpeta bajo el brazo.

La forma en que lo miró lo decía todo: ni una palabra, pero una amenaza silenciosa.

—Escuchen —dijo el entrenador, dejando la carpeta sobre la mesa—.

El clásico no es un partido más.

Es el que marca quién manda en la ciudad.

Everstone viene fuerte.

Ganaron cuatro de los últimos cinco.

Pero nosotros… nosotros tenemos algo que ellos no tienen: hambre.

Las palabras resonaron en el vestuario, pero no con el mismo efecto que antes.

Algunos jugadores miraron al piso, otros simplemente asentían sin convicción.

El fuego se estaba apagando, y Thiago lo notaba.

Durante el entrenamiento táctico, Thiago intentó liderar desde el ejemplo.

Cada pase, cada toque, cada movimiento lo hacía con más intensidad que nadie.

Pero algunos compañeros, influenciados por los rumores, empezaban a aislarlo.

Los pases no llegaban, las combinaciones fallaban.

Y Menéndez, desde la línea, solo observaba con los brazos cruzados.

En un momento del ejercicio, Thiago detuvo el balón con rabia.—¿Vamos a jugar así el clásico?

—exclamó—.

Porque si es así, mejor ni nos presentemos.

El silencio fue total.

Cárdenas, el lateral, respondió con desdén:—¿Y vos quién sos para dar órdenes?—Alguien que todavía quiere ganar —replicó Thiago, mirándolo a los ojos.

Menéndez silbó fuerte.—¡Basta!

—gritó—.

No estoy dirigiendo un grupo de adolescentes.

Si alguno tiene un problema, que lo resuelva fuera del campo.

Aquí se entrena, no se discute.

Thiago respiró hondo, bajó la cabeza y siguió.

No valía la pena perder el control.

No todavía.

Esa tarde, el míster Levi lo llamó a su oficina otra vez.

Estaba diferente: más serio, más distante.—Thiago —empezó—, me están presionando desde arriba.

La directiva cree que los rumores ya dañaron demasiado la imagen del club.

Thiago lo miró en silencio.—¿Querés que me vaya?—No —respondió Levi, firme—.

Pero necesito que entiendas que esta batalla no la vas a ganar solo con goles.

Levi caminó hasta la ventana, desde donde se veía el campo de entrenamiento.—El fútbol es más que talento, hijo.

Es política, orgullo y poder.

Y Menéndez lo sabe.

Si querés quedarte, tendrás que jugar su juego… y ganarlo.

Thiago apretó los puños.

No le gustaba la idea de manipular o actuar.

Pero comprendió que si quería recuperar el control, debía ser más astuto que impulsivo.

Esa noche, mientras cenaba solo en su apartamento, recibió un mensaje inesperado.

Era de Laura, su madre.

“Te vi en las noticias otra vez.

No dejes que la gente te cambie.

Vos sabés quién sos.” Thiago sonrió.

Por un momento, las dudas desaparecieron.

Recordó por qué había vuelto: no por fama, ni dinero, sino por amor al juego y por redimirse ante los suyos.

Se levantó, fue hacia el balcón y miró las luces del estadio a lo lejos.

En su mente, el clásico ya había comenzado.

Y no pensaba perderlo, ni dentro ni fuera de la cancha.

La lluvia comenzó a caer sin previo aviso, golpeando con fuerza los ventanales del vestuario.

El sonido de las gotas parecía marcar el ritmo de la tensión que crecía dentro del New Manchester United.

Dos días para el clásico.

Dos días para que todo explotara.

El ambiente se había vuelto espeso, casi irrespirable.

Algunos jugadores apenas hablaban entre sí, otros se refugiaban en la música de sus auriculares.

Thiago, sentado en su esquina habitual, observaba en silencio.

No era miedo lo que sentía.

Era otra cosa: una mezcla de ansiedad, frustración y un leve presentimiento de que algo no estaba bien.

Durante el entrenamiento, Menéndez cambió de táctica.

Ordenó un simulacro de partido a campo completo, con intensidad máxima.

Era su forma de medir quién resistía la presión.

Thiago, designado como mediapunta titular, entendió el mensaje: era su última oportunidad de demostrar que aún merecía ese lugar.

El pitazo sonó.

El balón comenzó a rodar.

Los gritos del entrenador se mezclaban con el golpeteo constante de la lluvia.

Thiago empezó a moverse con ritmo, leyendo el campo como si el tiempo se ralentizara para él.

Encontraba huecos donde nadie más veía espacio.

En una jugada rápida, filtró un pase perfecto entre dos defensores; el delantero remató cruzado y el balón besó la red.

Menéndez no dijo nada, pero su ceja se alzó apenas un segundo.

Una señal mínima, pero suficiente para que Thiago entendiera que lo había notado.

El entrenamiento siguió, cada vez más exigente.

El cuerpo le dolía, pero su mente ardía.

Se sentía vivo otra vez.

Cuando terminó la práctica, todos se refugiaron en el vestuario, agotados.

Thiago fue el último en entrar.

El ambiente era distinto: un murmullo se extendía entre los jugadores.

Dylan lo llamó desde el fondo:—Tienes que ver esto.

En una de las paredes, alguien había pegado una hoja.

Era una caricatura de Thiago con una rodilla vendada y un texto que decía: “Genio de cristal.

Dura diez minutos, pero se cree el salvador.” El silencio se volvió incómodo.

Thiago respiró hondo, arrancó la hoja y la arrugó sin decir palabra.

Su mandíbula temblaba, pero se contuvo.

Sabía que eso era exactamente lo que querían: hacerlo explotar.

Menéndez entró justo en ese momento.

Sus ojos pasaron del papel arrugado al rostro de Thiago, pero no intervino.—Cinco minutos y reunión —ordenó, y se marchó.

En la charla posterior, el entrenador habló sobre el plan táctico.

Pero Thiago apenas escuchaba.

Su mente seguía en esa caricatura, en el eco de las risas que había sentido aunque nadie se atreviera a hacerlas frente a él.

Cuando la reunión terminó, Dylan lo alcanzó en el pasillo.—Ey, no te enganches con eso.

Vos sabés que fue Cárdenas o alguno de los suyos.

Thiago no respondió.

Solo asintió y siguió caminando.

Esa noche, mientras regresaba a casa bajo la llovizna, su celular vibró.

Era un mensaje anónimo.

“Si fallás el clásico, te vas.

No lo olvides.” Thiago se detuvo en seco.

Miró alrededor, pero la calle estaba vacía.

Guardó el teléfono y apretó el paso.

Sabía que ese mensaje no era una amenaza cualquiera: era parte del juego sucio dentro del club.

Cuando llegó a su apartamento, se quitó la camiseta empapada y se dejó caer sobre la cama.

El cansancio físico era soportable.

El peso psicológico, no tanto.

Recordó las palabras de Levi: “El fútbol no solo se gana en la cancha.” Ahora lo entendía.

Y también comprendía que si quería sobrevivir en ese entorno, debía aprender a moverse entre las sombras sin perder su luz.

Al día siguiente, Menéndez lo llamó aparte después del entrenamiento.—Arenas —dijo el técnico con voz baja—.

Sé lo del vestuario.

Thiago lo miró sorprendido.—¿Y por qué no hizo nada?—Porque a veces el fuego se apaga solo.

Si intervenía, lo alimentaba.

Hubo un silencio tenso.

Menéndez respiró hondo y añadió:—El clásico será tu examen final.

Si fallas, no podré protegerte más.

Thiago asintió, sin prometer nada.

Sabía que esa frase era más que una advertencia: era una sentencia condicionada.

Esa tarde, los medios comenzaron a especular.

“¿Thiago Arenas titular o suplente en el clásico?” “Menéndez no confía en su mediapunta.” “New Manchester, al borde del colapso interno.” La tormenta mediática crecía, y con ella, la presión.

Pero dentro del caos, algo empezó a despertar en Thiago.

Ya no se trataba solo de redención.

Ahora era una cuestión de orgullo.

Y mientras observaba la ciudad desde la ventana de su apartamento, con la lluvia cayendo y el estadio iluminado a lo lejos, juró en silencio: “Van a tener que verme caer en la cancha para hacerme callar.” El sol caía despacio sobre la ciudad, tiñendo de naranja los techos y las calles vacías.Era día de clásico.Y no había un solo rincón en New Manchester que no respirara esa mezcla de nerviosismo y emoción.

Desde temprano, los bares rebosaban de camisetas, banderas y cánticos.En las redes sociales, los hashtags #ClásicoDeLaCiudad y #ThiagoArenas se mantenían en lo más alto.Algunos lo llamaban “el regreso del genio roto”.Otros, “la última oportunidad de un jugador acabado”.

Pero Thiago había decidido no leer nada esa mañana.Solo se concentró en ponerse los auriculares, mirar su reflejo en el espejo y ajustar los cordones de sus botines nuevos.El silencio antes de la tormenta.

El autobús del equipo avanzaba por la avenida principal escoltado por motos policiales.A través del vidrio, Thiago veía los murales pintados con los colores del club, los niños agitando banderas, los ancianos que aún creían en las viejas glorias.Todo eso lo golpeó con fuerza.Ese amor, esa fe, era lo que realmente hacía al fútbol.

Dylan, sentado a su lado, le dio un codazo amistoso.—¿Listo para callar bocas?Thiago sonrió sin apartar la mirada del horizonte.—No voy a callar a nadie, Dylan.

Voy a hacerlos gritar.

El micro dobló la esquina y el estadio apareció ante ellos.Gigante, imponente, cubierto de una marea humana que lo hacía temblar.Thiago tragó saliva.Podía sentir la presión en el aire.Era como si el oxígeno se hubiera mezclado con adrenalina pura.

En el túnel de entrada, el eco de los pasos retumbaba como un tambor de guerra.Los jugadores del rival —el Riverfield FC, eterno enemigo del New Manchester— esperaban al otro lado, con sus miradas desafiantes.Uno de ellos, Cárdenas, el mismo que había sido señalado por el dibujo en el vestuario, lo observó con una sonrisa burlona.

—Cuidado con tu rodilla, Arenas.

Sería una pena si algo la tocara.

Thiago lo miró sin inmutarse.—Tranquilo.

Si querés la pelota, te la presto.

Pero tenés que poder alcanzarla.

Dylan soltó una risa baja.El árbitro se colocó entre ambos equipos.El sonido de los fanáticos se filtraba desde el túnel, ensordecedor, como una ola que chocaba una y otra vez.

El capitán levantó la vista, se persignó, y el equipo dio el primer paso hacia el campo.

La luz del estadio lo cegó por un instante.Miles de rostros, cámaras, pancartas y bengalas pintaban el aire.Los cánticos eran tan fuertes que parecía que el suelo mismo vibrara.

Thiago inspiró profundo.El olor del pasto mojado.El aire frío rozando su piel.Ese era su escenario.

Menéndez lo llamó desde la línea de banda.—Thiago —le dijo, mirándolo fijo—.

No pienses, sentí el juego.—Sí, míster.

El silbato sonó.

El clásico había comenzado.

Los primeros minutos fueron un choque de intensidad brutal.Riverfield presionaba alto, buscando robar el balón en campo rival.Thiago apenas tenía espacio, rodeado por dos o tres jugadores cada vez que recibía.

Pero su mente trabajaba más rápido.En un giro elegante, eludió a su marca y tocó en corto para Dylan, que devolvió con una pared precisa.El pase siguiente fue un cambio de frente que levantó el murmullo en las gradas.

—¡Bien, Thiago!

—gritó Menéndez desde el banco.

El público empezó a despertar.No era solo un pase.

Era una declaración.

Minuto 20.Falta peligrosa a favor del New Manchester, justo al borde del área.Thiago tomó el balón con calma, ignorando los gritos y los silbidos del rival.

Dylan se acercó.—¿Vas a patear vos?—Siempre lo hice.

Se alejó tres pasos, respiró hondo y, con un toque suave, colocó el balón por encima de la barrera.El arquero rival voló… y apenas rozó la pelota con la punta de los dedos.¡Travesaño!

El estadio rugió con un “¡UHHHHH!” atronador.El rebote cayó cerca, pero un defensor despejó justo a tiempo.

Thiago se pasó la mano por el rostro.Había estado tan cerca que podía oler el gol.

El partido siguió con una intensidad salvaje.Riverfield golpeaba fuerte, al límite de la falta.Cada vez que Thiago tocaba el balón, alguien lo marcaba con rudeza.

En el minuto 37, Cárdenas fue más allá: lo barrió por detrás sin piedad.Thiago cayó de rodillas, sintiendo un pinchazo helado en su pierna.Por un instante, todo el estadio contuvo la respiración.

Menéndez corrió hacia la línea gritando:—¡Eso es roja, maldita sea!

Pero el árbitro solo sacó amarilla.Los jugadores de New Manchester protestaron.Thiago, sin embargo, se levantó sin decir nada.El dolor estaba ahí, recordándole todo lo que había perdido.Pero esta vez, no pensaba caer.

Dylan se le acercó:—¿Estás bien?—Estoy cansado de estar mal —respondió, con los ojos encendidos.

El juego se reanudó.Y esta vez, Thiago tomó el control del mediocampo.

A los 44 minutos, justo antes del descanso, el balón cayó en sus pies.Tres rivales lo rodeaban.Podía pasarla atrás, o buscar el cambio de frente.Pero eligió otra cosa.

Amagó una vez, giró sobre sí mismo, dejó atrás al primero.Un toque corto con la punta, esquivó al segundo.El tercero intentó trabarlo, pero Thiago lo superó con un túnel que hizo que el público se levantara de sus asientos.

Quedó libre frente al área.Y sin pensarlo, remató.

El disparo salió con efecto, rozando el palo y colándose al fondo de la red.¡GOOOOOOL!

El estadio explotó.El grito de miles retumbó en su pecho.Dylan lo abrazó con fuerza, mientras el resto del equipo lo rodeaba.

Menéndez, en la línea, sonrió por primera vez en mucho tiempo.

Thiago miró al cielo.La lluvia había vuelto a caer, pero no le importó.Ese gol no era solo un tanto.Era su respuesta a todos los que lo llamaron frágil, acabado, inútil.

Mientras el árbitro señalaba el final del primer tiempo, Thiago caminó hacia el túnel.El ruido del público seguía resonando detrás de él, pero en su interior había calma.Había superado el miedo.

Sin embargo, mientras desaparecía en la sombra del túnel, una figura lo esperaba del otro lado.Un hombre de traje oscuro, con un auricular y un logo discreto en la solapa: el emblema de un club profesional extranjero.

El hombre lo observó en silencio.Y cuando Thiago pasó junto a él, murmuró algo casi imperceptible: —Nos vemos después del partido, Arenas.

Thiago se detuvo por un instante.Pero antes de poder responder, el desconocido ya se había perdido entre el personal del estadio.

Y así, mientras el rugido de la multitud seguía vibrando afuera, Thiago comprendió que el verdadero desafío apenas comenzaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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