Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 36
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36: Sombras en el Cielo 36: Sombras en el Cielo El rugido de los motores cortaba el aire con una precisión casi quirúrgica.El vuelo NM-07 surcaba las nubes sobre el Atlántico, su estela plateada desdibujándose entre la neblina matutina.
Dentro del avión, el silencio era artificial, calculado, como si incluso el aire hubiera sido filtrado para eliminar cualquier rastro de humanidad.
Thiago se encontraba en la sección central, mirando por la ventana.No entendía del todo por qué lo habían llevado allí.
Le habían dicho que era un vuelo “de entrenamiento internacional”, una oportunidad única para mostrar su talento ante nuevos observadores europeos.Pero algo en su interior no encajaba.Desde hacía días, sentía punzadas extrañas en la cabeza.
Momentos breves en los que su visión se tornaba borrosa, como si la realidad misma se fragmentara.
El joven apretó los puños, tratando de respirar con calma.—Tranquilo… solo es cansancio —murmuró.
Sin embargo, una voz tenue respondió desde lo más profundo de su mente.“No estás cansado, Thiago.
Te están despertando.” Se giró de golpe.
Nadie.
Solo los demás pasajeros —un grupo de hombres trajeados, con insignias de NovaCorp en el cuello—, y los dos agentes de seguridad que custodiaban la cabina del piloto.
Cerró los ojos.
Las visiones se habían vuelto más claras.
En sueños, veía ciudades cubiertas por neones, siluetas humanas sin rostro, y una figura de pie en medio del caos, observándolo desde lejos.
Una figura que no conocía… y, a la vez, sentía familiar.
En el compartimiento de mando, los pilotos hablaban en clave.—Confirmado, el sujeto Beta está estable.
Los niveles neuronales coinciden con la proyección.—Perfecto —respondió una voz metálica desde el intercomunicador—.
Asegúrense de que el protocolo Athena-3 se active antes del aterrizaje.
Londres ya está lista para la integración.
El piloto dudó.—¿Y si el sujeto presenta rechazo antes de llegar?—Entonces procederán con el apagado.
No necesitamos errores esta vez.
La comunicación se cortó.
En la cabina, el copiloto tragó saliva.
Sabía lo que significaba apagado: una muerte silenciosa, sin rastro, sin testigos.
Thiago abrió los ojos otra vez, con el corazón acelerado.
No sabía por qué, pero sentía que algo dentro de él se movía distinto.
Las luces del avión parpadearon un instante.
Un murmullo digital recorrió los altavoces.
Y, de repente, el mundo se dividió en capas de datos y sombras.
Podía verlo.
Literalmente.El aire frente a él se llenó de códigos flotantes, fragmentos de texto que se reordenaban en tiempo real.—¿Qué… qué es esto?
—susurró, mirando sus manos, que parecían vibrar con un brillo metálico.
“Sistema Aristeia – Nodo Beta en sincronización parcial.”Las palabras aparecieron en su visión, como si un sistema invisible se activara dentro de su cerebro.
Y entonces la voz volvió, más clara que nunca: “Thiago, no te resistas.
Tú naciste para esto.” —¿Quién sos?
—dijo entre dientes, mirando a su alrededor, sin saber si hablaba en voz alta o solo pensaba.“Soy tu reflejo.
Soy lo que viene después del miedo.” El joven se levantó bruscamente, tambaleándose por el movimiento del avión.
Uno de los guardias se acercó.—Señor Arenas, por favor, permanezca sentado.—¿Dónde me están llevando?
—gritó, con la voz quebrada.—A Londres, por su seguridad.
Pero Thiago lo sabía.
No se trataba de seguridad.
Era una prisión con alas.
Mientras tanto, a miles de kilómetros de allí, en una base improvisada cerca de Lisboa, Levi observaba una pantalla cubierta de interferencias.
El transmisor de Ethan captaba señales fragmentadas del vuelo NM-07.
Entre las ondas, aparecía un código que ambos reconocieron de inmediato: [SINCRONIZACIÓN ACTIVA – SUJETO BETA DETECTADO] Ethan apretó los dientes.—Ya comenzó.
Levi se inclinó hacia la pantalla, su voz baja pero firme.—Tenemos que intervenir antes de que aterricen.
Ethan negó con la cabeza.—Imposible.
Está sobre el Atlántico.
Si interferimos el sistema de vuelo, podría caer.—Entonces desviémoslo.
—Levi apuntó a una vieja consola de navegación—.
Un campo electromagnético controlado.
Solo lo suficiente para obligarlos a aterrizar en Irlanda.—¿Sabes lo que eso implica?—Sí.
Implica que aún tiene una oportunidad.
Ethan lo miró fijamente, y después de unos segundos, comenzó a teclear.—Bien, pero si esto falla, estaremos en todos los radares de NovaCorp en menos de una hora.
Levi esbozó una media sonrisa.—Entonces espero que todavía te quede práctica huyendo.
En el avión, las luces se apagaron.
Los sistemas comenzaron a reiniciarse.
El piloto golpeó los controles.—¡Estamos perdiendo señal con la torre de control!—¡Rumbo inestable!
—gritó el copiloto.
Los pasajeros empezaron a murmurar nerviosos, mientras los motores fluctuaban entre ráfagas.
Thiago, sentado en medio del caos, cerró los ojos.
Por alguna razón, sabía que aquello no era un accidente.
Alguien —en algún lugar— estaba intentando ayudarlo.
“No tengas miedo.
”La voz volvió, pero esta vez no sonaba como una amenaza.
Sonaba humana.
Casi… protectora.
El avión se inclinó violentamente hacia un costado.
Los guardias corrieron a sujetarse.
Thiago se aferró al asiento, los ojos abiertos, viendo entre los relámpagos del sistema la sombra de una figura: Un hombre, en un túnel digital de datos, tendiéndole la mano.
No sabía su nombre, pero sintió que podía confiar en él.
Y por un segundo, todo se detuvo.
El tiempo.
El miedo.
El ruido.
Solo un pensamiento lo cruzó antes del apagón total: “Quien quiera que seas… no me dejes caer.” El vuelo NM-07 comenzó un descenso de emergencia, su ruta desviándose al norte, hacia el cielo gris de Irlanda.
En la base, Levi exhaló con alivio al ver el cambio de trayectoria.—Lo tenemos.
Ethan asintió, con los ojos fijos en los radares.—Sí… pero NovaCorp también.
Una nueva alerta parpadeó en la pantalla: [Rastreadores desplegados – Equipo de recuperación en camino] Levi se giró hacia la salida, tomando su abrigo y su pistola.—Entonces no tenemos tiempo que perder.
El juego había cambiado.
Ya no se trataba de huir.
Ahora, era una carrera por salvar al único chico que aún podía detener lo que ellos mismos habían desatado.
El avión descendía con un rugido metálico, partiéndose en gritos, alarmas y turbulencia.
Las máscaras de oxígeno colgaban del techo como frutos del miedo, y los pasajeros se aferraban a lo que podían, esperando un milagro que no parecía llegar.
Thiago sentía cómo el corazón le martillaba el pecho.
Todo dentro del avión vibraba, como si el aire mismo temblara de pánico.
Afuera, un cielo gris y denso devoraba el horizonte.
El piloto gritaba coordenadas, el copiloto intentaba recuperar control, pero la máquina parecía tener voluntad propia.
Entre flashes de pánico, Thiago volvió a ver aquella figura.
El hombre del túnel de datos.
Esta vez, no era una visión difusa.
Podía distinguirlo mejor: ojos fríos pero cargados de decisión, una chaqueta oscura con un símbolo apenas visible en el hombro —una especie de espiral cruzada por una línea—.
“Escúchame, Thiago.”La voz sonó más fuerte, casi ensordecedora.—¿Quién sos?
—jadeó el joven, entre el rugido de los motores—.
¿Qué me estás haciendo?“No soy tu enemigo.
Pero si querés sobrevivir, tenés que confiar en mí.”—¿Confiar?
¡Estoy cayendo del cielo!“Y por eso mismo, necesito que escuches.
En tu cabeza hay algo que no debería existir.
Y ahora, todos vienen por vos.” Las palabras apenas alcanzaban a tomar sentido cuando un estallido sacudió el avión.El ala izquierda se iluminó con fuego, y una de las turbinas explotó, haciendo que la nave se inclinara violentamente hacia un costado.
Los gritos se mezclaron con el rugido del metal desgarrándose.
Los guardias corrieron hacia la cabina, pero el golpe los lanzó contra los asientos.Thiago apenas logró cubrirse.
Todo se volvió una masa de ruido, destellos y confusión.
Y entonces, un silencio extraño.Un segundo de calma absoluta.El sonido de su respiración amplificado.
“Ahora, Thiago.
Concentrate.”—¿Qué?“Sentí el aire.
Sentí la estructura.
Controlala.” No entendía qué significaba.
Pero, sin saber cómo, lo hizo.
Cerró los ojos.El mundo se volvió un entramado de líneas, luces y estructuras de energía.
Podía ver el avión como si fuera un esquema, cada parte vibrando con diferentes tonos.
Y de algún modo… podía tocarlas.
No físicamente, sino con la mente.
Cuando el fuselaje comenzó a ceder, Thiago estiró una mano, y el brillo metálico de su piel se encendió otra vez.
Un impulso atravesó su cuerpo.El metal del avión respondió.Las vibraciones se estabilizaron por un instante.El descenso se frenó apenas lo suficiente para que los pilotos retomaran el control.
—¡Qué… demonios fue eso!
—gritó el copiloto, mirando los instrumentos que volvían a la normalidad como por arte de magia.
Thiago abrió los ojos, aturdido.—¿Yo hice eso…?
La voz respondió, calmada:“Todavía no sabés quién sos, pero acabás de salvar a todos los que te querían muerto.” El aterrizaje fue un caos contenido.El avión tocó tierra en un campo abierto al norte de Irlanda, arrastrando tierra, hierba y metal.
El fuselaje se partió, pero milagrosamente no explotó.Los pasajeros salieron tambaleándose, entre gritos y humo.
Thiago cayó de rodillas sobre el barro, con los oídos zumbando.Sus manos temblaban, pero no de miedo: brillaban con un leve resplandor dorado que desaparecía lentamente.El suelo húmedo le devolvía el eco de su respiración, rápida, desesperada.
Un guardia se acercó, tambaleante, con el rostro ensangrentado.—Thiago… tenemos que… evacuar.Pero antes de que pudiera terminar, un zumbido los atravesó.Desde el cielo, drones negros descendían, dejando un rastro de luz azulada.
Thiago lo entendió al instante.NovaCorp ya estaba allí.
Corrió.
No pensó, no miró atrás.Sus piernas se movían por instinto, impulsadas por algo más que adrenalina.
Atravesó un seto, cayó, se levantó.
Detrás de él, se oían disparos eléctricos y gritos.Un rayo azul pasó rozando su hombro, carbonizando el borde de su camiseta.
“A la izquierda, ahora.”La voz lo guió con precisión.Thiago viró sin cuestionar, y un proyectil golpeó el árbol que tenía delante, partiéndolo en dos.“Seguí corriendo.
Hay un viejo camino de piedra.
Te llevará hasta el acantilado.”—¿Y después qué?
—jadeó.“Saltá.”—¿Qué?
¡Estás loco!“Confiá en mí.” A varios kilómetros, en una camioneta negra estacionada cerca de la costa, Levi observaba los monitores de interferencia.
Ethan tecleaba sin descanso.—Está vivo —dijo finalmente—.
Su señal de sincronización sigue activa.—¿Y los rastreadores?—Tres escuadrones de NovaCorp en el perímetro.
Pero aún no saben que desvió el curso.
Levi miró por la ventana.
El cielo gris parecía apretarse contra el mar.—Entonces todavía podemos sacarlo de ahí.
Tomó un auricular, activó la conexión.—Thiago… ¿me escuchás?El joven, corriendo entre el barro y las piedras, apenas respondió.—¿Quién sos?—Alguien que cometió un error hace mucho tiempo… y está tratando de enmendarlo.
Esa voz.
Era la misma.La figura del túnel digital.Por primera vez, tenía nombre.—Levi… —susurró.
—Escuchame, pibe.
Vas a llegar a un acantilado.
Hay una corriente de energía bajo el agua.
Cuando saltes, tu cuerpo va a hacer el resto.Thiago dudó.—¿Y si no funciona?—Entonces no te voy a poder conocer.
Así que asegurate de que funcione.
Los disparos se acercaban.
Drones zumbando, luces azules iluminando la niebla.Thiago vio el borde del acantilado.
El mar abajo rugía, oscuro, inmenso.El aire olía a sal y electricidad.
Cerró los ojos.“Confiá.” Saltó.
El viento lo envolvió como una carcajada salvaje.Y antes de golpear el agua, su cuerpo se encendió.Una luz dorada, viva, atravesando la neblina como un cometa.
Desde la camioneta, Levi sonrió apenas.Ethan lo miró, incrédulo.—¿Creés que sobrevivió?—No lo creo.
Lo sé.
En el fondo del mar, entre corrientes frías y oscuras, Thiago flotaba inconsciente.Pero algo lo mantenía vivo.La misma energía que lo había salvado en el aire ahora lo envolvía, reconstruyendo, adaptando.El agua lo rodeaba, pero no lo ahogaba.Era como si respirara dentro de un sueño.
Y en ese sueño, una voz volvió a hablarle: “Bienvenido a la segunda oportunidad, Thiago.
El mundo todavía no está listo para vos… pero pronto, tendrá que estarlo.” Su cuerpo comenzó a ascender lentamente hacia la superficie, mientras el amanecer se asomaba en el horizonte.Una nueva etapa acababa de comenzar.
El amanecer sobre Manchester parecía distinto.
El cielo, teñido de un naranja rojizo, daba la impresión de que incluso el sol se preparaba para presenciar el resurgir del New Manchester United.
Levi se había levantado antes que todos.
No había podido dormir.
En su cabeza resonaban fragmentos de las palabras de Alan, los gritos de los hinchas, la furia de la prensa… y, sobre todo, la promesa que él mismo se había hecho la noche anterior: “Vamos a demostrarle al mundo quiénes somos.” Mientras el resto del equipo desayunaba en silencio, Levi bajó al campo vacío del Old Trafford.
Caminó lentamente por el césped húmedo, respirando el aire frío de la mañana.
A cada paso, los recuerdos lo golpeaban: el día que compró el club, el primer entrenamiento, la noche en la que todos dudaban de él.
Se detuvo en el punto central del campo, miró hacia las gradas y susurró:—Hoy… este estadio va a volver a rugir.
Horas después, cuando los jugadores saltaron al campo, el ambiente era irreal.
Las tribunas vibraban con una energía que rozaba lo místico.
Miles de bufandas ondeaban, los cánticos envolvían el aire y el sonido era tan poderoso que parecía que el propio suelo temblaba.
Los rivales observaban desconcertados, conscientes de que algo había cambiado.
Alan, parado en la línea del área técnica, giró la cabeza hacia Levi, que observaba desde el palco presidencial.
Ambos cruzaron una mirada silenciosa, de respeto mutuo y de complicidad.
No necesitaban palabras; sabían que aquella tarde no era un partido más, era el punto de inflexión.
El árbitro pitó el inicio y el New Manchester United salió con una intensidad que nadie esperaba.
Mason abrió el juego con un pase perfecto hacia Youssouf, que desbordó por la banda izquierda dejando atrás a dos defensores.
La grada rugió.
En el minuto 7, un centro milimétrico cayó sobre la cabeza de Lian, que remató con potencia.
El balón besó el travesaño… y entró.
GOL.
El estadio explotó.
Levi cerró los puños con fuerza, conteniendo la emoción.
Era el gol más simbólico de la temporada, uno que representaba todo: el esfuerzo, las críticas, las noches de duda, el renacimiento.
Alan gritó como si fuera un hincha más, abrazando a sus asistentes.
El banco de suplentes se levantó en masa.
Pero el rival no tardó en reaccionar.
Durante los siguientes veinte minutos, el partido se convirtió en una batalla táctica y emocional.
Hubo choques fuertes, entradas duras, y un ritmo que exigía el máximo a cada jugador.
Sin embargo, el New Manchester no cedía.
Cada despeje, cada recuperación, cada pase, era una declaración de orgullo.
En el minuto 62, el rival empató con un disparo lejano que sorprendió a toda la defensa.
El silencio se apoderó del estadio.
Por unos segundos, parecía que la esperanza se desvanecía.
Pero fue entonces cuando Levi se levantó del asiento y empezó a aplaudir con fuerza.
El gesto se contagió.
Miles de hinchas lo imitaron.
En cuestión de segundos, todo el estadio estaba de pie, gritando, alentando, rugiendo.
Alan lo entendió como una señal.
Hizo un cambio clave: ingresó Samuel, un joven de la cantera que Levi había defendido personalmente meses atrás.
Un chico que muchos decían que “no estaba listo para partidos grandes”.
Alan apostó todo.—Mostrales quién sos, chico —le dijo antes de entrar.
El partido llegó al minuto 85 con el marcador igualado.
La tensión era insoportable.
Las pulsaciones, altísimas.
Y entonces, como si el destino hubiera estado escribiendo ese momento desde hacía años, Samuel recibió un pase filtrado en la frontal del área.
Controló, levantó la cabeza y disparó.
El balón se clavó en el ángulo.
El rugido fue ensordecedor.
Las gradas se movían, la gente lloraba, los jugadores se abrazaban sin control.
Alan se arrodilló al borde del campo, con los ojos húmedos.
En el palco, Levi no pudo contener las lágrimas.
Había visto muchos goles, muchos triunfos… pero ninguno tan importante como ese.
No por los puntos, sino por lo que representaba: el alma recuperada del club.
Cuando el árbitro pitó el final, los jugadores se desplomaron en el césped, extenuados.
Alan caminó lentamente hacia el centro del campo, levantó la vista hacia el palco y levantó el pulgar.
Levi le respondió con una sonrisa cansada, pero llena de orgullo.
Los hinchas no se movían.
Querían seguir allí, en ese instante eterno donde el pasado y el futuro del New Manchester United parecían unirse.
Los cánticos no paraban, los nombres de los jugadores resonaban uno por uno, y entre todos, un grito se alzó más fuerte que los demás: —¡Levi!
¡Levi!
¡Levi!
Él negó con la cabeza, sonriendo.
No quería protagonismo.
Sabía que el verdadero mérito era de ellos, de los que habían creído incluso cuando todo parecía perdido.
Más tarde, en los vestuarios, el ambiente era una mezcla de euforia y alivio.
Mason bromeaba con Samuel, que no podía dejar de reír mientras sostenía la pelota del partido.
Alan entró y el silencio fue inmediato.—No voy a hablar mucho —dijo con voz firme—.
Solo quiero que entiendan que hoy demostramos algo más que fútbol.
Demostramos que este escudo tiene vida.
Que no importa cuántas veces nos caigamos, siempre vamos a volver más fuertes.
Aplausos.
Gritos.
Algunos se abrazaron con lágrimas en los ojos.
Horas después, cuando el estadio ya estaba vacío y solo quedaban las luces del pasillo encendidas, Levi volvió a salir al campo.
Caminó nuevamente hasta el punto central, el mismo de esa mañana.
Esta vez no había silencio: el eco lejano de los cantos aún flotaba en el aire.
Miró al cielo y susurró:—Old Trafford vuelve a respirar.
Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió con verdadera paz.
El New Manchester United había vuelto.
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