Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 38
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38: El día despues 38: El día despues La mañana siguiente amaneció con un sol brillante, casi irónico después de la tormenta emocional de la noche anterior.
En el pequeño barrio donde vivía Thiago, el silencio de las calles contrastaba con la euforia que todavía vibraba en las redes sociales, en los noticieros, en los comentarios de los vecinos.El New Manchester United había vencido al Arsenal City.Nadie lo esperaba.
Ni los comentaristas, ni los hinchas, ni siquiera los que habían acompañado al equipo durante toda la temporada.
Pero ahí estaban, los once chicos que se negaron a rendirse.
Y en el centro de todos los titulares, un nombre resaltaba en mayúsculas: THIAGO ARENAS.
Thiago despertó con los primeros rayos de sol filtrándose por la cortina.
Le dolía todo el cuerpo.
Las piernas pesadas, los músculos tensos, la garganta seca.
Pero lo que más le sorprendió fue que, a pesar del cansancio, tenía una sonrisa involuntaria en el rostro.Estaba vivo.
Y por primera vez en mucho tiempo, se sentía libre.
Su teléfono vibraba sin descanso sobre la mesa de noche.
Notificaciones, mensajes, menciones en redes.
Periodistas, amigos, compañeros de la infancia, incluso exjugadores que habían compartido vestuario con él.Abrió uno de los mensajes: “Thiago, lo de ayer fue increíble.
Ese gol fue pura magia.
No pares, pibe.” Y otro: “¡Qué orgullo verte volver así!
El fútbol te necesitaba.” Pero entre todos, uno le llamó especialmente la atención: un mensaje del entrenador del club juvenil donde había empezado a jugar de niño.
“No sé si te acordás de mí, pero te vi ayer.
Sos el mismo chico que desbordaba por la banda sin miedo.
No dejes que el miedo vuelva a ganarte.” Thiago se quedó mirando la pantalla unos segundos, con la vista nublada por la emoción.
Ese mensaje lo golpeó más fuerte que cualquier elogio de la prensa.
Era como si su pasado le tendiera la mano para recordarle por qué había empezado todo.
Bajó a desayunar.
En la mesa lo esperaba su madre, como siempre, con café caliente y tostadas.
Pero esta vez había algo diferente en su mirada.
Ya no estaba la preocupación, ni la tristeza oculta detrás de la ternura.Solo orgullo.
Orgullo puro.
—Dormiste poco, ¿no?
—preguntó ella con una media sonrisa.—Casi nada —respondió él—.
Pero valió la pena.—Vi el partido… tres veces —admitió, riendo con timidez—.
Todavía no puedo creer que hicieras ese gol.
Thiago se encogió de hombros, intentando restarle peso, aunque por dentro ardía de felicidad.—Fue suerte… y un poco de locura.—No, hijo —dijo ella, apoyando su mano sobre la suya—.
Fue coraje.
Y eso no se enseña.
Por un momento, el silencio llenó la cocina.
No era incómodo, sino sereno.
Madre e hijo se miraron sin necesidad de palabras.
Él había cumplido la promesa que le había hecho en aquella noche de duda: demostrar con hechos que había cambiado.
Antes de levantarse, ella le dijo algo que lo acompañaría el resto del día:—Thiago… ahora que volviste a brillar, no dejes que el brillo te ciegue.
El fútbol te puede dar mucho, pero también puede quitártelo todo si olvidás quién sos.
Sus palabras quedaron flotando en su mente mientras él se preparaba para salir rumbo al club.
Sabía que tenía razón.
La gloria era dulce, pero fugaz.
Y si quería mantenerla, debía seguir siendo el mismo chico que jugaba por amor al balón, no por fama.
En el complejo del New Manchester United, el ambiente era una fiesta.
Los utileros, los empleados, los juveniles que los habían ido a ver… todos aplaudían cuando Thiago cruzaba el pasillo.—¡Eh, Arenas!
¡Crack, qué golazo hiciste!
—le gritaban algunos, dándole palmadas en la espalda.Otros lo miraban con respeto, con ese brillo en los ojos que uno solo tiene cuando ve a alguien que volvió desde abajo.
El entrenador lo esperaba en la cancha auxiliar, con una sonrisa apenas disimulada.—Tarde, ¿eh?
—bromeó.—Me costó salir de la cama —respondió Thiago.—Después de lo de ayer, te lo permito.
Pero mañana quiero verte corriendo el doble.
La temporada no terminó.
Thiago asintió con una mezcla de cansancio y determinación.
Lo sabía: una victoria no era un destino, era apenas una parada en el camino.
El entrenador lo miró unos segundos más, serio ahora.—Te vi diferente ayer.
No por el gol, sino por cómo hablaste, cómo ordenaste al equipo.
Estás empezando a convertirte en un líder, Thiago.
No lo arruines buscando ser un héroe.
Los héroes duran un partido.
Los líderes, una carrera.
Esas palabras le quedaron dando vueltas.
Ser un líder… nunca lo había pensado así.
Él solo quería volver a jugar bien, pero quizás el destino tenía planes más grandes para él.
A media mañana, la prensa ya se había instalado en la entrada del club.
Cámaras, micrófonos, flashes.
Querían una entrevista, una foto, una declaración.
Thiago, algo incómodo, intentó esquivarlos, pero uno logró alcanzarlo:—¡Thiago!
¡Thiago Arenas!
¿Cómo se siente ser el protagonista de la victoria más grande del New Manchester en los últimos años?
Él se detuvo un segundo.
Pensó en todas las veces que había soñado con ese momento, con ser reconocido, con ser el centro de atención.
Pero ahora, que lo tenía enfrente, no sentía euforia.
Sentía calma.—No fui yo el protagonista —respondió con voz firme—.
Fue el equipo.
Todos creímos.
Yo solo hice mi parte.
La frase, sencilla y honesta, se volvió viral en cuestión de horas.
Los noticieros deportivos la repitieron, los hinchas la compartieron, y hasta los comentaristas más duros reconocieron la madurez que reflejaba.“Thiago Arenas: el renacido que prefiere el nosotros antes que el yo.” Por la tarde, cuando volvió a casa, la calle estaba llena de vecinos esperándolo.
Algunos lo aplaudieron, otros le estrecharon la mano.
Un grupo de niños jugaba con una pelota en la esquina, gritando su nombre como si fuera una palabra mágica.—¡Pásala, soy Thiago!
¡Mirá el golazo!
—decía uno, imitando su remate del día anterior.
Thiago se detuvo a mirarlos.
Sonrió.
Se acercó y jugó con ellos unos minutos, riendo, descalzo, sin cámaras ni árbitros, solo el sonido del balón y las risas.
En ese instante recordó por qué amaba el fútbol: porque en su forma más pura, seguía siendo un juego.
Cuando volvió a casa, el sol comenzaba a caer.
Su madre lo esperaba en el balcón, con una expresión tranquila.—¿Te das cuenta, hijo?
—le dijo—.
Ya no sos el chico que perdió una oportunidad.
Sos el que aprendió a levantarse.
Thiago la abrazó sin decir nada.
En el fondo, sabía que esa victoria no era el final de nada… era apenas el principio de un nuevo desafío: mantenerse fiel a sí mismo mientras el mundo empezaba a mirarlo distinto.
Y aunque no podía prever lo que venía —las ofertas, la presión, las nuevas tentaciones—, una cosa era segura: Thiago Arenas había vuelto, y esta vez no pensaba dejar que nada lo derribara.
La tarde siguiente trajo algo que Thiago no esperaba: la fama tenía un eco tan fuerte que no lo dejaba pensar.Las redes no paraban de reproducir el gol.
Cada ángulo, cada toma, cada narrador gritando su nombre.“¡Thiago Arenas, el renacido!”“¡El chico que volvió de una lesión para cambiarlo todo!”“¡El nuevo genio del mediocampo uruguayo!” Era demasiado.Cada vez que abría el teléfono, el reflejo de ese mundo digital lo cegaba un poco más.
Miles de seguidores nuevos, mensajes de clubes, de representantes, de gente que nunca antes lo había mirado dos veces.Y, entre todo ese ruido, una notificación diferente: un correo del Departamento de Prensa del New Manchester United.
“Thiago, se requiere tu presencia mañana en la conferencia de prensa.
10:00 a.
m.
No llegues tarde.” Se quedó mirando la pantalla con el ceño fruncido.Una conferencia de prensa.
Él.Hasta hace poco, dudaban en ponerlo a jugar.Ahora, lo querían frente a las cámaras.
El día siguiente amaneció nublado, como si el cielo también quisiera opacar un poco tanto brillo.
Thiago llegó al club y fue recibido por un enjambre de periodistas y fotógrafos.El entrenador lo saludó con un gesto firme.—Tranquilo, pibe.
Respondé lo que sientas.
Pero recordá: una palabra mal dicha y te van a querer subir y bajar en segundos.
Thiago asintió, sintiendo cómo un pequeño nudo le apretaba el estómago.Entró en la sala de prensa y se encontró con un mar de flashes, cámaras y micrófonos.
Nunca había estado en un lugar tan luminoso y, al mismo tiempo, tan asfixiante.
El jefe de prensa del club se inclinó hacia él y susurró:—Respirá.
Contestá con calma.
Sé vos mismo.
El primer periodista tomó la palabra.—Thiago, ayer el mundo te conoció.
¿Cómo viviste ese momento?
Thiago respiró profundo.—Fue… un sueño.
Pero no solo mío.
Es el resultado del trabajo de todo el equipo.
Nadie gana solo.
La respuesta fue recibida con una ola de flashes.
Otro periodista intervino:—Muchos comparan tu estilo con el de un joven Riquelme o incluso Iniesta.
¿Te ves así?
Thiago sonrió, incómodo.—No me comparo con nadie.
Solo intento jugar a mi manera, disfrutar el juego como cuando era niño.
La periodista que hizo la tercera pregunta tenía una mirada distinta.
No buscaba titulares, sino entenderlo.—Thiago… después de tu lesión, ¿hubo un momento en el que pensaste en dejarlo?
El silencio llenó la sala.
Por primera vez, los flashes se detuvieron.Thiago bajó la vista.—Sí.
Muchas veces.
Cuando sentís que tu cuerpo no responde, que los demás dejan de creer en vos… cuesta levantarse.
Pero descubrí que, si no creés en vos mismo, nadie más lo hará.
Y esa es una lección que no pienso olvidar.
Las palabras resonaron en la sala como un eco sincero.
No era un discurso preparado.
Era verdad.
Al salir del club, un hombre de traje lo esperaba apoyado contra un auto negro.
Tenía el aire de alguien que se movía entre promesas y negocios.—Thiago Arenas, ¿verdad?
—preguntó con una sonrisa medida—.
Soy Lucas Delano, representante de jugadores.
Me gustaría hablar contigo, aunque sea cinco minutos.
Thiago dudó, pero el tono seguro del hombre lo hizo quedarse.—Te vi jugar.
Sos distinto.
No lo digo por venderte humo, lo digo porque lo sé.
Tengo contactos en España, en Argentina, incluso en Brasil.
Si querés dar el salto, puedo hacerlo realidad.
—¿Y qué tendría que hacer yo?
—preguntó Thiago, sin disimular la desconfianza.—Nada más que seguir jugando como hasta ahora.
Yo me encargo del resto.
Contratos, marketing, visibilidad.
Lo que te merecés.
Thiago lo miró con una mezcla de curiosidad y cautela.
Sabía que el fútbol profesional era un mundo peligroso, lleno de manos que se extendían con sonrisas mientras escondían sus verdaderas intenciones.—Gracias… pero necesito tiempo para pensar.
Delano sonrió, sin ofenderse.—Perfecto.
Pero no tardes mucho, chico.
Las oportunidades no esperan.
El auto negro se alejó dejando un rastro de polvo y un peso invisible en la mente de Thiago.
Esa noche, en su habitación, Thiago revisaba una y otra vez el video del partido.
No se cansaba de verlo.
Cada movimiento, cada pase, cada decisión.
No por vanidad, sino porque quería entenderlo: ¿en qué momento había vuelto a ser él mismo?
De repente, su celular volvió a vibrar.Era un mensaje de un número desconocido.
“¿Querés hablar un día sobre lo que sentís en la cancha?
Soy Mara Valenti, periodista deportiva.
Me conmovió tu historia.
No quiero una entrevista de prensa, quiero conocer al chico detrás del jugador.” Thiago dudó.No sabía si aceptar.Pero algo en esas palabras —“el chico detrás del jugador”— le hizo pensar que no todos buscaban aprovecharse de su nuevo brillo.
Tal vez, hablar con alguien que lo viera más allá del uniforme no sería tan malo.
Le respondió con cautela: “Podemos hablar mañana.
Pero sin cámaras.” “Trato hecho ;)” —respondió ella.
Esa noche, mientras intentaba dormir, Thiago sintió una mezcla de orgullo y miedo.
Orgullo por todo lo logrado… y miedo por lo que vendría.La fama se acercaba como un fuego lento, atractivo pero peligroso.
Y aunque su madre tenía razón —el brillo podía cegarlo—, él estaba decidido a mantener los ojos abiertos.
Miró al techo, respiró hondo y se dijo a sí mismo: “No soy una historia más.
Soy la prueba de que caerse no es el final, si todavía te queda el valor de levantarte.” Pero, en algún rincón de su mente, una voz más silenciosa —quizás la del propio sistema— susurró algo distinto: “Thiago Arenas… el camino recién empieza.” Y, efectivamente, el camino apenas comenzaba.
El café estaba casi vacío, iluminado por una luz cálida que se reflejaba en los ventanales empañados por la llovizna.
Afuera, la ciudad parecía suspenderse en un silencio gris.
Thiago llegó puntual, con una campera negra y la gorra baja, intentando pasar desapercibido.
Mara Valenti ya estaba allí, sentada junto a la ventana.
No parecía una periodista común.
No llevaba una grabadora ni un bloc de notas, solo una taza de café y una mirada tranquila, curiosa, como si estuviera frente a una historia que prefería sentir antes que escribir.
—Pensé que no ibas a venir —dijo ella, con una sonrisa leve.
—Yo también —respondió Thiago, dejando escapar una risa corta.
Se sentó frente a ella, todavía con cierta desconfianza.
Había aprendido que en el fútbol todos querían algo.
Pero Mara tenía una forma distinta de mirar, sin presión, sin juzgar.
—No traje cámara ni micrófono —dijo ella—.
No estoy acá para una nota.
Quiero entender por qué seguís jugando después de todo lo que te pasó.
Thiago se quedó en silencio un instante.
Esa pregunta, tan simple, lo desarmó.
—Porque no sé hacer otra cosa —respondió al fin—.
Cuando no jugaba, sentía que no era yo.
Estaba vacío.
Como si me hubieran quitado algo más que el fútbol… como si me hubieran quitado la razón de despertarme.
Mara lo observó, inclinándose un poco hacia adelante.—¿Y ahora?
¿Sentís que la recuperaste?
Thiago bajó la mirada.—A veces sí.
Otras, no.
Ahora todo el mundo habla de mí, pero nadie me conoce.
Todos creen que soy un tipo que volvió de una lesión y ganó un partido.
Pero nadie vio las noches que pasé sin poder dormir del dolor.
Nadie sabe cuántas veces quise mandar todo al diablo.
Ella asintió lentamente, dejando que el silencio hiciera su trabajo.—Entonces… tal vez deberías contar esa parte de tu historia.
No por fama.
Por vos.
Para no olvidarte de quién eras antes de que todo esto empezara.
Las palabras quedaron flotando entre ellos.
Eran simples, pero tenían peso.
Thiago comprendió, por primera vez, que el peligro no era solo perder un partido o una carrera: era perderse a sí mismo en medio del ruido.
Hablaron durante casi una hora.
Sobre el club, la presión, los entrenamientos, la familia.
Thiago se permitió reír un par de veces, recordar anécdotas que hacía mucho no mencionaba.
Cuando se despidieron, sintió algo que no esperaba: alivio.—Gracias por escuchar —dijo él, antes de ponerse la capucha.—Gracias por confiar —respondió ella—.
A veces, los verdaderos campeones no se ven en la cancha.
Esa frase lo acompañó mientras caminaba de regreso al apartamento.
No entendía del todo por qué, pero le llegó.
Al llegar, encontró un sobre sobre la mesa.
Era de Lucas Delano, el representante que había conocido el día anterior.Dentro había una tarjeta y un contrato preliminar.
“Propuesta de representación exclusiva – New Manchester United / Europa 2026.” El corazón de Thiago latió más rápido.
No era un papel cualquiera: era una promesa de futuro, de salto internacional, de dinero y reconocimiento.Pero también era una cadena, y él lo sabía.
Se dejó caer en el sillón, mirando el documento con una mezcla de fascinación y miedo.Por un lado, recordaba la voz de su madre, diciéndole que no se dejara comprar por las luces.Por otro, la realidad lo golpeaba: su carrera apenas estaba comenzando, y el fútbol no esperaba por nadie.
Horas más tarde, sonó su celular.
Era Levi, el propietario del club.—Thiago, necesito verte mañana —dijo con tono serio—.
Hay temas que tenemos que discutir antes de que empiecen a venir los buitres.
—¿Buitres?
—preguntó, confundido.—Sí.
Los que huelen talento y quieren sacar provecho.
No todos son lo que parecen, Thiago.
Cuanto más alto subas, más manos querrán sostenerte… o empujarte.
La llamada terminó, pero las palabras quedaron grabadas en su mente.No podía evitar pensar en Delano… y en lo que Levi realmente sabía.
Esa noche, no pudo dormir.Encendió el televisor y lo primero que apareció fue su propio rostro, sonriendo tras el gol.Lo cambió.
Luego otro canal, y otra vez su nombre.“Thiago Arenas: ¿la nueva joya sudamericana?” Apagó el aparato.El silencio fue ensordecedor.Se levantó y fue hasta el balcón.
La ciudad dormía, pero él no podía.Miró sus manos: las mismas que habían sostenido un balón desde que tenía cinco años.
Las mismas que temblaron cuando firmó su primer contrato juvenil.Ahora, esas manos podían escribir una nueva historia… o destruirla.
“¿Qué querés ser, Thiago?”, se preguntó a sí mismo.“¿Un jugador que vive del ruido, o un hombre que vive del juego?” El viento sopló, moviendo los papeles del contrato sobre la mesa.
Uno cayó al suelo, como si el destino también quisiera opinar.
Al amanecer, Thiago tomó una decisión: no firmaría todavía.No sin entender en qué mundo estaba entrando.Primero, quería hablar con Levi.
Y quizás, con Mara otra vez.
El sol se filtró por la ventana y lo encontró con la cabeza despejada, pero el pecho pesado.Sabía que ese era solo el principio de una nueva etapa: una donde la pelota ya no sería su único desafío.Porque el fútbol, comprendió, no solo se juega en la cancha.También se juega en el alma.
Y, sin darse cuenta, ese pensamiento marcó el inicio del siguiente capítulo de su vida.
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