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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - 40 Sombras del Poder
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40: Sombras del Poder 40: Sombras del Poder La mañana amaneció gris sobre Manchester.

Una llovizna fina cubría los ventanales del despacho de Levi mientras las noticias se reproducían una y otra vez en la pantalla del televisor.

Los titulares eran contundentes: “Levi rechaza millonario acuerdo con consorcio asiático.”“New Manchester United prioriza sus valores por encima del dinero.”“El empresario uruguayo pone en jaque a los magnates del fútbol europeo.” Levi observaba en silencio, con una taza de café entre las manos.

Sabía que, aunque la prensa lo trataba como a un héroe romántico, en los despachos de los poderosos su nombre ya era sinónimo de problema.

Había expuesto a una red de intereses que movía más que dinero: influencias políticas, contratos con federaciones y hasta derechos televisivos.

Había tocado una fibra peligrosa, y lo sabía.

Nadia entró en la oficina, vestida con un elegante traje negro y el rostro serio.—Ya lo viste —dijo sin rodeos—.

Eres la historia del día.Levi soltó una sonrisa cansada.—Sí… pero no sé si eso es algo bueno.

Ella dejó una carpeta sobre el escritorio.—El señor Zhang desapareció de la escena pública.

Nadie responde sus llamadas.

Y me temo que no será el tipo de hombre que acepte una humillación así sin devolver el golpe.

Levi se reclinó en la silla, mirando por la ventana.

La lluvia caía como un velo sobre el campo de entrenamiento, donde los jugadores trotaban bajo la supervisión del cuerpo técnico.—Lo sé —dijo con calma—.

Pero no pienso arrepentirme.

Si tengo que enfrentarme a ellos, lo haré.

Nadia asintió lentamente.—Entonces deberías estar preparado.

Hay rumores de que ciertos medios comenzaron a recibir “filtraciones” sobre ti.

Quieren dañar tu reputación.—¿Y qué podrían decir que no se haya dicho ya?

—preguntó Levi, con una mezcla de ironía y resignación.—No lo sé, pero recuerda que en este negocio, no importa lo que sea verdad.

Importa lo que parezca ser verdad.

El comentario quedó flotando en el aire.

Levi sabía que era cierto.

La guerra que se avecinaba no se libraría en las canchas, sino en los titulares, en los contratos, en los rumores y en la confianza de la gente.

Mientras tanto, Ian entrenaba con intensidad.

Cada toque, cada pase, cada disparo reflejaba una rabia contenida que solo él entendía.

No le gustaban los conflictos fuera del fútbol, pero sabía que algo se estaba moviendo detrás del telón.

Los murmullos entre los jugadores lo confirmaban: “El club podría perder patrocinadores”, “Hay problemas con los inversionistas”, “Dicen que Levi se enfrentó a tipos peligrosos”.

Durante una pausa, el entrenador, el veterano Marlon, se le acercó.—Tranquilo, muchacho.

Tú concéntrate en lo tuyo.

Deja que Levi se encargue del resto.Ian asintió, aunque su mirada seguía fija en el horizonte.—Sí, míster.

Pero… siento que todo esto nos afecta igual.

Si tocan al club, nos tocan a nosotros.

Marlon lo observó con una sonrisa paternal.—Esa es la actitud que te hace diferente, Ian.

Nunca olvides eso.

Al caer la tarde, Levi fue citado a una reunión de emergencia con el consejo administrativo del club.

En la mesa ovalada del salón principal lo esperaban varios rostros conocidos: abogados, contadores y un par de inversores menores.

El ambiente era tenso.

—Levi —dijo uno de los consejeros, un hombre de cabello gris y rostro curtido—, respetamos tu decisión, pero nos has puesto en una situación delicada.

El consorcio asiático iba a cubrir parte de los nuevos contratos de infraestructura.

Sin ellos, debemos reajustar todo el presupuesto.

—Lo entiendo, y asumiré la responsabilidad —respondió Levi con serenidad—.

No voy a permitir que el club dependa de dinero sucio.

Otro consejero, más joven, intervino con tono más agresivo:—Idealismo no paga salarios, Levi.

Si no encontramos una solución pronto, podríamos perder a algunos patrocinadores y jugadores clave.

Levi respiró hondo.

Había esperado esa reacción.—Tengo un plan alternativo.

Pero necesito que confíen en mí una vez más.

Hubo murmullos.

Nadia, que estaba junto a él, abrió un dossier con varias páginas.—Estamos preparando un fondo interno con tres fuentes de ingreso: inversión tecnológica, merchandising internacional y la expansión de la academia juvenil.

Ya tenemos interesados en financiar parte del proyecto, incluido un grupo de exjugadores del club.

Los rostros en la mesa se suavizaron ligeramente.

Uno de los consejeros, el más veterano, asintió.—Si logran eso, estaremos de tu lado, Levi.

Pero el tiempo corre.

Levi sonrió, con esa confianza que siempre inspiraba calma incluso en medio del caos.—El tiempo nunca ha sido mi enemigo.

Solo un recordatorio de que hay que moverse rápido.

Esa noche, en la azotea del estadio, Levi y Ian se encontraron casualmente.

El joven había subido a despejar la mente, y lo último que esperaba era ver allí al dueño del club, con un vaso de whisky en la mano, contemplando las luces de la ciudad.

—¿No puedes dormir tampoco?

—preguntó Ian.Levi sonrió.—¿Y tú?—Tampoco.

Me preocupa todo esto.

Escuché que el club está en problemas otra vez.

Levi miró al horizonte.—Siempre habrá problemas, Ian.

Pero eso es lo que nos mantiene vivos.

Lo importante es no perder el rumbo.

El silencio los envolvió unos segundos.

Solo el sonido del viento y el eco lejano del tráfico nocturno los acompañaba.—¿Sabes qué es lo más peligroso del poder?

—preguntó Levi, sin apartar la vista del cielo.—¿Qué?

—respondió Ian.—Que te hace creer que puedes controlarlo.

Pero el poder es como el fuego: útil cuando lo manejas, destructivo cuando lo dejas escapar.

Ian asintió lentamente, entendiendo cada palabra.—Entonces, ¿qué harás ahora?—Lo que siempre hago —dijo Levi, girando hacia él con una media sonrisa—.

Luchar.

El joven sonrió, contagiado por su determinación.—Entonces no estás solo, jefe.

Levi le dio una palmada en el hombro.—Lo sé, Ian.

Por eso todo esto vale la pena.

Mientras las luces de Manchester brillaban bajo la lluvia, ambos comprendieron que la verdadera batalla apenas comenzaba.

Los días siguientes fueron un huracán.La prensa, las redes sociales y los noticieros deportivos parecían haberse puesto de acuerdo en una sola misión: derribar a Levi.

Todo comenzó con un artículo anónimo en una revista digital.

“El multimillonario uruguayo detrás del New Manchester United podría estar involucrado en operaciones financieras opacas vinculadas a paraísos fiscales.” El texto no ofrecía pruebas sólidas, pero bastó una chispa para incendiar la pradera.

En cuestión de horas, los principales portales replicaban la noticia, y los programas de debate deportivo la usaban como combustible.

Los panelistas hablaban de “falta de transparencia”, de “una sombra sobre el nuevo modelo del club”, y algunos incluso pedían que la Premier League investigara el caso.

Nadia entró en la oficina de Levi con el teléfono en la mano, el rostro tenso.—Esto se está saliendo de control —dijo sin rodeos—.

Llevamos tres comunicados y aún así siguen apareciendo nuevas “fuentes”.

Ya lograron que tres patrocinadores congelen los acuerdos.

Levi permaneció de pie frente a la ventana, con la mandíbula apretada.—Sabía que iban a contraatacar, pero no pensé que moverían los hilos tan rápido.—Esto no es solo una guerra mediática, Levi.

Están intentando destruirte.

Él se giró lentamente.

Sus ojos, serenos pero duros, se cruzaron con los de ella.—Entonces jugaremos su mismo juego.

Pero con inteligencia.

Mientras tanto, el equipo entrenaba bajo un ambiente cada vez más tenso.

Los periodistas rondaban los accesos, buscando cualquier declaración, cualquier gesto que pudieran convertir en un titular.

Los jugadores lo sentían: la presión era asfixiante.

Ian, el capitán, intentaba mantener la calma entre sus compañeros.

Durante el entrenamiento, notó que algunos jóvenes hablaban en voz baja sobre las noticias, sobre si el club iba a desaparecer o si ellos perderían sus contratos.

—¡Ey!

—gritó Ian, deteniendo la práctica—.

Escuchen todos.Los jugadores se agruparon, expectantes.—Sé lo que están escuchando.

Sé lo que se dice allá afuera.

Pero nosotros no jugamos para los titulares ni para los inversionistas.

Jugamos por el escudo, por la gente, por lo que construimos desde cero.

Marlon, el entrenador, observaba desde la línea lateral, sin interrumpir.

Ian continuó:—El club está bajo ataque, sí, pero eso no cambia lo que hacemos aquí.

Si quieren demostrar que el New Manchester United vale la pena, háganlo en la cancha.

El silencio fue reemplazado por un aplauso fuerte, casi liberador.El mensaje había calado.

Esa noche, Levi asistió a una cena con Harrison Clarke, un viejo amigo y abogado de renombre, alguien que conocía las grietas del sistema como pocos.

El restaurante estaba casi vacío, y el ambiente, cargado de discreción.

—Levi, te metiste con gente que no juega limpio —dijo Harrison, sirviéndose una copa de vino—.

Estás enfrentando a una red que ha financiado clubes, federaciones y políticos.

No solo se trata de fútbol.

—Lo sé —respondió Levi con calma—.

Pero no voy a arrodillarme ante ellos.

Si cedo ahora, el club pierde su esencia.

Harrison lo observó unos segundos, antes de asentir.—Tienes agallas, eso siempre lo admiré.

Pero vas a necesitar más que coraje.—¿Qué sugieres?—Transparencia absoluta.

Abre tus libros, muestra tus cuentas, deja que te auditen.

Si no tienes nada que ocultar, esa será tu mejor defensa.

Levi meditó unos segundos, luego sonrió.—Es un riesgo, pero es el único movimiento que podría desarmarlos.

Dos días después, convocó a una conferencia de prensa.

Las cámaras y micrófonos inundaron la sala del estadio.

Los periodistas se agolpaban, expectantes por escuchar al hombre en el centro de la tormenta.

Levi subió al estrado sin escolta, vestido de traje oscuro, rostro sereno.—He visto las noticias —comenzó, con voz firme—.

Y he leído cada palabra.

No voy a esconderme.El murmullo se extendió como una ola.—Por eso, a partir de hoy, pondremos a disposición del público cada contrato, cada inversión y cada documento contable del club.

No porque debamos, sino porque creemos en algo más importante que los títulos o el dinero: la verdad.

Los flashes explotaron, los reporteros se abalanzaron con preguntas, pero Levi no titubeó.—Pueden investigar lo que quieran.

No tengo miedo, porque este club nació del esfuerzo y la honestidad.

Si eso es un crimen, entonces soy culpable con orgullo.

El discurso se volvió viral.

Miles de aficionados inundaron las redes con mensajes de apoyo.

Algunos medios, sorprendidos, comenzaron a cambiar el tono.

Pero los enemigos de Levi no habían terminado.

Esa misma noche, mientras el estadio dormía bajo la lluvia, Nadia recibió una llamada en su celular.—¿Hola?Del otro lado, una voz distorsionada respondió:—Dile a Levi que deje el juego ahora, antes de que alguien salga herido.

No habrá una segunda advertencia.

La llamada se cortó.

Nadia se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole el pecho.

Corrió hacia la oficina de Levi, pero al llegar, él ya la estaba esperando, con una expresión que no necesitaba palabras.—Ya te llamaron, ¿verdad?

—preguntó él.Ella asintió.—¿Cómo lo sabías?Levi miró el teléfono que tenía sobre el escritorio.—Porque a mí me llamaron primero.

Un silencio denso los envolvió.El juego había dejado de ser una batalla mediática.

Ahora se trataba de supervivencia.

La lluvia golpeaba los ventanales del despacho de Levi como si quisiera derribarlos.

Afuera, Londres se hundía en una mezcla de neblina y caos urbano.

Dentro, el silencio era tan pesado que cada segundo parecía una cuenta regresiva.

Nadia, aún pálida por la llamada, sostenía el móvil con fuerza, como si temiera que el dispositivo volviera a hablar.

Levi, en cambio, permanecía inmóvil frente a la ventana, observando cómo el agua se deslizaba por el vidrio como lágrimas cansadas.

—Esto… esto ya no es solo una guerra de prensa —dijo Nadia con la voz quebrada—.

Están dispuestos a todo, Levi.

No podemos ignorarlo.Él respiró hondo, sin apartar la vista del horizonte.—No lo ignoraremos.

Pero tampoco voy a retroceder.

Si lo hago, habrán ganado.

Se giró hacia ella, y por primera vez en mucho tiempo, su mirada no mostraba solo determinación, sino también una sombra de cansancio.—Nadia, quiero que contactes a Clarke.

Que reúna toda la información posible sobre las filtraciones.

Necesito saber quién está detrás de esto.

No voy a reaccionar a ciegas.

Ella asintió, pero antes de salir, se detuvo junto a la puerta.—¿Y si van más allá?

—preguntó con un hilo de voz—.

¿Y si esto ya no se trata solo de ti, sino del club… de los jugadores?

Levi tardó en responder.

Sus dedos tamborileaban lentamente sobre el escritorio.—Entonces me aseguraré de que sean ellos quienes sangren primero —susurró con frialdad contenida.

Mientras tanto, el New Manchester United se preparaba para su próximo partido, uno que ya no solo representaba puntos en la tabla, sino una declaración de existencia.

La tormenta mediática había afectado la moral del equipo, y aunque Ian intentaba mantenerlos enfocados, era imposible no sentir el peso del miedo.

Los pasillos del estadio estaban más silenciosos que de costumbre.

Algunos jugadores hablaban en voz baja, otros revisaban compulsivamente sus redes sociales buscando alguna señal de calma.

En el centro del vestuario, Thiago Arenas miraba sus botines empapados de sudor y barro seco.

—No mires tu teléfono —le dijo Ian al pasar, dándole una palmada en el hombro—.

Hoy no existen las noticias, solo el fútbol.Thiago asintió con una sonrisa leve.—Sí… el fútbol.

El entrenador Marlon entró al vestuario y, con un golpe seco en la pizarra, captó toda la atención.—Escuchen bien —dijo con voz grave—.

Allá afuera nos están esperando como si fuéramos delincuentes.

Los titulares dicen que somos el “club de las sombras”.

Quieren que salgamos con miedo, que juguemos como si lleváramos una carga.

Pero nosotros no somos eso.

Somos un equipo.

Y un equipo no se rompe con rumores.

El discurso levantó una energía contenida, una mezcla de rabia y orgullo.—Hoy no jugamos por los puntos —continuó Marlon—.

Jugamos por nuestra historia.

Por lo que estamos construyendo.

Por Levi, que está recibiendo los golpes que deberían darnos a nosotros.

Los jugadores se miraron entre sí.

Thiago levantó la cabeza, su mirada firme.—Entonces salgamos a demostrarles quiénes somos —dijo, encendiendo el ánimo de todos.

El estadio rugía bajo una lluvia fina que parecía no querer detenerse.

Los cánticos de los hinchas se mezclaban con truenos lejanos, formando una sinfonía caótica y poderosa.

En las tribunas, se levantaban pancartas con frases como “Con ustedes hasta el final” y “Nada puede borrar lo que amamos”.

Levi observaba desde el palco, con un abrigo oscuro y el semblante de quien sabe que la batalla va mucho más allá de los 90 minutos.

A su lado, Nadia revisaba constantemente su teléfono, esperando algún movimiento de los enemigos en las sombras.

Cuando el árbitro pitó el inicio, el sonido del silbato fue casi liberador.

Por primera vez en semanas, el mundo se redujo a una sola cosa: el balón rodando.

Thiago, con los botines mojados, se deslizó entre dos rivales y filtró un pase que levantó al público.

Ian interceptó un ataque rival con un barrido perfecto.

El equipo se movía como un solo cuerpo, con una sincronía que solo nace de la convicción compartida.

A los veinte minutos, un centro preciso cayó en el área.

Thiago, como si el tiempo se detuviera, la bajó con el pecho y, sin mirar, la acomodó para su compañero.

Gol.El estadio explotó.

Levi cerró los puños en silencio.No era solo un gol.

Era una respuesta.

Pero mientras el rugido del público llenaba el aire, una figura encapuchada observaba desde las sombras de una de las gradas superiores.

Su teléfono brilló con un mensaje corto: “Está hecho.

El aviso fue ignorado.

Ahora pasamos al siguiente paso.” Guardó el dispositivo en el bolsillo y desapareció entre la multitud, mientras abajo el equipo celebraba.

Nadia, desde el palco, sintió un escalofrío inexplicable recorrerle la espalda.

Miró hacia el público, pero no vio nada fuera de lugar.—¿Pasa algo?

—preguntó Levi, notando su inquietud.—No lo sé… —respondió ella, intentando sonreír, aunque su voz tembló apenas—.

Pero tengo un mal presentimiento.

Levi la observó en silencio.La lluvia seguía cayendo, el estadio vibraba, el marcador sonreía…Pero en algún lugar, más allá del ruido y la euforia, la verdadera tormenta recién estaba empezando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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