Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 41
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- Capítulo 41 - 41 El eco del trueno
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41: El eco del trueno 41: El eco del trueno El estadio estaba completamente vacío, envuelto en una penumbra casi fantasmal.
Solo el golpeteo constante de la lluvia contra el techo metálico rompía el silencio.
Las luces del campo permanecían encendidas a medias, como si el lugar no quisiera dormir todavía.
El eco de los cánticos de la noche anterior parecía seguir flotando entre las gradas, un recuerdo persistente de la victoria del New Manchester United.
Levi caminaba despacio por la línea de banda, con las manos en los bolsillos de su abrigo oscuro.
Cada paso levantaba un pequeño chasquido de agua; el césped aún estaba empapado.
A lo lejos, el marcador gigante seguía mostrando el resultado: 3-1.
Una victoria brillante… pero que para él tenía un sabor inquietantemente amargo.
Se detuvo en el centro del campo y alzó la vista hacia las tribunas vacías.—El ruido se apaga rápido —murmuró para sí—.
Lo que queda… es el silencio.
La voz de Nadia interrumpió sus pensamientos.—No esperaba encontrarte aquí.
Levi se giró.
Ella caminaba hacia él con una linterna en la mano y una carpeta bajo el brazo.
Su expresión estaba tensa, más que de costumbre.
El reflejo del agua en el suelo dibujaba destellos en su rostro.—Tampoco yo esperaba verte —respondió él—.
¿Qué haces aquí tan tarde?
—Clarke me envió algo —dijo ella, alzando la carpeta—.
Y creo que deberías verlo.
Se acercaron al banquillo, donde la luz era un poco mejor.
Levi abrió la carpeta y comenzó a revisar los documentos.
Eran fotos impresas, reportes de cámaras, copias de transacciones bancarias.
Había demasiados números para algo que, en teoría, solo debía ser un equipo de fútbol.
—Estas transferencias… —dijo Levi frunciendo el ceño—.
No corresponden a ningún patrocinador ni a gastos operativos del club.
—Exactamente —respondió Nadia—.
Clarke rastreó la cuenta y encontró que el dinero va a una empresa fantasma con sede en Malta.
Lo más interesante es que esa empresa está vinculada al mismo nombre que aparece en el correo filtrado sobre ti.
Levi cerró los ojos un segundo.
Su mente comenzó a girar, conectando piezas como en un rompecabezas invisible.—Entonces el ataque mediático, las filtraciones, las presiones… todo esto no fue casual.
—No —confirmó Nadia—.
Alguien está moviendo los hilos desde dentro.
Y creo que el motivo no es solo económico.
Levi levantó la vista hacia las gradas vacías.
Por un instante, le pareció ver una sombra moverse entre los asientos superiores.
Pero cuando enfocó mejor, no había nadie.—¿Y Clarke encontró algo más?
Nadia asintió.—Sí.
Anoche, justo después del partido, hubo una entrada no autorizada en el sistema de seguridad del estadio.
Alguien utilizó una tarjeta de acceso interna para ingresar a la zona de servidores.
Levi apretó la mandíbula.—¿Alguien del club?
—Parece que sí.
El silencio volvió a caer sobre ellos, pesado, opresivo.
Un trueno retumbó a lo lejos, haciendo vibrar el aire.Levi cerró la carpeta con fuerza.—Entonces tenemos a un traidor.
Nadia lo miró con preocupación.—Levi, si esto es lo que parece… podríamos estar hablando de algo mucho más grande que un simple robo de información.
Él se volvió hacia ella, su mirada fría y decidida.—No importa.
Quien sea, lo voy a encontrar.
Y cuando lo haga, se va a arrepentir de haber tocado algo que me pertenece.
A la mañana siguiente, mientras la ciudad amanecía entre titulares eufóricos por la victoria, una nueva noticia comenzó a circular con velocidad en los portales deportivos y redes sociales: “Amenaza anónima sacude al New Manchester United: posible sabotaje durante el partido.” El texto era breve pero alarmante.
Decía que el partido de la noche anterior había sido “una simple prueba” y que “el verdadero caos estaba por venir”.
El mensaje estaba firmado con un seudónimo inquietante: “The Raven”.
Nadia leyó la nota desde su oficina con el corazón acelerado.
Su teléfono vibró apenas unos segundos después: una llamada de Clarke.—Nadia… —su voz sonaba tensa—.
Revisé los registros.
Anoche, alguien entró de nuevo al sistema.
Usaron el mismo código de acceso interno.—¿Y a quién pertenece ese código?
—preguntó ella.Hubo un silencio.—A un miembro del cuerpo técnico —respondió Clarke finalmente.
Nadia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.—Voy a avisarle a Levi —dijo antes de colgar.
Cuando Levi escuchó la noticia, su rostro se endureció.
Se encontraba en su oficina, con las persianas cerradas y el teléfono lleno de mensajes de periodistas.—¿Del cuerpo técnico?
—repitió con incredulidad.
Nadia asintió.—Clarke no tiene el nombre aún, pero el acceso se registró desde una terminal dentro del club.
No puede ser coincidencia.
Levi caminó hasta la ventana y corrió la cortina.
Afuera, los primeros rayos del sol iluminaban la ciudad, pero para él, todo parecía teñido de gris.—Entonces el enemigo no está afuera —dijo lentamente—.
Está adentro.
Guardó silencio unos segundos, mirando el reflejo de su rostro en el vidrio.—Y si “The Raven” está aquí… —susurró—.
Lo voy a cazar con mis propias manos.
La noticia sobre The Raven se había esparcido como pólvora.
En menos de veinticuatro horas, todos los medios hablaban de la amenaza, de las posibles filtraciones internas y de un supuesto sabotaje al New Manchester United.
Algunos decían que era una campaña publicitaria; otros, que se trataba de un grupo de hackers buscando dinero o fama.
Pero para Levi, no había duda: alguien dentro del club estaba jugando un juego muy peligroso.
Esa mañana, el ambiente en el entrenamiento era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
Los jugadores hablaban en voz baja, las risas habituales desaparecieron y las miradas desconfiadas reemplazaron a los saludos amistosos.
Cada paso, cada palabra, cada respiración parecía sospechosa.
El entrenador White trataba de mantener la calma frente al grupo, pero su rostro lo delataba.—Vamos, chicos —dijo con tono tenso mientras sostenía la pizarra—.
No podemos dejar que los rumores nos distraigan.
Aquí estamos para entrenar, no para escuchar teorías conspirativas.
Pero ni él creía del todo en sus palabras.
Desde la tribuna, Levi observaba el entrenamiento junto a Nadia.
No decía nada, pero su expresión hablaba por sí sola: concentración absoluta.—Están nerviosos —comentó ella, sin apartar la vista del campo.—Es normal —respondió Levi—.
Cuando la confianza se quiebra, hasta los amigos se vuelven sospechosos.
—¿Vas a hablar con ellos?
—preguntó Nadia.—No todavía.
Quiero ver quién empieza a moverse raro antes de hacerlo.
A veces, el miedo hace que los culpables se delaten solos.
Nadia lo miró un momento.—Y mientras tanto… The Raven sigue libre.
Levi soltó un suspiro, metiendo las manos en los bolsillos.—Por ahora.
Horas más tarde, en el vestuario, la tensión explotó.
Un joven delantero, Álex, tiró su toalla al suelo y levantó la voz.—¿Y si uno de nosotros fue el que filtró la información?
—dijo de golpe—.
¡Vamos, todos lo están pensando!
El silencio cayó como un golpe.
Algunos se miraron incómodos, otros simplemente evitaron hacerlo.
El capitán, Marcus, dio un paso al frente.—Cuidado con lo que dices, Álex.
Aquí todos somos parte del mismo equipo.
—¿Ah, sí?
—replicó el chico—.
¿Y cómo explicas lo del acceso interno?
Clarke dijo que fue alguien del cuerpo técnico o de jugadores.
¿Qué, vamos a fingir que no sabemos nada?
Marcus apretó los puños.—No pienso permitir que empieces a acusar sin pruebas.
—¿Y tú por qué te alteras tanto, capitán?
—respondió Álex con una sonrisa amarga—.
A veces el que más defiende es el que más esconde.
Los murmullos crecieron.
Algunos jugadores comenzaron a ponerse de pie.
El ambiente se tornó casi insoportable, como si una chispa pudiera encender una pelea en cualquier momento.
Entonces, la puerta se abrió.
Levi entró sin decir palabra, seguido por Nadia y Clarke, que llevaba una tableta en la mano.
El silencio fue inmediato.
El dueño del club miró uno por uno a los presentes, con una calma tan fría que resultaba intimidante.
—¿Ya terminaron?
—preguntó finalmente.
Nadie respondió.
—Perfecto.
Entonces ahora me van a escuchar a mí.
Cruzó los brazos y continuó:—Anoche, alguien accedió al sistema interno del club usando una tarjeta de seguridad.
Eso no es un rumor, es un hecho.
Pero lo que aún no saben… es que Clarke revisó las cámaras.
El analista conectó la tableta al televisor del vestuario.
En la pantalla apareció una grabación en blanco y negro.
Se veía un pasillo vacío del edificio administrativo del club, tomado desde una cámara de seguridad.
A los pocos segundos, una figura encapuchada apareció caminando con paso rápido, deteniéndose frente a una puerta metálica.
Pasó una tarjeta por el lector, la luz se volvió verde y la puerta se abrió.
El corazón de todos comenzó a latir más rápido.
—Aumenta el brillo —pidió Levi.
La imagen se aclaró un poco, lo suficiente para ver el logotipo del club en la chaqueta del intruso.
Era ropa oficial del cuerpo técnico.
Sin embargo, el rostro seguía cubierto.
—No se distingue quién es —dijo Clarke—, pero el movimiento del cuerpo y la altura nos ayudan a reducir las posibilidades.
Nadia lo miró con expectación.—¿Y?
—De los ocho miembros del cuerpo técnico, solo tres coinciden con esa complexión física.
Levi alzó una ceja.—¿Y quiénes son?
Clarke dudó antes de responder:—El preparador físico, el ayudante de White… y White mismo.
Un murmullo recorrió el vestuario.
White, que estaba en la esquina, se levantó bruscamente.—¿Qué demonios estás diciendo, Clarke?
¡Yo no tengo nada que ver con esto!
—No te estoy acusando —replicó el analista—.
Solo digo que tu complexión coincide.
Levi dio un paso al frente.—Nadie está fuera de sospecha, White.
Ni siquiera tú.
El entrenador lo miró, herido y furioso.—He trabajado toda mi vida por este club.
No permitiré que me traten como un traidor.
—Entonces demuéstralo —dijo Levi con voz firme—.
Todos aquí van a ser investigados.
Jugadores, técnicos, incluso yo mismo.
Hasta que encuentre a The Raven, nadie tiene el privilegio de la inocencia.
El silencio volvió a llenar la sala.
Nadie se atrevió a decir una palabra.
Esa noche, Levi se quedó solo en su despacho.
Las luces del club se apagaban una por una, y el eco de la tormenta comenzaba a regresar.
Frente a él, en la pantalla del ordenador, estaban las fotos de todos los empleados del club, desde los utileros hasta los directivos.—Si el enemigo es uno de ustedes… —susurró—, no lo veré como una traición.
Lo veré como una guerra.
Tomó su celular y le envió un mensaje a Nadia: “Activa el plan espejo.
Nadie entra ni sale sin que lo sepamos.
Quiero ver cada movimiento dentro del club.
A partir de ahora, nadie más confía en nadie.” Dejó el teléfono sobre la mesa y apoyó la cabeza entre sus manos.
La lluvia golpeaba los vidrios con más fuerza.
Por un momento, creyó escuchar un sonido diferente… un pequeño “clic”, como de una cámara.
Se levantó de inmediato y miró alrededor.
No había nadie.
Pero en la esquina superior del despacho, entre las sombras, una diminuta luz roja parpadeaba.
Fuera del estadio, un auto negro esperaba con el motor encendido.
Dentro, alguien observaba la transmisión desde una laptop.
En la pantalla, Levi aparecía levantándose de su asiento, mirando alrededor con sospecha.
Una voz distorsionada sonó desde el auricular.—Ya cayó en la red.
Tal como planeamos.
La figura cerró la computadora, encendió un cigarrillo y murmuró:—El juego apenas empieza, Levi.
La noche se había vuelto una enemiga.Las luces del estadio, que antes eran símbolo de sueños y gloria, ahora parecían ojos que observaban desde la oscuridad.Thiago se quedó en el gimnasio después del entrenamiento, intentando liberar la tensión con pesas y estiramientos, pero su mente no podía escapar del eco de las últimas palabras de Levi: “Hasta que encuentre a The Raven, nadie tiene el privilegio de la inocencia.” Esa frase lo perseguía, como si cada repetición pesara más que la anterior.
El sonido de la pelota rebotando contra el muro lo acompañaba mientras sus pensamientos se mezclaban entre la frustración y la duda.
Había visto cómo los compañeros se distanciaban.
Nadie quería hablar demasiado.
Los almuerzos en grupo desaparecieron.
Las bromas antes de los partidos se transformaron en miradas esquivas.
Era como si el club entero se hubiera transformado en un tablero de ajedrez, y cada jugador desconfiara del movimiento del otro.
Marcus, el capitán, lo notaba también.
Esa misma noche entró al gimnasio, con el rostro cansado y los hombros caídos.—¿Todavía aquí?
—preguntó con una media sonrisa.—No podía dormir —respondió Thiago—.
Entrenar me ayuda a no pensar.—Eso o a pensar más —dijo Marcus, dejando caer una botella de agua sobre el banco.
Durante unos segundos, el silencio volvió.
El capitán lo observó fijamente, con esa mezcla de respeto y curiosidad.—Thiago, necesito preguntarte algo.
Thiago levantó la vista.—¿Qué pasa?
—¿Tú confías en Levi?
La pregunta lo golpeó más que cualquier entrenamiento.
No porque desconfiara del dueño del club, sino porque era la primera vez que alguien lo decía en voz alta.—Sí… —respondió después de unos segundos—.
Creo que sí.
Sin él, ninguno de nosotros estaría aquí.
Marcus asintió lentamente.—Lo sé.
Pero últimamente, siento que estamos viviendo bajo su sombra.
Todo lo que hacemos, todo lo que decimos, parece vigilado.
Ya no jugamos por pasión, sino por miedo a decepcionarlo… o a que crea que somos parte de The Raven.
Thiago dejó la pelota en el suelo y se pasó la mano por el rostro.—No creo que Levi sea el enemigo.—Yo tampoco —dijo Marcus—.
Pero cuando el miedo entra, el enemigo puede ser cualquiera.
Esa conversación lo dejó pensativo el resto de la noche.
Cuando volvió a casa, su madre lo esperaba despierta en el sillón, con la televisión encendida en silencio.—Llegas tarde otra vez —dijo sin levantar la mirada del reloj.—Tenía que quedarme un rato más.—¿Entrenando o escapando de algo?
—preguntó ella con esa sabiduría materna que no necesita más que una mirada para desarmarlo.
Thiago suspiró y se dejó caer a su lado.—Todo está… raro.
No sé cómo explicarlo.—¿Es por el club?Asintió.—Sí.
Hay un saboteador, alguien que está destruyendo todo desde adentro.
Pero ahora todos desconfían de todos.
Incluso yo siento que si hablo de más, me mirarán distinto.
Su madre lo observó en silencio.—A veces, hijo, el miedo no lo causa el enemigo, sino la duda.—¿Y qué hago entonces?—Sigue siendo tú.
Si los demás se pierden, no te pierdas con ellos.
Sus palabras quedaron grabadas en su mente.
Era un consejo simple, pero cargado de esa verdad que uno solo entiende cuando el mundo se desmorona alrededor.
Al día siguiente, Levi reunió a todo el equipo en el auditorio del club.
En la pantalla principal, una serie de datos aparecían proyectados: accesos digitales, registros de cámaras, informes internos.
Clarke, el analista, explicaba cada detalle con precisión casi quirúrgica.
—En los últimos tres días —dijo Clarke—, encontramos tres intentos fallidos de entrar al sistema financiero del club.
En cada uno se usaron credenciales distintas, pero todas pertenecen a personal autorizado.
El murmullo creció entre los jugadores.
—¿Y eso qué significa?
—preguntó uno desde el fondo.—Significa que The Raven tiene ayuda interna —respondió Clarke—.
Y no actúa solo por dinero.
Hay un patrón más profundo en lo que hace.
Está atacando nuestra estructura desde adentro, pieza por pieza.
Levi tomó la palabra entonces, con su tono frío, casi metálico.—No estamos ante un simple saboteador.
Estamos ante alguien que conoce cómo pensamos, cómo entrenamos y cómo nos movemos.
No es un enemigo externo.
Es alguien que alguna vez jugó o trabajó aquí.
El silencio fue total.
En ese instante, Thiago sintió una corriente helada recorrerle la espalda.
Porque una idea, tan absurda como aterradora, cruzó su mente: ¿Y si The Raven era alguien que había estado con ellos desde el principio?¿Alguien que también cayó, como él, y quiso vengarse del sistema que lo dejó atrás?
Levi se giró hacia los jugadores.—A partir de hoy, se suspenden las entrevistas, los permisos y cualquier contacto con la prensa.
No quiero filtraciones.
Lo que pase dentro de este club, se queda aquí.
Marcus alzó la mano.—¿Y qué pasa si el culpable sigue entre nosotros?Levi lo miró directo a los ojos.—Entonces lo sacaremos.
Cueste lo que cueste.
Esa misma tarde, mientras Thiago se duchaba tras el entrenamiento, escuchó dos voces hablando detrás del muro.
Era el preparador físico y otro ayudante técnico.
No alcanzaba a verlos, pero las palabras fueron claras:—El plan ya está en marcha —dijo uno.—¿Y Levi?—No sospecha todavía.
Pero cuando lo haga, será demasiado tarde.
Thiago se quedó quieto, con el agua cayendo sobre su rostro.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
No sabía si debía salir y enfrentarlos o fingir que no había escuchado nada.
Pero lo que sí sabía, era que The Raven estaba más cerca de lo que todos pensaban.
Y por primera vez desde su regreso al fútbol, sintió que su batalla ya no era solo en la cancha…Era contra la sombra que acechaba al club desde adentro.
Esa noche, el cielo sobre Manchester se cubrió de nubes negras.
En la cima del edificio del club, una silueta observaba el campo iluminado por las luces de entrenamiento.Sacó un pequeño dispositivo del bolsillo, presionó un botón y una voz artificial habló en su auricular: “Fase dos: iniciada.” El dispositivo se apagó.Y el sonido lejano de una alarma comenzó a resonar dentro del estadio.
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