Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 43
- Inicio
- Todas las novelas
- Fútbol: El Sistema del Renacer
- Capítulo 43 - 43 Bajo la tormenta
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
43: Bajo la tormenta 43: Bajo la tormenta La lluvia caía sin tregua sobre la ciudad.
Era como si el cielo llorara con la misma intensidad con la que el pueblo gritaba su indignación.
Desde las primeras horas del amanecer, las calles cercanas al estadio del New Manchester United se habían llenado de hinchas con pancartas, banderas y camisetas empapadas.
Algunos cantaban, otros lloraban, pero todos repetían un mismo nombre: Levi.
En una esquina, un grupo de jóvenes había encendido bengalas rojas y blancas, mientras un altavoz reproducía fragmentos del discurso que el ex presidente había dado el día anterior.
Cada palabra retumbaba entre los edificios, como un eco de resistencia que se negaba a extinguirse.
—“El alma del fútbol no se vende, se defiende” —repetía la grabación, y cada vez que sonaba, la multitud rugía como si estuviera dentro de un estadio lleno—.
¡Levi no se rinde!
¡Levi no se rinde!
Dentro del complejo deportivo, los pasillos parecían un campo de batalla.
Los miembros del consejo caminaban apresurados, tratando de contener una crisis que ya se les había escapado de las manos.
Las redes sociales habían estallado; los medios internacionales hablaban del escándalo en portada; y varias marcas patrocinadoras amenazaban con congelar sus contratos hasta que “la situación institucional se aclarara”.
Mientras tanto, en una habitación modesta del centro de entrenamiento, Thiago miraba el discurso una y otra vez en su tablet.
Estaba solo, con los auriculares puestos, y el sonido de la lluvia golpeando la ventana acompañaba la voz firme de Levi.
Sus manos temblaban levemente, no de miedo, sino de una emoción difícil de describir.
Recordó la primera vez que había conocido a Levi: aquel hombre que, sin pedirle un currículum ni un historial de goles, le había dicho que confiaba en él, que veía en sus ojos algo que los demás no veían.—“Tienes la mirada de alguien que no se rinde” —le había dicho—.
“Eso no se enseña, se nace con ella”.
Esa frase resonó ahora en su cabeza con más fuerza que nunca.
Mientras veía cómo el consejo destituía a Levi en plena conferencia, sintió una mezcla de rabia y tristeza que le apretaba el pecho.
Cerró los ojos, respiró hondo y se prometió algo: si Levi había puesto el alma por el club, él pondría la suya en el campo.
El sonido de un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
Era Ethan, su compañero de habitación y uno de los mediocampistas más jóvenes del plantel.—¿Todavía mirando eso?
—preguntó, entrando con una toalla al cuello.—Sí.
—Thiago no apartó la vista de la pantalla—.
¿Sabías que lo transmitió en vivo sin permiso del consejo?—Lo sé.
Y ahora quieren borrarlo de todas las plataformas, pero ya es tarde.
Lo compartieron millones de veces.
Ethan se sentó a su lado, mirando el video.
Por un momento, ninguno habló.
Solo el sonido de la lluvia llenaba la habitación.—¿Sabes?
—dijo finalmente Ethan, con una media sonrisa—.
Tal vez él tenía razón.
Tal vez nos olvidamos de por qué jugamos.
Thiago lo miró en silencio.
No necesitaba responderle; sus ojos hablaban por él.
Horas más tarde, el técnico convocó al equipo a una reunión de emergencia.
En el vestuario, el ambiente era tenso.
Algunos jugadores murmuraban, otros evitaban cruzar miradas.
La incertidumbre flotaba en el aire.
El entrenador, un hombre veterano de pocas palabras, dejó caer un periódico sobre la mesa: la portada mostraba una foto de Levi bajo la lluvia, con el titular “El presidente del pueblo”.
—Escuchen —dijo con voz grave—.
No voy a mentirles.
Esto nos afecta a todos.
La prensa, los patrocinadores, el consejo… están presionando.
Pero nosotros somos futbolistas.
Nuestra respuesta no puede ser una conferencia, tiene que ser un partido.
El silencio fue absoluto.
Cada jugador bajó la cabeza, asimilando el mensaje.—El próximo encuentro es contra el Brighton City, y todos los ojos del mundo estarán sobre nosotros.
Quieren ver si este club sigue en pie… o si se derrumba sin su presidente.
Thiago levantó la vista.—Entonces no les daremos el gusto —dijo con firmeza—.
Vamos a ganar.
Por él.
Sus compañeros lo miraron, sorprendidos por su tono decidido.
Incluso el técnico pareció impresionado.
En ese instante, algo cambió.
La tensión se transformó en determinación.
Los murmullos cesaron.
Por primera vez desde la destitución, el vestuario respiraba una misma idea: resistir.
Mientras tanto, en una oficina del piso superior, Clara revisaba los correos que llegaban sin descanso.
Algunos ofrecían apoyo, otros amenazas veladas, y unos cuantos le pedían que convenciera a Levi de retirar sus declaraciones.
Ella no respondía a ninguno.
Sabía que él no se retractaría, y en el fondo, eso la llenaba de orgullo.
Tomó su abrigo y salió al pasillo.
A través de las ventanas del estadio, vio a cientos de hinchas bajo la lluvia, gritando el nombre del hombre que lo había arriesgado todo.
Sonrió apenas.—Les diste una causa —murmuró para sí—.
Ahora no van a detenerse.
Esa noche, los canales deportivos transmitieron imágenes de las protestas en distintas ciudades.
Desde Londres hasta Buenos Aires, los aficionados de otros clubes compartían mensajes de apoyo con el hashtag #ElClubTieneAlma.
Lo que había comenzado como una crisis institucional se había convertido en un movimiento mundial.
Y en medio de ese caos, un joven futbolista en silencio preparaba sus botines, atando los cordones con la precisión de un ritual.Thiago sabía que el partido del fin de semana no sería solo un juego.
Sería un grito, una declaración.Si Levi había encendido la chispa, él iba a mantenerla viva dentro del campo.
Cerró la bolsa, se puso los auriculares y salió rumbo al entrenamiento, mientras la voz de Levi resonaba en su memoria como un mantra inquebrantable: “El alma del fútbol no se vende… se defiende.” Y por primera vez, Thiago comprendió que esa frase no era solo un ideal.
Era una promesa.
El cielo sobre Manchester amaneció gris, cargado de una neblina densa que envolvía cada rincón de la ciudad como si el mundo entero contuviera la respiración.
El viento soplaba con fuerza, y la lluvia caía en ráfagas intermitentes, golpeando los ventanales del complejo deportivo del New Manchester United.
Era el tipo de mañana que parecía escrita para un destino incierto, como si la naturaleza reflejara el caos que vivía el club.
Dentro del campo de entrenamiento, los jugadores trabajaban en silencio.
No había bromas ni risas, solo el eco del balón golpeando el césped húmedo y el silbato del preparador físico rompiendo la monotonía.
El entrenamiento había cambiado: cada pase, cada sprint, cada disparo tenía un peso emocional detrás.
No era solo fútbol, era una causa.
Thiago corría como si el alma lo empujara.
Sus piernas ardían, su respiración era un rugido, y aun así no se detenía.
El preparador lo observaba desde la distancia con cierta preocupación.
—¡Thiago, bájale una marcha!
—gritó—.
No te quiero reventado antes del sábado.—No me voy a reventar —respondió el joven, sin mirar atrás—.
Me estoy preparando.
El entrenador principal, un veterano llamado Howard, caminaba por la línea lateral con las manos en los bolsillos.
Llevaba años en el fútbol, pero nunca había visto algo así: un equipo con el corazón roto, pero con los ojos encendidos.
Se detuvo frente al ayudante técnico y murmuró: —¿Lo sentís también?—¿El qué?—Esa tensión… esa energía rara.
Como si algo estuviera a punto de explotar.
El asistente asintió en silencio.
Sí, todos lo sentían.
En el vestuario, mientras los jugadores se duchaban, los televisores colgados en las paredes transmitían noticias sin parar.
Los comentaristas debatían si el New Manchester United podría sobrevivir sin Levi, mientras mostraban imágenes del presidente expulsado por la seguridad del club días atrás.
Algunos analistas aseguraban que el equipo estaba “acabado”.
Otros decían que “Thiago podría ser el último rayo de esperanza”.
—¿Escuchaste eso?
—dijo Ethan mientras se secaba el cabello—.
Ya te pusieron como el salvador del club.—Eso es una tontería —respondió Thiago, cerrando su casillero—.
Nadie salva un club solo.
Lo hacemos todos o no lo hace nadie.
Pese a sus palabras, no podía evitar sentir el peso de las expectativas.
Cada vez que alguien pronunciaba el nombre de Levi, sentía un nudo en el pecho.
Quería ganar ese partido no solo por orgullo, sino por justicia.
Esa noche, el equipo fue citado a una cena privada en el hotel donde concentrarían los próximos días.
Era un intento de crear unidad antes del partido.
Cuando Thiago entró en el salón, encontró a todos sus compañeros reunidos alrededor de una gran mesa, pero el ambiente era distinto: no había tensión, sino una calma solemne, una sensación de respeto silencioso.
Howard se levantó con una copa en la mano.
—Sé que este no es el momento más fácil.
Nos atacan desde todos lados, pero eso solo significa que somos importantes.
Si no lo fuéramos, nadie perdería tiempo con nosotros.
—Hizo una pausa y miró a cada jugador—.
No necesito discursos, solo necesito compromiso.
No por mí, sino por los que nos dieron la oportunidad de vestir esta camiseta.
Thiago levantó su vaso de agua, miró a los demás y dijo en voz firme: —Por Levi.—Por Levi —repitieron todos, casi al unísono.
El sonido de las copas chocando resonó como un juramento.
Esa noche, el equipo no solo compartió una cena: selló un pacto.
A la mañana siguiente, los medios se agolparon a las puertas del estadio para cubrir los entrenamientos previos al partido.
Las cámaras seguían cada paso de los jugadores, buscando una frase polémica, un gesto de rebeldía.
Thiago, sin embargo, mantenía la calma.
Cuando un periodista le preguntó si pensaba dedicar el partido a Levi, solo respondió: —Cada vez que juego, lo hago por el club.
Y Levi es parte de este club.
Saquen sus conclusiones.
Esa declaración se volvió viral en cuestión de horas.
En redes sociales, los hinchas comenzaron a compartirla con el hashtag #PorElClub, que en menos de un día ya era tendencia mundial.
Los carteles con esa frase empezaron a aparecer en las gradas, en murales, en camisetas improvisadas.
En el interior del club, la directiva se encontraba más dividida que nunca.
Algunos querían suspender el partido, otros insistían en mantener el calendario.
Pero ya era tarde: la gente había hablado.
El New Manchester United iba a jugar, y todo el mundo iba a mirar.
Durante los últimos entrenamientos, Thiago se concentró en perfeccionar los detalles.
Pasaba horas extra practicando tiros desde fuera del área, corrigiendo su postura, afinando el control de balón.
Ethan y él se quedaban hasta tarde repitiendo jugadas de contraataque.
—¿Sabés qué pienso?
—dijo Ethan una noche, mientras recogían los conos—.
Este no es un partido cualquiera.
Es como si estuviéramos peleando por algo más grande que el fútbol.Thiago asintió sin dudar.—Exacto.
Si ganamos, no solo ganamos puntos.
Demostramos que el alma del club sigue viva.
Esa frase se quedó flotando en el aire.
Ambos sabían que tenían que jugar con el corazón, pero también con la cabeza.
Brighton City no era un rival fácil; tenía uno de los mediocampos más técnicos de la liga y una defensa implacable.
Cualquier error podía costar caro.
En la charla técnica del viernes, el entrenador desplegó un pizarrón con la táctica.
Marcó con el marcador rojo la posición de Thiago y explicó: —Ellos presionan alto, así que necesitaremos velocidad para salir por las bandas.
Thiago, vas a tener libertad para moverte detrás de los mediocampistas, pero cuidado con perder el balón.
Si lo haces, su capitán, Hargreeves, te va a cazar sin piedad.
El joven asintió, pero en su interior sonrió.
Sabía que ese tipo de presión lo hacía rendir mejor.
Cuanto más lo apretaban, más fuerte se volvía.
Esa noche, el cielo volvió a cubrirse de nubes.
Desde la ventana de su habitación en el hotel, Thiago miraba las luces lejanas del estadio, que ya se preparaba para el gran día.
Miles de hinchas seguían afuera, a pesar de la lluvia, cantando y agitando banderas.
En su mesita, tenía una carta doblada.
No era pública, ni para los medios, ni para el club.
Era de Levi.
Se la había dejado antes de su salida, con una frase escrita en tinta azul: “Thiago, nunca olvides que los héroes no nacen del talento, sino del coraje para seguir creyendo cuando todo parece perdido.” El joven pasó los dedos por las letras y cerró los ojos.
Sintió una mezcla de nostalgia y determinación recorrerle el cuerpo.
Esa carta era su motivación final.
—Por ti, Levi —susurró.
Se recostó en la cama, con la mente fija en un solo pensamiento: mañana, el fútbol hablaría.
Y si el fútbol hablaba, lo haría en el idioma de la pasión.
Afuera, los truenos rugían sobre la ciudad, como presagiando la batalla que estaba por comenzar.
El rugido del público era un océano vivo que envolvía el estadio.
Miles de gargantas gritaban, ondeando banderas empapadas por la lluvia persistente que caía sobre el New Manchester Arena.
Los reflectores cortaban la neblina, proyectando haces de luz sobre el césped reluciente, que parecía un espejo de esmeralda bajo el aguacero.
Era la noche que todos esperaban.
La noche donde los fantasmas del pasado y la esperanza del futuro se enfrentarían en un solo partido.
En el túnel de acceso al campo, los jugadores aguardaban en fila.
El aire olía a césped mojado, sudor y nervios.
Cada respiración era pesada, cada silencio, una descarga eléctrica.
Thiago permanecía con la mirada fija al frente, ajustando los guantes con movimientos lentos, casi rituales.
A su lado, Ethan le dio un golpecito en el hombro.
—¿Listo para hacer historia, hermano?—No —respondió Thiago, con una media sonrisa—.
Estoy listo para recuperarla.
Ambos se miraron, y en ese breve instante se entendieron sin decir más.
Había mucho más en juego que un resultado.
Era el alma del club, el legado de Levi, la fe de los hinchas… y la redención personal de Thiago.
El sonido seco del árbitro golpeando el túnel los sacó de sus pensamientos.
Los capitanes intercambiaron una última mirada, y las puertas se abrieron.
La luz los envolvió como una llamarada.
El campo los esperaba.
Los gritos fueron ensordecedores.
“¡New Manchester!
¡New Manchester!” coreaban los fanáticos, una marea humana que se movía al ritmo de los tambores.
Entre la multitud, Thiago alcanzó a ver un cartel improvisado, empapado por la lluvia, que decía en letras grandes:“Por Levi.
Por nosotros.” Su corazón dio un salto.
Sintió un nudo en la garganta, pero no dejó que se notara.
Dio un par de toques al balón cuando el juez lo acercó al círculo central.
La lluvia caía como un telón sobre el estadio, pero él solo veía una cosa: la portería rival.
El silbato sonó.Y el partido comenzó.
Los primeros minutos fueron una guerra de estrategia.
Brighton City salió agresivo, empujando con su mediocampo de presión alta.
Thiago apenas tocaba el balón; cada vez que lo hacía, tres jugadores caían sobre él como sombras.
Pero en cada toque, cada pase corto, él analizaba.
Medía.
Esperaba.
El primer golpe lo dio Brighton a los doce minutos.
Un error en la salida, una recuperación rápida y un disparo potente desde la frontal del área.
1-0.El estadio se quedó mudo por un segundo.
Solo la lluvia siguió cayendo.
Thiago respiró hondo.
No bajó la cabeza.
En lugar de eso, se acercó a sus compañeros y gritó: —¡No se acaba así!
¡Jugamos hasta que el alma no dé más!
¡Vamos!
Su voz resonó más fuerte que los truenos.
Y de algún modo, ese grito despertó algo en el equipo.
Los pases empezaron a fluir.
Ethan comenzó a ganar duelos.
El lateral, Marcos, desbordó por la banda y tiró un centro preciso.
Thiago corrió hacia el área, entre dos defensores.
Saltó.
El cabezazo fue limpio, potente, como una descarga.La red se infló.1-1.
El estadio explotó.
El rugido fue tan grande que el suelo pareció temblar.
Thiago cayó de rodillas, con los brazos abiertos bajo la lluvia.
Los flashes iluminaron su rostro empapado.
En el banco, el entrenador Howard levantó el puño.
Y por primera vez en mucho tiempo, las gradas cantaron el nombre de Thiago Arenas.
Pero el Brighton no estaba dispuesto a rendirse.
A los pocos minutos, un contraataque peligroso los dejó al borde del segundo gol.
Thiago bajó hasta el mediocampo, ayudando en defensa.
Se lanzó a una barrida limpia, robó el balón y levantó la cabeza.
Vio a Ethan desmarcándose.
Pase largo, preciso.
Ethan lo controló con el pecho y disparó… al poste.
El rebote volvió a Thiago, que venía corriendo desde atrás.Sin pensarlo, golpeó de primera.El balón cruzó el aire, chocó contra el travesaño y entró.2-1.
El estadio estalló de nuevo.
Los hinchas gritaban su nombre, y en la pantalla gigante apareció su imagen, los ojos brillantes, el puño en alto.
Los comentaristas gritaban desde la cabina: —¡Thiago Arenas lo hace otra vez!
¡El chico que resurgió de la nada está devolviendo la vida al New Manchester!
Sus compañeros lo rodearon, abrazándolo entre risas y gritos.
Pero en medio de la euforia, Thiago solo pensó una cosa:Esto es por ti, Levi.
El segundo tiempo fue una batalla épica.
Brighton lanzó toda su artillería al ataque.
Thiago ya casi no sentía las piernas, pero seguía corriendo.
Los minutos caían como plomo, y cada despeje era una prueba de resistencia.
A falta de cinco minutos, el rival consiguió un tiro libre peligroso.
El estadio contuvo el aliento.
El disparo fue perfecto.
El balón superó la barrera, rozó el guante del arquero y se estrelló en el poste.
El rebote quedó vivo en el área… pero fue Thiago quien llegó primero, despejando con una patada desesperada.El público rugió como si fuera otro gol.
Howard se tomó la cabeza en el banquillo.
Ethan gritó:—¡Vamos, que ya está!
¡Un minuto más!
Y entonces, cuando el reloj marcaba los 94, Thiago interceptó un pase, corrió la mitad del campo y, pese al cansancio, se animó a disparar desde fuera del área.
El balón viajó como un rayo.Gol.3-1.
El árbitro pitó el final segundos después.
El estadio entero se vino abajo.
La lluvia, las luces, los gritos, todo se mezcló en una sinfonía de locura.
Los jugadores se abrazaban, lloraban, reían.
Thiago cayó de rodillas en el centro del campo, empapado, agotado, pero sonriendo como si el mundo se hubiera detenido.
Levantó la mirada al cielo y susurró, apenas audible: —Gracias, Levi.
Las cámaras captaron ese momento.
La imagen de Thiago arrodillado bajo la lluvia, con las luces reflejadas en los charcos del césped, se volvió icónica.
En los días siguientes, se repetiría millones de veces, acompañada por titulares que decían:“El alma del New Manchester ha vuelto.” Pero para él, no era un final.
Era un comienzo.La promesa cumplida de que el fuego, cuando es verdadero, nunca se apaga… solo espera el momento adecuado para renacer.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com