Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 44
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44: Ecos de una Gloria Pasada 44: Ecos de una Gloria Pasada El amanecer sobre Mánchester se filtraba entre los edificios con un brillo anaranjado que bañaba las calles vacías y los muros cubiertos de carteles del clásico.
Aquel día no era uno cualquiera: el New Manchester United enfrentaría al Manchester City en el partido más esperado de la temporada.
La ciudad entera parecía contener la respiración.
En los bares, en los autobuses, incluso en las escuelas, no se hablaba de otra cosa.
Y, en el corazón de todo, Levi observaba desde su oficina, en el piso más alto del estadio, cómo la neblina matinal se levantaba sobre el campo.
El estadio, aún vacío, tenía un aura especial.
Las butacas rojas parecían brillar bajo la luz del sol, como si esperaran con ansias el rugido de miles de gargantas.
Levi apoyó las manos en el cristal y cerró los ojos por un momento.
Habían pasado años desde que el New Manchester United fue una potencia, desde que su nombre imponía respeto en Europa.
Desde entonces, el club había caído en la mediocridad, perdido entre malas decisiones, fichajes erráticos y directivos sin visión.
Hasta que él tomó las riendas.
Pero Levi no era un romántico del fútbol.
Era un empresario, un estratega.
Para él, el club era una marca, un símbolo… hasta que apareció Kael.
El joven uruguayo había transformado algo en él, algo que creía muerto.
Con solo dieciocho años, Kael no solo jugaba al fútbol: lo vivía, lo respiraba, lo dominaba como si el balón le obedeciera.
Había traído de vuelta la pasión, el orgullo y, sobre todo, el hambre de victoria.
Sin embargo, esa misma intensidad lo hacía impredecible, casi peligroso.
Mientras Levi meditaba sobre eso, escuchó pasos firmes detrás de él.
Marcus, el entrenador, entró en la oficina con una carpeta bajo el brazo y un gesto de preocupación en el rostro.—Tenemos que hablar —dijo sin rodeos.—Siempre que vienes con esa cara, el día se complica —respondió Levi, sin apartar la vista del campo.Marcus dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Kael está rompiendo todos los registros de rendimiento, pero el vestuario se está dividiendo.
Algunos lo siguen, otros lo envidian.
Y lo peor es que él no ayuda.—¿Ha hecho algo en particular?
—preguntó Levi, girándose lentamente.—Dice lo que piensa.
Sin filtros.
Y sabes cómo es eso en un equipo con egos grandes.
Ha discutido con el capitán, con el asistente técnico e incluso con los veteranos.
Levi sonrió, un gesto tan leve que apenas se notó.
—A veces, la grandeza nace del conflicto.
No quiero que le quites su fuego.Marcus frunció el ceño.
—Si no lo controlamos, ese fuego puede consumirnos a todos.
El silencio llenó la habitación.
Desde la ventana, ambos miraron cómo Kael entrenaba solo en el campo.
Su silueta se movía con una precisión casi sobrehumana.
Disparaba al arco una y otra vez, con una concentración que parecía ajena al mundo.
Cada tiro era un golpe seco que resonaba en las gradas vacías, como un presagio.
—¿Sabes qué es lo que más me preocupa?
—dijo Marcus finalmente.—Dímelo.—Que el chico no teme a nada.
Ni a perder, ni a romperse.
Tiene una fe ciega en sí mismo.
Y eso, en alguien tan joven, puede ser una bendición… o una maldición.
Levi guardó silencio unos segundos.
—Prefiero a alguien que arda, aunque se queme, antes que a los que se apagan por miedo.
Horas después, el vestuario del New Manchester United era un hervidero de tensión.
Los jugadores se preparaban en silencio.
Algunos escuchaban música, otros ataban sus botines con manos temblorosas.
En el centro, Kael permanecía sentado, con la mirada fija en el suelo y los auriculares puestos.
La camiseta con el número 10 descansaba sobre sus rodillas.
No decía nada, pero su sola presencia dominaba la habitación.
Marcus entró, se colocó frente al grupo y comenzó a hablar con voz grave:—Hoy no se trata de un simple partido.
Se trata de historia.
Cada pase, cada corrida, cada gota de sudor… representa a miles de personas que creen en este escudo.
No importa si tienes 18 o 35 años: cuando entres ahí afuera, todos somos uno.
El silencio fue absoluto.
Entonces, Kael se levantó lentamente, retiró los auriculares y miró a sus compañeros.
Sus ojos tenían un brillo que mezclaba determinación y desafío.—No vine hasta acá para empatar —dijo con voz firme—.
Vine a ganar, a demostrar que somos los dueños de esta ciudad.
Nadie respondió, pero la energía en el aire cambió.
Cuando salieron al túnel, el rugido del estadio fue ensordecedor.
Miles de banderas ondeaban, y los cánticos hacían vibrar las paredes.
Levi, desde el palco, observaba en silencio, con los brazos cruzados.
En su mirada había orgullo, pero también una sombra de inquietud.
Sabía que algo se estaba gestando, algo que podría cambiarlo todo.
Y allí estaba Kael, caminando hacia el campo con paso firme, el rostro iluminado por las luces del estadio.
El viento agitaba su cabello mientras sus ojos se clavaban en el horizonte.
En ese instante, parecía más que un jugador.
Parecía una promesa hecha carne, un fuego destinado a consumirlo todo, incluso a sí mismo, con tal de alcanzar la gloria.
El rugido del estadio era una ola viva que se estrellaba contra los jugadores cuando pisaron el campo.
Casi ochenta mil almas llenaban las gradas, y el aire se podía cortar con un cuchillo.
Los cánticos de los fanáticos del New Manchester United y del Manchester City se mezclaban en una sinfonía de euforia y odio que solo el fútbol podía generar.
Las luces, los flashes, los tambores… todo vibraba en una intensidad que parecía sobrehumana.
Kael se ubicó en el centro del campo.
El balón reposaba frente a él, inmóvil, perfecto.
Alzó la vista y vio a los jugadores del City alineados enfrente, con expresiones frías y confiadas.
Entre ellos, el capitán rival —un mediocampista veterano con más de una década de experiencia— le sostuvo la mirada con una media sonrisa cargada de desprecio.
El árbitro levantó el silbato y, con un pitido agudo, el clásico comenzó.
Kael tocó el balón hacia atrás, y el sonido seco del cuero marcó el inicio de la batalla.
El equipo rival presionó desde el primer segundo, cerrando espacios, buscando intimidar.
Pero Kael no retrocedió.
Su cuerpo se movía con una soltura que parecía casi irreal.
Cada toque, cada giro, cada cambio de ritmo estaba calculado con precisión quirúrgica.
A los cinco minutos, recibió el balón en el mediocampo y, sin dudar, enfrentó a tres rivales.
Uno intentó barrerlo, otro bloquearlo, pero Kael los superó con un movimiento que arrancó un rugido de admiración del público.
Pisó la pelota, giró sobre su eje y la filtró entre las piernas del defensa central, abriendo el espacio justo para su compañero de ataque.
El pase fue tan perfecto que parecía coreografiado.
El delantero corrió, disparó… y el balón rozó el travesaño.El estadio entero contuvo la respiración.
Levi, desde el palco, sonrió apenas.
Sabía que eso era solo el comienzo.
Marcus, en cambio, apretó los puños desde la banda.
El City no tardó en responder: contraataque fulminante, un pase largo al espacio, y su delantero estrella quedó frente al arquero.
Pero justo antes de rematar, el defensa del New Manchester lo interceptó con una barrida limpia que arrancó aplausos.
El partido se volvió un torbellino.
Cada balón dividido era una guerra.
Cada pase, una promesa de gloria o de desastre.
Kael era el eje invisible del equipo: su toque marcaba el ritmo, su energía contagiaba al resto.
Pero con cada minuto que pasaba, la tensión aumentaba.
Los defensas del City comenzaron a buscarlo con dureza.
Lo golpeaban, lo empujaban, lo provocaban con susurros apenas audibles.
En el minuto 27, uno de ellos le soltó una patada brutal a la altura del tobillo.
Kael cayó al suelo, el dolor subiendo como una corriente eléctrica por su pierna.
El estadio entero rugió pidiendo falta, pero el árbitro solo levantó la mano indicando que el juego siguiera.
Kael apretó los dientes.
No dijo nada.
Se levantó despacio, la mirada fría, el rostro endurecido.
En ese instante, algo cambió en él.
Sus movimientos se volvieron más rápidos, más agresivos, más impredecibles.
Tomó el balón y comenzó a bailar con él, esquivando rivales como si fueran sombras.
El público se levantó de sus asientos.
Cada regate era una declaración de guerra.
En una jugada imposible, se internó entre tres defensas, y cuando todos esperaban el pase, disparó desde fuera del área.
El balón voló como un proyectil, directo al ángulo.
El arquero rival apenas alcanzó a rozarlo con la punta de los dedos.
El sonido del travesaño fue un trueno.
Marcus gritó desde la banda, pero Kael apenas lo escuchó.
Su corazón latía con una fuerza salvaje.
En su mente no había táctica, no había miedo, solo la necesidad de ganar, de demostrar que podía cargar con el peso de todo un club sobre sus hombros.
El resto del primer tiempo fue una guerra sin tregua.
El árbitro tuvo que separar a los jugadores varias veces.
Hubo empujones, insultos, roces.
En un momento, Kael y el capitán del City chocaron cara a cara, respirando el mismo aire, la tensión tan espesa que parecía que el estadio entero se había detenido.
—¿Eres solo un chico con suerte o realmente crees que puedes ganarnos?
—le dijo el capitán, con una sonrisa burlona.—No lo creo —respondió Kael, sin parpadear—.
Lo sé.
El árbitro intervino, separándolos.
Pero algo se había encendido.
Cuando el reloj marcó el minuto 44, el New Manchester tuvo un tiro libre a favor, justo al borde del área.
Kael se paró frente al balón.
El murmullo del estadio se convirtió en un silencio expectante.
El viento soplaba leve, moviendo los mechones de su cabello.
Detrás de él, sus compañeros esperaban la señal.
Respiró profundo.Un paso atrás.Dos.El pitido del árbitro.
Y entonces golpeó el balón.
El tiro fue un arco perfecto, una curva que parecía desafiar la gravedad.
El arquero rival se estiró al máximo, pero fue inútil.
El balón se incrustó en la esquina superior del arco.
Gol.
El estadio explotó.Los gritos, los saltos, las lágrimas… todo se mezcló en una marea de euforia.
Kael corrió hacia la grada, los brazos abiertos, el rostro encendido por una mezcla de rabia y alegría.
Sus compañeros lo rodearon, lo abrazaron, pero él apenas los sintió.
Solo escuchaba el rugido del público, ese rugido que lo alimentaba, que lo hacía sentir invencible.
En el palco, Levi se puso de pie lentamente.
Por un momento, su semblante calculador se quebró, y una sonrisa genuina se dibujó en su rostro.
Marcus, sin embargo, no celebró.
Sabía que en los ojos de Kael había algo más que pasión.
Había una chispa peligrosa, un fuego que si no era contenido, podría consumirlo todo.
El árbitro pitó el final del primer tiempo.
Los jugadores se dirigieron al vestuario entre aplausos y abucheos.
Kael caminaba con la cabeza en alto, pero por dentro su mente era un torbellino.
Sabía que el partido estaba lejos de terminar.
Y que lo peor, lo verdaderamente importante, aún estaba por llegar.
Porque detrás de la gloria siempre acecha la sombra.
El vestuario del New Manchester United estaba impregnado de una mezcla de sudor, euforia y nervios.
Algunos jugadores se reían, otros simplemente respiraban pesadamente, intentando recuperar el aire.
Pero Kael permanecía sentado en su rincón, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en el suelo.
El gol había sido una descarga eléctrica, sí, pero no lo dejaba satisfecho.
Marcus entró con paso firme, golpeando las palmas para llamar la atención.—¡Silencio!
—ordenó, y la sala quedó muda al instante—.
Buen trabajo, pero esto no ha terminado.
No se confíen.
Ellos están heridos y van a salir con todo.
Su voz resonó con la autoridad de alguien que había vivido mil batallas.
Caminó frente a los jugadores, observándolos uno por uno.—Quiero cabeza fría.
Quiero sacrificio.
Y sobre todo, quiero que recuerden quiénes somos.
Este club, esta camiseta, no se rinde.
¡Nunca!
El equipo respondió con un rugido unísono.
Todos menos Kael, que seguía callado, como si estuviera en otro lugar.
Marcus lo notó y se acercó, apoyando una mano sobre su hombro.—Buen gol, Kael.
Pero recuerda, esto no es sobre ti.
Es sobre todos.
Kael levantó la mirada.
Sus ojos eran fuego contenido.—Lo sé, míster.
Pero a veces… hay cosas que solo uno puede resolver.
Marcus suspiró, reconociendo ese brillo.
Lo había visto antes en grandes jugadores, ese fuego que podía levantar un estadio o destruirlo.—Entonces hazlo bien.
Que no te consuma —dijo, y se alejó.
El pitido para el segundo tiempo resonó, y los once jugadores regresaron al campo.
Afuera, el estadio parecía un volcán a punto de estallar.
La tensión era tan intensa que incluso el aire parecía más pesado.
El City no perdió tiempo.
Salieron con una agresividad que rozaba la violencia.
Los primeros minutos fueron una avalancha: ataques por los costados, centros al área, remates desde fuera.
Kael retrocedió para ayudar en la defensa, corriendo sin descanso.
El sudor le empapaba la frente, y cada músculo de su cuerpo ardía.
En el minuto 58, el empate llegó como un puñetazo al estómago.
Un tiro cruzado imposible de atajar.
El arquero se lanzó, pero el balón besó la red.1-1.
El rugido de los fanáticos del City llenó el estadio como una ola que arrasaba todo.
El New Manchester se replegó, confundido, y por un momento el miedo se apoderó de todos.
Kael golpeó el césped con el puño.
No podía permitirlo.—¡Vamos!
¡Levanten la cabeza!
—gritó, con una furia que despertó a sus compañeros—.
¡Esto no ha terminado!
A partir de ese momento, el partido se convirtió en una batalla de voluntades.
Los choques eran cada vez más duros, los cuerpos caían al suelo, el árbitro tenía que intervenir constantemente.
Pero nadie cedía.
En el minuto 72, Kael recibió un pase en mitad de la cancha.
Un rival lo presionó por detrás, otro por el costado.
Intentó girar, pero sintió una patada brutal en el tobillo.
El dolor fue inmediato, punzante.
Cayó al suelo, apretando los dientes.
Marcus saltó desde la banda.—¡Árbitro, eso es roja!
¡Era intencional!
—gritó, pero el juez solo mostró amarilla.
El estadio entero abucheó.
Kael intentó levantarse, pero la pierna no respondía bien.
Marcus llamó al fisioterapeuta, pero Kael lo apartó con un gesto.—No… todavía no —dijo entre dientes.
El dolor era insoportable, pero su orgullo era más grande.Se levantó, rengueando, mientras los hinchas gritaban su nombre.
“¡Kael, Kael, Kael!” Aquello le devolvió el alma.
Su respiración se estabilizó.
El dolor seguía ahí, pero lo convirtió en gasolina.
El reloj marcaba el minuto 83 cuando encontró su momento.
Una recuperación en la defensa, un pase rápido hacia el medio y el balón llegó a sus pies.
Vio el espacio, un hueco diminuto entre los defensas, y corrió como si el destino dependiera de esa jugada.
Uno, dos, tres rivales quedaron atrás.
La tribuna rugía como una bestia hambrienta.Cuando llegó al borde del área, levantó la cabeza y vio al arquero adelantado.
No lo pensó.
Disparó con la pierna buena, el golpe seco, directo, poderoso.
El balón voló… y esta vez no hubo travesaño que lo detuviera.
Golazo.2-1.
El estadio explotó.Los hinchas lloraban, se abrazaban, algunos incluso caían de rodillas.
Kael corrió hasta el banderín del córner y se arrodilló, mirando al cielo con los puños cerrados.
Sus compañeros lo rodearon, lo levantaron en el aire.
Levi, desde el palco, observaba en silencio.
No aplaudía.
No sonreía.
Simplemente lo observaba con una mezcla de orgullo y temor.
Porque sabía lo que venía: el precio de la grandeza.
El tiempo restante fue un infierno.
El City atacó sin descanso, lanzando pelotas al área una y otra vez.
Kael bajaba a defender, corría hasta el límite.
Cada segundo parecía eterno.
Minuto 89.Un centro peligroso, cabezazo rival… y el balón se fue apenas por encima del travesaño.El estadio estalló en un grito de alivio.
Minuto 92.El árbitro miró el reloj.El pitido final llegó como una liberación divina.
New Manchester United 2 – 1 Manchester City.
El estadio se vino abajo.
Jugadores llorando, abrazos, bengalas rojas iluminando el cielo.
Kael cayó de rodillas, exhausto, con la respiración entrecortada y los ojos brillantes.
Marcus corrió hacia él, lo abrazó con fuerza.—Lo lograste, chico.
Lo lograste.
Kael apenas pudo responder.—No… lo logramos todos.
El capitán del City se acercó, le tendió la mano.—Hoy fuiste mejor.
Pero esto no termina aquí.
Kael la estrechó con una sonrisa cansada.—Entonces nos veremos pronto.
Cuando todo terminó, y los fanáticos comenzaron a abandonar el estadio, Kael se quedó solo por unos minutos en el campo.
Observó las luces, las sombras, los papeles que caían lentamente desde las gradas.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió paz.
Pero también algo más profundo: el peso de lo que venía.Porque en el fútbol —y en la vida—, cada victoria abre la puerta a un nuevo desafío.
Y él ya estaba listo para el próximo.
Mientras salía del campo, Levi lo observó desde lejos.En su rostro había una expresión enigmática, casi paternal.—A veces —murmuró para sí—, las estrellas que más brillan… son también las que más rápido arden.
Y con ese pensamiento, el capítulo del clásico se cerró, dejando el eco de los cánticos flotando sobre el estadio, como un juramento: “Esto recién comienza.”
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