Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 46
- Inicio
- Todas las novelas
- Fútbol: El Sistema del Renacer
- Capítulo 46 - 46 Ecos en la Tormenta
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
46: Ecos en la Tormenta 46: Ecos en la Tormenta La lluvia no había cesado desde aquella noche.
Parecía que el cielo se negaba a dar tregua, como si la ciudad entera estuviera llorando por lo que estaba por venir.
Ethan miraba por la ventana de su departamento, con el rostro pálido y los ojos hundidos por el cansancio.
No había dormido.
Las noticias seguían circulando sin descanso: “Escándalo en el New Manchester United”, “El joven prodigio envuelto en corrupción”, “¿El fin de una promesa?” Su nombre estaba en todos los titulares.
Su rostro, en cada pantalla.
Cada canal, cada portal deportivo, cada red social, hablaba de él.
Y aunque la verdad seguía sin salir a la luz, la opinión pública ya lo había condenado.
El sonido de la puerta lo sacó de sus pensamientos.
Levi entró, con el abrigo empapado y el ceño fruncido.—Los abogados ya están trabajando —dijo sin rodeos—.
Pero la situación es peor de lo que creíamos.
Van Doren no está actuando solo.
Hay tres empresas más detrás, todas vinculadas con su red de inversionistas.
Están comprando acciones del club a través de intermediarios.
Ethan se volvió hacia él, apretando la mandíbula.
—Entonces no buscan solo mi cabeza, quieren el control total.—Exactamente.
—Levi dejó caer una carpeta sobre la mesa—.
Y si logramos probar que falsificaron los documentos, podríamos detenerlos… pero necesitamos pruebas sólidas.
Algo que los vincule directamente.
El jugador se sentó, repasando las hojas.
Era demasiada información: números, firmas, transferencias digitales, todo diseñado para confundir.—¿Cómo vamos a encontrar algo así?
—preguntó con desesperación.
Levi lo miró con calma.
—Tenemos una ventaja: el periodista que publicó la noticia no pertenece al círculo de Van Doren.
Es un profesional serio.
Si logramos que nos diga quién le filtró la información, podríamos seguir el rastro.
Ethan asintió lentamente.—¿Y cómo piensas convencerlo?
—preguntó, sabiendo que los reporteros rara vez revelaban sus fuentes.—Con la verdad —respondió Levi, encendiendo un cigarrillo—.
Pero no puedo hacerlo yo.
Tú tienes que hablar con él.
Si te ve, si escucha tu versión, tal vez comprenda que hay algo más grande detrás de todo esto.
Ethan dudó.
No porque temiera al periodista, sino porque temía a las cámaras, a las miradas acusadoras que lo seguían a todas partes.
Desde el escándalo, no podía salir sin que alguien lo señalara o le gritara traidor.—¿Y si todo sale mal?
—susurró.—Entonces al menos habrás peleado por ti mismo —dijo Levi, dándole una palmada en el hombro—.
No dejes que te roben eso también.
El silencio volvió a reinar.
Fuera, los truenos retumbaban como tambores lejanos.
Ethan respiró hondo, sintiendo cómo la determinación volvía poco a poco a su pecho.—¿Dónde lo veré?
—preguntó finalmente.—En el café “Ravens”, a las tres de la tarde.
Ya está avisado de que irás.
Levi se levantó para marcharse, pero antes de salir se detuvo en la puerta.—Ethan… —dijo sin girarse—.
No confíes en nadie hasta que tengamos pruebas.
Ni siquiera en los que digan estar de tu lado.
Ethan lo observó irse, sintiendo el peso de cada palabra.
Sabía que el mundo del fútbol era cruel, pero no imaginó que también fuera un tablero donde las piezas humanas se movían según el dinero y el poder.
Horas más tarde, caminó bajo la lluvia hacia el café indicado.
Las gotas empapaban su capucha mientras el murmullo de la ciudad lo envolvía.
Algunos lo reconocieron al pasar; otros solo lo miraron con curiosidad.
En sus ojos, ya no había miedo, sino una mezcla de rabia y esperanza.
El café “Ravens” era pequeño, con luces cálidas y olor a café recién molido.
En una mesa del fondo lo esperaba un hombre de unos cuarenta años, con barba corta y una laptop abierta.
Ethan se acercó con cautela.—¿Señor Clarke?
—preguntó.
El periodista levantó la vista y lo miró con interés.
—Así que viniste.
No todos los acusados tienen el valor de hacerlo.
Siéntate.
Ethan lo hizo, intentando mantener la compostura.—Solo quiero que escuche mi versión.
No busco excusas, solo la verdad.
Clarke entrelazó los dedos.
—La verdad siempre tiene un precio, muchacho.
Pero te escucho.
Ethan le contó todo.
Desde la noche en que recibió el sobre, hasta la conversación con Levi, y su sospecha de que Van Doren estaba detrás del complot.
Clarke no lo interrumpió.
Solo lo observaba, como si analizara cada palabra, cada gesto.
Cuando Ethan terminó, el periodista cerró lentamente su laptop.—Curioso —dijo—.
La fuente que me pasó los documentos… no era Van Doren directamente, pero sí alguien muy cerca de su entorno.
Un intermediario.
Ethan se inclinó hacia adelante.
—¿Puede decirme quién era?
Clarke negó con la cabeza.
—No.
No puedo exponer mis fuentes.
Pero puedo darte algo mejor: una pista.
Sacó una pequeña memoria USB de su bolsillo y la deslizó por la mesa.—Esto contiene fragmentos de los correos que recibí y parte del historial de transferencias de los archivos.
No debería tenerlos, pero…
digamos que me gusta llegar al fondo de las cosas.
Si lo analizas, encontrarás algo que no cuadra.
Ethan tomó la memoria con manos temblorosas.
—¿Por qué ayudarme?
Clarke sonrió levemente.
—Porque he visto demasiados jóvenes destruidos por los juegos de los poderosos.
Y porque, a diferencia de ellos, tú aún crees en el fútbol.
Ethan lo miró en silencio, comprendiendo que acababa de ganar un aliado inesperado.
Afuera, la tormenta arreciaba, pero por primera vez en días, sintió que había una chispa de esperanza encendiendo de nuevo su camino.
El sonido constante de la lluvia se confundía con los pensamientos que estallaban en la cabeza de Ethan.
Caminaba sin rumbo fijo, con la memoria USB apretada en su puño, como si fuera un talismán frágil que contenía su destino.
Cada paso resonaba en el pavimento mojado, acompañando los ecos de las palabras del periodista.
“Si lo analizas, encontrarás algo que no cuadra…” Regresó al departamento de Levi sin mirar atrás.
El viento golpeaba las ventanas con furia, y un rayo iluminó fugazmente la habitación cuando encendió la computadora.
Insertó la memoria.
La pantalla mostró una carpeta simple, con un nombre anodino: “Corvus Files”.
Dentro, varios documentos, correos encriptados y fragmentos de transferencias digitales.
Ethan no entendía del todo lo que veía, pero había algo extraño en uno de los correos.
Un nombre repetido varias veces: “Helios Group S.A.”.
Sonaba familiar.
Abrió otra carpeta.
El mismo nombre, vinculado a diferentes fechas y transacciones.
—Helios… —murmuró.Levi entró en ese momento, aún con el abrigo húmedo—.
¿Qué es eso?
Ethan giró el monitor hacia él.
—“Helios Group”.
Aparece en casi todos los correos.
Clarke me dio esto… dijo que ahí encontraríamos algo raro.
Levi se acercó, sus ojos fruncidos en concentración.
—Helios… claro.
Esa empresa pertenece al conglomerado financiero que Van Doren usó para financiar sus primeras acciones en el club.
Pero hay algo más… —Abrió su propio portátil y comenzó a buscar frenéticamente—.
Hace meses, esa empresa fue vendida.
—¿A quién?
—preguntó Ethan.Levi detuvo la búsqueda y su rostro se endureció—.
A una compañía fantasma registrada en Luxemburgo, con un único accionista visible… “Darren M.
Clarke”.
Ethan se quedó helado.
—¿Clarke?
¿El periodista?Levi asintió lentamente.
—Parece que nuestro “aliado” también juega su propio partido.
El silencio se volvió espeso, tan denso como el aire antes de una tormenta eléctrica.
Ethan se sentó, intentando procesar lo que acababa de escuchar.
—No puede ser.
Me ayudó.
Me dio esa memoria.
No tendría sentido si estuviera involucrado.Levi suspiró.
—Tal vez sí… si necesitaba que tú siguieras un camino que él controla.
Ethan se levantó bruscamente.
—No, no puede ser así.
Clarke no parecía mentir.—Ethan —dijo Levi con calma, apoyando una mano en su hombro—, en este mundo nadie da algo sin pedir algo a cambio.
El joven bajó la cabeza.
Todo empezaba a desmoronarse de nuevo.
La lluvia afuera seguía cayendo, como si marcara el ritmo de su incertidumbre.
Después de un largo silencio, Levi habló otra vez.
—Aun así, si Clarke está metido, significa que estamos muy cerca de algo importante.
Nadie movería tantos hilos solo para destruir tu nombre.
Hay algo más grande detrás.
Ethan lo miró, decidido.
—Entonces iremos hasta el final.
Quiero saber qué buscan realmente.
Levi asintió.
—Bien.
Pero esta vez no lo haremos desde la oscuridad.
Si ellos manejan las sombras, nosotros lo haremos bajo la luz.
Mañana convocaré una conferencia.
Tú hablarás.
—¿Qué?
—Ethan retrocedió, sorprendido—.
¡Eso sería un suicidio mediático!—O una redención —replicó Levi con firmeza—.
Si te escondes, ellos ganan.
Pero si hablas, si miras a las cámaras y dices la verdad, aunque solo sea una parte, entonces el público empezará a dudar de su historia.
Y la duda es lo que más temen los manipuladores.
Ethan respiró hondo.
No estaba seguro de estar preparado, pero algo dentro de él se encendió otra vez.
Tal vez era orgullo, o quizá el último destello de ese chico que jugaba al fútbol por amor al balón, no por contratos ni fama.—Está bien —dijo finalmente—.
Lo haré.
Levi asintió, aunque sus ojos mostraban preocupación.
—Te acompañaré.
Pero ten claro que después de eso, no habrá vuelta atrás.
Esa noche, Ethan no durmió.
Se quedó sentado frente a la ventana, observando las luces lejanas de la ciudad.
Recordó los entrenamientos con sus amigos, las risas en los vestuarios, los goles que hacían vibrar su alma.
Todo parecía tan distante ahora… Pero entre la tormenta que rugía afuera, una idea lo sostuvo: no dejaría que le arrebataran su verdad.
A la mañana siguiente, el cielo aún estaba gris.
Los medios se agolpaban frente al edificio del club, micrófonos y cámaras listos para devorarlo.
Levi caminaba a su lado, sereno, mientras Ethan respiraba profundamente antes de salir del coche.
Cuando cruzó las puertas del salón de prensa, un mar de flashes lo cegó.
El murmullo de los periodistas llenó el aire.
Y por un instante, el ruido del mundo desapareció.
Solo quedó él, su voz, y la oportunidad de demostrar que aún no estaba vencido.
—Buenos días —dijo, tomando el micrófono con manos temblorosas pero firmes—.
No vengo a justificarme.
Vengo a contarles la verdad.
Los murmullos cesaron.
Todos los ojos se clavaron en él.
Ethan tragó saliva y continuó—: Sé que hay pruebas que parecen condenarme.
Pero esas pruebas… no cuentan toda la historia.
El eco de su voz se extendió por la sala como un rayo rompiendo el cielo.
El silencio en la sala era casi insoportable.
Decenas de periodistas, cámaras encendidas y flashes constantes esperaban ansiosos cada palabra de Ethan.
Sentía el corazón golpearle el pecho como si quisiera escapar, pero no apartó la mirada del micrófono.
—Durante semanas —continuó—, he sido acusado de actos que no cometí.
Se me ha tratado como un criminal, se me ha señalado sin pruebas completas… pero hoy no vengo a pedir piedad.
Vengo a mostrar lo que otros quieren ocultar.
Levi observaba desde el costado del estrado, con las manos cruzadas detrás de la espalda.
Sabía que lo que estaban haciendo era peligroso, pero también necesario.
Si Ethan mostraba fortaleza ante las cámaras, ganaría algo que ni todo el dinero del mundo podía comprar: credibilidad.
Ethan conectó su laptop al proyector.
En la pantalla apareció una serie de correos y documentos.
—Estos archivos provienen de una fuente que prefirió mantenerse anónima —dijo—.
Aquí se registran movimientos financieros que relacionan a varias empresas con el club, incluyendo una llamada Helios Group S.A..
Lo extraño es que esas mismas empresas realizaron transferencias idénticas a cuentas controladas por personas vinculadas con la investigación que me acusa.
Los periodistas comenzaron a murmurar entre ellos.
Algunos tomaban notas frenéticamente; otros levantaban sus cámaras para captar cada imagen proyectada.
—Lo que estoy mostrando —prosiguió Ethan— no prueba mi inocencia de forma inmediata, pero demuestra que alguien ha manipulado la información para fabricar un culpable conveniente.
Un periodista levantó la mano:—Ethan, ¿quiere decir que todo esto es una conspiración?
Ethan lo miró con serenidad.
—No me gusta esa palabra.
Digamos que… hay intereses demasiado grandes en juego.
Yo solo soy una pieza que alguien intentó sacrificar.
Otro reportero gritó: —¿Y quién cree que está detrás de todo esto?
Ethan vaciló por un instante.
Levi lo observaba en silencio, sabiendo que esa era la pregunta que definiría su futuro.
El joven apretó los puños y respondió:—No tengo pruebas suficientes para dar nombres.
Pero sí puedo decirles que todo empezó cuando decidí investigar las irregularidades en la gestión del club y los contratos de inversión internacional.
Desde ese momento, mi vida se volvió un blanco.
Un murmullo más fuerte recorrió la sala.
Algunos periodistas intercambiaron miradas; otros se apresuraron a enviar mensajes a sus redacciones.
—¿Está insinuando que el consejo del New Manchester United está involucrado?
—preguntó una periodista con tono afilado.
Ethan sonrió con cansancio.
—Digo que todos deberían mirar los números, no los rumores.
De repente, una voz se alzó desde el fondo del salón.
—¡Eso no cambia los hechos, Ethan!
—era un hombre alto, con traje oscuro y rostro familiar.
Los guardias intentaron detenerlo, pero él alzó un documento—.
¡Esto es lo que realmente eres!
Ethan lo reconoció.
Era Malcolm Price, uno de los directivos que había presionado por su suspensión.—¿Y eso qué es?
—preguntó con firmeza.
—Tu contrato de transferencia —replicó Price—.
Firmado por ti, aceptando bonos ilegales.
El salón se llenó de murmullos.
Los flashes volvieron a estallar.
Ethan respiró hondo y respondió con calma:—Ese documento fue modificado.
Y tengo la prueba.
Levi dio un paso al frente, conectó un segundo archivo en la pantalla.
—El documento original no contiene ninguna cláusula de bonificación ilegal.
Este contrato fue editado digitalmente hace tres meses, desde una IP registrada en la misma red que las oficinas de Price.
El público estalló.
Price intentó protestar, pero los periodistas se abalanzaron con preguntas.
Ethan lo observó sin decir nada, dejando que el peso de la evidencia hablara por sí mismo.
Cuando todo se calmó un poco, volvió a tomar el micrófono.
—No quiero venganza.
Solo quiero volver a jugar.
Pero también quiero que la verdad salga a la luz, aunque a muchos les incomode.
Sus palabras fueron seguidas por un silencio solemne.
Luego, un aplauso tímido comenzó entre los reporteros más jóvenes.
Se expandió poco a poco hasta llenar la sala.
Ethan bajó el micrófono.
Levi se acercó y le susurró: —Lo lograste.
Plantaste la duda.
El joven lo miró con una mezcla de alivio y agotamiento.
—¿Y ahora qué?
—Ahora —dijo Levi, mirando hacia las cámaras que aún grababan—, el mundo decidirá si está listo para escuchar toda la verdad.
Afuera, la lluvia había cesado.
El cielo, cubierto de nubes, dejaba entrever un rayo de sol que se filtraba por las calles húmedas.
Ethan lo vio desde la puerta, respiró profundamente y sonrió apenas.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía que podía volver a mirar al futuro sin miedo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com