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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 50

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  4. Capítulo 50 - 50 La Línea Que No Se Puede Cruzar
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50: La Línea Que No Se Puede Cruzar 50: La Línea Que No Se Puede Cruzar El amanecer siempre había sido un momento de calma para Levi.

Un instante donde todo parecía detenerse: el ruido del mundo, la presión del club, las expectativas ajenas.

Pero esa mañana, mientras observaba el cielo teñirse de un naranja suave desde la ventana de su apartamento, la calma no existía.

Había un peso enorme presionándole el pecho, una mezcla de ansiedad y decisión que no le permitía siquiera respirar con normalidad.

La conversación con Marcus de la noche anterior seguía repitiéndose como un eco implacable en su mente.

Cada palabra, cada mirada, cada verdad revelada había sido una piedra más que caía en el fondo del pozo que llevaba años evitando mirar.

Sabía que ya no podía retroceder.

Sabía que, al contarle la verdad, había sellado un camino que lo llevaría directamente hacia una confrontación inevitable.

Y ahora, mientras se apoyaba contra el marco de la ventana, con las manos temblorosas, entendía que este era el punto de no retorno.

Tomó aire y se apartó lentamente.

Sobre la mesa estaba su teléfono, con una notificación que llevaba más de una hora sin abrir.

Un mensaje de Víktor.

“Hoy.

10:15.

Lugar de siempre.

No llegues tarde.” Ni siquiera había salud.

Ni una formalidad.

Nada.

Solo una orden disfrazada de cita.

Levi apretó los dientes.

Para Víktor, él siempre había sido eso: un recurso, una herramienta, una pieza útil que debía funcionar sin fallas.

Pero Levi ya no era un niño desorientado intentando salvar el legado de su padre; era el presidente de un club que había renacido gracias a su visión y al apoyo de gente valiosa como Marcus, Milo, Serena y tantos otros.

Y ahora, justamente por eso, Víktor lo quería controlar más que nunca.

Levi se vistió sin prisa, pero sin dudar.

Una campera negra, jeans oscuros, zapatillas simples.

Algo que no llamara la atención.

En el espejo, su rostro parecía más adulto que nunca, no por la edad sino por la dureza que se había formado en su mirada.

Antes de salir, tomó una última decisión: no borrar la conversación con Marcus del teléfono.

Lo hacía siempre, por seguridad, por miedo a ser descubierto.

Pero ya no quería seguir viviendo en las sombras.

Cerró la puerta detrás de sí.

El ascensor parecía moverse más lento de lo habitual.

Cada piso que pasaba le recordaba que se estaba adentrando en un terreno del que tal vez no saldría completamente limpio.

Pero esa era precisamente la razón por la que debía hacerlo.

Alguien tenía que frenar a Víktor, y había llegado la hora.

La calle estaba fría, húmeda por el rocío del amanecer.

La ciudad comenzaba a despertar, y el ruido lejano del tráfico mezclado con pasos apurados creaba una atmósfera extraña, como si el mundo no supiera que algo estaba a punto de romperse en el silencio.

Levi caminó hacia la parada donde subiría al taxi que lo llevaría al lugar acordado.

No quería llevar su propio auto; demasiado reconocible, demasiado rastreable.

Cuando el taxi llegó, subió sin decir una palabra.

El conductor lo miró por el espejo retrovisor, pero no preguntó nada.

Quizás por costumbre.

Quizás porque había visto demasiadas miradas como esa: tensas, perdidas en pensamientos peligrosos.

El viaje duró quince minutos.

Suficiente para que los pensamientos comenzaran a convertirse en imágenes difusas de lo que podría salir mal.

Suficiente para que el miedo, un miedo muy real, empezara a arrastrarse por su espalda.

Suficiente para que la figura de su madre cruzara su mente con dolor.

“Estoy haciendo esto también por ella… porque no quiero que viva una segunda caída.” Cuando el taxi se detuvo, Levi bajó sin despedirse, con la mandíbula tensada.

El lugar era el mismo de siempre: un estacionamiento subterráneo abandonado al que solo se accedía por una rampa oxidada.

Allí había tenido reuniones desde los diecisiete años.

Allí había aprendido verdades que ningún adolescente debería conocer.

Allí había perdido poco a poco la inocencia que todavía le quedaba.

Mientras descendía la rampa, escuchó el eco de sus propios pasos golpeando el cemento húmedo.

La oscuridad le envolvía poco a poco, como si quisiera tragarlo entero.

Pero Levi no se detuvo; no podía detenerse.

Cuando llegó al nivel inferior, la silueta de Víktor ya estaba allí.

Parado junto a un auto oscuro, con las manos cruzadas detrás de la espalda y esa sonrisa fría que siempre parecía disfrutar del miedo ajeno.

—Llegas puntual —dijo con un tono que no era felicitación, sino constatación.

—Es lo mínimo —respondió Levi, manteniendo la voz firme.

Víktor lo miró con esos ojos que parecían medir cada respiro.

—Tú pediste esta reunión.

Tú dijiste que estabas listo.

Espero que signifique lo que creo que significa.

Levi sintió un nudo en el estómago.

—Vine a decirte que sí —dijo, marcando cada palabra—.

Estoy dentro.

Jugaré tu juego.

Pero lo haré a mi manera.

El silencio que siguió fue tan profundo que incluso el eco del estacionamiento pareció contener la respiración.

Víktor ladeó la cabeza, como un depredador curioso.

—¿A tu manera?

Me interesa escuchar eso.

Levi apretó las manos, ocultándolas en los bolsillos para que Víktor no viera el temblor.

—Si quieres usar el club para mover dinero, necesitas mi firma, mi presencia, mi cooperación.

Y la tendrás.

Pero yo decido cuándo, cómo y bajo qué condiciones.

Víktor entrecerró los ojos.

—Te estás volviendo valiente, Levi.

Levi sostuvo su mirada, sin parpadear.

—No.

Me estoy cansando.

Y cuando alguien se cansa, deja de huir.

El ruso sonrió lentamente, como si el veneno le gustara más que la obediencia.

—Bien —respondió con una voz suave que helaba los huesos—.

Entonces espero que estés listo.

Porque una vez que entras… ya no hay salida.

Levi respiró profundo.

—Lo sé —respondió—.

Y estoy preparado.

Pero lo que Víktor no sabía…Era que Levi ya había empezado a planear su caída.

Levi sabía perfectamente que el triunfo en una conversación con Víktor no se medía con palabras… sino con cómo salías caminando al final.

Y aunque había logrado mantener la compostura, su corazón seguía latiendo como si lo estuvieran empujando contra un precipicio.

Aun así, caminó firme hacia la salida del estacionamiento, resistiendo el impulso de mirar atrás.

Hasta que escuchó la voz de Víktor resonar en el eco frío.

—Levi.

Se detuvo en seco.

—Dime —respondió sin girarse.

—No olvides algo —dijo el ruso, con un tono tan bajo que obligaba a prestarle toda la atención—: te di poder cuando nadie más te lo hubiera dado.

No me falles.

El mensaje era claro.

Era una advertencia disfrazada de recordatorio… o un recordatorio disfrazado de amenaza.

Quizás ambas cosas.Levi no respondió.

Solo siguió caminando.

Cuando salió a la superficie, la luz del mediodía casi lo encegueció.

Era extraño cómo el mundo podía seguir su vida como si nada mientras él acababa de hundirse un poco más en un pozo del que aún no sabía cómo escaparía.

Caminó unos metros hasta llegar a una plaza casi vacía, donde el aire fresco finalmente logró entrar en sus pulmones.

Se sentó en un banco, apoyó los codos en las rodillas y cerró los ojos.

Todo su cuerpo estaba tenso, como si hubiese sostenido un peso que no podía verse pero que estaba ahí, pegado a sus huesos.

Sabía que aceptar el “sí” frente a Víktor era parte de un plan mayor, pero aun así… nadie sale intacto después de mirar directamente a un monstruo.

Y lo peor era que todavía faltaba lo más complicado: explicarle algo —aunque fuera una parte mínima— a Marcus.

Marcus… Ese pensamiento fue suficiente para sentir un nudo en la garganta.

Él no merecía estar arrastrado a esto, pero ya estaba adentro.

Cuando Levi mencionó el dinero sucio que se movía alrededor del club, cuando habló del pasado oscuro que heredó sin pedirlo, había quebrado una barrera que jamás podría repararse.

Tomó el celular.

Dudó.

Pero finalmente lo llamó.

Marcus atendió al segundo timbre.

—¿Terminaste?

—preguntó con una voz cargada de preocupación.

—Sí… —respondió Levi—.

Necesito que hablemos.

—¿Dónde estás?

Levi miró alrededor.

La plaza era tranquila, pero sabía que no podía quedarse ahí.

Ni cámaras, ni ojos curiosos, ni micrófonos encubiertos.

Víktor tenía demasiados recursos, demasiada gente que debía favores.

—En el parque Roosevelt —dijo en voz baja—.

En la entrada norte.

¿Puedes venir?

—Estoy en camino.

La llamada terminó.Y en ese breve silencio, un pensamiento cruzó por la mente de Levi: ¿Estoy arrastrándolo hacia el peligro o dándole la oportunidad de ayudarme a salir?No había respuesta clara.

Nunca la había.

Pasaron diez minutos hasta que Marcus apareció, caminando rápido, con el ceño fruncido y esa energía nerviosa que lo dominaba cuando sentía que algo estaba mal.

Levi se levantó, pero Marcus lo tomó del brazo antes de que dijera una palabra.

—¿Te hizo algo?

—No.

Estoy bien —respondió Levi, aunque la palabra “bien” le supiera a mentira.

—Entonces dime qué pasó.

Se sentaron juntos en un banco bajo la sombra de un eucalipto.

El viento movía las hojas con un susurro suave, tan opuesto a lo que sentían en el pecho que casi resultaba absurdo.

Levi respiró hondo.

Sabía que necesitaba hablar… pero no podía revelar demasiado.

No aún.

—Acepté lo que quería oír —comenzó—.

Le dije que estoy dentro.

Marcus abrió los ojos con sorpresa.

—¿Le dijiste que sí?

¿Así, sin más?

—No exactamente —respondió—.

Le dije que sí… a mi manera.

Que si quería usar al club para sus negocios, yo ponía las condiciones.

Marcus lo miró como si acabara de escuchar una locura peligrosa.

—Levi… eso es como tirar gasolina en un incendio.

Ese tipo no entiende de condiciones.

—Lo sé —admitió—.

Pero necesitaba que confiara en mí un poco más.

Si quiero hundirlo, tengo que entrar más profundo.

Marcus apoyó las manos en la cara, frustrado.

—Hundirlo… ¿cómo?

¿Solo?

¿Con qué prueba?

¿Con qué aliados?

Estás solo contra un tipo que controla medio monte de favores, políticos, empresarios, jugadores, policías… —No estoy solo —dijo Levi—.

Te tengo a ti.

Marcus lo miró, sorprendido.Había sinceridad en esas palabras.

Y una vulnerabilidad que muy pocas veces dejaba ver.

—No puedes poner eso sobre mí —susurró Marcus—.

No así.

—No te estoy obligando —respondió Levi con voz baja—.

Solo… confío en vos.

Y no tengo a nadie más a quien decírselo.

Marcus lo estudió en silencio.

Era la primera vez que veía a Levi realmente expuesto, sin máscaras, sin la postura de presidente seguro, sin la fachada del tipo invencible.

Por un momento, el aire pareció cargarse de algo más profundo que miedo o tensión: era un vínculo real, uno que se estaba reforzando justamente por la oscuridad que los rodeaba.

—Está bien —dijo finalmente Marcus—.

Estoy contigo.

Aunque te quiera matar por meterte en esto… estoy contigo.

Levi bajó la mirada, tragándose una mezcla de alivio y culpa.

—Gracias… Marcus suspiró.

—Ahora decime: ¿cuál es tu plan?

Porque me imagino que no es simplemente esperar a que Víktor confíe en vos.

Levi sacó un pequeño cuaderno negro de su bolsillo.

Era viejo, desgastado, pero tenía valor real.

—Voy a empezar a registrar todo —dijo—.

Fechas, montos, movimientos, reuniones, contactos… Lo que sea.

Pero sin escribir nombres reales.

Todo en código.

Y lo vamos a guardar en un lugar donde ni él pueda llegar.

Marcus tomó el cuaderno entre sus manos, sorprendido.

—¿Hace cuánto tenés esto…?

—Demasiado tiempo —respondió Levi.

Y ahí Marcus lo entendió:Levi no estaba improvisando.Levi llevaba años —años— preparándose para el momento en que por fin diría basta.

—¿Tenés miedo?

—preguntó Marcus.

Levi tardó en responder.

Pero lo hizo con la verdad.

—Sí.

Mucho.

Pero más miedo tengo de seguir siendo parte de esto.

Marcus asintió.

Luego miró alrededor, asegurándose de que nadie estuviera cerca.

—Entonces empezamos hoy —dijo—.

Y no vamos a frenarnos.

Por primera vez en horas, Levi sintió que podía respirar.

Pero el viento cambió.

Un ruido detrás de un arbusto cercano hizo que ambos giraran la cabeza.Un click.

Un destello pequeño, como el reflejo del sol sobre vidrio.

Un lente.

Marcus se levantó de golpe.

—Levi… nos estaban grabando.

El corazón de Levi cayó al piso.

Víktor ya sabía.

El ambiente en la sala de reuniones seguía cargado incluso después de que la mayoría de los jugadores se hubieran marchado.

Las ventanas dejaban entrar un viento frío que hacía vibrar ligeramente las persianas, como si el propio estadio quisiera susurrar advertencias que nadie estaba preparado para escuchar.

Yo permanecí sentado, mirando la mesa vacía frente a mí, donde aún quedaba una botella de agua a medio abrir y unas carpetas olvidadas.

Levi seguía allí también, de pie, revisando mensajes en su móvil con una seriedad que me ponía tenso.

—¿Estás bien?

—preguntó finalmente, sin levantar la mirada.

Asentí, aunque no estaba seguro de si era verdad.

La reunión había sido demasiado intensa, y aunque todos habían apoyado la idea de luchar por el título, también habían dejado claro que cada error sería juzgado como si fuera una traición al club.

El precio de la grandeza, supongo.

—Sí… solo estoy procesando todo —respondí, mientras me estiraba un poco en la silla—.

Es como si esta temporada cada partido fuera una final.

Levi guardó el móvil en el bolsillo y se sentó frente a mí.

Ese gesto, simple pero decidido, me hizo enderezarme instintivamente.

Cuando él te hablaba con calma, sabías que estaba a punto de decir algo importante.

—Eso es porque lo es —dijo—.

Las oportunidades no se repiten muchas veces.

Lo que estás viviendo ahora… no muchos jugadores lo tienen.

No solo por el talento, sino por el momento, la historia, el contexto.

Todo se alineó para ti.

—¿Crees que puedo manejarlo?

—pregunté, casi sin querer.

Era raro en mí mostrar una duda tan directa, pero en ese instante la necesitaba.

Levi sonrió apenas, ladeando la cabeza como si mi pregunta le pareciera divertida.

—Si no pudieras manejarlo, ya lo habrías demostrado hace meses.

—Se levantó y me apoyó una mano en el hombro—.

Pero aquí estás.

Y mientras estés, yo voy a asegurarme de que tengas el apoyo que necesites.

Incluso cuando no lo pidas.

Respiré hondo.

Había momentos en los que Levi era más que un dueño de club; era como una especie de mentor extraño, impredecible, pero completamente comprometido con el equipo… y quizá también conmigo, aunque nunca lo dijera abiertamente.

—¿Qué hacemos ahora?

—pregunté.

—Ahora —respondió— vas a descansar.

Mañana empieza la preparación para el partido contra el Greenfield, y ya sabes que tienen una defensa que parece un muro medieval.

Quiero que llegues fresco, mental y físicamente.

Me levanté, agarré mis cosas y caminé hasta la puerta.

Pero algo me hizo detenerme antes de salir.

Una duda, pequeña pero insistente.

—Levi… —dije, girándome—.

Cuando todo esto termine… ¿qué será lo siguiente?

No hablo solo del club.

Hablo de mí.

Él entrecerró los ojos, analizándome como si intentara comprender no solo lo que dije, sino el significado oculto detrás.

—Eso depende de ti —dijo finalmente—.

Pero no te voy a mentir: después de esta temporada, nada volverá a ser igual.

Ni para el club, ni para ti, ni para los que están observando desde afuera.

—¿Qué quieres decir con “los que están observando”?

—pregunté, sintiendo un ligero escalofrío.

Levi hizo una pausa, como si evaluara cuánto debía revelarme.

—Digamos que no solo los equipos rivales están prestando atención.

Hay inversores, organizaciones, gente que ve potencial donde los demás ven solo fútbol.

Y tú estás justo en el centro de todo.

La puerta pareció hacerse más pesada en mi mano.

Había una sensación de que algo grande se acercaba, algo que iba más allá del campo, de los entrenamientos, de los gritos del estadio.

—Entonces… ¿debería preocuparme?

—traté de bromear.

Levi sonrió, pero esta vez su sonrisa no tenía nada de tranquila.

—Preocuparte no.

Prepararte sí.

Porque lo que viene será más grande que cualquier final que hayas jugado.

Asentí sin saber del todo cómo sentirme.

Al salir de la sala, el pasillo estaba completamente vacío, iluminado solo por una serie de luces cálidas que proyectaban sombras alargadas en el suelo.

Caminé despacio, intentando asimilar lo que había escuchado.

Sabía que mi carrera estaba despegando, pero no sabía hasta dónde ni en qué dirección.

Lo único seguro era que cada paso que daba ahora tenía consecuencias enormes.

Y también sabía que, aunque fuera aterrador, parte de mí estaba emocionada.

Porque quería verlo todo.

Quería saber en qué se convertiría mi historia… incluso si cambiaba mi vida para siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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