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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 52

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  4. Capítulo 52 - 52 El Peso del Silencio
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52: El Peso del Silencio 52: El Peso del Silencio La noche cayó rápida, como si el cielo hubiera decidido apagar la luz antes de tiempo.

Caminé hasta mi casa sintiendo cómo la ciudad, aunque ruidosa, parecía ajena a todo lo que me estaba pasando.

Las luces de los autos, los murmullos de la gente, el movimiento constante… nada coincidía con el torbellino que tenía adentro.

Al llegar a la esquina de mi casa, me detuve un momento.

Desde allí podía ver la ventana del living encendida.

Mamá estaba despierta.

Siempre estaba despierta cuando sabía que yo venía tarde del club, como si su corazón tuviera una alarma silenciosa conectada al mío.

Era un consuelo… y al mismo tiempo un recordatorio de que ella sería la primera en notar que algo no estaba bien.

Caminé el último tramo despacio, como si los pasos fueran tierra mojada.

Respiré hondo antes de abrir la puerta.

—¿Llegaste?

—se escuchó la voz de mamá desde el living.

—Sí, ma —respondí, dejando mi mochila al lado del perchero.

Entré al living, y ahí estaba ella: sentada en el sillón, con el mate en las manos, pero sin tomarlo.

Solo lo sostenía, como si lo necesitara para mantenerse firme.

Sus ojos me analizaron de arriba abajo.

Mamá tenía ese don de reconocer cualquier emoción, incluso las que yo mismo no entendía.

—Tenés cara de alguien que escuchó algo importante —dijo sin rodeos—.

¿Pasó algo en el club?

Me quedé quieto.

Era increíble cómo, sin saber nada, ya intuía que el aire había cambiado.

—Pasó algo, sí… —respondí, sentándome frente a ella.

Esperó en silencio.

Eso me ponía más nervioso que cualquier pregunta directa.

—El entrenador y Levi me llamaron a una reunión —empecé.

—¿Qué hiciste?

—preguntó enseguida, no preocupada, sino simplemente prevenida.

Porque en el pasado, mis problemas solían empezar así: con una reunión inesperada.

—Nada malo —aseguré—.

No es un problema del club… es más bien un problema mío.

Sus cejas se arquearon apenas, preparándose para lo peor.

—¿Qué pasó?

Respiré hondo.

—Un club de Europa —dije lentamente—.

El Olympique Windsor.

Están interesados en mí.

Muy interesados.

El mate casi se le cae de la mano.

—¿Europa?

—repitió, como si necesitara escucharlo otra vez para procesarlo.

—Sí.

—¿Y qué significa eso?

—preguntó en un susurro.

—Significa que… —miré hacia el piso un segundo— quieren que me vaya.

Ahora.

No dentro de años.

Ahora mismo.

El silencio que siguió fue tan profundo que pude escuchar mi propia respiración.

Mamá no se movió.

No habló.

No parpadeó.

Solo me miró.

Su mirada decía “te estoy escuchando”, pero también decía “me asusta lo que estás diciendo”.

—¿Y vos…?

—preguntó al fin, con voz suave, casi rota— ¿Qué querés hacer?

—No lo sé —respondí sinceramente—.

Una parte de mí siente que es una oportunidad increíble.

Que podría crecer, mejorar, demostrar que valgo para jugar en Europa… Sería el sueño de muchos.

Pero otra parte… no sé, ma.

Siento que me estoy transformando recién ahora en el jugador que quiero ser acá.

Siento que si me voy tan pronto… algo queda incompleto.

Mamá respiró hondo, como si intentara absorber mis palabras para analizarlas una por una.

—¿Y qué dijo Levi?

—preguntó.

—Que la decisión es mía.

Totalmente mía.

Pero que tengo una semana para decidir.

Mamá dejó el mate a un lado.

Ahora sí entendía la gravedad de todo.

Una semana para elegir entre dos caminos que podían definir toda mi vida.

—¿Y cómo te sentís?

—preguntó.

—Confundido —admití—.

Me siento como si estuviera parado entre dos mundos.

Uno brillante, inmenso, difícil.

Otro cálido, familiar, lleno de gente que confío… y de compromisos que todavía no quiero abandonar.

—¿Te da miedo?

—preguntó en voz baja.

—Mucho —respondí sin pensarlo.

Mamá suspiró… pero no un suspiro de cansancio, sino uno de esos que vienen cargados de emoción contenida.

—Hijo… —empezó, mirándome a los ojos—.

Yo siempre supe que este momento iba a llegar.

Desde que eras un pibe jugando en la plaza, desde que te quedabas practicando hasta que se hacía de noche aunque yo te gritara que entrés a cenar.

Sabía que un día tendrías una oportunidad que nos iba a poner a prueba.

Pero nunca pensé que llegaría tan pronto… Se detuvo un momento para limpiarse una lágrima silenciosa.

—Yo quiero lo mejor para vos.

Siempre.

Quiero que seas feliz, que crezcas, que vivas una vida que valga la pena recordar.

Pero también soy tu mamá, y eso significa que… —tragó saliva— …que tengo miedo de perderte.

Miedo de que te vayas lejos, de que estés solo, de que no pueda ayudarte si algo sale mal.

Sentí un apretón en el pecho.

Mamá rara vez hablaba así tan abierto, tan vulnerable.

—Ma… —pasé una mano por mi cara, intentando no quebrarme.

—Pero también sé —continuó ella, levantando la barbilla— que no puedo detenerte por miedo.

Sería egoísta.

Sería injusto para vos.

Si tu corazón te dice que tenés que intentarlo, entonces voy a apoyarte.

Aunque me duela.

Aunque tenga que acostumbrarme a una casa más vacía.

Me acerqué y la abracé fuerte.

Ella apoyó la cabeza en mi hombro como cuando era chico.

—Sea lo que decidas —susurró—, no lo hagas por mí.

No lo hagas por Levi.

No lo hagas por el club.

Hacelo por vos.

Cerré los ojos, sintiendo ese abrazo como un ancla en medio de una tormenta.

La decisión seguía siendo una sombra sobre mi cabeza, pero por primera vez, no me sentía solo cargándola.

Mamá estaba conmigo.

Y eso, aunque no resolvía el conflicto, me daba la fuerza para enfrentar lo que viniera.

El silencio que quedó tras la confesión de Ingrid fue tan denso que parecía llenar cada rincón del despacho.

Levi no respondió de inmediato; no porque dudara, sino porque nunca había visto a Ingrid así: vulnerable, temblorosa, intentando mantener una firmeza que se deshacía en sus dedos.

Ella, que siempre hablaba como si el mundo le perteneciera, ahora apenas sostenía la mirada, como si temiera que él la aplastara con una respuesta apresurada o con una verdad demasiado cruda.

Finalmente, Levi respiró hondo y se sentó frente a ella, apoyando los codos sobre la mesa.—Ingrid… —comenzó, con una voz más suave de lo que pretendía—.

Si todo esto es cierto, si de verdad sentís lo que acabás de decir, necesito entender por qué ahora.

Ingrid entrecerró los ojos, conteniendo otro temblor.—Porque pensé que podía manejarlo sola —admitió—.

Pensé que era un capricho pasajero.

Después me di cuenta de que cada vez que te veía con otra persona, incluso en reuniones, aunque fuera trabajo… algo dentro de mí se revolvía.

Y no podía seguir ignorándolo.

Levi apoyó la espalda contra la silla, respirando lento, como quien procesa una tormenta interna que no esperaba enfrentar hoy.—El problema —dijo con un tono sincero, sin dureza pero sin suavizar— es que vos tenés un modo de meterte en mi vida que no siempre es… sano.

Ella bajó la cabeza.—Lo sé.

—Me presionás, me retás, me provocás —continuó él, sin elevar la voz—.

A veces parece que querés que pierda el control, que querés que te siga el juego.

Y yo… he dejado que pase más veces de las que admito.

Ingrid levantó la mirada con un dejo de esperanza.—Entonces… ¿sentís algo?

—No lo voy a negar —respondió Levi, firme—.

Pero sentir no es suficiente.

No si no estás dispuesta a cambiar la forma en que te acercás a mí.

Ingrid apretó los labios, tragando saliva como quien acepta una derrota parcial.—Decime qué tengo que cambiar.

—No quiero que cambies por mí —corrigió él—.

Quiero que seas honesta con vos misma.

Que dejes de usar la seducción como arma cada vez que te sentís insegura.

Que dejés de tratar de dominar todo lo que te rodea.

Y, sobre todo, que dejes de verme como un premio que ganar.

Ella inspiró hondo.—No te veo como un premio —susurró—.

Te veo como alguien que… me calma.

Y eso me asusta.

Mucho más que admitir que estoy enamorada.

Levi ladeó la cabeza, sorprendido.—¿Te calma?

—Sí —dijo ella sin parpadear—.

Cuando estás cerca, todo se ordena.

Y cuando no… siento que todo va más rápido de lo que puedo controlar.

Era la primera vez que Ingrid dejaba expuesta esa parte de sí: el miedo al caos, la necesidad de estructura, la vulnerabilidad que escondía detrás de sus bromas sugerentes y su personalidad arrolladora.

Levi permaneció en silencio un instante.—Ingrid… no puedo prometerte nada ahora mismo —dijo al fin—.

No sería justo para vos ni para mí.

Pero tampoco quiero que pienses que lo que dijiste me dejó indiferente.

Necesito procesarlo.

Ella asintió lentamente, aceptando un punto medio que quizás hace días le habría parecido inaceptable.—Entonces dejame hacer algo —dijo ella, poniéndose de pie—.

Dejame demostrarte que esto no es un juego.

Que puedo ser honesta sin esconderme detrás de las provocaciones.

Levi también se levantó.—Está bien.

Pero a partir de ahora, nada de medias verdades.

Si vamos a hablar de sentimientos… lo hacemos de frente.

Ingrid sonrió apenas, una sonrisa frágil, distinta a todas las que él había visto en ella.—De frente, entonces.

Cuando se dispuso a irse, se detuvo en la puerta.—Ah, Levi… —dijo sin volverse—.

Gracias por no reírte de mí.

O de mis errores.

Él la observó en silencio, con un aire de cansancio y ternura mezclados.—Todos tenemos errores, Ingrid.

Lo que importa es que estés dispuesta a enfrentarlos.

Ella asintió una vez más y salió, dejando tras de sí un ambiente cargado, no de tensión, sino de una expectativa nueva.

Una puerta no se había cerrado: apenas acababa de abrirse.

Cuando Ingrid salió del despacho, Levi quedó completamente inmóvil, observando la puerta cerrada como si aún pudiera ver su silueta detrás del vidrio esmerilado.

Era extraño: llevaba meses enfrentándose a decisiones que movían millones, negociaciones que podían cambiar el rumbo de bancos enteros, disputas con ejecutivos que habían construido imperios… y, sin embargo, nada de eso lo había dejado tan exhausto como aquella conversación.

Se pasó una mano por el cabello, respirando profundamente.Ingrid no mentía.

Lo supo apenas ella empezó a hablar.

Tenía esa mirada que nunca podía fingir del todo, esa mezcla de arrogancia desarmada y necesidad contenida.Y él… tenía que admitirlo: tampoco le era indiferente.

Pero una verdad no se aceptaba así como así.

No cuando podía romper la delicada estructura de todo lo que había construido.

Levi se dejó caer en la silla, cerrando los ojos unos instantes para ordenar sus pensamientos.El equipo de New Manchester United, Golden Travel, los negocios en expansión, las responsabilidades que se acumulaban… y ahora esto.Ingrid.

Un leve golpe en la puerta lo sacó de su ensimismamiento.

—Pasa —dijo sin mirar.

La puerta se abrió y apareció Alex, su asistente y mano derecha, con una tableta en la mano y una expresión que mezclaba incertidumbre y urgencia.

—¿Interrumpo?

—preguntó con cautela.—No —respondió Levi, enderezándose—.

¿Qué pasó?

Alex dudó un segundo antes de hablar, lo cual ya era raro: nunca dudaba.—Estabas… ¿todo bien?

Te noté extraño después de que Ingrid salió.

Levi frunció el ceño.—¿Extraño cómo?

—Como si hubieras visto un fantasma —respondió Alex con absoluta sinceridad.

Levi suspiró.—Fue una conversación complicada.

Nada más.

Alex soltó un resoplido breve, casi divertido.—¿Complicada como “Ingrid siendo Ingrid”?

¿O complicada como “Ingrid siendo demasiado sincera”?

Levi lo miró fijo.Alex abrió los ojos, sorprendido.—No me jodas… ¿fue la segunda?

—Algo así —respondió Levi, evitando entrar en detalles.

Alex se rió, incrédulo.—Hermano… estás en problemas.

—Lo sé —admitió Levi con una honestidad cansada—.

Y no quiero hablar de eso ahora.

¿Qué traés?

Alex recuperó la compostura profesional y deslizó información en la tableta.—Es sobre la junta del viernes.

Los inversores quieren confirmar si asistirás en persona.

Dicen que tu presencia es clave para cerrar el acuerdo con los alemanes.

Y también está el mensaje de la directiva del club: quieren que respondas las propuestas de fichaje antes del lunes.

Levi masajeó el puente de la nariz.—Perfecto.

Más cosas encima.

Alex lo observó un momento.—Levi… vos sabés manejar todo esto.

Lo hiciste siempre.

Pero lo de Ingrid… eso es otra liga.

—No necesito que me recuerden eso —respondió Levi con un cansancio casi resignado.

Alex respiró hondo y, por primera vez en mucho tiempo, habló sin formalidad.—Te digo esto como amigo, no como asistente: si no definís lo que sentís por ella, tarde o temprano se te va a venir encima.

Y no estoy hablando de drama personal.

Estoy hablando de que Ingrid no es el tipo de mujer que se queda esperando.

Si decide algo, actúa.

Levi desvió la mirada hacia la ventana, donde la ciudad brillaba con luces que parecían estrellas mecánicas.—Lo sé.

Y eso es lo que más miedo me da.

Alex guardó silencio un momento, dejando que las palabras flotaran entre ambos.

—Bueno —dijo al fin, volviendo al tono profesional—.

Cuando estés listo, tengo una lista de asuntos urgentes que necesitan tu firma.

—Dame diez minutos —respondió Levi—.

Solo diez.

Alex asintió y salió.

Cuando Levi quedó otra vez solo, se puso de pie y se acercó a la ventana.

Apoyó una mano en el cristal frío.Nunca había dudado de sí mismo.

Nunca.

Pero ahora sentía que caminaba por una cuerda floja, y cada paso podía acercarlo a un precipicio o a una puerta que llevaba años sin abrir.

La confesión de Ingrid había sido como encender una mecha que él pensó extinguida.

Y, aunque lo negara en voz alta, una parte de él…Una parte que llevaba demasiado tiempo dormida…Ya empezaba a despertar.

—Esto va a cambiarlo todo —murmuró.

Y por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de si eso lo asustaba… o lo emocionaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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