Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 53
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- Capítulo 53 - 53 El día que empezó a moverse la tierra
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53: El día que empezó a moverse la tierra 53: El día que empezó a moverse la tierra La mañana siguiente llegó demasiado rápido para Levi.
Apenas había dormido unas pocas horas, y aun así se obligó a levantarse cuando el despertador vibró en la mesa de noche.
Tenía la sensación de haber estado procesando durante toda la noche las palabras de Ingrid, como si su mente no hubiese encontrado un punto de descanso en ningún momento.Cada vez que cerraba los ojos, volvía a verla frente a él, con esa franqueza devastadora que lo había dejado sin aliento.
Se lavó la cara con agua fría, intentando arrancar el cansancio adherido a la piel, pero lo que arrastraba no era físico.
Era emocional.
Y eso no se quitaba con agua.Aun así, tenía un día cargado de responsabilidades, y no podía permitir que algo tan personal interfiriera en su agenda.
Al menos, eso era lo que intentaba repetirse.
Sabía perfectamente que estaba mintiéndose.
Cuando llegó a la oficina, Alex ya estaba allí.
El asistente lo observó entrar con ese radar silencioso que tenía para detectar el estado mental de Levi con solo verlo caminar.
—Dormiste nada —dijo a modo de saludo.
—¿Tan evidente?
—respondió Levi, dejando la chaqueta en el respaldo de la silla.
—Tenés la misma cara que cuando Bayer te quiso demandar por “competencia desleal” —recordó Alex con una sonrisa torcida—.
Y esa vez estabas preparado para matar a alguien.
Levi esbozó una sonrisa que duró solo un par de segundos.—Estoy bien —mintió.
—Claro —replicó Alex, sin creerle ni un poco—.
Bueno, antes de que te hundas en los informes de hoy, hay algo que deberías saber.
Levi arqueó una ceja.—¿Qué pasó ahora?
Alex dejó una carpeta frente a él, pero no la abrió.
Solo la empujó un poco hacia adelante.
—No es trabajo —aclaró—.
Es personal.
Levi sintió una punzada en el estómago.—¿Quién?
—Ingrid —dijo Alex sin rodeos.
Levi apoyó las manos en el escritorio.—¿Qué hizo?
Alex dudó unos segundos, como si calibrara cuánto decir.—Hoy pidió licencia por dos días.
Dijo que necesitaba “resolver asuntos urgentes”.
El silencio que siguió fue pesado.
—¿Y?
—preguntó Levi, intentando no sonar demasiado interesado.
—Y —continuó Alex— se fue temprano.
Muy temprano.
Antes de que cualquier reunión empezara.
Levi trató de ordenar sus pensamientos, pero la idea de Ingrid marchándose sin verlo después de lo que había dicho lo golpeaba más fuerte de lo que quería admitir.
—¿Sabés a dónde fue?
—preguntó finalmente.
—No —respondió Alex—, pero dejó esto para vos.
Abrió la carpeta.
Dentro había una sola hoja.
Reconoció la letra de Ingrid al instante: firme, elegante, inclinada ligeramente hacia adelante, como si cada frase impulsara a la siguiente con determinación propia.
El mensaje era breve.
Tan breve que dolía.
“Necesito espacio para pensar.No respondas todavía.Yo tampoco estoy lista para escuchar tu respuesta.— I.” Levi dejó caer la hoja sobre el escritorio y se recostó en la silla, mirando el techo durante largos segundos.
Era la primera vez que Ingrid se alejaba.La primera vez que él era el que tenía que esperar.
—¿Qué vas a hacer?
—preguntó Alex con cuidado.
Levi bajó la mirada lentamente.Tenía una respuesta, y aun así no la entendía del todo.
—Nada —dijo al fin—.Por ahora… nada.
Alex asintió, aliviado.—Es lo correcto.
Ella dejó claro que necesitaba espacio.
Levi sabía que sí.
Pero saberlo no lo hacía más fácil.Se obligó a respirar profundo, a centrarse, a recordar quién era: un hombre que podía sostener empresas enteras sobre sus hombros.
Solo que ahora cargaba algo distinto.Algo que no podía controlar.Algo que, por primera vez, no podía negociar.
Pero no era lo único que lo esperaba ese día.
Mientras guardaba la nota en el cajón, sonó su teléfono.
El nombre que aparecía en pantalla hizo que su mente cambiara de eje por completo: Julián – New Manchester United El capitán del equipo.
El jugador más importante bajo su contrato.
—Esto no puede ser bueno —murmuró Levi antes de contestar.
—Julián, decime.
La voz del delantero llegó cargada de preocupación.
—Levi, tenés que venir al club cuanto antes.
Es… sobre el joven.
El chico del que te hablé ayer.
Pasó algo serio.
El mundo de Levi se tensó, y su cansancio desapareció de golpe, reemplazado por una alerta fría, absoluta.
—Estoy en camino —respondió con un tono que no admitía discusiones.
Alex abrió los ojos al escuchar la frase.
—¿Qué pasó?
Levi ya estaba tomando su abrigo.
—Algo con el chico nuevo.
Y suena grave.
Alex le extendió las llaves sin que Levi lo pidiera.
—Te cubro todo lo del día.
Anda.
Levi asintió una sola vez y salió.
Al cerrar la puerta detrás de él, sintió que algo —no sabía qué— estaba a punto de sacudirlo de una forma que dejaría una marca en todo lo que viniera después.
Como si la tierra, finalmente, hubiera empezado a moverse bajo sus pies.
El trayecto hacia el club fue una mezcla incómoda entre velocidad y silencio.
Levi sabía conducir rápido sin perder el control, pero esa mañana, la tensión que llevaba dentro hacía que el volante se sintiera más rígido de lo habitual.
Cada semáforo parecía durar demasiado, cada minuto se estiraba como si el mundo supiera que él quería llegar cuanto antes.
Mientras avanzaba, repasaba mentalmente la conversación con Julián.
“Pasó algo serio.” El capitán no usaba esas palabras a la ligera.
Si había llamado directamente a Levi en lugar de hablar con el entrenador, era porque la situación trascendía lo deportivo.
Levi respiró hondo, tratando de mantener la cabeza fría.
Había aprendido hace mucho que entrar en pánico no servía para nada.
Pero aun con ese autocontrol entrenado, una inquietud punzante lo acompañaba como una sombra adherida al pecho.
Apenas estacionó, Julián ya lo estaba esperando en la puerta del complejo deportivo.
El gesto del delantero lo decía todo: serio, preocupado, sin su energía habitual.
—Gracias por venir tan rápido —dijo el capitán al acercarse.—¿Qué pasó?
—preguntó Levi de inmediato.
Julián hizo una seña para que lo siguiera.
No hablaría ahí afuera.
Cruzaron el pasillo que conducía a los vestuarios, pero en lugar de bajar hacia las duchas, Julián lo llevó a una sala de reunión pequeña, la que el club usaba para conversaciones privadas.
Solo entonces habló.
—El chico… estuvo envuelto en un problema esta mañana —comenzó, dudando unos segundos antes de seguir—.
No es algo que él haya provocado.
Pero lo afectó de frente.
Levi frunció el ceño.
—¿Está bien físicamente?
—Sí, físicamente sí —respondió Julián—.
Pero mentalmente… es otro tema.
Levi apretó la mandíbula.
—Contame exactamente qué pasó.
Julián se apoyó contra la pared y bajó la mirada por un instante, como si recordar los detalles lo incomodara.
—Cuando llegó al entrenamiento, estaba más callado de lo normal.
Pensé que era cansancio o que estaba concentrado.
Pero apenas pisó la cancha, un grupo de chicos del equipo juvenil empezó a molestarlo desde la otra mitad del campo —explicó—.
No sé qué les pasa, si es envidia por la oportunidad que está teniendo o simple mala leche, pero hoy se pasaron.
Levi sintió una corriente fría recorriéndole la espalda.
—¿Qué le dijeron?
—De todo —respondió Julián, con la voz cargada de fastidio—.
Que no merecía estar acá, que era “un invento”, que lo iban a sacar del equipo tarde o temprano… Lo típico de los celosos.
Pero hubo un comentario que lo quebró.
Levi arrugó el entrecejo.
—¿Cuál?
Julián levantó la mirada, serio.
—Le dijeron que “aunque jugara bien, nunca iba a poder con todo lo que tiene encima”, que “hay cosas que no se arreglan ni con talento”.
Y no sé si ellos sabían algo, pero fue como si le hubieran pegado una piña en el estómago.
Levi sintió que algo encajaba de golpe.
El chico había venido cargado desde el principio.
Situaciones familiares complicadas, presiones personales, dudas internas… Y ahora, con los rumores que se habían filtrado sobre su vida privada en algunos foros, parecía que empezaban a golpearlo también en la cancha.
—¿Y cómo reaccionó?
—preguntó Levi, aunque parte de él temía la respuesta.
—No explotó.
No les contestó.
Ni siquiera los miró —dijo Julián—.
Eso fue lo que más me preocupó.
Se quedó completamente quieto, como si las palabras lo hubieran vaciado por dentro.
Después, pidió permiso para ir a los vestuarios.
El entrenador lo dejó.
Desde entonces, no sale de ahí.
Levi se apoyó en la mesa central, procesando la información.
—¿Hablaste con él?
—Intenté, pero no quiere decir nada.
Está sentado con la cabeza apoyada en los brazos.
Ni se cambió los botines.
El capitán suspiró.
—Creo que está al límite, Levi.
Y si sigue así… no va a poder sostenerlo solo.
Levi nunca había sido del tipo que se conmovía fácilmente, pero algo en esa imagen —el chico, solo en los vestuarios, doblado sobre sí mismo— le golpeó más fuerte de lo esperado.
Sin pensarlo más, se dirigió hacia la puerta.
—¿A dónde vas?
—preguntó Julián.
—A hablar con él.
Julián frunció los labios, como si quisiera decir algo más, pero al final solo asintió.
—Está en el vestuario 3.
Levi caminó directo, sin pausa.
El pasillo parecía más largo que de costumbre, como si el tiempo se detuviera entre cada paso.
Cuando llegó, apoyó la mano en la puerta y respiró antes de entrar.
El silencio adentro era espeso.
El chico estaba sentado en un banco, inclinado hacia adelante, tal como Julián había descrito.
Su respiración era tranquila, pero sus hombros tensos revelaban todo lo que trataba de ocultar.
Levi cerró la puerta detrás de él.
—¿Puedo pasar?
—preguntó con voz firme pero suave.
El chico no respondió enseguida.
Solo movió la cabeza un poco, lo suficiente para indicar que sí.
Levi se acercó despacio, sin imponerse, y se sentó a unos pasos, dejando espacio por respeto.
Ninguno habló al principio.
Hasta que el chico rompió el silencio, sin levantar la mirada.
—Yo… no sé si sirvo para esto.
Esa frase, tan pequeña pero tan devastadora, cayó en el aire como un golpe seco.
Y Levi entendió que aquel no era un mal día.
Era un punto de quiebre.
Uno de esos momentos que definen todo lo que viene después.
Con un tono más humano del que solía usar, Levi respondió: —Entonces hoy vamos a empezar por descubrir por qué pensás eso.
El chico respiró hondo, temblando apenas.
La conversación recién empezaba.
Y lo que saliera de allí cambiaría mucho más que un partido o un entrenamiento.
Levi se quedó observándolo unos segundos, dejando que el silencio acomodara lo que acababa de decir el chico.
No quería apresurarlo ni llenarlo de palabras que sonaran a consuelo vacío.
Había aprendido, a lo largo de su vida, que cuando alguien llega al punto de decir “no sé si sirvo para esto”, lo que más necesita es que lo escuchen de verdad.
—Decime —repitió Levi con calma—.
¿Por qué pensás que no servís?
El chico tragó saliva.
Se notaba que estaba haciendo un esfuerzo grande por mantener la compostura.
—Porque… cada vez que las cosas parecen ir bien, algo pasa —dijo al fin, dejando que la frase saliera como un hilo fino pero honesto—.
Algo se rompe, algo se complica, alguien me critica.
Es como si siempre tuviera que demostrar el doble para valer lo mismo.
Y hoy… hoy sentí que no importa cuánto haga, siempre habrá alguien que quiera verme caer.
Levi apoyó los antebrazos sobre sus piernas y miró hacia el suelo, sin perderlo de vista del todo.
—¿Y vos?
—preguntó con suavidad—.
¿Vos querés verte caer?
El chico frunció levemente el ceño, sorprendido por la pregunta.
—No… —contestó—.
Claro que no.
—Entonces no dejes que lo hagan por vos.
El chico bajó la cabeza.
—Es que estoy cansado, Levi.
No físicamente… sino acá —se tocó el pecho—.
A veces siento que la presión es demasiada.
Que no estoy hecho para aguantar tanto.
Levi respiró hondo.
Esa confesión no era común, y él lo sabía.
El chico no era de los que se derrumban en público.
Para llegar a ese punto, realmente estaba sobrecargado.
—Mirá —comenzó Levi, hablando sin subirse a ninguna nube moral—.
En este ambiente todos tienen una opinión.
Todos creen que saben más que vos.
Todos quieren decirte cómo deberías sentirte o qué tendrías que hacer.
Y muchos, cuando te ven avanzar, tratan de frenarte.
No porque seas malo… sino porque les molestan las personas que se mueven hacia adelante cuando ellos están quietos.
El chico levantó la vista por primera vez.
Sus ojos tenían un brillo dolorido pero atento.
—¿Entonces qué hago?
—Primero —dijo Levi—, tenés que aceptar que no podés ser de hierro todo el tiempo.
Nadie puede.
Pero sí podés aprender a no dejar que lo de afuera te destruya por dentro.
Segundo… —pausó—, tenés que hablar cuando algo te pesa.
Guardarte todo solo te hunde más.
El chico apartó la mirada, como si eso último lo hubiera atravesado.
—No quería que se preocuparan —admitió.
—Bueno, demasiado tarde.
Ya me preocupo —dijo Levi con un tono leve, casi una sonrisa, pero sin perder la seriedad del tema—.
Y también Júlián, y también el entrenador.
Incluso los que te molestaron hoy… en el fondo ni saben por qué lo hicieron.
Solo repiten lo que escuchan o sienten envidia de tu progreso.
A esa altura, el ambiente ya no era tan pesado.
Seguía siendo serio, pero había una puerta abierta.
—¿Qué fue lo que más te dolió?
—preguntó Levi, volviendo a un tono suave.
El chico tardó unos segundos en responder.
—Lo que dijeron sobre que “hay cosas que no se arreglan ni con talento”… —admitió—.
Porque lo sentí como si supieran… lo de mi vida, lo de mi familia, todo lo que todavía estoy tratando de resolver.
Levi entendió.
Esa frase había tocado exactamente la herida que él llevaba en silencio desde hacía tiempo.
—Te voy a decir algo que quizá nunca te dijeron —empezó Levi, con un tono firme pero cálido—: que tengas problemas no te hace menos jugador.
Te hace humano.
Y un jugador humano, que siente, que lucha, que cae y se levanta, vale más que cualquier chico perfecto que nunca enfrentó nada.
El chico lo escuchaba con una atención casi reverente.
No era la típica charla de motivación.
Era algo que nacía desde una verdad incómoda pero necesaria.
—Las cosas que no se arreglan con talento… —continuó Levi— se arreglan con coraje.
Y el coraje no es no tener miedo.
Es seguir adelante aunque lo tengas.
Y eso —dijo señalándolo— vos lo tenés.
Lo vengo viendo desde que llegaste.
Por eso estás acá.
No por casualidad.
No por suerte.
No porque alguien te “regaló” nada.
Estás acá porque te lo ganaste.
El chico apretó los labios.
Sus ojos se humedecieron un poco, pero no lloró.
Era más como si, por primera vez en mucho tiempo, se permitiera aflojar sin desmoronarse.
—Gracias… —murmuró, casi en un susurro.
Levi negó suavemente con la cabeza.
—No tenés que agradecerme.
Tenés que prometerme algo.
El chico lo miró, expectante.
—Prometeme que no vas a dejar que lo de hoy decida quién sos.
El chico respiró profundo, como si decidiera algo en ese instante.
—Lo prometo.
Levi asintió, satisfecho.
Luego señaló los botines tirados al costado.
—¿Y ahora?
—preguntó—.
¿Querés seguir sentado acá… o querés salir conmigo a la cancha a demostrar que todavía estás en pie?
El chico dudó apenas unos segundos.
Luego, lentamente, se inclinó, tomó los botines y empezó a atárselos.
No con energía explosiva, sino con una determinación tranquila, nueva.
Más sólida.
Cuando terminó, se puso de pie.
—Vamos.
Levi sonrió apenas.
—Eso quería escuchar.
Ambos salieron del vestuario.
El pasillo ya no parecía tan largo, y la luz del final se sentía distinta, más nítida.
Julián esperaba afuera, apoyado contra la pared.
Cuando vio salir al chico vestido y listo, levantó una ceja, sorprendido pero aliviado.
—¿Todo bien?
—preguntó.
El chico respiró hondo y respondió con un tono que no tenía hace una hora: —Voy a estarlo.
Julián sonrió y le dio un golpecito en el hombro.
—Entonces vamos a entrenar.
Que hoy tenemos mucho por hacer.
Mientras los tres caminaban hacia la cancha, Levi notó algo importante: el chico ya no caminaba como alguien que cargaba un peso imposible.
Caminaba como alguien que acababa de decidir no rendirse.
Y a veces, ese simple cambio era suficiente para empezar a mover la tierra bajo los pies.
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