Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 54
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- Capítulo 54 - 54 Ecos de una Tempestad Silenciosa
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54: Ecos de una Tempestad Silenciosa 54: Ecos de una Tempestad Silenciosa El amanecer apenas comenzaba a filtrarse por los paneles superiores de la base cuando Levi abrió los ojos, pero la luz tenía algo extraño, casi artificial, como si el día se hubiese detenido en un tono pálido y contenido.
No recordaba haber dormido profundamente; más bien, había flotado entre sueños inquietos, llenos de secuencias fragmentadas que no lograba reconstruir.
Lo único claro era la sensación persistente de que algo —algo grande, inminente— estaba en movimiento, aunque no pudiera nombrarlo todavía.
Se sentó al borde de la cama, dejando que sus pies tocaran el suelo metálico y frío.
La temperatura estaba más baja de lo normal.
El sistema climático de la base jamás cometía errores, y ese detalle minúsculo bastó para encender su intuición.
Respiró hondo: el aire se sentía más denso, como si estuviera lleno de partículas que la vista no alcanzaba a distinguir pero que la piel sí detectaba, cargadas de una electricidad sutil.
Tomó su chaqueta y salió de la habitación.
Los pasillos estaban silenciosos, mucho más de lo habitual.
Incluso a primeras horas de la mañana, siempre había ruido: pasos de personal rotando de turno, conversaciones breves entre técnicos, el zumbido suave de máquinas calibrándose.
Pero ahora… nada.
Solo el eco distante de un sistema respirando con dificultad.
Las luces parpadeaban cada ciertos segundos, pero ese parpadeo no era un error; era rítmico, casi como un pulso.
Mientras caminaba hacia la zona central, sintió, por primera vez en semanas, una presión en la nuca, la misma sensación que le había acompañado en sus misiones más peligrosas, antes de una emboscada o de un golpe imprevisto.
Era como si la base entera estuviera observándolo, aunque no existiera una cámara enfocada en él.
La estructura estaba inquieta.
Viva.
En alerta.
Al pasar frente a la sala de control secundaria, se percató de que la puerta estaba entreabierta.
Desde dentro, alcanzó a escuchar el sonido acelerado de teclados.
Al asomarse, vio a dos técnicos jóvenes revisando pantallas con rostros tensos, los ojos cargados de preocupación.
La habitación, normalmente ordenada, estaba cubierta de ventanas emergentes, alertas rojas y gráficos inestables.
Levi empujó la puerta sin anunciarse.
—¿Qué ocurre?
—preguntó, con una firmeza que hizo que ambos hombres se enderezaran como si los hubieran sorprendido cometiendo una falta grave.
El técnico de mayor rango tragó saliva antes de hablar.
—Señor Levi… tenemos un problema.
Bueno, varios.
No perdió tiempo.
Caminó hasta la consola principal, donde una representación tridimensional de la base mostraba múltiples puntos encendidos.
No eran fallos térmicos, ni anomalías mecánicas: eran señales energéticas fluctuantes que no correspondían a ningún patrón conocido de la infraestructura.
—Explíquenme esto —ordenó Levi, observando cómo el mapa vibraba con una actividad inquietante.
El técnico más joven acercó una ventana de análisis.
—Creemos que es interferencia externa, pero no hemos localizado su origen exacto.
No viene de las coordenadas usuales de vigilancia, ni de los satélites aliados.
La señal es oscilante… como si intentara adaptarse, como si aprendiera mientras se desplaza.
—¿Señal inteligente?
—preguntó Levi, aunque le desagradaba la idea.
—No exactamente —respondió el técnico mayor—.
Más bien… una señal que a ratos tiene trazas de comportamiento automatizado, pero en otros se comporta como algo orgánico.
Es errática, impredecible.
Y lo más extraño… —se detuvo, dudando si decirlo, hasta que encontró el valor— …es que responde a ciertos patrones internos de la base.
Como si conociera su estructura.
Levi sintió un escalofrío que no tuvo nada que ver con el frío ambiental.
Esa descripción coincidía demasiado con la clase de intrusiones que él esperaba no volver a ver jamás, no después de haberlas enfrentado en escenarios donde un solo error podía significar la destrucción completa de una red o de un equipo.
—¿Desde cuándo está ocurriendo?
—preguntó.
—Poco más de media hora —respondió el joven—.
Pero… —hesitó— …la actividad aumentó notablemente cuando usted salió de su habitación.
No sabemos si es coincidencia, pero… Levi cerró los ojos durante un segundo.
No era coincidencia.
Nada en su vida lo era.
La base estaba siendo observada.
Analizada.
Investigada desde un punto que no aparecía en ninguna lectura convencional.
Y lo peor era que la señal no intentaba ocultarse del todo; parecía más bien tantear el terreno, como si quisiera asegurarse de que él estuviera despierto, atento, presente.
Abrió los ojos con determinación.
—Aíslen los módulos afectados.
Bloqueen todo canal que no podamos rastrear.
Y si esa señal vuelve a cambiar de comportamiento, me informan de inmediato.
—Sí, señor —respondieron al unísono.
Levi salió de la sala.
El pasillo seguía tan silencioso como antes, pero ahora ese silencio tenía un peso distinto: era el silencio previo a un movimiento, a un choque inevitable.
El aire estaba cargado, casi vibrante, como si la base estuviera preparando sus defensas sin que nadie se lo hubiese ordenado.
Levi caminó despacio, sintiendo la tensión acumulándose en cada rincón.
Sabía que aquello que estaba por venir no iba a ser un simple fallo técnico ni un ataque común.
No.
Era algo más profundo, más viejo, más conectado a él de lo que se atrevía a admitir.
Y lo tenía claro: la tormenta aún no había comenzado.
Pero ya podía escuchar sus ecos acercándose.
Lentos.
Invisibles.
Imposibles de detener.
Las luces del corredor parpadearon de nuevo mientras Levi avanzaba hacia la sala de mando principal.
Esta vez, el parpadeo duró un segundo más de lo normal, suficiente para que su sombra quedara dividida en dos sobre la pared metálica.
Cuando la iluminación volvió, las líneas se unificaron, pero el detalle no pasó desapercibido para él.
Había aprendido a leer incluso los signos más mínimos; en su mundo, nada era inocente.
Al llegar al final del pasillo, colocó la mano sobre el escáner biométrico.
El dispositivo tardó más de lo debido en responder.
La pantalla mostró un destello estático antes de abrir la puerta con un sonido que, en vez de ser limpio y mecánico, sonó como un crujido.
Era la tercera anomalía en menos de diez minutos.
La señal desconocida ya estaba interfiriendo en la red interna, y si podía alterar sistemas tan básicos… podía estar mucho más adentro de lo que cualquier técnico hubiera imaginado.
Dentro de la sala, el equipo de guardias tecnológicos ya lo esperaba.
Habían sido convocados por un aviso automático que se activaba solo en circunstancias extremas.
Si ellos estaban allí, era porque la base había determinado que el riesgo ya no era teórico.
Era real.
—Comandante Levi —saludó la líder del escuadrón, una mujer de porte rígido y mirada afilada—.
Los sistemas tácticos están verificando posibles vulnerabilidades en cada sector.
No hemos detectado intrusiones físicas, pero… —…la amenaza no es física —completó Levi.
Ella lo observó, captando de inmediato el peso de su tono.
No pidió detalles.
Sabía que si él hablaba así, era por experiencia directa, no por suposiciones técnicas.
Levi se acercó a la mesa holográfica central.
Al activarse, una lluvia de datos ascendió en columnas luminosas, mostrándole el estado de cada nivel de la base como si fuera un organismo vivo.
Las pulsaciones de energía fluctuaban en patrones circulares, expandiéndose desde un punto que, curiosamente, no estaba marcado como zona crítica sino como área muerta: un compartimento antiguo, clausurado hacía meses.
—Aumenten el zoom —ordenó Levi.
La imagen se expandió.
La anomalía se comportaba como un latido irregular, pulsante, casi respirando.
La líder frunció el ceño.
—No debería haber actividad ahí —comentó—.
Ese módulo está desconectado del sistema y sin acceso a energía desde su cierre.
¿Cómo puede generar un pulso?
—No la genera —respondió Levi, con una certeza alarmante—.
La refleja.
Los guardias intercambiaron miradas cargadas de desconcierto.
Él ya había visto esto antes.
Una señal que no creaba su propia fuente, sino que aprovechaba residuos, trazas, restos de circuitos olvidados para imitar una presencia interna.
Era un método que solo habían usado ciertos enemigos muy específicos.
Enemigos que no necesitaban estar presentes físicamente para causar caos.
Enemigos que atacaban desde lo que no se veía, lo que no estaba conectado, lo que nadie controlaba.
Levi apoyó las manos en la mesa, evaluando los datos con una concentración feroz.
La señal estaba creciendo.
Antes era un eco; ahora era una figura que empezaba a tomar forma.
Su velocidad de adaptación aumentaba a cada minuto.
La temperatura interna del módulo muerto subía a pesar de no tener energía.
Las rutas de acceso digital se reconfiguraban como si algo invisible abriera puertas que no existían.
—¿Qué está intentando hacer?
—preguntó uno de los guardias.
Levi lo sabía.
O al menos… lo intuía.
Aquello no buscaba entrar por la fuerza.
Buscaba sincronizarse.
Amoldarse.
Aprender el ritmo de la base para infiltrarse sin disparar alarmas.
El tipo de intrusión que podía destruir un sistema desde adentro, sin necesidad de un solo ataque.
Justo cuando estaba por pedir un rastreo más profundo, un sonido reverberó a través de la sala: un golpe sordo, metálico, como si algo hubiese caído en el módulo muerto.
Los guardias se tensaron.
Las luces bajaron un grado.
La mesa holográfica proyectó un destello azul, luego rojo, luego azul otra vez.
Un mensaje emergente apareció en el centro, como si lo hubiera enviado alguien desde dentro del propio módulo: «¿Sigues ahí?» No había remitente.
No había canal.
No había origen.
Los guardias dieron un paso atrás.
Levi no.
Su corazón, sin embargo, dio un salto violento.
No porque fuera un mensaje intimidante, sino porque reconocía la naturaleza de esa provocación.
Era la clase de pregunta que solo enviaría alguien que conocía su estilo, su manera de responder bajo presión, su código no escrito de comunicación en tiempos de crisis.
No era un ataque anónimo.
No era una señal experimental.
Era un mensaje dirigido a él.
—Aíslen la sala —ordenó con voz fría y firme—.
Nadie entra.
Nadie sale.
Y desactiven todas las transmisiones del módulo muerto.
Ahora.
—¡Sí, señor!
Las luces de emergencia bajaron aún más, tomando un tono rojizo que teñía la sala de un calor inquietante.
A medida que el aislamiento se ejecutaba, el mensaje empezó a desvanecerse, como si la entidad al otro lado sintiera que estaban cortando su puente.
Antes de desaparecer por completo, apareció una última línea: «No puedes esconderte para siempre.» El pulso del módulo aumentó al doble.
La base entera vibró.
Y Levi, con el corazón controlado pero la mente en alerta absoluta, comprendió que lo que sea que estuviera acechando no había venido a atacar la base.
Había venido a recuperarlo a él.
El silencio posterior al último mensaje era tan denso que parecía absorber el aire de la sala.
Los guardias mantenían sus puestos, pero ninguno ocultaba la tensión que les recorría el cuerpo como una corriente eléctrica.
El aislamiento del módulo muerto se había completado, pero aun así, algo seguía vibrando en el ambiente, como si la amenaza no dependiera de cables ni circuitos para colarse entre ellos.
Levi permaneció frente a la mesa holográfica mientras las líneas de datos se reacomodaban tras el bloqueo.
La anomalía seguía allí, pero ahora latía contra la pared invisible que habían levantado, como un animal encerrado que tantea el punto débil de su jaula.
El Comandante conocía aquel comportamiento: era cálculo, no desesperación.
No era un ataque al azar, sino una búsqueda deliberada.
La líder del escuadrón se acercó un paso.
—Señor… ¿Hay algo que debamos saber?
Esa comunicación parecía personal.
Levi tardó unos segundos en responder.
Sus dedos tamborileaban lentamente sobre el borde metálico de la mesa, un hábito antiguo que solo aparecía cuando su mente iba más rápido de lo que podía expresar en voz alta.
—No es información que necesiten para las operaciones inmediatas —dijo finalmente—, pero sí deben entender lo esencial: esto no es un fallo técnico.
Es una intrusión consciente.
Y quien esté detrás… me conoce.
Los guardias intercambiaron miradas silenciosas.
No preguntaron más.
Las reglas eran claras: solo debían saber lo necesario para mantenerse operativos.
Sin embargo, esa revelación pesó sobre ellos como una sombra nueva, larga y fría.
Levi analizó de nuevo la gráfica del pulso.
El bloqueo había frenado el avance, pero la señal no se apagaba.
Todo lo contrario: parecía reorganizarse, como si estuviera buscando otra forma de entrar.
Era inteligente.
Adaptativa.
Persistente.
Y muy familiar.
—Quiero acceso a los registros antiguos del módulo muerto —ordenó—.
Toda actividad previa a su clausura.
Todo lo que se haya almacenado ahí, incluso lo borrado.
—De inmediato —respondió la líder, enviando la orden a los técnicos externos, que recibieron la solicitud con la prioridad máxima autorizada.
Mientras el sistema procesaba la petición, Levi volvió a observar la pulsación residual.
Recordaba un tono, una cadencia.
No era solo ruido digital.
Era un mensaje encriptado en el ritmo.
Una firma.
Solo alguien muy particular se comunicaba así.
Y ella estaba desaparecida desde hacía años.
Un técnico irrumpió por el canal de voz interno, su respiración acelerada.
—Comandante, conseguimos habilitar los registros antiguos.
Pero… hay algo extraño.
—Define extraño —pidió Levi.
—El módulo muerto… no está tan muerto como debería.
Registra actividad hace dos semanas.
Y no fue una intrusión externa.
Fue un permiso autorizado.
Los guardias se tensaron.
Levi sintió un escalofrío que no lo visitaba desde hacía mucho tiempo.
—¿De quién?
—preguntó con un filo en la voz que hizo vibrar la sala.
El técnico tragó saliva antes de responder.
—De… de usted, señor.
El permiso fue otorgado con su código maestro.
La sala quedó muda.
La líder del escuadrón clavó los ojos en él, buscando en su rostro una reacción que no llegaba.
Pero internamente, Levi sintió un golpe brutal: no porque creyera haberlo autorizado, sino porque comprendió lo que significaba.
Alguien estaba usando su código.
Su identidad.
Su sombra.
Antes de que pudiera responder, una alerta nueva explotó en la mesa holográfica.
El aislamiento del módulo muerto había sido forzado desde dentro.
Una grieta digital se abrió en la barrera, delgada como un hilo, pero suficiente para que un fragmento de la señal escapara, en forma de un único archivo de audio.
Flotó sobre la superficie de la mesa, esperando ser reproducido.
Los guardias prepararon sus armas por instinto, como si el sonido pudiera materializar enemigos.
Levi respiró hondo.
—Reprodúzcanlo.
El archivo se abrió.
Al principio, solo había ruido estático.
Luego, un tono grave.
Y finalmente… una voz.
Una voz que él no escuchaba desde hacía demasiado tiempo, una voz que creyó perdida en una misión que jamás obtuvo respuestas.
Una voz que lo conocía mejor de lo que él se conocía a sí mismo.
—Levi… —susurró, casi rozando el oído—.
Pensaste que estaba muerta.
Pero no fue así.
No del todo.
Te lo advertí: las sombras que dejamos atrás siempre vuelven… si saben dónde buscar.
El archivo se cortó.
La señal del módulo muerto cayó en un silencio absoluto, como si el mensaje hubiera consumido toda su energía restante.
Uno de los guardias rompió el mutismo: —¿Quién… quién era esa, Comandante?
Levi cerró los ojos un instante.
La sala entera esperaba su respuesta.
Cuando los abrió, había en su mirada una mezcla de dolor viejo y una determinación incandescente que pocos habían visto.
—Mi antigua compañera —dijo finalmente—.
La única persona que desapareció sin dejar rastro.
La única que sabía cómo romper mis códigos.
Y la única que tenía razones para volver… de esta manera.
Sus dedos se cerraron en un puño.
—A partir de ahora, la prioridad máxima es localizar el origen completo de esa señal.
Ella está viva, en algún lugar.
Y si ha regresado… no es solo para hablar conmigo.
Las luces volvieron a parpadear.
Y la sombra de Levi, proyectada en la pared, se duplicó otra vez.
Como si alguien caminara justo detrás de él.
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