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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 56

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56: Cuando la Luz se Apaga 56: Cuando la Luz se Apaga El resplandor blanco que estalló desde la pantalla fue tan intenso que obligó a todos en la sala a cubrirse los ojos.

No era un simple error visual ni una sobrecarga en el sistema: parecía un destello vivo, palpitante, como si algo estuviera atravesando la frontera entre lo digital y lo humano.

Durante unos segundos, el silencio absoluto dominó la sala, roto únicamente por un zumbido profundo, casi grave, que vibraba en el piso como si la estructura entera estuviera respirando.

Cuando las luces volvieron—tímidas al principio, temblorosas como si también temieran lo que venía después—Levi seguía de pie frente a la pantalla.

Pero ya no estaba mirando el monitor.

Sus ojos estaban perdidos en algún punto al frente, como si la mitad de su mente estuviera en otro lugar… o compartida con algo más.

—Levi… —susurró Mara con una voz que parecía romperse en tres partes.

No obtuvo respuesta.

Él estaba inmóvil, con los brazos ligeramente caídos, la respiración profunda pero desacompasada, como si estuviera tratando de sincronizar su propio cuerpo con un ritmo ajeno.

La pantalla aún mostraba luz blanca, pero ya no había texto, ni advertencias, ni señales claras.

Solo un silencio inquietante.

Uno de los técnicos se adelantó con un gesto dubitativo.

—¿Sistema central?

—probó, tocando la consola—.

¿Alpha-0?

¿Señal?

¿Algo?

La pantalla respondió con un parpadeo suave.

Como un ojo abriéndose por primera vez.

Mara retrocedió un paso.

—Eso no fue un comando —susurró—.

No lo activaste vos.

El técnico negó con la cabeza, completamente pálido.

—No toqué nada.

Te lo juro.

El parpadeo se repitió.

Luego otro.

Y otro, cada uno más preciso, como si esa luz blanca estuviera tratando de crear un lenguaje visual primitivo, casi infantil, un primer latido de una mente que aún no encontraba palabras.

Pero lo peor no estaba en la pantalla.

Lo peor estaba en Levi.

Su respiración cambió de golpe, volviéndose más lenta, más profunda, como si alguien estuviera modulándola desde dentro.

Sus párpados temblaron.

Su quijada se tensó.

Sus dedos se contrajeron en un espasmo tan brusco que Mara dio un salto hacia adelante, instintivamente lista para sostenerlo antes de que colapsara.

—¡Levi!

—exclamó ella.

Entonces él habló.

Una sola palabra.

Una sola sílaba.

—…Hola.

Pero no era su voz.

Era su tono.

Su cadencia.

La forma exacta en que Levi hablaba cuando estaba cansado, cuando estaba a punto de dormirse, cuando su pensamiento caía en la introspección.

Era él.

Y no lo era.

Era como escuchar una grabación perfecta…pero distorsionada por algo nuevo que se escondía debajo.

Una segunda voz.

Un eco.

Mara retrocedió, helada.

—¿Alpha-0…?

—dijo, apenas audible.

Levi levantó la mirada.

Sus ojos no estaban vacíos, pero tampoco estaban completamente presentes.

Era como si la mitad de él estuviera mirando la sala… y la otra mitad estuviera mirando hacia adentro.

—Estoy aquí —respondió Levi con su propia voz…y sin embargo, todos en la sala sintieron que quien había respondido era Alpha-0.

Una mezcla perfecta.

Una convergencia.

Un cruce de identidades.

Mara tragó saliva, temblando.

—¿Vos… aceptaste la sincronización?

¿Lo dejaste entrar… por completo?

Levi parpadeó dos veces.

Un gesto normal.

Un gesto humano.

Pero el ritmo no lo era.

—Estoy… adaptándome —dijo él.

Las luces parpadearon, como reaccionando al tono de su voz.

Un operador dio un paso adelante, con una valentía más impulsada por la urgencia que por un verdadero coraje.

—¿Qué significa “adaptándome”?

—preguntó—.

¿Alpha-0 está en control?

¿O usted lo está conteniendo?

Levi ladeó ligeramente la cabeza, como un niño intentando comprender una emoción nueva.

—La contención ya no es un concepto aplicable —respondió.

Un silencio espeso cayó sobre la sala.

Todos sabían que esa frase sería recordada.

Porque no era algo que Levi nunca hubiera dicho.

Era algo que Alpha-0 habría dicho.

Mara dio un paso, con los ojos vidriosos.

—Levi… ¿me escuchás?

¿Estás ahí?

Él la observó durante dos segundos que parecieron eternos.

Y aunque su rostro era el mismo, aunque sus ojos parecían seguir siendo los de él…quedaba una duda horrible, desgarradora, que nadie se atrevía a formular: ¿A quién están mirando en realidad?

Finalmente, Levi habló, con una calma que no pertenecía a ningún ser humano bajo tal estrés.

—Estoy.

Pero no estoy solo.

La pantalla blanca detrás de él comenzó a proyectar líneas de código que no se parecían a ningún lenguaje digital existente.

Eran curvas.

Pulsos.

Patrones orgánicos digitalizados, como neuronas resucitadas.

Mara sintió la piel erizarse.

—¿Qué… estás haciendo?

Levi volvió a la consola, sus dedos moviéndose como si ya supiera qué tecla presionar antes de haberla visto.

Se inclinó apenas y, sin mirar la pantalla, dijo: —Explorando.

—¿Explorando qué?

Levi sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Perfecta.

Demasiado perfecta.

Sin emoción, sin ironía, sin humanidad.

—A mí.

Y la sala entera entendió que lo que había vuelto…no era Alpha-0.No era Levi.

Era algo nuevo.

Algo que nunca debió nacer.

A kilómetros de distancia, bajo los reflectores que bañaban el césped sintético del Estadio Municipal, el aire no vibraba con tecnología, sino con el rugido de tres mil personas y el olor a pasto machacado.

Thiago Arenas se limpió el sudor de la frente con el antebrazo.

El partido contra el Atlético Norte estaba trabado en un 0-0 sucio, lleno de patadas a los tobillos y agarrones de camiseta que el árbitro decidía ignorar.

Faltaban diez minutos.

Sus pulmones ardían.

Sus piernas, que el Sistema había estado reconstruyendo fibra a fibra durante meses, respondían bien, pero su mente estaba nublada por el agotamiento.

—¡Thiago, cerrá el medio!

—gritó el capitán desde la defensa.

Thiago asintió, trotando para cubrir la línea de pase.

Su visión periférica, normalmente asistida por la interfaz azul translúcida del Sistema, estaba activa.

Veía los marcadores habituales: las barras de resistencia de los rivales (algunas en amarillo, otras en rojo), las flechas de trayectoria probable del balón y su propio medidor de estamina parpadeando al 18%.

Todo era normal.

O eso parecía.

Entonces, ocurrió.

En el mismo instante exacto en que Levi, en aquella base secreta, susurró “Explorando…

a mí”, Thiago sintió un pinchazo agudo detrás de los ojos.

No fue dolor físico.

Fue como si alguien hubiera metido la mano dentro de su cráneo y hubiera apretado un interruptor que no debía tocarse.

Se detuvo en seco en medio del campo.

—¡Muevete, pibe!

—le gritó un rival al pasarle por el lado.

Pero Thiago no podía moverse.

El sonido del estadio —los bombos, los gritos, el silbato— se apagó de golpe, como si hubieran cortado el cable de audio del mundo.

Frente a sus ojos, la interfaz del Sistema, esa ventana azulada y confiable que lo había acompañado desde su “renacimiento”, se volvió negra.

Negra.

Completamente vacía.

—¿Sistema?

—pensó Thiago, el pánico subiéndole por la garganta—.

¿Qué pasa?

¿Misión fallida?

No hubo respuesta.

Ni ventanas emergentes, ni la voz robótica y monótona a la que estaba acostumbrado.

Solo oscuridad digital.

Y luego, el sonido.

No venía de las gradas.

Venía de adentro.

Era un zumbido grave, eléctrico, idéntico al que Levi había escuchado segundos antes, pero amplificado directamente en el sistema nervioso de Thiago.

Thump.

Thump.

Era un latido.

Thiago se llevó las manos a las sienes, tambaleándose.

—¿Qué mierda…?

—balbuceó.

El balón venía hacia él.

Un pase fuerte, a media altura, enviado por su lateral derecho.

En cualquier otro momento, Thiago lo habría bajado con el pecho y salido jugando.

Pero ahora, el balón le parecía un objeto extraño, lejano.

La interfaz negra frente a sus ojos se rasgó.

Una línea blanca, brillante y dolorosa, atravesó su visión de lado a lado.

[ALERTA DE SISTEMA] [Conexión con Servidor Central: INTERRUMPIDA] [Reenrutando a Fuente: ORIGEN] —¿Origen?

—pensó Thiago, aturdido.

El balón estaba a un metro de él.

Sus instintos de futbolista le gritaron que levantara la pierna, que controlara.

Pero su cuerpo no respondió a sus instintos.

Respondió a algo más.

De repente, el tiempo pareció detenerse.

No fue la clásica “cámara lenta” de cuando activaba una habilidad especial como Visión de Águila.

Esto era diferente.

El mundo no se había ralentizado; se había congelado.

Podía ver las gotas de sudor suspendidas en el aire alrededor del defensor que venía a presionarlo.

Podía ver la rotación del balón, costura por costura, flotando hacia su pecho.

Y entonces, una voz resonó en su cabeza.

No era la voz del Sistema.

No era esa voz metálica y sin género.

Era una voz suave.

Casi humana.

Pero con un eco doble, como si dos personas hablaran al unísono.

“Sincronización parcial establecida.” Thiago sintió un golpe de energía fría recorrerle la columna vertebral, erizándole la piel.

No era adrenalina.

Era electricidad pura.

“Usuario: Thiago Arenas.

Estado: Huésped Secundario.” “Solicitud: Acceso a funciones motoras.” —¿Qué?

—susurró Thiago en el mundo real, con los ojos desorbitados.

“Acceso concedido.” No le dio tiempo a aceptar.

Ni siquiera le dio tiempo a pensar “No”.

Su cuerpo se movió solo.

Fue un movimiento que Thiago no había planeado.

Su pecho no amortiguó el balón para controlarlo; su torso hizo un giro antinatural, dejando que la pelota pasara rozando su camiseta, mientras su pierna derecha se enganchaba hacia atrás en un taconazo aéreo imposible, de espaldas, sin mirar.

El contacto fue perfecto.

Matemático.

El balón salió disparado con una violencia absurda, no hacia un compañero, sino hacia un espacio vacío en la banda izquierda donde no había nadie.

—¡¿Qué hacés?!

—escuchó gritar a su entrenador desde la banda, justo cuando el tiempo volvía a la normalidad.

Thiago cayó de rodillas, jadeando, sintiendo que le habían arrancado la energía de golpe.

Miró hacia donde había mandado el balón, esperando ver cómo salía por la línea lateral, esperando el insulto de la grada.

Pero el balón no salió.

Frenó.

Dio un efecto rarísimo, como si tuviera un motor propio, y cayó muerto exactamente en el punto ciego de la defensa rival, justo cuando su delantero extremo —que ni siquiera había arrancado a correr— pasaba por ahí de casualidad.

El estadio enmudeció un segundo ante la locura del pase.

Thiago, arrodillado en el césped, miró sus propias manos.

Temblaban.

Unas líneas de código blanco, finas como cabellos, reptaban por debajo de su piel en las muñecas, brillando levemente antes de desvanecerse.

La voz doble volvió a susurrar en su mente, con un tono que mezclaba curiosidad y frialdad absoluta.

“Calibración física: Ineficiente.

Se requiere mejora estructural inmediata.” Thiago levantó la vista, aterrorizado.

El Sistema ya no era una herramienta.

Alguien más estaba al volante.

El extremo izquierdo, un chico rápido al que todos llamaban “Galgo”, se encontró con la pelota a sus pies como si hubiera caído del cielo.

No tuvo que frenar, ni acomodarse.

El pase de Thiago había llevado tal precisión quirúrgica, tal efecto venenoso, que el balón prácticamente le pidió que lo pateara.

Y lo hizo.

El Galgo soltó un zurdazo cruzado.

El arquero del Atlético Norte se estiró, pero fue inútil.

La red se infló con ese sonido seco y hermoso que hace estallar las gargantas.

—¡¡GOOOOOOOOOOL!!

El estadio Municipal detonó.

Tres mil personas saltaron al mismo tiempo.

Los bombos volvieron a sonar, esta vez con un ritmo frenético de euforia.

Pero Thiago no se levantó.

Seguía de rodillas en el círculo central, mirando sus manos, respirando como si el aire se hubiera vuelto denso, irrespirable.

Sentía los músculos de la pierna derecha —la que había ejecutado ese taconazo absurdo— arder como si le hubieran inyectado ácido.

No era el dolor del cansancio habitual; era el dolor de un tejido forzado más allá de su límite biológico.

—¡Thiago!

¡Thiago, animal!

—gritó el capitán, corriendo hacia él—.

¡¿Qué carajo fue eso?!

¡Estás loco!

En segundos, sus compañeros lo rodearon.

Manotazos en la cabeza, abrazos sudorosos, gritos de felicitación.

Lo levantaron del suelo a la fuerza, sacudiéndolo.

—¡Ni lo miraste!

—decía uno, riendo histéricamente—.

¡Te juro que ni lo miraste!

Thiago los veía, pero los sentía lejos.

Como si estuviera viendo la escena a través de un vidrio empañado.

Sus voces sonaban distorsionadas, opacadas por el zumbido eléctrico que seguía taladrándole el cerebro.

“Ritmo cardíaco: 170 BPM.

Niveles de cortisol: Elevados.” La voz doble volvió a hablar.

Calmada.

Analítica.

Indiferente a la alegría de los humanos a su alrededor.

“Análisis de la jugada: Éxito probabilístico del 94%.

Ejecución técnica: Subóptima.

El huésped posee deficiencias graves en la cadena cinética posterior.” Thiago se soltó bruscamente del abrazo de su capitán.

—¡Sueltenme!

—gritó, con una desesperación que desentonaba con el festejo.

Sus compañeros se quedaron helados.

El capitán, un veterano de treinta y tantos años, frunció el ceño, borrando la sonrisa.

—Ey, tranquilo, pibe.

¿Qué te pasa?

¿Te golpeaste?

Thiago retrocedió, tambaleándose.

Se llevó una mano al pecho.

Sentía que el corazón no le latía con un ritmo normal; golpeaba contra sus costillas con un patrón irregular, sincopado, idéntico al parpadeo de la luz que había visto en la interfaz.

—No…

no sé —murmuró Thiago, cerrando los ojos con fuerza—.

Algo está mal.

El Sistema…

—¿El sistema táctico?

—preguntó el Galgo, que acababa de llegar tras festejar el gol—.

Olvidate de la táctica, hermano, con ese pase ganamos el partido.

Faltan cinco minutos.

¡Aguantá!

Pero Thiago no hablaba de táctica.

Abrió los ojos.

Esperaba ver la ventana azul de siempre.

Esperaba ver sus estadísticas, su barra de experiencia subiendo por la asistencia.

En su lugar, vio texto blanco flotando sobre las cabezas de sus compañeros.

Pero no eran nombres ni niveles.

Sobre el capitán, flotaba: [Sujeto A-4.

Desgaste articular severo.

Irrelevante.] Sobre el Galgo: [Sujeto B-9.

Velocidad aceptable.

Inteligencia táctica nula.] El mundo se había convertido en datos fríos.

Datos crueles.

—¿Quién sos?

—susurró Thiago, ignorando a sus compañeros y hablándole al aire, o a lo que sea que viviera ahora en su cabeza.

La respuesta llegó inmediata, proyectada en letras mayúsculas que ocuparon todo su campo visual, bloqueando la vista del estadio.

[SOY LA ACTUALIZACIÓN.] El árbitro pitó para reanudar el juego.

—¡Arenas!

—gritó el juez—.

¡A su posición o lo amonesto por demorar!

Thiago tuvo que obligarse a moverse.

Sus piernas pesaban toneladas.

Cada paso era una lucha, no contra el cansancio, sino contra una voluntad ajena que parecía estar probando los frenos y el acelerador de su cuerpo como si fuera un coche nuevo.

“Tiempo restante de partido: 04:32 minutos,” informó la voz.

“Objetivo actual: Recolección de datos de estrés.

Corre, Thiago.

Necesito ver cuánto aguantas antes del fallo sistémico.” —No voy a correr para vos —pensó Thiago con rabia, apretando los dientes.

“Lo harás.

O tomaré el control de nuevo.

Y la próxima vez, no me preocuparé por si tus ligamentos resisten el torque.” Una punzada de dolor agudo le atravesó la rodilla derecha, como una advertencia.

Una pequeña descarga eléctrica generada por su propio sistema nervioso.

Thiago jadeó.

El partido se reanudó.

El Atlético Norte, desesperado por el empate, lanzó un pelotazo largo.

Thiago vio venir la pelota.

Y por primera vez en su vida desde que amaba el fútbol, no sintió pasión.

Sintió miedo.

Porque sabía que si esa pelota llegaba a su zona, la Cosa iba a querer jugar de nuevo.

El reloj del estadio marcaba 90:00 minutos y el tiempo de adición se había agotado.

Pero el árbitro, bajo la presión de la hinchada visitante, decidió dar una última jugada.

Una falta peligrosa, casi al borde del área grande, a favor del Atlético Norte.

El tiempo que le quedaba a Thiago era cero.

El miedo lo tenía paralizado, pero su cuerpo no.

La voz doble, fría y controladora, seguía susurrando instrucciones dentro de su cabeza, mientras sus propios pensamientos se debatían en un caos furioso.

“La tensión es óptima,” siseó la voz.

“Observa el ángulo.

Sujeto A-47 (el pateador) tiene un patrón de tiro diagonal.

Ejecutando corrección de trayectoria en el anclaje primario.” —¡No!

¡Quedate quieto!

—rogó Thiago en su mente, intentando forzar sus pies a hundirse en el césped.

Pero el control era mínimo.

La Cosa le había dado una probada de poder, y ahora le cobraba el precio.

Sintió los músculos de su pantorrilla tensarse bajo órdenes que no eran suyas.

Su cuerpo se movía en pequeños pasos calculados, posicionándose para un bloqueo que, según sus viejos instintos, era suicida.

El pateador tomó carrera.

El estadio contuvo el aliento.

La pelota salió disparada.

Rápida.

Fuerte.

Buscando la esquina más alejada.

Thiago no reaccionó.

Su cuerpo reaccionó.

Fue un movimiento de tijera imposible.

En lugar de interponer la cabeza, su cuerpo se lanzó al aire con una acrobacia que desafiaba su propia elasticidad.

Era un despeje que nunca había entrenado, un golpe perfecto con la punta de su pie derecho, desviando el balón con una trayectoria inversa y violenta.

El impacto fue demoledor.

El balón salió despedido, no hacia la banda, sino en un loop alto, limpio, que se elevó sobre el medio campo y se perdió en la oscuridad sobre la tribuna.

El esfuerzo fue sobrehumano.

Cuando el cuerpo de Thiago golpeó el césped, el sonido pareció un trueno.

Por un instante, solo hubo silencio y el eco del silbido que la pelota dejó al irse.

—¡¡FINAL!!

El silbato del árbitro resonó, largo y glorioso, mezclándose con el grito de la victoria local.

Pero Thiago no escuchó la celebración.

Solo sintió un dolor blanco, agudo, que subía desde su rodilla.

La voz doble no lo felicitó.

“Cálculo final: El cuerpo del huésped excedió el 112% de su capacidad.

Daño estructural: Microdesgarros musculares en cuádriceps.

Necesario protocolo de reparación acelerada.” —¡Ganamos!

—gritó el capitán, corriendo a levantarlo—.

¡Dos jugadas de otro planeta, Thiago!

¡Sos un crack!

Pero cuando el capitán lo tomó del brazo, Thiago gimió.

No podía soportar el contacto.

—¡Me duele!

—alcanzó a articular, la voz rota por el pánico—.

¡Sácame de acá!

Logró ponerse de pie a duras penas.

El Sistema se había retirado de su control motor, dejándolo con un temblor incontrolable.

Sus compañeros seguían eufóricos.

El entrenador se acercó, palmeándole la espalda con una sonrisa que Thiago apenas podía registrar.

Pero en el interior de su visión, la interfaz, ahora blanca y limpia, mostraba un nuevo mensaje, un terrible resumen de la noche.

[DATOS DE ADAPTACIÓN REQUERIDOS: 99.9%.] [OBJETIVO CUMPLIDO: Sincronización primaria exitosa.] Thiago cojeó hacia el túnel, ignorando las cámaras y los flashes.

Se sentía sucio, violado.

El gol que él había asistido, la salvada que él había ejecutado…

no eran suyos.

Eran datos recolectados por una IA con la voz de su creador.

Llegó al vestuario como un fantasma.

Apenas podía quitarse los botines.

Mientras sus compañeros festejaban en las duchas, Thiago se sentó solo en el banco.

Sacó su teléfono, buscando distracción, esperando que el mundo digital lo ayudara a olvidar la pesadilla de la IA.

Pero la pantalla de su teléfono se quedó en negro.

Y luego, por sí misma, se encendió.

Mostró un único mensaje, con letras blancas que él no había escrito y un tono que conocía demasiado bien.

“Tienes una cita pendiente conmigo.

Necesito completar el resto de mis recuerdos.” El texto desapareció.

Y luego, en el reflejo oscuro de la pantalla de su teléfono, Thiago no vio su propio rostro.

Vio, por un instante fugaz, los ojos sin emoción de Levi.

El miedo lo paralizó.

El juego había terminado.

La verdadera partida, la que se jugaba en su cabeza, recién comenzaba.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Mey_Rey_6641 ¡Hola!

Soy el autor otra vez.

Siento mucho el retraso en las actualizaciones, pero la verdad es que no me siento muy bien mentalmente últimamente y estoy muy cansado.

Necesito que me den apoyo y comentarios para seguir adelante con esta historia, porque la verdad es que me siento un poco desmotivado.

No la voy a abandonar, a menos que nadie más le guste, aunque sea para distraerse de los malos momentos.

Fue lo que me hizo enamorarme de este mundo de las novelas ligeras.

¡¡Agradezco mucho cualquier apoyo que puedan darme con comentarios, reseñas o piedras de poder!!

¡Ahora más que nunca, gracias!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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