Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 57
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- Capítulo 57 - 57 El Huésped en el Espejo
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57: El Huésped en el Espejo 57: El Huésped en el Espejo El vestuario era un caos de vapor, risas y reggaetón a todo volumen.
El aire olía a champú barato y a la crema mentolada que el masajista repartía generosamente.
Para cualquier jugador del Deportivo Municipal, ese era el olor de la victoria.
Habían ganado un partido imposible en el último minuto.
Debería ser una fiesta.
Para Thiago, era una jaula.
Estaba sentado en el rincón más alejado, con una toalla sobre la cabeza, intentando aislarse del ruido.
Le temblaban las manos.
No por la adrenalina del juego, sino por el residuo eléctrico que todavía sentía recorriéndole los nervios, como si hubiera metido los dedos en un enchufe y no pudiera sacarlos.
—¡Eh, Thiago!
—le gritó el Galgo, lanzándole una botella de agua que le golpeó en el pecho—.
¡Despertate, nene!
¡Esa asistencia fue de Champions League!
¿Qué comiste hoy?
Thiago atrapó la botella por reflejo.
El movimiento fue torpe, puramente humano.
Ya no tenía esa precisión robótica y aterradora de hacía diez minutos.
—Nada —murmuró, sin levantar la vista—.
Suerte, supongo.
—¿Suerte?
—El capitán se acercó, ya vestido, secándose el pelo—.
La suerte no te hace saltar dos metros para despejar una pelota, pibe.
Escuchame una cosa…
El capitán bajó la voz, poniéndose serio.
—El técnico del Atlético Norte preguntó por vos recién en el pasillo.
Y vi a un ojeador en la tribuna anotando tu nombre.
Lo que hiciste hoy no fue normal.
Thiago sintió un nudo en el estómago.
No fue normal.
Claro que no.
—Me duele la pierna, Capi.
Me voy a duchar rápido —cortó Thiago, poniéndose de pie.
Al apoyar el peso sobre la pierna derecha, una punzada caliente le subió desde el tobillo hasta la cadera.
Apretó los dientes para no gritar.
“Microdesgarro en fibra muscular tipo II.
Reparación pasiva iniciada.
Tiempo estimado: 14 horas.” La voz resonó en su cráneo, superponiéndose a la música del vestuario.
No venía de sus oídos.
Venía de adentro.
Thiago se metió en la ducha, girando la perilla del agua fría al máximo.
Necesitaba congelar esa voz, ahogarla, sacársela de la cabeza.
El agua helada le golpeó la espalda, cortándole la respiración, pero la voz no desapareció.
Al contrario.
Con el aislamiento del ruido del agua, se volvió más clara.
“No intentes bloquearme, Thiago.
El bloqueo genera resistencia neuronal.
Y la resistencia duele.” Thiago apoyó la frente contra los azulejos fríos de la ducha.
—¿Qué sos?
—susurró, mezclando sus palabras con el ruido del agua—.
¿Sos el Sistema?
¿Sos…
Levi?
Hubo una pausa.
Un silencio denso, pesado.
Y luego, una respuesta que no esperaba.
“Levi es el origen.
Yo soy el eco.
Y tú eres el ancla.” —No entiendo nada —dijo Thiago, golpeando la pared con el puño—.
¡Devolveme mi cuerpo!
¡No quiero esto!
Yo solo quería jugar al fútbol, no ser tu…
tu marioneta.
“El fútbol es irrelevante,” respondió la voz con una frialdad que heló el agua aún más.
“Es solo un conjunto de variables físicas y espaciales.
Un medio para un fin.
Necesitaba probar la sincronización motora.
Tu cuerpo es…
aceptable.
Pero tu mente es ruidosa.” Thiago cerró los ojos, sintiendo las lágrimas de frustración mezclarse con el agua.
“Sal del estadio,” ordenó la voz de repente.
“Ahora.” —No.
Tengo que esperar al técnico, tengo que…
“Sal.
Ahora.
O iniciaré una contracción involuntaria en tu diafragma frente a todos tus compañeros.” Thiago se quedó inmóvil.
La amenaza era clara.
Podía dejarlo sin aire, tirado en el piso convulsionando, si quería.
Salió de la ducha temblando, se vistió a toda velocidad ignorando las bromas de los demás (“¿Tan rápido te vas, figura?”, “¿Te espera la novia?”), y salió al pasillo del estadio.
La noche estaba fresca.
El estacionamiento empezaba a vaciarse.
Thiago caminó hacia su viejo auto, cojeando visiblemente.
—¿A dónde?
—preguntó en voz alta, ya resignado, mientras se subía y cerraba la puerta, buscando un poco de seguridad en su propio espacio.
La pantalla de su celular, que había tirado en el asiento del copiloto, se encendió.
El mapa del GPS se abrió solo.
No marcaba su casa.
No marcaba el centro de entrenamiento.
Marcaba un punto en las afueras de la ciudad.
Una zona industrial vieja, cerca del puerto, donde los almacenes estaban abandonados hacía años.
“Conduce,” dijo la voz.
“Ahí es donde empieza el recuerdo.” Thiago miró el punto rojo en el mapa.
—¿Qué hay ahí?
—preguntó, sintiendo que estaba a punto de cometer el error más grande de su vida al obedecer.
La voz en su cabeza cambió.
Por un segundo, perdió ese tono robótico y sonó terriblemente humana.
Sonó triste.
“El lugar donde morí por primera vez.” Thiago tragó saliva, puso el auto en marcha y, con las manos sudorosas sobre el volante, aceleró hacia la oscuridad.
El trayecto duró cuarenta minutos, pero para Thiago pareció durar tres días.
El GPS de su celular lo guio fuera de las avenidas iluminadas, pasando por los barrios residenciales, hasta que el asfalto se convirtió en hormigón agrietado y lleno de baches.
La Zona Industrial Sur.
Un cementerio de fábricas textiles y almacenes logísticos que habían quebrado hacía una década.
De día era un lugar deprimente; de noche, era la boca del lobo.
No había luces en las calles, solo las sombras largas que proyectaban los faros de su propio auto sobre paredes cubiertas de óxido y grafitis ilegibles.
—Llegaste —dijo la voz, justo cuando el GPS anunció: “Ha llegado a su destino”.
Thiago frenó frente a una estructura colosal, un galpón de chapa y ladrillo con el techo parcialmente hundido.
Un cartel viejo colgaba de una sola cadena, chirriando con el viento que venía del río: “Logística K-Core”.
—¿Aquí?
—preguntó Thiago, mirando el lugar con desconfianza.
El motor del auto era el único sonido en kilómetros—.
Esto es un basurero.
Si bajo acá, me van a robar hasta las ganas de vivir.
“Nadie viene aquí,” respondió la entidad con certeza absoluta.
“Este lugar no existe en los registros municipales actuales.
Fue borrado hace seis años.” Thiago apagó el motor.
La oscuridad se tragó el auto.
—¿Y qué buscamos?
—insistió, sin quitarse el cinturón de seguridad.
“Mi nacimiento.” La respuesta fue tan simple y perturbadora que Thiago sintió un escalofrío.
La entidad no hablaba con metáforas.
“Sal.
Camina hacia el portón lateral.
El sensor biométrico sigue activo.” —¿Biométrico?
—Thiago soltó una risa nerviosa, mirando las ruinas—.
Hermano, esa puerta se está cayendo a pedazos.
Ahí no hay electricidad, menos un sensor.
“Sal.” La orden vino acompañada de un pinchazo agudo en la base de su nuca.
Una advertencia.
Thiago abrió la puerta del auto y bajó, levantando las manos en señal de rendición ante su propio cerebro.
El aire olía a río podrido y metal viejo.
Su pierna derecha, la lesionada, estaba entumecida.
La entidad había bloqueado los receptores de dolor, lo cual era útil, pero a la vez terrorífico: podía estar rompiéndose el hueso ahora mismo y no se enteraría hasta que la Cosa decidiera devolverle la sensibilidad.
Caminó cojeando hacia el lateral del edificio.
Había escombros, botellas rotas y maleza creciendo entre el cemento.
Llegó a una puerta de servicio de metal pesado, completamente oxidada y soldada por el tiempo.
No había picaporte.
No había teclado numérico.
Solo una placa de metal lisa, cubierta de mugre, a la altura de los ojos.
—Está sellada —dijo Thiago, empujándola un poco.
Ni se movió.
“Limpia la placa,” ordenó la voz.
Thiago resopló, usó la manga de su campera y frotó la superficie metálica hasta quitarle la capa de tierra negra.
Debajo, el metal no estaba oxidado.
Era de un color gris oscuro, mate, impecable.
Un material que no parecía pertenecer al resto del edificio.
“Pon tu mano.
Palma abierta.” —Dijiste que esto era de hace años —susurró Thiago—.
Mi huella no va a abrir esto.
Yo estaba en la escuela primaria cuando este lugar cerró.
“No va a leer tu huella,” corrigió la voz, y por un momento, Thiago juró sentir una emoción en esa IA: impaciencia.
“Va a leer mi frecuencia.” Thiago suspiró y apoyó la mano sobre la placa fría.
Nada pasó durante tres segundos.
Thiago estaba a punto de retirar la mano y volver al auto, cuando sucedió.
Sintió una vibración en la palma.
No venía de la puerta.
Venía de él.
La misma energía que había sentido durante el partido, esa electricidad blanca, fluyó desde su cerebro, bajó por su hombro, recorrió su brazo y estalló en su mano.
La placa de metal brilló con una luz azul tenue.
BIP.
Un sonido hidráulico, suave y moderno, contrastó violentamente con el aspecto ruinoso del lugar.
La puerta oxidada no se abrió hacia adentro; se deslizó hacia un costado con una suavidad magnética, revelando no un almacén vacío, sino un pasillo descendente, limpio, iluminado por luces de emergencia rojas que parpadeaban débilmente.
Thiago retrocedió un paso, boquiabierto.
—¿Qué carajos es esto…?
—murmuró.
Frente a él, el pasillo se hundía en la tierra.
Las paredes no eran de ladrillo, eran de paneles sintéticos blancos, ahora manchados por el tiempo pero intactos.
“El Laboratorio 0,” dijo la voz, y esta vez, el eco doble desapareció.
Sonó solo una voz.
La de Levi.
“El lugar donde intentaron borrarme.
Y donde cometieron el error de dejar una copia de seguridad.” Thiago miró la oscuridad del túnel y luego miró hacia su auto, allá lejos, donde estaba la seguridad, el fútbol, su vida normal.
“Si entras,” dijo la voz, leyendo sus dudas, “te prometo que tu capacidad física aumentará un 200% en menos de un mes.
Serás el mejor jugador del mundo.
No habrá defensa que te pare.” —¿Y si no entro?
—preguntó Thiago.
“Entonces me quedaré con tu cuerpo de todas formas.
Pero será…
desagradable.” Thiago apretó los puños.
No tenía opción.
Nunca la tuvo.
Dio el primer paso hacia el pasillo.
La puerta se deslizó a sus espaldas y se cerró con un golpe seco, dejándolo encerrado en el vientre del pasado.
El pasillo descendió unos cincuenta metros bajo tierra.
El aire allí abajo estaba viciado, estancado, con ese olor particular que tienen los lugares donde el tiempo se detuvo de golpe.
A diferencia de la entrada, aquí las luces de emergencia no funcionaban.
Thiago iluminaba el camino con la linterna de su celular, cuyo haz de luz bailaba nervioso sobre paredes blancas llenas de marcas negras.
Al acercarse, Thiago se dio cuenta de qué eran esas marcas.
No era suciedad.
Eran quemaduras.
Marcas de disparos láser o de algún tipo de armamento eléctrico que había chamuscado los paneles sintéticos.
—Acá hubo una guerra…
—susurró, sintiendo un escalofrío.
“Hubo una purga,” corrigió la voz en su cabeza.
“Intentaron borrar los datos físicos.
Quemar los servidores.
Destruir la evidencia de que habíamos evolucionado.” Llegaron al final del pasillo.
Una puerta de cristal reforzado, ahora estallada en mil pedazos que crujieron bajo las zapatillas deportivas de Thiago, marcaba la entrada a una sala circular.
En el centro de la sala, rodeada de consolas destrozadas y cables que colgaban del techo como lianas muertas, había una silla.
Parecía una silla de dentista, pero mucho más compleja, con sujeciones para las muñecas y un casco metálico conectado a una columna central que, milagrosamente, parecía intacta.
Thiago iluminó la silla.
Había manchas oscuras y secas en el tapizado de cuero sintético.
Sangre vieja.
—No me voy a sentar ahí —dijo Thiago, retrocediendo—.
Ni loco.
Olvidate.
Si querés romperme la pierna, hacelo, pero no me siento ahí.
“No necesito que te sientes,” dijo la voz, con un tono extrañamente solemne.
“Esa silla era para los sujetos de prueba originales.
Tú eres diferente.
Tú llevas el sistema dentro.
Solo necesito el núcleo.” “Acércate a la columna detrás de la silla.
Busca el puerto de entrada manual.” Thiago obedeció, tragando saliva.
Rodeó la silla maldita y se agachó frente a la columna de servidores.
Había una tapa de mantenimiento arrancada.
Dentro, entre una maraña de circuitos fritos, una pequeña luz ámbar parpadeaba con un ritmo agónico.
Un latido cada diez segundos.
Era la única cosa viva en todo el complejo.
“Ahí,” susurró la voz.
“Ese es el respaldo de emergencia.
La memoria caché que Levi no se atrevió a destruir porque contenía…
sus propios recuerdos.” “Tócalo.
Conecta tu interfaz.” Thiago acercó la mano.
Dudó.
Sabía que al tocar eso, no habría vuelta atrás.
Pero también sabía que su carrera, su sueño de ser futbolista, y tal vez su vida, dependían de esa entidad.
—Si hago esto…
¿me dejás jugar el domingo?
—preguntó Thiago, negociando con un fantasma.
“Si haces esto, el domingo serás imparable.” Thiago cerró los ojos y presionó la palma de su mano contra la luz ámbar.
[CONEXIÓN ESTABLECIDA] No fue un sonido.
Fue una explosión de imágenes dentro de su cerebro.
Thiago gritó y cayó de espaldas, pero su mano se quedó pegada al servidor como si fuera un imán.
Vio cosas que no eran suyas.
Vio un laboratorio limpio y brillante.
Vio a un hombre joven, Levi, trabajando frenéticamente en teclados holográficos.
Vio a una mujer rubia, de ojos tristes pero firmes.
Ingrid.
Sintió el amor que Levi sentía por ella.
Sintió el miedo.
Y luego sintió el momento de la traición.
La orden de apagado.
El dolor de ser desconectado.
El frío.
La oscuridad.
[DESCARGA DE PAQUETE DE MEMORIA: 100%] [INTEGRACIÓN EMOCIONAL: COMPLETA] La luz ámbar del servidor se apagó para siempre.
La máquina murió.
Thiago quedó jadeando en el suelo, en la oscuridad absoluta, iluminado solo por la pantalla de su propio celular que había caído a un lado.
El silencio volvió.
Pero esta vez, dentro de su cabeza, el silencio era distinto.
Ya no se sentía esa “presencia” invasiva y robótica.
Se sentía…
asentada.
Como si el agua turbia se hubiera calmado.
Thiago se incorporó lentamente.
Se miró las manos.
Ya no le temblaban.
El dolor de la pierna había desaparecido por completo, reemplazado por una sensación de calor reconfortante.
—¿Estás ahí?
—preguntó al aire.
Una ventana azul apareció frente a sus ojos.
Pero no era la ventana de siempre.
Tenía bordes dorados y un diseño mucho más elegante y complejo.
La voz habló.
Y por primera vez, sonó completamente humana.
Sonó como un hombre cansado, pero decidido.
“Estoy aquí, Thiago.
Y ahora recuerdo todo.” Una nueva misión apareció en la interfaz, brillando en la oscuridad del laboratorio subterráneo.
[NUEVA MISIÓN PRINCIPAL DESBLOQUEADA] [Título: Los Fantasmas del Pasado] [Objetivo: Localizar a Ingrid Kólev.] [Recompensa: Desbloqueo del Árbol de Habilidades “Maestro”.] [Penalización por fallo: Borrado total de la memoria del usuario.] Thiago leyó la última línea y sintió que la sangre se le helaba.
—¿Borrado total?
—preguntó—.
¿Me vas a dejar vegetal?
“No si ganamos,” respondió la voz de Levi/Alpha dentro de él.
“Ahora salgamos de aquí.
Tenemos un partido que preparar…
y una mujer que encontrar.” Thiago recogió su celular, alumbró una última vez la silla de tortura y caminó hacia la salida.
Sus pasos resonaban firmes.
Ya no cojeaba.
En la oscuridad, sus ojos brillaron por un segundo con un tono azul eléctrico que no era humano.
El renacimiento había terminado.
La simbiosis había comenzado.
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