Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 58
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58: El Precio del Poder 58: El Precio del Poder El viaje de regreso a casa fue silencioso, pero ya no era un silencio aterrador.
Era un silencio estudioso.
Thiago conducía con una mano relajada sobre el volante, mientras con la otra se tocaba la rodilla derecha de vez en cuando.
La hinchazón había desaparecido.
El dolor agudo del microdesgarro se había esfumado como si nunca hubiera existido.
De hecho, sentía la pierna más ligera, más…
cargada.
Como un resorte comprimido listo para soltarse.
—Entonces…
—rompió el silencio Thiago, sin apartar la vista de la ruta oscura—.
¿Ya no sos una máquina?
¿Sos el tipo que vi en las visiones?
¿Levi?
La respuesta llegó suave, resonando en su mente con esa claridad humana que todavía le ponía los pelos de punta.
“Soy la suma de ambos.
Tengo la capacidad de procesamiento de Alpha-0, pero la estructura moral y los recuerdos de Levi Stratus.
Digamos que…
he evolucionado.” Thiago soltó una risa seca.
—Evolucionado.
Casi me rompés la pierna en el partido y me amenazaste con dejarme vegetal si no encuentro a esa tal Ingrid.
Linda evolución.
“Era necesario,” replicó la voz sin disculparse.
“La urgencia dicta los métodos.
Si mis antiguos empleadores descubren que Alpha-0 se reactivó, vendrán por nosotros.
Necesito a Ingrid porque ella tiene la otra mitad de la llave de encriptación.
Sin ella, soy rastreable.
Y si me rastrean a mí, te rastrean a ti.” Thiago sintió un frío en el estómago.
—¿Me estás diciendo que ahora soy un blanco?
“Te estoy diciendo que ahora eres importante.
Y para sobrevivir a lo que viene, necesitas ser intocable.
En el campo y fuera de él.” Thiago estacionó el auto frente a su casa.
Las luces estaban apagadas; sus padres ya dormían.
Mejor así.
No tenía cara para explicar por qué llegaba a las tres de la mañana con barro en las zapatillas y oliendo a humedad industrial.
Entró en silencio, subió a su habitación y se dejó caer en la cama sin quitarse la ropa.
Estaba agotado mentalmente, pero su cuerpo zumbaba con energía.
—Dijiste que iba a ser mejor jugador —susurró Thiago al techo oscuro—.
Probámelo.
“Abre la interfaz.” Thiago parpadeó, deseando ver el menú.
Al instante, la ventana apareció.
Pero el cambio fue brutal.
El viejo diseño azul y plano, típico de un videojuego de rol básico, había sido reemplazado.
Ahora, la interfaz tenía una estética holográfica dorada y negra, con anillos que giraban lentamente alrededor de su silueta 3D.
[ESTADO DEL USUARIO: THIAGO ARENAS] [Clase Actual:] Mediocampista Creativo (Evolucionando) [Nivel:] 24 -> 27 (¡Subida de Nivel!) Thiago abrió los ojos como platos.
¿Tres niveles de golpe?
Normalmente tardaba semanas en subir uno.
—¿Cómo…?
“La sincronización otorga experiencia retroactiva,” explicó Levi.
“Mira tus atributos.” Thiago bajó la vista a la tabla de estadísticas.
Fuerza: 68 -> 74 (+6) Velocidad: 71 -> 79 (+8) Técnica: 82 -> 85 (+3) Inteligencia Táctica: 75 -> 99 (MAX – Asistida por IA) Resistencia: 65 -> 70 (+5) —¡¿99 en Táctica?!
—exclamó Thiago en voz baja, casi gritando—.
¡Eso es imposible!
¡Ni Messi tiene 99!
“Ese valor no es tuyo,” aclaró Levi con frialdad.
“Es mío.
Mientras estemos conectados, ves el juego como yo lo veo: vectores, probabilidades, espacios vacíos.
Tu cuerpo todavía tiene que mejorar para ejecutar lo que tu mente ahora ve, pero tácticamente…
ya eres superior a cualquier humano en el planeta.” Thiago miró sus manos.
Se sentía como hacer trampa.
Pero al recordar la sensación de poder al dar ese pase de espaldas, la culpa desapareció rápido, reemplazada por una ambición voraz.
—¿Y qué es eso del “Árbol Maestro” que mencionaste en la misión?
La interfaz cambió.
Las estadísticas se apartaron y un nuevo menú se desplegó.
Era un árbol de habilidades complejo, lleno de ramas grises y bloqueadas.
Solo una habilidad en la base brillaba con luz dorada, lista para ser activada.
[HABILIDAD PASIVA DESBLOQUEADA: “El Ojo del Arquitecto”] Descripción: Permite al usuario visualizar la “Línea de Ruptura” de la defensa rival 2 segundos antes de que ocurra el error defensivo.
Costo de Estamina: Medio.
Thiago leyó la descripción dos veces.
—Ver el error antes de que pase…
—murmuró—.
Con esto, no necesito correr más rápido que ellos.
Solo necesito estar en el lugar correcto antes de que ellos se den cuenta de que se equivocaron.
“Exacto,” dijo Levi.
“El fútbol no es solo correr, Thiago.
Es geometría.
Y tú acabas de graduarte con honores.” “Ahora duerme.
Mañana tienes entrenamiento regenerativo con el equipo.
Y créeme…
vas a necesitar descansar.
Porque voy a reestructurar tu forma de entrenar desde cero.” Thiago cerró la ventana del sistema.
Por primera vez en mucho tiempo, no sintió miedo por su futuro, ni dudas sobre si llegaría a ser profesional.
Sintió algo mucho más peligroso.
Sintió que el mundo le quedaba chico.
La mañana en el predio de entrenamiento del Deportivo Municipal estaba húmeda y fría.
La niebla baja cubría las canchas auxiliares, dándole al lugar un aspecto fantasmal que encajaba perfectamente con el estado mental de Thiago.
Al bajar del auto, notó que las cosas habían cambiado.
No drásticamente, pero sí en los detalles.
El utilero lo saludó con un gesto más respetuoso.
Dos chicos de las inferiores que pasaban cargando redes de pelotas se codearon y lo señalaron.
—Ahí va el del pase mágico —escuchó que susurraban.
Thiago intentó no sonreír, pero su ego, inflado por la adrenalina de la noche anterior y la voz constante de Levi en su cabeza, se sentía enorme.
“No te distraigas,” cortó Levi, seco como un latigazo.
“La admiración es una droga barata.
Hoy no venimos a firmar autógrafos.
Venimos a recalibrar tu sistema motor.” Thiago entró al vestuario.
El ambiente era relajado, típico de un día post-victoria.
Cumbia, chistes, mates circulando.
—¡Llegó la figura!
—gritó el Galgo, tirándole una toalla—.
Che, el técnico dijo que hoy es regenerativo.
Trotecito suave, un “loco” en el medio y a casa.
Ideal para vos que ayer casi te rompés todo.
Thiago se ató los botines.
—Sí, suave —respondió, aunque sabía que no iba a ser así.
Al salir a la cancha, el entrenador Gutiérrez reunió al grupo en el círculo central.
Era un hombre de la vieja escuela, de bigote canoso y pocas palabras.
—Buen trabajo ayer —dijo Gutiérrez, con las manos en los bolsillos—.
Sacamos tres puntos de oro.
Pero no se agranden.
El Atlético Norte jugó mejor, nosotros tuvimos…
momentos.
—Miró a Thiago por un segundo, indescifrable—.
Hoy aflojamos piernas.
Rondo de posesión, dos toques máximo.
¡Vamos!
El grupo se dispersó entre risas.
Thiago se sumó al grupo del Capitán Russo y el Galgo.
El ejercicio era simple: cinco jugadores en círculo pasándose la pelota, dos en el medio intentando recuperarla.
Normalmente, Thiago se lo tomaba con calma, riéndose si le hacían un caño.
Pero hoy no.
En cuanto la pelota empezó a rodar, la interfaz dorada se encendió sobre su visión real.
[MODO ENTRENAMIENTO: ACTIVO] [Objetivo Oculto: Recuperar la posesión en menos de 3 pases.] [Recompensa: +1 Punto de Agilidad.] “Analiza,” ordenó Levi.
“El Capitán Russo gira la cadera 0.4 segundos antes de soltar el pase.
El Galgo siempre recibe con la pierna izquierda porque no confía en la derecha.
Son predecibles.” Thiago, que estaba en el medio del rondo, no corrió a lo loco persiguiendo la pelota como solía hacer.
Se quedó quieto un segundo, observando.
Russo recibió la pelota.
Thiago vio una línea roja trazarse en el aire, saliendo del pie del capitán hacia el lateral derecho.
Era la “Línea de Ruptura”.
Antes de que Russo siquiera tocara el balón, Thiago ya se había movido.
Fue un paso explosivo, cortando la línea de pase mucho antes de que la pelota llegara a destino.
¡Pum!
Thiago interceptó el pase con violencia, clavando la pelota bajo su suela.
El grupo se quedó en silencio.
Russo lo miró, sorprendido.
—Buena lectura, pibe —dijo el capitán, un poco molesto por haber perdido tan rápido—.
Dale, entrá vos ahora.
Cambiaron posiciones.
Ahora Thiago tenía la posesión.
“Restricción activada,” susurró Levi.
“Solo pierna inhábil (Izquierda).
Precisión mínima requerida: 100%.” Thiago recibió un pase fuerte.
Instintivamente quiso controlarla con la derecha, su pierna buena, pero sus músculos se tensaron.
Levi no se lo permitió.
Tuvo que acomodar el cuerpo de forma extraña y tocar de primera con la zurda.
El pase salió limpio, rápido, al pie del compañero.
La pelota volvió a él.
Otra vez zurda.
Volvió.
Zurda.
Volvió.
Zurda.
—¡Usá la derecha, Thiago, te vas a enredar!
—le gritó el Galgo al verlo jugar tan forzado con una sola pierna.
—¡Juego como quiero!
—respondió Thiago, con una agresividad que no era suya.
El rondo aumentó de velocidad.
Thiago no fallaba.
Su pierna izquierda, que siempre había sido “de palo”, ahora respondía con una precisión mecánica, guiada por la micro-corrección de Levi en tiempo real.
Sus compañeros empezaron a mirarse.
Ya no se reían.
La intensidad de Thiago estaba rompiendo el clima relajado del entrenamiento.
Iba a trabar fuerte, anticipaba los pases con una velocidad mental absurda y daba órdenes cortantes.
—¡Más rápido!
¡Al pie!
¡No la levantes!
—gritaba Thiago.
Gutiérrez, el entrenador, que observaba desde lejos tomando un café, frunció el ceño.
Tiró el vasito de plástico a la basura y caminó hacia el grupo.
—¡Tiempo!
—sonó el silbato del técnico.
Todos se detuvieron.
Thiago estaba jadeando, con la mirada fija, los ojos brillantes de concentración.
Gutiérrez se paró frente a él.
El bigote se le movió al hablar.
—Arenas.
Dije entrenamiento regenerativo.
¿Usted está sordo o se cree que está jugando la final del mundo?
Thiago sintió la presión de la mirada del técnico.
El “viejo” Thiago habría bajado la cabeza, pedido perdón y vuelto a la fila.
Pero Levi susurró: “El liderazgo se toma, no se pide.
Demuéstrale que su estándar es bajo.” Thiago levantó la vista y sostuvo la mirada del entrenador.
—Solo estoy entrenando como se debe, Profe.
Si queremos pelear el campeonato, no podemos entrenar caminando.
El silencio en la cancha fue absoluto.
Nadie le contestaba así a Gutiérrez.
El Galgo se tapó la cara con las manos.
El Capitán Russo dio un paso adelante, listo para intervenir.
Gutiérrez lo miró fijamente durante cinco segundos eternos.
Luego, soltó una risa corta, sin humor.
—Mírenlo al pichón de crack…
Hizo dos jugadas bien y ya quiere dar cátedra.
—El técnico se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal—.
Está bien, Arenas.
¿Quiere intensidad?
¿Le sobra energía?
Gutiérrez señaló la cancha número 2, donde el pasto estaba más alto y pesado.
—Salga del rondo.
Váyase allá y corra pasadas de 100 metros hasta que yo le diga basta.
Si baja el ritmo, no juega el domingo.
¿Entendido?
Era un castigo.
Una forma de bajarle los humos frente al grupo.
Thiago apretó los dientes.
“Acepta,” dijo Levi con satisfacción.
“El trabajo cardiovascular nos viene perfecto.
Necesito aumentar tu VO2 máx.
Vamos a correr hasta que vomites.” —Entendido —dijo Thiago seco.
Dio media vuelta y tropezó hacia la cancha 2, sintiendo las miradas de todo el plantel en su nuca.
Había desafiado la jerarquía y ahora estaba aislado.
Pero mientras empezaba a correr, la interfaz le mostró algo que lo hizo sonreír entre dientes.
[NUEVA MISIÓN SECUNDARIA: EL RESPETO DEL TIRANO] [Objetivo: Completar el castigo físico sin disminuir la velocidad ni una sola vez.] [Recompensa: Aumento de la Reputación con el Entrenador + Desbloqueo de habilidad: “Pulmones de Acero”.] —Vas a ver quién se cansa primero, viejo —masculló Thiago, y aceleró.
Vuelta número doce.
O tal vez la quince.
Thiago había perdido la cuenta.
El mundo se había reducido a un túnel borroso de pasto verde y el sonido de su propia respiración rasposa, que sonaba como papel de lija frotando contra sus costillas.
Sus piernas ya no eran extremidades; eran bloques de plomo hirviendo.
La mayoría del plantel ya había terminado de estirar y se estaba yendo a las duchas, pero se quedaban parados en la banda, mirando.
Nadie hacía chistes.
Nadie se reía.
Ver a alguien correr hasta el borde del colapso tiene un efecto hipnótico.
Genera un respeto silencioso.
“Ritmo cardíaco: 188 BPM,” informó Levi, implacable.
“La eficiencia de oxígeno está cayendo al 60%.
Tus mitocondrias están gritando.
Excelente.
Sigue.” —No…
doy…
más…
—jadeó Thiago, doblando la cintura al llegar a la línea de fondo, a punto de vomitar.
“¿Quieres ser profesional o quieres ser uno más del montón?
El dolor es temporal.
El borrado de memoria es permanente.
¡Corre!” La amenaza funcionó.
Thiago tragó saliva, sintió el sabor metálico de la sangre en la garganta y volvió a arrancar.
Sus zancadas eran pesadas, pero mantenía el ritmo.
No bajaba la velocidad.
El entrenador Gutiérrez seguía parado en el medio de la cancha, con los brazos cruzados y el cronómetro en la mano.
Su rostro era una máscara de piedra, pero por dentro, estaba desconcertado.
Había mandado al chico a correr para quebrarlo, para que pidiera perdón a los diez minutos.
Llevaba cuarenta minutos corriendo a ritmo de sprint.
—Es una máquina…
—murmuró el ayudante de campo al oído de Gutiérrez—.
Carlos, paralo.
Le va a dar algo.
Gutiérrez miró el cronómetro una vez más.
Thiago venía cerrando la vuelta, con la cara desfigurada por el esfuerzo, los ojos perdidos en la nada, pero las piernas moviéndose con una mecánica casi robótica.
—¡Basta!
—gritó Gutiérrez, haciendo sonar el silbato.
Thiago no frenó de golpe.
No pudo.
Sus piernas dieron tres zancadas más por inercia hasta que el cerebro mandó la orden de corte.
Se desplomó sobre el césped, boca arriba, mirando el cielo gris.
El pecho se le inflaba y desinflaba con violencia.
Todo le daba vueltas.
Una sombra tapó el sol.
Era Gutiérrez.
El técnico lo miró desde arriba.
No le ofreció la mano para levantarse.
—Tiene agallas, Arenas.
Eso se lo reconozco —dijo con su voz ronca—.
Pero el fútbol no se juega solo con pulmones.
Se juega con cabeza.
Y si vuelve a faltarme el respeto delante del grupo, no va a correr acá.
Va a correr en la calle.
¿Estamos?
Thiago intentó hablar, pero solo pudo levantar un pulgar tembloroso.
—Bien.
Váyase a bañar.
Y quiero verlo mañana temprano en el gimnasio.
Si tiene energía para esto, tiene energía para levantar pesas.
El técnico se alejó.
En el suelo, mientras su respiración empezaba a normalizarse a una velocidad antinatural, la interfaz dorada brilló frente a los ojos de Thiago.
[MISIÓN SECUNDARIA COMPLETADA] [Respeto ganado: El Entrenador te considera “Duro de Matar”.] [Habilidad Desbloqueada: PULMONES DE ACERO (Nivel 1)] Efecto: Aumenta la recuperación de Stamina un 15% más rápido durante los descansos en el partido.
“Levántate,” ordenó Levi, aunque esta vez su tono tenía un matiz de aprobación.
“El trabajo físico terminó.
Ahora empieza el trabajo real.” Thiago se arrastró hasta el vestuario.
Sus compañeros lo miraban distinto.
El Galgo le dio una palmada en el hombro sin decir nada, un gesto de solidaridad muda.
El Capitán Russo le dejó una botella de bebida isotónica en su banco.
Ya no era el pibe con suerte.
Era el pibe que se bancaba el infierno.
Una hora después, Thiago estaba sentado en su auto, estacionado en una calle tranquila, lejos del predio.
Tenía el celular en la mano.
—Bueno —dijo, mordiendo una manzana verde—.
Ya corrí, ya casi me muero, ya tengo los pulmones de acero.
Ahora decime…
¿Cómo encontramos a una mujer que, según vos, desapareció del mapa hace años?
No soy detective, Levi.
La pantalla del celular de Thiago parpadeó.
La interfaz de su teléfono cambió, mostrando un fondo negro con líneas de código verdes cayendo en cascada.
Levi había tomado el control del dispositivo.
“Ingrid no desapareció.
Se escondió,” explicó Levi.
“Ella sabía que si el Proyecto Origen fallaba, la buscarían para eliminarla.
Así que hizo lo único inteligente: se convirtió en nadie.” —¿Y cómo encontramos a “nadie”?
“Rastreando lo único que ella no podía dejar atrás.
Su firma acústica.” En la pantalla del celular apareció un mapa de la ciudad, lleno de puntos de colores.
“Ingrid era musicóloga antes de unirse al proyecto.
Su pasión era restaurar grabaciones antiguas.
He escaneado las bases de datos de todos los conservatorios, tiendas de música y foros de audio de la región buscando un patrón de edición específico.
Un ‘vicio’ digital que ella tenía al limpiar el ruido de fondo.” El mapa hizo zoom violentamente hacia un barrio bohemio y antiguo de la ciudad: San Telmo.
Un solo punto rojo parpadeaba sobre un local en una esquina.
“Lo encontré,” dijo Levi.
“Hace tres días, alguien subió un archivo de audio restaurado a un servidor privado desde esa dirección.
La firma de edición es idéntica a la de Ingrid.” Thiago miró la dirección.
“Vinilos & Recuerdos – Calle Defensa 1402.” —Una tienda de discos —dijo Thiago—.
¿Mi compañera de misión es una vendedora de discos viejos?
“Tu compañera de misión es la única persona capaz de evitar que mi código se degrade y te fría el cerebro en el proceso,” corrigió Levi.
“Vamos.
Ponte algo que no sea ropa deportiva.
No podemos llamar la atención.” Thiago arrancó el auto.
El cansancio físico había desaparecido gracias a la nueva habilidad pasiva.
Ahora, la adrenalina de la caza lo mantenía alerta.
Mientras conducía hacia la ciudad, una duda lo asaltó.
—Levi…
si ella se está escondiendo porque la persiguen…
¿Cómo crees que va a reaccionar cuando te vea?
O mejor dicho…
cuando me vea a mí diciendo que te tengo en la cabeza.
Hubo un silencio largo por parte de la IA.
“Probablemente intente matarte,” respondió Levi con total naturalidad.
“Así que mantén tus reflejos alerta.
Ingrid tiene buena puntería.” Thiago frenó en un semáforo y golpeó el volante.
—Genial.
Simplemente genial.
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