Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 59

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Fútbol: El Sistema del Renacer
  4. Capítulo 59 - 59 Frecuencias Ocultas
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

59: Frecuencias Ocultas 59: Frecuencias Ocultas San Telmo tenía un ritmo distinto al resto de la ciudad.

Era más lento, más antiguo.

Las calles de adoquines hacían vibrar la suspensión del auto de Thiago, y los faroles de luz amarilla creaban sombras largas que parecían estirarse para tocarlo.

Thiago estacionó a dos cuadras de la dirección.

Se había puesto una campera de jean gastada y una gorra negra, intentando ocultar su corte de pelo de futbolista de moda y su complexión atlética.

Se sentía ridículo, como un niño jugando a los espías, pero la voz en su cabeza no se reía.

“Camina por la vereda izquierda,” instruyó Levi.

“Evita la cámara de seguridad del banco en la esquina.

No queremos dejar huella digital.” —¿No es un poco paranoico todo esto?

—susurró Thiago, metiendo las manos en los bolsillos—.

Es una tienda de discos, no una base militar.

“La paranoia es la única razón por la que Ingrid sigue viva,” respondió Levi.

“Y es la única razón por la que nosotros seguiremos vivos.

Ahora, silencio.

Estamos cerca.” Llegaron al 1402 de la calle Defensa.

El local era estrecho, encajado entre una pizzería antigua y una tienda de antigüedades cerrada.

La vidriera estaba llena de polvo, exhibiendo portadas de vinilos de rock nacional de los 80 y jazz clásico, descoloridas por el sol.

El cartel de madera pintada a mano rezaba: “Vinilos & Recuerdos”.

Thiago empujó la puerta.

Una campanilla de bronce sonó al abrirse, un tiling agudo que rompió el silencio del interior.

El olor lo golpeó primero: una mezcla de papel viejo, vainilla y humedad.

El lugar era un laberinto de estanterías de madera repletas de discos, tan estrecho que Thiago tuvo que entrar de costado para no tirar nada con sus hombros anchos.

No había nadie a la vista.

Solo sonaba una música suave de fondo, un piano melancólico que parecía salir de las paredes mismas.

—¿Hola?

—dijo Thiago.

Su voz sonó demasiado fuerte en aquel templo del silencio.

Nadie respondió.

“Está aquí,” alertó Levi, su tono volviéndose más agudo.

“Escaneo térmico positivo.

Detrás del mostrador, al fondo.

Ritmo cardíaco: 60 BPM.

Está tranquila.

Demasiado tranquila.” Thiago caminó despacio hacia el fondo del local.

El piso de madera crujía bajo sus zapatillas.

Al llegar al mostrador, vio a una mujer.

Estaba de espaldas, ordenando una pila de discos en una estantería alta.

Tenía el pelo rubio recogido en un rodete desprolijo, y vestía un suéter de lana gris demasiado grande para ella.

Parecía inofensiva.

Una bibliotecaria, una profesora de música.

Pero Levi vio algo más.

“Observa su postura,” susurró la IA.

“El peso está en la pierna izquierda.

Su mano derecha está oculta en el bolsillo del delantal.

Está lista para girar y atacar en 0.5 segundos.” Thiago tragó saliva.

De repente, la tienda de discos parecía una trampa mortal.

La mujer se dio la vuelta despacio.

Tenía unos ojos grises, penetrantes, enmarcados por unas gafas de lectura que se quitó con calma.

No sonrió.

—Estamos cerrando —dijo ella.

Su voz era rasposa, como si no hablara mucho—.

Si buscás los éxitos del momento, probá en el shopping.

Acá solo vendemos historia.

Thiago se quedó paralizado un segundo.

Era ella.

La mujer de sus visiones en el laboratorio, pero con diez años más encima.

Las líneas de expresión en su rostro contaban una historia de estrés y soledad.

—No busco éxitos —dijo Thiago, repitiendo las palabras que Levi le proyectaba en letras blancas frente a sus ojos—.

Busco una grabación específica.

Ingrid lo miró con desinterés, volviendo a tomar un disco.

—¿Qué artista?

Thiago respiró hondo.

Aquí venía la bomba.

—No tiene artista —dijo Thiago, clavando la mirada en ella—.

Busco la sesión perdida del Proyecto Origen.

La pista cero.

El cambio en Ingrid fue instantáneo y aterrador.

El desinterés desapareció.

Su rostro se vació de toda expresión.

En un movimiento que el ojo humano apenas podría haber seguido, su mano derecha salió del delantal.

No sacó un arma de fuego.

Sacó algo mucho más extraño: un dispositivo pequeño y metálico, parecido a un diapasón electrónico, que emitió un zumbido agudo.

Thiago sintió que la interfaz en su cabeza parpadeaba violentamente.

Un dolor agudo le atravesó la sien.

“¡Interferencia sónica!” gritó Levi en su mente.

“¡Está usando un disruptor de frecuencias!

¡Bloquéala!” —¿Quién te mandó?

—preguntó Ingrid, apuntándole con el dispositivo como si fuera una pistola.

Su voz ahora era hielo puro—.

¿La Agencia?

¿Cómo me encontraron?

Thiago se llevó las manos a la cabeza, mareado por el zumbido.

—¡Nadie!

—gritó, retrocediendo y chocando contra una batea de discos de los Beatles—.

¡Nadie me mandó!

¡Vengo de parte de Levi!

El nombre quedó flotando en el aire entre el polvo y la música de piano.

Ingrid se detuvo.

No bajó el dispositivo, pero sus ojos se abrieron ligeramente.

Había incredulidad en ellos.

Y dolor.

—Mentira —susurró—.

Levi está muerto.

Yo vi cómo quemaban el laboratorio.

—No está muerto —jadeó Thiago, sintiendo que el zumbido en su cabeza bajaba un poco—.

Está…

complicado.

Pero me dijo que te dijera algo para que me creas.

Thiago miró el texto que Levi le estaba mostrando desesperadamente en la interfaz distorsionada.

—Me dijo que te pregunte…

—Thiago leyó la frase con dificultad—…

“¿Por qué la música siempre suena mejor en el vinilo rayado?” El dispositivo en la mano de Ingrid tembló.

El zumbido cesó por completo.

Un silencio sepulcral cayó sobre la tienda.

Ingrid bajó el arma extraña lentamente, mirando a Thiago como si estuviera viendo a un fantasma.

—Esa frase…

—dijo ella, con la voz quebrada—.

Él me dijo eso la noche antes de que…

Se calló.

Dio un paso hacia adelante, escrutando a Thiago de arriba a abajo.

—No sos un agente —dijo, analítica—.

Sos demasiado joven.

Tenés postura de atleta, no de militar.

¿Quién sos?

—Me llamo Thiago —dijo él, bajando las manos—.

Y creo que tengo a tu ex-novio viviendo en mi cabeza.

Ingrid no dijo nada durante un minuto entero.

Su mirada iba de los ojos de Thiago al dispositivo que tenía en la mano, y de vuelta a Thiago.

Finalmente, soltó un suspiro tembloroso, guardó el disruptor sónico en su delantal y caminó hacia la puerta de entrada.

Giró el cartel para que se leyera “CERRADO” y echó el cerrojo con un golpe seco.

—Al fondo —ordenó, señalando una cortina de terciopelo rojo detrás del mostrador.

Thiago obedeció, sintiendo que Levi se relajaba dentro de su mente.

“Ella siempre fue precavida,” comentó la voz con un tono casi nostálgico.

“Es una de las pocas variables que nunca pude predecir del todo.” —Cállate un poco, querés —masculló Thiago—.

Por tu culpa casi me fríe el cerebro con un diapasón.

Cruzaron la cortina y entraron en un espacio que no tenía nada que ver con la tienda de antigüedades.

Era un taller de electrónica insonorizado.

Las paredes estaban cubiertas de paneles acústicos de espuma gris.

Había osciloscopios, pantallas de computadora desmontadas, cables de fibra óptica y una mesa de trabajo central iluminada por una luz blanca quirúrgica.

—Sentate —dijo Ingrid, señalando un taburete metálico.

Thiago se sentó.

Ingrid se colocó unas gafas distintas, unas con lentes de realidad aumentada gruesos, y encendió un monitor grande.

—Si lo que decís es verdad…

—empezó ella, tecleando rápido en una consola—, su firma cognitiva tiene que estar entrelazada con tu lóbulo frontal.

Se acercó a Thiago con un escáner manual.

Lo pasó cerca de su frente.

La pantalla del monitor estalló en gráficos.

Líneas rojas y azules bailaban en una danza caótica pero hipnótica.

Ingrid contuvo el aliento.

—Dios mío…

—susurró, llevándose una mano a la boca—.

No es una IA parasitaria.

Es una fusión sináptica completa.

Se quitó las gafas y miró a Thiago, pero esta vez lo miró con lástima.

—¿Tenés idea de lo que llevás adentro, pibe?

—preguntó—.

Eso no es solo un programa.

Es una copia de seguridad de una mente humana muerta, mezclada con una arquitectura de aprendizaje profundo.

Es una bomba de tiempo.

Thiago frunció el ceño.

—Me dijo que me iba a hacer mejor jugador de fútbol.

Y que necesitaba una llave de encriptación o algo así.

Ingrid soltó una risa amarga.

—¿Fútbol?

¿Levi está usando su algoritmo cuántico para jugar a la pelota?

Eso es…

tan ridículamente arrogante como él.

De repente, los ojos de Thiago parpadearon.

Sus pupilas se dilataron hasta cubrir casi todo el iris, volviéndose negras y profundas.

Su postura cambió.

Su espalda se enderezó, sus hombros se relajaron con una elegancia que no era la de un deportista de barrio.

Cuando habló, no fue la voz de Thiago.

Fue la voz de Levi, usando las cuerdas vocales de su huésped.

—No es arrogancia, Ingrid.

Es adaptación.

Ingrid retrocedió un paso, chocando contra la mesa.

—Levi…

—dijo ella, con los ojos vidriosos.

—Hola, Ing —dijo Thiago/Levi.

Su tono era suave, culpable—.

Te ves cansada.

No has estado durmiendo bien.

Tu nivel de cortisol es alto.

—¡Estás muerto!

—gritó ella, con lágrimas de rabia asomando—.

¡Te vi morir!

¡Vi cómo la seguridad de la corporación te disparaba!

—Mi cuerpo murió —admitió Levi—.

Pero sabías que había dejado a Alpha-0 en modo de escucha.

Sabías que había una posibilidad de transferencia si encontraba un vector compatible.

Levi levantó la mano de Thiago y se señaló el pecho.

—Este chico…

Thiago.

Su neuroplasticidad es única.

Su deseo de “renacer” creó una resonancia con mi código.

Él me llamó, Ingrid.

Yo solo respondí.

Ingrid se limpió una lágrima con furia.

—¿Y para qué volviste?

¿Para que te maten de nuevo?

Si K-Core se entera de que existís, van a venir por vos.

Y van a matar a este chico para extraerte.

—Por eso vine a buscarte —dijo Levi—.

Mi código es inestable.

Estoy consumiendo la energía neuronal de Thiago demasiado rápido.

Si no estabilizo la fusión, en seis meses su cerebro se va a quemar.

Va a tener un aneurisma masivo en medio de un partido.

Thiago, que estaba “escuchando” todo esto desde el asiento del pasajero de su propia mente, sintió un pánico helado.

“¿Qué?” gritó Thiago internamente.

“¿Me voy a morir en seis meses?

¡Eso no estaba en el contrato!” Levi ignoró a Thiago por un segundo y siguió hablando con Ingrid.

—Necesito la Llave Maestra, Ingrid.

La que guardaste en la frecuencia de audio.

Necesito desbloquear el núcleo para optimizar el consumo de energía.

Sin eso…

Thiago muere.

Y yo desaparezco para siempre.

Ingrid miró al chico poseído.

Vio la desesperación en sus ojos, la mezcla de dos almas luchando por un mismo espacio.

Caminó hacia una estantería llena de vinilos viejos y polvorientos.

Sacó uno en particular: una grabación de Piazzolla de 1974.

—Nunca pensé que tendría que usar esto —dijo ella, acariciando la portada—.

Lo escondí en los surcos de “Adiós Nonino”.

Un código binario oculto en el ruido blanco de la grabación.

Se giró hacia Thiago/Levi.

—Si te doy la llave…

¿qué vas a hacer?

Levi sonrió con la boca de Thiago.

—Voy a crear al atleta perfecto.

Voy a demostrarle al mundo, y a K-Core, que la evolución humana no necesita sus laboratorios.

Se puede hacer a plena luz del día, en un estadio de fútbol, donde nadie sospecha nada.

Ingrid negó con la cabeza, incrédula.

—Estás loco.

Siempre estuviste loco.

Pero caminó hacia la consola de audio y puso el vinilo en el tocadiscos.

—Preparate, pibe —dijo Ingrid, mirando a Thiago a los ojos mientras la aguja bajaba—.

Esto va a doler más que un pelotazo en la cara.

El sonido del bandoneón llenó la habitación.

Era una melodía triste, profunda, arrastrada.

Para cualquier persona normal, solo era Piazzolla sonando en un equipo de alta fidelidad.

Pero para Thiago, fue como si le clavaran un picahielo en el tímpano.

—¡Ahhh!

—gritó, llevándose las manos a las orejas y cayendo del taburete al suelo.

No escuchaba música.

Escuchaba datos.

Era un chirrido agudo, una cascada de estática y pitidos binarios que se superponían a las notas del tango, viajando directamente desde su nervio auditivo hasta el centro de procesamiento que Levi había ocupado en su cerebro.

“¡Aguanta!” ordenó Levi, cuya voz también sonaba distorsionada por la interferencia.

“¡Estoy recompilando el kernel!

¡No te desmayes o perderemos el paquete!” Thiago se retorcía en el piso de madera.

Sentía que sus venas ardían.

No era dolor muscular; era como si su sangre se hubiera convertido en mercurio caliente.

Imágenes pasaban por su mente a una velocidad vertiginosa: fórmulas matemáticas, diagramas de anatomía humana, mapas tácticos de estadios que nunca había pisado, y fragmentos de recuerdos de Ingrid y Levi riéndose en un bar.

Ingrid miraba los monitores con cara de terror.

Las líneas rojas y azules que antes eran caóticas, ahora empezaban a entrelazarse, formando una trenza perfecta, un color violeta estable.

—Está funcionando…

—murmuró ella, ajustando la ganancia del audio—.

El código se está anclando.

De repente, la música se detuvo.

El silencio volvió al taller.

Thiago quedó tendido boca abajo, respirando pesadamente.

El sudor formaba un charco pequeño alrededor de su cara.

—¿Thiago?

—preguntó Ingrid, acercándose con cautela.

El chico no se movió por unos segundos.

Luego, dio una bocanada de aire profunda, como alguien que acaba de salir a la superficie después de estar a punto de ahogarse.

Se giró y se sentó, apoyando la espalda contra la pata de la mesa.

Abrió los ojos.

Ya no tenían ese brillo negro y vacío de la posesión total.

Eran sus ojos marrones de siempre, pero había algo nuevo en el fondo.

Una claridad.

Una nitidez absoluta.

Frente a él, la interfaz apareció.

Ya no era dorada y ostentosa, ni azul y básica.

Ahora era minimalista, translúcida, perfectamente integrada en su visión periférica.

[ACTUALIZACIÓN DE SISTEMA: COMPLETADA] [Versión del Núcleo: 2.0 (Estable)] [Tiempo de vida estimado del usuario: NORMAL.] [Sincronización Neural: 100%.] —¿Estoy vivo?

—preguntó Thiago, tocándose el pecho.

“Estás más que vivo,” respondió Levi.

Su voz ya no tenía eco.

Sonaba como un pensamiento propio, claro y limpio.

“El conflicto de energía se resolvió.

Ya no te estoy consumiendo.

Ahora nos estamos alimentando mutuamente.” Thiago miró a Ingrid y, con un movimiento fluido, se puso de pie de un salto.

Se sentía ligero.

Increíblemente ligero.

—Dijiste que me iba a morir en seis meses —dijo Thiago, señalando su propia cabeza con enojo—.

Me ocultaste eso, pedazo de infeliz.

“Era una posibilidad estadística,” se defendió Levi.

“No quería alarmarte hasta tener la solución.

Ahora el riesgo es cero.” Ingrid apagó el tocadiscos y se cruzó de brazos, mirando a Thiago.

—Bueno, pibe.

Ya tenés tu actualización.

Ya no te vas a morir de un aneurisma.

¿Y ahora qué?

Thiago se miró las manos.

Luego miró a Ingrid.

—Ahora tengo un partido el domingo.

Y tengo que ser el mejor.

No solo bueno.

El mejor.

Ingrid soltó una risa sarcástica, negando con la cabeza.

—Increíble.

Tenés la tecnología más avanzada del planeta en la cabeza, una IA buscada por corporaciones militares, y lo único que te importa es meter goles.

—Es mi sueño —dijo Thiago, firme—.

Y es la mejor cobertura para Levi.

¿Quién va a buscar una súper-inteligencia en un jugador de fútbol de la segunda división?

Ingrid se quedó pensando un momento.

Miró alrededor de su taller, su cueva de soledad de los últimos años.

Luego miró el monitor donde los signos vitales de Thiago pulsaban con una perfección rítmica.

—K-Core no va a dejar de buscar —dijo ella—.

Si Levi empieza a hacerte hacer cosas “imposibles” en la cancha, los algoritmos de detección de anomalías van a saltar.

Necesitan a alguien que encubra las huellas digitales.

Alguien que modifique los registros médicos, que altere las grabaciones de los partidos para que parezcan naturales.

Thiago sonrió.

—¿Te estás ofreciendo?

Ingrid se quitó el delantal y lo tiró sobre la mesa.

—No me estoy ofreciendo.

Me estoy sumando.

Porque si los atrapan a ustedes, vienen por mí.

Y prefiero estar controlando el tablero que escondida esperando a que me maten.

La interfaz de Thiago parpadeó con un nuevo mensaje.

[NUEVO MIEMBRO DEL GRUPO: INGRID KÓLEV] [Rol: Soporte Técnico / Hacker.] [Bonificación de Grupo: Ocultación de Datos +50%.] Thiago extendió la mano.

—Bienvenida al equipo, Ingrid.

Espero que te guste el fútbol.

Ella le estrechó la mano con fuerza.

Tenía la piel áspera y fría.

—Lo odio —dijo Ingrid—.

Pero me gusta ganar.

“Excelente,” dijo Levi en la mente de Thiago.

“El equipo está completo.

Ahora, volvamos a casa.

Mañana tenemos que empezar a entrenar esa pierna izquierda.

Con el núcleo estabilizado, puedo aumentar la carga neuronal un 40%.” Thiago suspiró, pero no pudo evitar una sonrisa.

La pesadilla del laboratorio había terminado.

La verdadera carrera acababa de empezar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo