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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 60

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  4. Capítulo 60 - 60 La Zurda del Diablo
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60: La Zurda del Diablo 60: La Zurda del Diablo El sol de la mañana golpeaba el predio de entrenamiento del Deportivo Municipal con la misma intensidad con la que, años atrás, iluminaba la humilde cancha de cemento donde Thiago comenzó su recuperación solitaria.

Pero ahora, el escenario era distinto.

No había piedras marcando el arco, sino redes profesionales y césped cuidado.

Thiago estaba solo en la Cancha 3.

Había llegado una hora antes que el resto del plantel, una costumbre que mantenía desde sus días en el Aurora F.C..

Sin embargo, esta vez no estaba solo del todo.

Ingrid estaba sentada en el banco de suplentes, con una tablet en las manos y una gorra calada hasta los ojos para protegerse del sol.

Parecía fuera de lugar, como un cuervo en un nido de canarios.

—¿Estás seguro de que esto es necesario?

—preguntó ella sin levantar la vista de la pantalla—.

Mis lecturas indican que tu nivel de ácido láctico todavía está alto por la carrera de ayer.

—Es necesario —respondió Thiago, acomodando cinco balones en la línea del área grande—.

Levi dice que mi pierna izquierda es un lastre.

Y si voy a ser el mejor, no puedo tener lastres.

“Corrección,” intervino la voz de Levi, ahora clara y sin estática en su mente.

“No dije lastre.

Dije que tu pierna izquierda tiene una eficiencia del 42% comparada con la derecha.

Eres predecible, Thiago.

Y en el fútbol moderno, ser predecible es estar muerto.” Thiago resopló.

—Bien.

¿Cuál es el plan?

La interfaz del sistema se desplegó, limpia y minimalista.

[ENTRENAMIENTO ASISTIDO: NIVEL MAESTRO] [Objetivo: Recalibración Neuronal – Hemisferio Derecho.] [Ejercicio: “El Espejo”.] [Descripción: El usuario deberá replicar sus mejores goles históricos, pero ejecutados exclusivamente con la pierna izquierda.] —¿Replicar mis goles?

—preguntó Thiago en voz alta.

“Exacto.

Voy a proyectar en tu retina el recuerdo muscular de tus mejores tiros con la derecha.

Tu trabajo es forzar a tu pierna izquierda a copiar ese movimiento al milímetro.

Va a doler.

Tu cerebro va a luchar contra la asimetría.” Thiago miró el arco vacío.

Recordó aquel tiro libre contra Estrella Roja, o el pase filtrado contra Atlético Miramar.

Su derecha tenía memoria.

Su izquierda era una página en blanco.

—Dale.

Empecemos.

Thiago corrió hacia el primer balón.

En su mente, vio la trayectoria perfecta.

Una línea dorada que salía de su botín derecho y se clavaba en el ángulo.

Pero cuando intentó invertir el movimiento para pegarle con la zurda, su cuerpo se sintió torpe, ajeno.

Pateó.

El balón salió mordido, rodando tristemente hasta el palo y perdiéndose afuera.

—Desastroso —murmuró Thiago.

Desde el banco, Ingrid soltó una risita seca.

—Para ser un “súper atleta cibernético”, eso fue bastante patético.

—Cállate, Ingrid —masculló Thiago, volviendo a posicionarse.

“Concéntrate,” ordenó Levi.

“No uses la fuerza bruta.

Usa la conexión.

Deja que yo guíe el impulso eléctrico desde la corteza motora hasta el tobillo izquierdo.

Siente el cableado.” Thiago cerró los ojos un segundo.

Respiró hondo, buscando esa calma que el entrenador Soria le había enseñado años atrás: “Sentí el ritmo del juego, no lo calcules”.

Visualizó el movimiento.

Sintió un cosquilleo frío bajar por su muslo izquierdo.

No era su sangre.

Era el código de Levi optimizando la señal nerviosa.

Abrió los ojos.

Corrió hacia el segundo balón.

Esta vez, no pensó.

Su pierna izquierda se armó como un látigo.

El impacto fue seco, puro, violento.

¡PUM!

El balón salió disparado como un misil.

No hizo comba.

Fue una línea recta que rompió el aire y se estrelló contra el travesaño con tal fuerza que el arco entero vibró.

Ingrid levantó la vista de la tablet, con los ojos abiertos.

—Wow.

Thiago se quedó mirando su pie izquierdo, humeante en sentido figurado.

“Potencia: 104 km/h,” informó Levi con satisfacción.

“Precisión: 88%.

Hemos mejorado.

Pero rompiste la técnica en el último microsegundo.

De nuevo.” Thiago sonrió.

Esa sensación de poder…

le recordaba al momento en que activó el sistema por primera vez.

—De nuevo —dijo Thiago.

A lo lejos, el entrenador Gutiérrez y el resto del equipo del Deportivo Municipal comenzaban a llegar al campo.

Se detuvieron al ver a Thiago pateando con la zurda.

Uno tras otro, los balones empezaron a entrar.

Ángulo superior derecho.

Raso al palo.

Media altura.

Thiago Arenas ya no era solo el mediapunta que ponía pases bonitos.

Se estaba convirtiendo en un arma de dos filos.

Y mientras pateaba, una nueva notificación brilló en su visión.

[NUEVA HABILIDAD PASIVA: AMBIDIESTRO ARTIFICIAL (Nivel 1)] [Efecto: Reduce la penalización de precisión con la pierna mala en un 30%.] —Prepárense —susurró Thiago para sí mismo, mirando a sus compañeros que se acercaban—.

Hoy nadie me saca la pelota.

El entrenador Gutiérrez hizo sonar su silbato, reuniendo a todos en el círculo central.

—Bien, quiero ver fútbol real —gritó, repartiendo pecheras naranjas a los suplentes—.

Titulares contra suplentes.

Treinta minutos.

El que camina, sale.

Arenas, vas con los titulares, de enlace.

Quiero ver si esa zurda que estabas probando sirve para algo más que para patear al arco sin barrera.

Thiago se puso la pechera verde de los titulares.

Sentía las piernas cargadas por el esfuerzo previo, pero la interfaz en su mente mostraba una barra de energía pulsando en un verde brillante.

[MODO PARTIDO DE ENTRENAMIENTO: INICIADO] [Objetivo Táctico: Mantener la posesión bajo presión alta.] [Desafío de Levi: Realizar el 50% de los toques con la pierna izquierda.] El partido comenzó con un ritmo frenético.

Los suplentes, ansiosos por ganarse un puesto, presionaban como lobos.

Thiago recibió el primer balón de espaldas, marcado por el “Tanque” Rossi, un volante central de casi dos metros que solía usar el cuerpo para demoler a los creativos.

En el pasado, Thiago habría tocado de primera hacia atrás para evitar el choque.

Era su instinto de supervivencia tras la lesión.

Pero ahora, Levi proyectó un cono de visión a su espalda.

“El peso de Rossi está en su pierna derecha.

Gira hacia su izquierda.

Ahora.” Thiago no lo pensó.

Clavó los tapones y giró explosivamente hacia el lado prohibido, el lado donde Rossi no esperaba que fuera.

El gigante pasó de largo como un tren sin frenos.

—¡Qué buena!

—gritó el Galgo, picando al vacío por la banda izquierda.

Thiago tenía el campo abierto.

Normalmente, se acomodaría para lanzar con la derecha.

Pero el Galgo estaba en el carril izquierdo.

Acomodarse le costaría un segundo vital.

“Usa la zurda.

Cálculo de trayectoria: Curva exterior,” indicó Levi.

Thiago armó la pierna izquierda.

Sintió la extrañeza del movimiento, pero confió en la asistencia motora.

Golpeó el balón con el borde externo, “a tres dedos”.

El pase fue una obra de arte.

La pelota viajó cuarenta metros, describiendo una curva perfecta que esquivó al lateral derecho de los suplentes y cayó muerta en el pecho del Galgo.

El Galgo bajó la pelota, tiró el centro y fue gol.

El entrenamiento se detuvo un segundo.

El Galgo corrió hacia Thiago con los ojos desorbitados.

—Che, ¿vos sos zurdo ahora?

¡Ese pase fue de Riquelme!

Thiago se encogió de hombros, intentando parecer casual, aunque el corazón le latía a mil por la emoción de la jugada.

—Estoy probando cosas nuevas —dijo, guiñando un ojo.

En el banco de suplentes, sin embargo, la situación no era de celebración.

Ingrid miraba la tablet con el ceño fruncido.

Un gráfico de ondas rojas acababa de dispararse en la pantalla, superando la línea de seguridad marcada como “Umbral Humano”.

—Mierda…

—susurró ella.

Tecleó furiosamente, inyectando ruido blanco en los datos biométricos que el chaleco GPS de Thiago enviaba al servidor del club.

Si el analista de rendimiento veía que Thiago había calculado esa trayectoria en 0.2 segundos con una precisión del 99.9%, las alarmas saltarían.

—Thiago, Levi —dijo Ingrid a través del micrófono oculto en el cuello de su campera, conectado directamente al auricular óseo que Thiago llevaba disimulado—.

Bajen un cambio.

Están generando picos de anomalía.

Parezcan humanos, por favor.

Equivócate en algo.

En la cancha, Thiago escuchó la voz de Ingrid superponerse a la de Levi.

“Tiene razón,” admitió Levi a regañadientes.

“La perfección atrae atención.

Necesitamos introducir un margen de error artificial.” [NUEVA RESTRICCIÓN: SIMULACIÓN DE ERROR] [Próxima acción: Fallar el pase intencionalmente.] Thiago recibió el balón de nuevo.

Esta vez tenía un pase fácil al delantero.

Era un trámite.

—¡Dámela!

—pidió el 9.

Thiago apuntó…

y obedeció al sistema.

Su pie golpeó el pasto antes que la pelota, un error técnico básico.

El pase salió mordido y fue interceptado fácilmente por un defensor.

—¡Ay, Thiago!

—gritó Gutiérrez—.

¡Una de cal y una de arena!

¡Concéntrate!

Thiago levantó la mano pidiendo disculpas, fingiendo frustración.

—Mala mía, mala mía.

Pero por dentro, sonreía.

Era el control total.

Podía ser Dios o podía ser un desastre, a voluntad.

El partido continuó.

Thiago alternó jugadas brillantes con errores forzados, manteniendo el equilibrio perfecto para impresionar sin levantar sospechas.

Pero sus compañeros ya lo notaban.

Había una autoridad en su juego, una presencia que recordaba a aquel partido contra Real San Martín donde había tomado la batuta, pero elevada a la máxima potencia.

Al terminar la práctica, Gutiérrez se acercó a Thiago mientras este bebía agua.

—Arenas —dijo el técnico, mirándolo fijamente—.

No sé qué desayunaste hoy, o qué te pasó en la cabeza, pero esa zurda…

si la mantenés así, el domingo sos titular indiscutido.

—Gracias, Profe.

Estoy trabajando duro.

—Se nota.

—Gutiérrez miró hacia el banco, donde Ingrid guardaba la tablet—.

¿Y la chica?

¿Nueva nutricionista?

Thiago se congeló un segundo.

—Eh…

sí.

Algo así.

Es mi…

especialista en biomecánica personal.

Gutiérrez soltó una risa ronca.

—Biomecánica.

Antes le decíamos “novia que te viene a ver”.

Cuidate las piernas, pibe.

Nos vemos mañana.

Cuando el técnico se alejó, Thiago caminó hacia Ingrid.

—”Especialista en biomecánica” —repitió ella, rodando los ojos—.

Casi vomito.

—Nos salvaste ahí —dijo Thiago—.

¿Todo bien con los datos?

—Más o menos —dijo Ingrid, poniéndose seria—.

Oculté los picos de hoy, pero hay un problema.

Mientras escaneaba la red del club para borrar tus huellas…

encontré algo.

Thiago dejó de sonreír.

—¿Qué cosa?

Ingrid giró la tablet para que él viera.

—Una solicitud de acceso externo a los servidores del Deportivo Municipal.

Alguien está descargando los videos de los entrenamientos de esta semana.

Específicamente, las cámaras que te siguen a vos.

—¿Un ojeador?

—preguntó Thiago con esperanza.

—No —dijo Ingrid, y su voz heló la sangre de Thiago—.

La IP de origen está encriptada, pero el protocolo de búsqueda es militar.

Es el mismo algoritmo que usaban para rastrear a Levi.

La voz de Levi resonó en la mente de Thiago, grave y oscura.

“Nos han encontrado.

O al menos…

sospechan.” Thiago miró el campo vacío.

El sol seguía brillando, pero de repente, sentía el mismo frío que aquella noche en el laboratorio subterráneo.

—¿Qué hacemos?

Ingrid guardó la tablet en su mochila y se ajustó la gorra.

—El domingo jugamos.

Y jugamos tan bien que parezca magia, no tecnología.

Si nos escondemos ahora, confirmamos sus sospechas.

La mejor forma de esconder un árbol…

es en un bosque.

“Y la mejor forma de esconder una IA,” completó Levi, “es en medio de un estadio lleno de gente gritando.” El estacionamiento del club se estaba vaciando.

El sol del mediodía caía a plomo, distorsionando el aire sobre el asfalto caliente.

Thiago abrió la puerta de su auto para que Ingrid subiera.

Antes de entrar, ella se detuvo y miró hacia una de las torres de iluminación del estadio, donde una cámara de seguridad giraba lentamente, escaneando el predio.

—No mires —susurró ella, sin mover los labios—.

Actúa normal.

Si saben analizar patrones de comportamiento, cualquier signo de paranoia te delata.

Thiago se obligó a reír, como si Ingrid le hubiera contado un chiste, y entró al auto.

Una vez adentro, con las ventanillas cerradas y el aire acondicionado al máximo, la sonrisa se le borró de golpe.

—¿Qué tan peligroso es esto, Levi?

—preguntó Thiago, aferrando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos—.

En serio.

La interfaz apareció sobre el tablero del auto, pulsando con un ritmo lento y estable.

“Probabilidad de intercepción física inmediata: Baja (12%),” calculó Levi.

“K-Core no actúa en público sin confirmación absoluta.

Por ahora, solo somos una anomalía estadística en un servidor deportivo.

Un ‘glitch’.

Mientras no hagas nada sobrehumano fuera de la cancha, estamos seguros.” —¿Y dentro de la cancha?

Ingrid respondió desde el asiento del copiloto, tecleando en su celular.

—Dentro de la cancha es mi territorio.

Voy a crear un bucle de retraso en la transmisión de datos del partido.

Lo que ellos vean llegará con tres segundos de delay.

Si Levi hace algo demasiado “robótico”, yo suavizo la curva de datos antes de que salga al servidor externo.

Thiago la miró, impresionado.

—¿Vas a editar mis movimientos en tiempo real?

—Voy a hacer que parezcas un humano muy talentoso, no un cyborg —corrigió ella—.

Pero necesito que colabores.

Si metés un gol de chilena desde mitad de cancha, no hay algoritmo que lo disfrace.

Jugá lindo, pero jugá lógico.

Thiago arrancó el motor.

—Lógico.

Entendido.

El viaje de regreso fue silencioso.

Al dejar a Ingrid en una estación de subte cercana —ella insistió en no ser vista llegando a su casa para no vincular sus ubicaciones—, Thiago condujo solo los últimos kilómetros.

Al llegar a su barrio, la normalidad lo golpeó.

Los vecinos barrían la vereda, los perros ladraban, el mismo kiosco de siempre estaba abierto.

Todo seguía igual que cuando jugaba en el Aurora F.C., cuando su mayor preocupación era si su rodilla aguantaría un partido más.

Ahora, su rodilla era de acero, pero el peligro era invisible.

Entró a casa.

El olor a comida casera lo recibió, igual que tantas veces en el pasado tras los entrenamientos.

Su madre estaba en la cocina.

Al verlo entrar, dejó el repasador y lo escrutó con esa mirada de radar materno que nada podía engañar.

—Llegás tarde —dijo ella, pero sin reproche—.

Y tenés esa cara.

—¿Qué cara?

—preguntó Thiago, dejando el bolso en el suelo.

—La cara de cuando tenés algo en la cabeza.

La misma que tenías antes de aquel torneo con el Aurora, cuando te quedabas despierto toda la noche pensando en el partido.

Thiago sonrió.

No podía contarle la verdad.

No podía decirle: “Mamá, tengo una IA militar en el cerebro y una hacker editando mi vida”.

Así que optó por la verdad a medias, que siempre es la mejor mentira.

—Es el partido del domingo, ma.

Es importante.

Me juego la titularidad definitiva.

Ella se acercó y le acomodó el cuello de la remera, un gesto que repetía desde que él era un niño.

—No te preocupes por la titularidad.

Preocupate por disfrutar.

Cuando disfrutás, sos imparable.

Lo vi cuando volviste a jugar después de la lesión, ¿te acordás?.

Esa chispa.

Eso es lo único que importa.

Thiago asintió, sintiendo un nudo en la garganta.

Levi, en su mente, permaneció respetuosamente en silencio.

Incluso la IA parecía entender el peso de ese vínculo.

—Gracias, ma.

Voy a subir a descansar un rato.

En su habitación, Thiago se tiró en la cama y miró el techo.

“Tu madre tiene razón,” dijo Levi finalmente.

“El factor emocional es un potenciador de rendimiento que mi código base subestimaba.

La alegría reduce la tensión muscular y mejora la creatividad.” —¿Estás diciendo que para que no nos atrapen tengo que ser feliz?

—preguntó Thiago, incrédulo.

“Estoy diciendo que si juegas con miedo, K-Core detectará la rigidez.

Si juegas con pasión, el caos creativo nos servirá de escudo.” La interfaz se abrió una última vez ese día.

[MISIÓN CRÍTICA: EL CAMUFLAJE PERFECTO] [Objetivo: Ganar el partido del domingo siendo la figura.] [Restricción: No superar el 95% de eficiencia biomecánica en ninguna jugada.] [Recompensa: Consolidación de identidad pública y despiste de rastreadores.] Thiago cerró los ojos.

Visualizó el estadio lleno.

Visualizó la pelota en su zurda.

—Vamos a darles un show, Levi —susurró en la penumbra—.

Un show tan bueno que nadie va a creer que es real.

Fuera, el viento soplaba suave, y la noche caía sobre la ciudad, ocultando bajo su manto a un jugador que estaba a punto de desafiar al mundo entero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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